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Segundo Tema

Summary:

Link y Zelda llegan a Hateno y aprenden a coexistir con los silencios y su mutua presencia. Para ello se requieren las mañanas, las tardes, los momentos vacíos en los que uno no tiene opción más que mirar en los ojos del otro.

Work Text:

I

 

El viajero llega a Hateno al amanecer. 

Los primeros rayos del sol acarician el pasto húmedo; el viento norteño, proveniente del Monte Lanayru, levanta la tierra y sacude el cartel que cuelga sobre la entrada. Hateno está en movimiento desde antes que aparezca el sol, y su suave bullido crea un nido cálido entre las montañas inhóspitas.

El caballo del viajero avanza con trote suelto por el camino pedregoso. El jinete clava los ojos al frente y sostiene los rieles con naturalidad; ocasionalmente mira sobre su hombro a su acompañante, una muchacha de blanco bañada en mugre y lágrimas; una muchacha cuyos ojos observan, con maravilla extraviada, al amanecer teñir de carmesí los techos de las casas. Su cuerpo, frágil y tembloroso, parece hecho de espuma; da la ilusión de evaporarse en el sol. 

El viajero es Link; la muchacha fantasmagórica, una desconocida. Thade, el guardia autoproclamado de la entrada, se aparta para dejarlos pasar. El saludo usual que da a los visitantes ( ¡Bienvenido a Hateno! Ya sea que venga a probar los frutos frescos de nuestra cosecha o peregrinar a la fuente de la sabiduría, ¡lo recibiremos con los brazos abiertos! ) muere en sus labios. El corazón le tiembla en el pecho como un saltamontes. 

Link saluda a Thade con un gesto amable, aunque su mirada remota entibia el ademán. Pronto Link y la muchacha de cera le dan la espalda. Si no fuera por los relinchos del caballo y por el golpear de sus pezuñas, Thade pensaría que ha visto una aparición, pues no se atreve a seguirlos con la mirada. 

 

» ¿Viste a Link? Llegó al amanecer. Tenía sangre y mugre por todas partes. La sangre caía y caía, ni estaba seca aún. Hizo un reguero que la pobre Alaza tuvo que limpiar. ¡Imagínate, la entrada de nuestro pueblo parecía la de un matadero!

» No, no, yo no sé nada. Aquí no andamos de chismosos.

» ¿Y la chica, será su novia? 

» ¡Cómo! Si es una cría. Pobrecita… parece un esqueleto con piel. ¿Dónde la habrá encontrado? 

» En el camino, ¿dónde más?

» De no-sé-dónde. De ahí vienen todos los extraños, y ahí van. Link es el único que he visto volver. 

» Pero la chica… se veía mal. Muy flaca, muy enferma. 

 

Sofora e Ivena corren hacia la posada para avisarle a Prima que Link volvió. 

Prima juega con el lazo rosa alrededor de su cuello y deja que en su rostro aparezca una pequeña sonrisa. No lo ha esperado, y sin embargo… 

– Vino con una muchacha.

Vaya, ¿qué? 

… En verdad, nunca sabe qué hará Link.

Llegó a su vida como un torbellino, oliendo como si hubiera pasado años en un hoyo de tierra: piel curtida, uñas moradas, heridas aún abiertas, hierba en el cabello… La primera vez que Link llegó a la posada era tarde. Prima resintió tener que prepararle el agua caliente a esa hora, pero Link no lo notó, como no notaba (o fingía no hacerlo) muchas cosas. 

Con la misma naturalidad que llegó se fue, y Hateno cambió para siempre. 

Prima se había acostumbrado a la rutina, a un pueblo en el que el paisaje y la vida social eran inmóviles. Lo más peculiar que podía suceder era la llegada de las estaciones o el casamiento de fulana con fulano de tal. 

Mas llegó Link, quien rescató a las ovejas de Koyin, compró toda la ropa de Sofora y encontró una receta del abuelo de Sal. Cuando Nat y Meghyn regresaron sin trufas centenarias (¡difíciles de encontrar, muy valiosas!) de las cuales viven, Link les dio veinticinco de golpe, dejando al par preguntándose si había sido genuino o si había un ardid escondido en su generosidad. 

Con el tiempo, Prima aprendió esto: Link lleva el corazón en la mano. No te lo dará, pero siempre lo tendrás a la vista. Será siempre sincero, nunca pedirá más de lo que quiere. Esto hace sumamente fácil y difícil amar a Link: fácil porque es honesto, dulce y su risa es como el repicar de la pequeña campana que Prima guarda en su bolsillo; difícil, porque Prima tiene que dejarlo ir cuando empieza apenas a acariciar la superficie de su ternura. 

El amor de Link se posa en lo simple: en los surcos de la arena, en las hojas marchitas, en el gato de cola pelada que ronda la posada de Prima… pero como una mariposa, no discrimina. Se posa en esto, luego en aquello, y de vez en cuando vuelve; sin embargo, Prima no cuenta en ello. Link ama más la aventura, el aire del mediodía, las llanuras verdes, el eco de sus pasos en una cueva. O tal vez no. No es como si hubieran hablado sobre ello alguna vez. De todos modos, basta que Link llegue a la posada para que Prima olvide tales reflexiones. 

– ¿Y qué más? – pregunta Prima. 

– El castillo… – dice Ivena.

Prima abre los ojos como platos. 

– El castillo ha dejado de emitir esa luz maligna. 

Varias canciones de cuna hablan del castillo de Hyrule y la batalla que ocurre en sus pasillos mohosos, batalla entre la princesa divina contra un demonio nacido del odio. Aquella lucha mítica sucede en el corazón de Hyrule y algún día desataría el ímpetu del caos sobre la tierra. A menos que (y aquella es la parte que le permite a los niños que escuchan las canciones dormir en vez de bramir con terror) el héroe de la profecía se alce entre los muertos y venza al villano con la espada legendaria.

Prima cree saber quién ha sido aquel héroe. 

Se despide de Sofora e Ivena. Corre, atraviesa el pueblo con sus zapatillas de cuero suave. Su calzado se cubre de tierra húmeda y hierba, sus mejillas se calientan y se hinchan de cansancio. Corre, y Hateno se sorprende de ver a Prima, la orgullosa y delicada Prima, quien se guarda a la luz de las velas para conservar pálida su piel, andar con tanta prisa en el sol del mediodía. 

Llega al cerro, el único lugar del pueblo desde el cual se ve el castillo. Tan solo ve su silueta, apagada y oscura contra los rayos del sol. Difusa, como si la viera a través del agua.

Prima se estremece. Cierra los ojos y murmura una oración que poco vale en sus labios que no creen. 

Link , piensa.

Se siguen sembrando rumores en Hateno. Y, como todos los rumores, no florecen, sino que enraizan. 


 

 

II  

 

El vapor me arranca lágrimas secas de los ojos. 

Link me ha dejado en el baño, un cuartucho de madera que cruje bajo mis pies como si estuviera podrido. Siento el cuerpo pesado, como partido en pedazos que une una cuerda gastada. 

Mi pecho palpita como una cosa medio muerta, pero palpita. Arrastro los pies y me siento en un banco. Al frente mío hay un espejo empañado por el vapor que nace de las brasas. En él veo mi cuerpo, opaco como si lo dibujara un artista adormilado. Pero mi cuerpo es de carne, carne que cuelga y se revuelve y que puedo exprimir con los dedos… cuerpo que se pudre en su juventud aparente. 

Pronto recuerdo lo que tengo que hacer: hundir el paño en el agua y restregarlo contra mi piel áspera. 

Cuando era pequeña, mi padre me hacía tomar largos baños. Las monjas decían que me purificaría. Sin embargo, no importó cuánto sumergiera mi cuerpo en el agua profunda y helada de la fuente, la voz de la diosa nunca vino a mí. A veces imaginaba oirla, dulce como un arpa de oro, pero no eran sino las cuerdas de mi desesperación articulada. 

No importó cuanto me “purificara”, lo divino nunca me acogió. La furia y el odio no se purifican, el deseo y la culpa no se purifican. Se guardan en algún lugar del cuerpo -no sé dónde- y ese rinconcillo anida un cuajo pútrido que es lo más humano de uno. 

Eso es lo que había perdido, y ahora que lo tengo de vuelta no sé cómo vivir con él. 

Fui luz, y ahora mi carne me parece como un lodo sólido. Fui diosa, y ahora mi respiración es un vaho inmundo. Pero yo amaba mi cuerpo. Quiero amarlo de nuevo. 

Y no hay mejor manera de empezar a hacerlo que sintiéndolo, bañándolo. 

Comienzo con el pie derecho. Antes de entrar al baño, Link me descalzó de mis sandalias de cuero podrido. El empeine del pie tiene unas marcas irritadas; las venas moradas resaltan en mi piel sin color. Restriego el paño caliente y suave sobre él. Lo paso entre mis dedos, dejando que la mugre se acumule en la tela blanca. 

Los dioses no tienen pies, ¿sabes? 

Ese tipo de debate entretenía a teólogos barbudos que me decían que comer pastel disgustaba a la diosa y que los lunares de mi vientre eran un ‘signo de perversión’. 

Los dioses no tienen pies porque no necesitan del suelo. Antes de andar, los animales se arrastraban con la testuz en el suelo. Ahora son las patas lo que están en contacto con los gusanos, con la tierra pegajosa.

Los dioses no andan, no se arrastran. No se precipitan sobre sus pasos. Nunca bailan, no corren. No pliegan las rodillas contra su pecho para hacerse pequeños: ello es un atributo de su divinidad. 

Siento la espalda baja adormilada y me estiró echando los codos hacia atrás. Luego es el cuello lo que me molesta. El calor me respira en la piel y sorbe de la copa de mis poros. 

Paso a mis piernas. Deslizo el trapo gentilmente. Me toma diez minutos, pues me distraigo observando el vello que crece entre mis venas. 

Mis rodillas son oscuras: nueces con concavidades deformes en los lados. Mis muslos son chupados y pellejudos. 

Sigo pasando el trapo por este cuerpo que aún me es ajeno. No sé en qué momento rompo a llorar. 

Luego (¿un minuto? ¿una hora?) escucho un toc toc contra la puerta. Es Link, amable y extraño como la forma que me envuelve. 

 

 

 

III



Link está sentado frente a la mesa de la cocina, frotando una masa con sus dedos pálidos. 

Todo él es blanco: su cabello, su nariz, el arco de sus pestañas… Zelda baja la escalera con sus dedos rozando el muro y vacila al ver aquella figura nívea. Cubierto de harina, Link parece un ánima bajo la luz aceitosa de los faroles. Un grave y tenue canturreo se escurre en los oídos de Zelda, similar a un ronroneo largo… es Link cantando. 

Zelda se sienta frente a él. Link deja de tararear y le mira. Sus ojos recuerdan al filo de una espada, brillantes y lisos. 

En la mesa de la cocina hay, aparte del mantel bajo la masa, un recipiente con rodajas de manzana bañadas en canela. Zelda toma una y se la lleva a la boca.

– ¿Pay de manzana? 

Link sonríe y asiente. Luego vuelve la atención a su trabajo, enroscando sus dedos como cuñas para amasar mejor. 

– Tengo que hablar contigo – dice Zelda –. Desde que llegué me he encerrado en el cuarto y perdido los días. Tú haces todo aquí.

No lo tira como una acusación (¿cómo hacerlo? Zelda fue una princesa, acostumbrada a tener mucamas girando alrededor de ella como polillas pardas; es probable que Link haya querido imitar aquello), sino como una observación trivial, una que no obtiene reacción alguna de Link, cuyos ojos insistentes se mantienen sobre la masa blanca. 

Evidentemente Zelda no esperaba obtener una reacción. Para Link, darse es el estado natural de las cosas. Zelda ha tenido el pensamiento (cruel, tonto) de que si alguien le pidiera con suficiente impotencia que se abriera las carnes y se dejara sangrar, Link lo haría. Link, el héroe , seguramente se ve a sí mismo como una fuerza creadora y de cambio: el hacer cosas por los demás es la manera práctica de reafirmar aquella función asignada por la diosa Hylia (y solo en apariencia por él mismo). 

El héroe es un heraldo de la diosa, un medio por el que ella ejerce su voluntad. Tal vez Link encuentra satisfacción en ello, en saber que sus acciones son… divinas. Tal vez por ello entrega dádivas con tanta serenidad y orgullo. 

No, no, Zelda está siendo injusta… No es la impotencia o la cobardía de los otros lo que lleva a Link a ayudar a los demás (por más que a veces quiera creerlo), sino la bondad y sensibilidad de su corazón. 

Se cuenta que la diosa Hylia suprimió las impurezas de un espíritu y lo sembró en su elegido. Esa alma amorosamente amputada es la de Link, forzada por sus mismas deficiencias (sagradas, benignas) a ser buena

¿Pero puede realmente alguien ser intrínsecamente “bueno”? Zelda recuerda al Link de antaño, a su tendencia de atar sus pensamientos en un nudo rojo siempre pronto a explotar…  ¿No luchaba él, como se dice coloquialmente, con sus demonios? ¿No fue el coma lo que lo reblandeció? ¿No fue ella, aprovechando la obnubilación y la inocencia de un Link recién despierto, la que le sugestionó el deseo de ayudar a Hyrule? 

¿Qué hubiera sido de Hyrule si Link hubiese sido un poco más egoísta?  

Cuando vuelve a enfocarse en el momento, Zelda tiene una masa blanda en las manos. Mira a Link, sin saber si le ha hablado (como si  alguna vez fuera a hacer eso…); sus ojos se encuentran. Link sonríe y hace un gesto flojo hacia la pasta, el cual Zelda no entiende.

Zelda se aclara la garganta y continúa su discurso. Por algo lo practicó frente al espejo. 

– En fin, haces todo aquí y… es injusto.  Me incomoda. Es como si me estuviera aprovechando, es… 

Link señala la masa de harina, interrumpiéndola. Encoge los dedos como si fueran patas de araña. Zelda por fin entiende… Link quiere ayuda para mezclar aquella pasta. 

– Lo que quiero decir es que he estado pensando en mudarme. A Kakariko, tal vez. Cuando fuimos vi a la pobre Paya tan sola… – Zelda se pone de pie para lavarse las manos –. Además, Impa y yo somos viejas amigas. 

Hay una jofaina de cerámica en la mesa. Zelda levanta la jarra y vierte su contenido; luego desliza los dedos en el agua tibia. 

La vida de Paya no es envidiable. Zelda la recuerda como una figura gris inclinada sobre el piso de madera, un paño con motas negras en su puño de porcelana. La recuerda con la mirada baja, andando con los brazos replegados contra el cuerpo, prefiriendo incomodarse a incomodar a los demás. 

Estar alrededor de alguien así sería (Zelda nunca diría esto en voz alta) consolador. Mejor que estar con Link, que le prodiga lastima. Francamente, Zelda había esperado que fuera al revés. Pensaba que ella extendería los brazos y que Link se acurrucaría contra el pulso de su pecho. De ese modo, podría recibir consuelo de forma discreta, sin que Link ni nadie se diera cuenta de que lo estaba recibiendo. 

Suspira. 

– A veces siento que no te conozco, y tal vez es así. No quiero ser una carga para ti, Link. Ya lo he sido suficiente.

Link se pone de pie. Zelda escucha el chillido de la silla al raspar el suelo y el crujido del asiento al ser liberado de su peso. 

Link está pronto a su lado, mirando la palangana en la cual las manos de Zelda yacen inmóviles. Alza los brazos hacia ella.

– ¿Es esa tu respuesta? – pregunta Zelda. 

Link asiente y Zelda, con una mezcla de vergüenza y alivio, acepta el abrazo. 

 

 

 

IV

 

Prima se despierta antes de que amanezca. 

Se cubre con un delantal gastado, se maquilla el rostro (su sombra de ojos es siempre turquesa), se pone un sombrero de paja, tiende su cama y se acuesta en ella hasta que un rayo anaranjado viaja de su vientre aterciopelado a la punta de su nariz. Luego se levanta y cierra las cortinas. 

Prima ensaya una sonrisa en un espejo manchado antes de bajar las escaleras de dos en dos, sosteniendo su falda con el pulgar y el índice. Prima leyó en un manual de etiqueta que así debía hacerse: al asir un objeto, es debido buscar la manera más elegante e inconveniente para hacerlo. De ese modo se demuestra una sofisticación que, aunque forzada y de gusto dudoso, es mejor que nada.

Hoy es día de aseo; la posada está cerrada. Prima pasa la mañana entera barriendo la planta baja, sacudiendo alfombras cargadas de mugre, cambiando las flores marchitas de los floreros. Las cortinas están cerradas como siempre. Prima restriega el trapeador pelado sobre la superficie, meneando las caderas como un péndulo. 

Canta. Son naderías, frases nasales para ella y nadie más. Por ello no escucha los golpes rápidos contra la puerta. Cuando Prima termina de trapear coloca las toallas usadas por los clientes en una canasta de mimbre y abre la puerta trasera: Link está enfrente; pecoso, tostado, con esa sonrisa que convierte sus ojillos en chispas azules. 

– ¿Tú qué? – dice Prima, sonriendo. 

Link entra a la posada, mirando alrededor como si fuera la primera vez, al igual que hace siempre. Prima piensa que es un esfuerzo innecesario, ¿pero quién es ella para juzgar al héroe de Hyrule? 

Además, la atención quirúrgica de Link tiene sus ventajas: probablemente es por ella que es tan buen guerrero y, aun más importante, es por ella que evita cuidadosamente las zonas aún mojadas del piso. 

Link inspecciona la recepción. Suelta un silbido al ver el escritorio reluciente. 

Prima ríe. Link es el único hombre que conoce que reacciona con tanta satisfacción a la limpieza.   

Link toma un folleto turístico y lo hojea. Es una breve descripción de zonas de interés cerca de Hateno: la bahía de Nucluda, el dominio Zora, la aldea Kakariko, los picos gemelos, el monte Laynaru, entre otros. Link se vuelve hacia Prima con una sonrisa y le muestra el folleto, el cual ella escribió. Señala un garabato tembloroso que pretende ser una montaña. 

– Ah, no. Yo nunca… – Prima dice –. No he ido a esos lugares.

Link ladea la cabeza; Prima se irrita. 

– ¿Qué? No todos tenemos la libertad que tú tienes – Prima mira afuera por la puerta abierta. El cielo está manchado de nubes y la cordillera de Necluda traza una línea sobre el horizonte. 

Todo tiene un lugar en el mundo. 

Imagina al destino como una mano cargada de anillos, con venas saltadas y uñas largas.  O como una niña con las rodillas lastimadas que, no obstante, persigue a un animal. La testarudez de los ancianos, el capricho de los críos… eso es el destino. 

Hay destinos grandes de cuyo cumplimiento dependen los destinos pequeños, los cuales son como migajas de pan que uno arrastra al borde de la mesa y deja caer. El de Prima es de ese tipo, al igual que el de la mayoría de los habitantes de Hateno.

– Voy a lavar las toallas – Prima apoya la canasta contra su cadera y lo mira. Luego se echa a andar al río, sabiendo que Link la seguirá.

Cruzan el pueblo en silencio. El cielo los cubre con su jovialidad distante, y el sol los besa con sus rayos. 

Llegan al río al medio día. Prima deja caer la canasta con un resoplido (su dignidad no le permitió aceptar la ayuda de Link) y se sienta junto a ella en la orilla del río. El agua se desliza con bravura inusual, echando espuma y formando remolinos turbulentos. Si Prima entrecierra los ojos, puede distinguir los destellos plateados de las colas de los peces. 

– Es un mal día para lavar – dice Prima –. El río está recio.

Abraza sus rodillas. Esto le hará perder una hora y media de trabajo, lo que no es poco para alguien que aún tiene que limpiar el hollín de la chimenea, cambiar las sábanas de las camas de los clientes, y asear la bañera. Maldice en voz baja y se quita las viejas calcetas y los zapatos. Ya que está aquí, al menos disfrutará el agua un momento. 

Link está de pie junto a ella, sus ojos cerrados y la barbilla levantada. El sol se plasma en su rostro. Prima lo observa con la misma curiosidad y cuidado que uno tendría con un animal salvaje. Momentos después Link está en el agua, chapoteando y atrapando peces con las manos solo para dejarlos escapar. 

– ¡Me salpicaste! – exclama Prima, riendo a pesar suyo. Link saca la cabeza del agua y la sacude, echando gotas por doquier. Su única respuesta al reproche de Prima es una carcajada.

Rato después, Link se sienta sobre una roca en medio del río y señala la canasta. Prima sacude la cabeza. 

– Ni por mil rupias entro. 

Link pone los ojos en blanco. Se echa un clavado, nada hacia la orilla y toma la canasta (no sin antes salpicar un poco a Prima). Ahora que Prima ha tenido más tiempo para reflexionarlo se ha dado cuenta de que lavar en la orilla es algo… perfectamente posible. Pero en fin, a Link le gusta ayudar, ¿así que por qué no dejar que lo haga? 

– El jabón y el lavadero están en la canasta – dice Prima. 

Link le muestra el pulgar hacia arriba. 

Qué absurdo. El héroe de Hyrule haciendo sus quehaceres… Parece un mal chiste, un rumor que alguien esparcería para dañar la imagen de Link. Y, sin embargo, es real.

Prima observa la espalda arqueada, los brazos torpemente estirados hacia delante, los ojos concentrados en los estadillos de espuma. Siente como si le hicieran papilla el corazón. “Es debido buscar la manera más elegante e inconveniente para hacerlo” ... Link tira esa regla por la borda, así como tira todas las reglas: hace lo que quiere. En sus entrañas no hay cinismo, no hay ceniza, no hay sueños de ayer. A veces Prima se pregunta si siquiera hay sangre.

¿Por qué eres de aquel modo y yo soy de esté?

Prima observa a Link, y a su vez siente su mirada sobre ella como un aguacero caliente. No debería verla así. ¿Por qué hace eso? Es cruel (lo haría por cualquiera, Prima lo sabe y aun así se mortifica). 

Es tan bueno. Existir a su lado es sencillo; su sonrisa es un vórtice de vida. Él es tan distinto a los demás que Prima no cree en su humanidad. A veces le parece un ángel o una anomalía. Es molesto. 

– Link, ¿es verdad que la chica que trajiste es la princesa Zelda? 

Link la mira con sorpresa. Asiente. 

– Vaya… Felicidades por salvarla. Es lo que querías hacer desde el principio, ¿no es cierto? 

Link vacila, pero luego sonríe. Ha terminado de lavar y regresa a la orilla con la canasta. Prima se calza los zapatos y se pone de pie. 

– Me ahorraste un trabajo bastante tedioso – Prima dice –. Quiero darte algo en agradecimiento.

Saca una campana de cobre del bolsillo. Es pequeña, con espirales grabados en su superficie y un lazo azul cuidadosamente atado alrededor de su mango. Link reconoce la campana y ríe, lo cual hace sonreír a Prima: es la campana que Prima usa para despertar a los clientes y, cuando se trata de Link, Prima siempre procura que sea bastante ruidosa. 

Apenas está en su mano, Link la hace sonar y sonar. 

– Oye, nada de repicarla para molestarme, ¿entendiste? Si no instalaré un campanario junto a tu casa y nunca volverás a tener una buena noche. 

Recibe un ding ding por respuesta. Link cuelga la campana en su cinturón. 

– Toma esto también – Prima le pone su sombrero de lazo rojo sobre la cabeza. Link se lo ajusta con cuidado, como si lidiara con el pétalo de una rosa en vez de vil paja. 

Ante su mirada curiosa, Prima se encoge los hombros –. Quiero que me dé un poco de sol. 

Suspira. 

– El resto lo haré yo, ¿va? Adiós, Link. 

Eso es todo. Lo deja ir, y él ni siquiera se da cuenta. O tal vez sí, ya que Link se detiene para mirarla una vez más. A cada paso que da lejos de ella, responde el tintineo de la campana. 

 

 

 

 

Cuando Zelda despierta, la luna está en su ventana, cubriendo la habitación con su brillo dócil. 

Zelda se incorpora procurando no molestar a Link, quien duerme a su lado. Es un arreglo algo incómodo, pero Link se rehusó a que ella durmiera en el suelo y ella a que él durmiera en él, así que…

Zelda posa los ojos sobre el rostro alunado de Link. Su piel cobriza toma un tono grisáceo entre las sombras, sus pómulos salientes se vuelven de un filo tierno. Todo se ve distinto en la noche, piensa. 

En aquel momento, Link está inmóvil como el silencio que carga siempre en los labios; sus párpados son mantas de seda en las cuales no le está permitido a Zelda deslizarse. Sus sueños, por más curiosidad que tenga, permanecerán para ella secretos. Es dulce, mundano, que ahora exista aquella barrera entre ellos. 

Probablemente sueña sobre Hyrule. O - aún mejor - tal vez sus recuerdos vuelven a él durante las noches, y se disipan al despertar. Zelda había despertado por su sueño (soñó con el día anterior a la Calamidad, cuando Link y ella emprendieron su viaje a la Fuente de la Sabiduría), pero este se disipa de su mente como el rocío se evapora. Solo queda intentar volver a dormir. 

Se inclina para plantar un beso en el mentón a Link, pero recapacita. No es ese Link, aunque dormidos sean indistinguibles. Se acuesta y cierra los ojos.

Me pregunto cómo me veo en sus sueños, si es que sueña conmigo: ¿Cómo antes, o ahora? ¿Con una tiara en la coronilla? ¿O con las manos manchadas de barro?

¿Sonrío en sus sueños? Él sonríe en los míos. 

… En verdad, no importa. Tenemos muchos días para aprender nuestras sonrisas.