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1956
La lluvia salpicaba las calles del pueblo. Era pasada la medianoche. Un par de almas perdidas que seguían fuera se apresuraban a llegar a sus destinos o por lo menos a un refugio en lo que el clima amainaba, sin embargo, ese no era el comportamiento de la joven que avanzaba calle abajo a paso tranquilo dejando que la lluvia la empapara por completo.
La joven ataviada en una gabardina color crema, se detuvo delante de la puerta de un viejo bar. Cerró los ojos y disfrutó de la sensación de las gotas cayendo sobre su rostro. Había pasado un tiempo sin poder apreciar el regalo de la lluvia así que quería prolongarlo tanto como pudiera.
Al entrar al bar, la joven notó que apenas estaba ocupado por unas cinco personas incluyendo al barman que limpiaba aburrido los tarros de cerveza. No era el lugar más elegante que había visitado, pero tampoco era el peor.
El barman levantó la mirada del tarro que secaba con un sucio paño al verla acercarse a la barra.
-Estoy buscando a Paul McGuire - anunció.
El hombre detuvo sus movimientos para observar con una ceja arqueada de arriba a abajo a la joven que se escurría sobre el piso de madera. Encogiéndose de hombros, señaló hacía un pasillo con un cabeceo.
-Al fondo a la izquierda -
Después de dejar un billete sobre la barra, se alejó goteando por el pasillo. Un par de puertas antes de llegar al final, se dio la vuelta asegurándose que estaba sola. El chasquido de sus dedos resonó en el espacio creando una cálida brisa que la rodeó secando por completo su atuendo.
De pie delante de la puerta podía escuchar los murmullos de una discusión la cual se detuvo cuando llamaron con un firme toque.
-¿Paul McGuire?- preguntó al hombre de piel oscura que había abierto la puerta.
-¿Quién eres?- respondió arqueando una ceja
-Usted me contactó, usted debería saberlo -
Paul miró escéptico a la joven ante su apariencia de no más de veinticinco años.
-¿Es ella? - preguntó un hombre a espaldas de Paul.
La joven sonrió al notar el nerviosismo que intentó ocultar con voz autoritaria.
-Soy yo - respondió por Paul -. ¿Van a dejarme pasar o quieren discutir nuestro arreglo en el pasillo?-
La reunión en la oscura habitación del bar tardó menos de diez minutos. Todas las partes habían estado de acuerdo que cuanto antes se iniciara con el trabajo, antes terminaría.
La joven guardó el sobre con dinero contado en su gabardina y se deslizó en el asiento trasero del auto que les había estado esperando. La diversión brillaba en los ojos de la joven ante el comportamiento tenso del resto de los pasajeros. Era normal que sus clientes mantuvieran el aire lleno de nervios y escepticismo momentos antes de que le mostraran en lo que se habían metido, lo divertido aquí era que si bien la habían contratado para que se deshiciera de lo que sea que habían invocado, ellos no querían que eso ocurriera, al menos, Alexander Burgess no quería deshacerse de lo que sea que estuviera en su sótano si el cosquilleo en la piel de la joven generado por las barreras que rodeaban la propiedad tenían algo que decir al respecto. No, ese hombre buscaba algo más que la simple protección de la criatura en su sótano que insistentemente le habían pedido.
El nombre de Burgess había resonado mucho en los últimos años. El padre de Alexander, creador de la Orden de Antiguos Misterios le había gritado a los cuatro vientos que tenía atrapado al Diablo en su sótano. La joven nunca lo había comprobado en persona habiendo tenido demasiado trabajo en el último siglo, pero por lo que ella sabía, uno: Lucifer seguía gobernando el infierno; dos: los duques y principados del infierno seguían cumpliendo sus funciones y se reportaban al igual que los demonios inferiores, por lo tanto… tres: y no menos importante: lo que Roderick Burgess había capturado en su sótano no era un ser del infierno.
Al llegar a la puerta que llevaba al sótano, Alexander se detuvo abruptamente.
Paul al notar la batalla interna de su amante le sostuvo la mano dándole un suave apretón - Démosle una oportunidad… -dijo justo a tiempo antes de que las barreras obligarán a la joven a irse.
El pequeño intercambio solo confirmó las sospechas de que Paul si quería deshacerse del ser atrapado, mientras que Alexander solo la había contactado para complacer a su amante.
Apenas las puertas se abrieron, un haz de energía hizo que la joven diera un paso hacía atrás. Ella conocía esa energía…ese poder.
En el centro del sótano había una estructura de hierro y cristal, y no cualquier estructura, una jaula, una maldita jaula que contenía al Sueño de los Eternos.
