Chapter Text
La primera vez que te vio fue cuando esa nave demoniaca aterrizó en su hogar.
Kiri había convulsionado, y el gran Toruk Makto había pedido ayuda externa ("como si nuestra tsahik no fuera suficiente", chistó). Bajaste de lo que se llamaba un helicóptero después de que esa copia de Na'vi con ropa humana saliera también. A juzgar por el tamaño del otro demonio, tú eras una cría; eras de su edad, seguramente.
No pudo evitar verte de arriba abajo. Tu cabello era oscuro, pero no tanto como el de un Na'vi, era largo y ondulado, y, por más que buscó, tú no tenías un tswin, ni una cola. Si ya pensaba que los chicos del bosque eran raros, tú estabas a otro nivel; eras un demonio, después de todo.
Había una máscara protegiendo tu rostro ("no respiran nuestro aire", recordó), y tenías una cosa en tus manos, era larga, delgada, cuadrada y transparente, pero en el medio había algo, como dibujos que podían moverse al antojo de tus dedos. Sintió curiosidad. Te observó seguir al otro humano y a la copia de Na'vi ("avatar", se dijo), así que no pudo evitar mirar tu espalda alejándose y, por consecuencia, tu cuerpo. Eras tan diferente. Donde un Na'vi era alto, tú eras pequeña; donde un Na'vi era delgado y esbelto, tú tenías miles de curvas iniciando por tu pecho. ¿Por qué los demonios eran así? Jamás había visto piernas tan grandes, ni caderas tan anchas.
Se burló cuando te vio caminar como un bebé por el piso elástico, rebotabas y rebotabas, y tuviste que extender tus brazos para no caer. Se quedó lejos de ti, pero seguía vigilándote. Se dijo a sí mismo que era por seguridad, un demonio siempre era peligroso, incluso si era uno tan enano como tú. Así que, intentó encontrar tu debilidad.
Usabas ropa delgada, blanca, la tela envolvía tu pecho, tu torso, pero volaba en tus piernas, y era capaz de notar lo rosado de tus rodillas, de tu pecho y de tu cuello. Se dijo que seguramente tu cuello, tan delgado que su mano lo envolvería entero y sobraría, era lo más delicado de ti como su tswin. Pero mirando más abajo, a la piel descubierta de tu pecho, se dijo que también debería de ser tu punto débil. Y mirando más abajo, a la piel cubierta por la tela, se dijo que seguramente también era tu punto débil.
"Los demonios son tan insignificantes", pensó, sin embargo, no te podía quitar los ojos de encima.
