Work Text:
El cementerio era un lugar fascinante.
Mientras caminaba hacia él, ajustándose el abrigo, el viento fresco sonaba como una canción tenebrosa que musicalizaba la escena. ¿Era él el protagonista, o uno de los cuerpos allí enterrados? Su egocentrismo adolescente le hizo pensar que, sin duda, tenía que ser él.
Aun no anochecía, pero no quedaba mucho para que el sol se ocultase. Había sido un día nublado, de todas formas; muy otoñal. Si bien el ambiente lúgubre podría haber espantado a otras personas, no a él, que estaba acostumbrado. El frío, por otra parte…
Terzo se abrazó a sí mismo, preguntándose qué demonios hacía allí afuera en vez de estar en su habitación, cómodo y cálido frente a la estufa. No dejó que la idea lo tentara, y continuó con paso firme hacia las tumbas.
Había visto el solitario cementerio desde una de las vidrieras al terminar sus clases de la mañana, mientras paseaba por el pasillo con Secundo. A pesar de no haberle prestado atención entonces, pues aún tenían tareas por cumplir, la imagen se había atascado en su cabeza.
Incluso estando en los propios jardines del Ministerio, Terzo apenas pisaba el sitio. Lo cual no tenía mucho sentido, porque le gustaban los cementerios. No como algo sexual —seguro que existía una filia de eso—, pero había algo atractivo en ellos, ¿no? Eran como un museo, de cierto modo: repleto de seres que habían existido en diferentes épocas, con sus respectivas complejas historias, ahora juntos bajo un mismo suelo; sus nombres gravados en piedra y, quizás, sus almas revoloteando en el aire. ¿Sería esa la razón de que el viento soplara tan fuerte?
Considerándolo, era posible que lo hubiese abandonado porque se trataba de un lugar que siempre había estado presente: de niño jugaba a las escondidas allí, tanto que había llegado a aprenderse los nombres en las tumbas de memoria —aunque ya los había olvidado—. En algún punto, ese cementerio en particular dejó de tener encanto, y se volvió tan normal como cualquiera de los pasillos que recorría día tras día.
Pese a ello, esa tarde… No podía explicar el por qué, pero sintió la necesidad de acercarse. Y, tan impulsivo como era, se dejó llevar.
No tuvo ni que considerar a dónde iba, porque sus pasos lo llevaron a pararse frente a la tumba de su madre. No la visitaba desde hacía… mucho tiempo. No había llevado flores, pues era una tradición que encontraba ridícula; solo se marchitarían o terminarían volando. No obstante, se agachó para arrancar algo de hierba que empezaba a cubrirla y quitar el barro acumulado en el tallado. ¿No se suponía que tenían a alguien para encargarse de mantenerlo en condiciones? Sin llegar a dar impresión de abandono, tampoco se apreciaba ese cuidado.
O tal vez él estaba siendo sentimental. Era solo una piedra, después de todo. Por muy impecable que estuviera por fuera, no cambiaría el estado del cuerpo debajo. Y, siendo sincero, si ese fuese su trabajo, tampoco sería muy atento con las tumbas de personas que no conoció.
Se quedó allí, mirando el nombre de la mujer que le dio la vida, sin saber muy bien qué hacer. Cuando era pequeño, y Primo lo acompañaba, le sucedía lo mismo. ¿Qué se suponía que debía hacer?; ¿rezar para que su alma permaneciera en paz?, ¿contarle sobre él como si se tratara de una llamada telefónica y ella pudiera escuchar?, ¿o acaso pedir su bendición y ayuda para el futuro?
Su hermano le había dicho que no importaba lo que hiciera, que cada individuo iba al cementerio por razones diferentes, y expresaba su respeto hacia los muertos también de formas diversas. Así que Terzo había probado todas esas cosas, pero le resultaron ridículas. Al final, lo único que sintió correcto fue imaginar a esa mujer que apenas había llegado a conocer, y tratar de adivinar qué pensaría de él: ¿estaría orgullosa, o querría que se esforzara más? Por lo que le contaron, había sido bondadosa —aunque siempre se decía eso de los muertos, ¿no?—, así que a Terzo le gustaba pensar que no estaría enfadada con él, pese a no ser un hijo ideal y estar «descarrilándose», como su padre había dicho.
Puede que ella fuera la única que no lo juzgaría por estar inseguro respecto a su futuro, por sentir esas ansias de escapar y alejarse de todos. Por revelarse ante sus propias creencias porque el lugar al que quería llegar se veía muy lejano. Por dudar de sí mismo y de si iba a estar a la altura de las exigencias. Ella lo entendería, ¿verdad? Se supone que las madres hacen eso.
Sumido como estaba en sus pensamientos y recuerdos, Terzo no escuchó los sigilosos pasos que se acercaban a su derecha hasta que una tímida voz lo sacó de su ensoñación:
—Emm, disculpe…
El adolescente se giró hacia la voz llevándose la mano al pecho. Al menos, se dijo a sí mismo, no había mostrado tanto sobresalto exterior como el que sintió, y su grito quedó contenido en su garganta. Observó con reproche a su nuevo acompañante, para descubrir que era solo un niño.
—¡Mierda! —Estuvo a punto de regañarlo por el susto, pero al ver su rostro angustiado, se contuvo y suavizó el tono— No le hables tan abruptamente a la gente, mocoso. —Y, volviendo a adaptar una postura relajada, tuvo que preguntar—: ¿Quién eres?, ¿qué haces aquí?
El cementerio no era el típico sitio para encontrarse con un niño, menos aún solo y cuando casi anochecía. ¿Dónde estaban sus padres?
—Vine con mi orfanato a pasear por la ciudad, pero me perdí. ¿Podría llevarme a la parada de autobús, o cualquier lugar donde pueda volver?, ¿por favor?
Pese a sonar tímida, había cierta firmeza en su voz. Como si hubiese intentado hacer una exigencia y cambiado de opinión a último momento, dándose cuenta que no estaba en posición para eso. Su mirada, sin embargo, no mentía: era desesperada y tocó la fibra sensible de Terzo.
La falta de padres ya había sido explicada, pero quedaban otros detalles que no tenían mucho sentido para él. Aun así, trató de ser sensato y no cuestionar demasiado la historia, ya que la prioridad era ayudar al pequeño.
—Si viniste con un grupo, seguro que estarán buscándote —razonó—. Lo mejor sería llevarte a la policía, ellos se encargarán de contactarte con los adultos que estén a tu cargo. Si es que ellos no fueron ya a reportar tu desaparición.
—¡No, no! —El niño negó con ímpetu, meciendo su cabello castaño de un lado a otro—. No me lleve a la policía, no es necesario —Trataba de sonar calmado, pero no lo conseguía, intrigando más a Terzo—. Solo… necesito indicaciones de cómo volver, y listo. Ni siquiera tiene que acompañarme. Por favor.
De nuevo, el menor hizo un buen uso de su mejor expresión de desamparo para ablandar el corazón de Terzo, pero este ya tenía demasiadas dudas como para dejarlas pasar.
—A ver, niño… No te voy a dejar ir solo —declaró—. Por si no te diste cuenta, estamos algo apartados del resto de la ciudad, vas a terminar perdiéndote más. Y, para empezar, ¿cómo demonios te alejaste tanto para llegar aquí? A un cementerio, además.
El pequeño bajó la mirada, inseguro. Miró sus pies y apretó los bordes de su camisa con los puños. Terzo se cruzó de brazos, esperando pacientemente.
—Es que… estábamos en el parque luego de haber almorzado —comentó, volviendo a alzar la cabeza para enfrentarse al adolescente—. Y unos compañeros empezaron a molestarme, así que corrí. Corrí mucho. Y llegué aquí —paseó sus ojos por su alrededor—, y me pareció que era un lugar al que ellos no se acercarían, así que entré y me escondí. Pero pasó mucho tiempo y me di cuenta de que no sabía cómo volver y…
Su voz se fue apagando hasta que se detuvo, y miró a Terzo como diciendo «eso es todo». Él asintió, empezando a comprender mejor la situación. Su cerebro trabajaba rápido; había muchos elementos de la historia que le llamaban la atención, de una u otra forma. Trató de concentrarse en los puntos importantes primero.
—Está bien —dijo al fin—. ¿Y por qué no quieres ir a la policía? Sería lo más fácil, ellos te llevarían de nuevo, seguro.
Ya tenía una idea del por qué, pero necesitaba confirmación. El pequeño se vio nervioso durante un instante, indeciso con respecto a su respuesta: ¿debía ser sincero o guardarse esa información?, ¿qué tan confiable era ese adolescente? Sin embargo, debió de ver algo en Terzo que le dio la seguridad que necesitaba para hablar:
—La otra vez, cuando Lorenzo se perdió y lo trajo la policía, la madre superiora se enojó muchísimo con él. Y el padre aún más. —Y luego, más vacilante, agregó—: Prefiero que eso no pase…
Sí, Terzo lo veía claro: la forma en que había contado cómo lo «molestaron» y su manera de referirse a ese «enojo» eran sospechosos. Estaba minimizando el asunto, como si estuviera acostumbrado a ello. Tanto a que sucediera como a ocultarlo. Eso, sumado a su aspecto lamentable —estaba jodidamente flaco, no parecía muy saludable y sin duda le faltaban horas de sueño—, evidenciaban que la situación del niño era más grave y complicada de lo que parecía en un principio. Si estaba en lo cierto, tal vez debería llevarlo con un adulto y dejar que ellos se encargasen…
Pero no lo haría. Porque, de repente, el cuidado de ese chico había convertido en su misión. ¿Qué tan probable era de que justo apareciera el día en el que él, por alguna razón que aún no entendía, había decidido ir al cementerio al que —por lo general— nunca se acercaba? Era extraño. Una muy curiosa coincidencia… Y Terzo no creía en las coincidencias.
—Entonces… —habló de nuevo el niño, ya que él se había quedado en silencio— ¿Puedes ayudarme?
Oh, Terzo haría más que eso. Su mente ya estaba llena de planes para el futuro del pequeño. Aunque puede que se estuviera precipitando y dejando llevar por falsas ilusiones. Era mejor un poco más de información sobre él para estar seguro, no quería cometer errores.
—¿Cuál es tu nombre?
El niño pareció desconcertado, pero igual respondió:
—Todos me llaman Copia.
Terzo entrecerró los ojos, intrigado. Si bien él no era quién para juzgar un nombre, ese definitivamente no era uno común.
—¿Es tu nombre o un apodo?
El chico lo pensó durante unos segundos, intentando hacer memoria.
—Creo que tenía otro nombre antes, pero no lo recuerdo.
—¿Y «Copia» te gusta?
—Supongo —Levantó los hombros, mostrando indiferencia—. Está bien.
Era claro que el niño no estaba interesado en esa conversación. Realmente parecía que le daba igual su nombre, pese a que este sonara como si hubiese sido una burla en algún momento. De todos modos, tampoco se veía molesto por la curiosidad de Terzo, o su falta de intención por llevarlo de vuelta a la ciudad. Quizá él también había perdido el interés por regresar.
—De acuerdo —le sonrió, satisfecho con su nueva averiguación—. Yo me llamo Terzo. Vivo aquí.
Iba a girarse para señalar el edificio a sus espaldas, pero el chico se le adelantó:
—¿En el cementerio? —exclamó, alarmado. Y, después de un segundo pensamiento, con más conmoción, preguntó—: ¿¿Eres un fantasma??
Terzo no pudo evitar sonreír divertido. No, no lo era, pero podría serlo. Quizá en un futuro.
—¿Te asustaría si lo fuera? —preguntó, en tono de broma.
No daba la impresión de que el niño estuviese preguntando en serio, pero Terzo tenía verdadera intriga sobre qué tanto creía en las criaturas sobrenaturales. Algo le decía que Copia aún tenía mucho que aprender de ese mundo.
—No das mucho susto, en realidad —reflexionó el pequeño—. Pareces un adolescente normal… aunque es cierto que los adolescentes sí dan algo de miedo. En mi orfanato hay algunos, y siempre molestan a los demás. Pero tú no pareces así.
Ahí estaba de nuevo con lo de «molestar». Terzo frunció el ceño, no le gustaba cómo sonaba eso.
—¿Quienes los cuidan no hacen nada para controlarlos?
Ya no hubo vacilación en su respuesta, confiaba lo suficiente en Terzo para entregarle la verdad:
—A veces los castigan, si el niño está muy herido —admitió, con rencor en su voz—. En general, solo nos dan de comer y nos enseñan cosas aburridas. El resto del tiempo lo pasamos entre nosotros. Pero eso es bueno, porque cuando ellos están presentes se enfadan mucho y… Es mejor mantenerse alejado. Siempre que se pueda.
Terzo asimiló la información, haciéndose una idea más clara de las circunstancias de Copia en ese orfanato. Entendió a la perfección su enfado, así como su temor y recelo a contarlo. Él mismo sintió rabia e impotencia, de igual modo que un enorme orgullo por haber sido merecedor de su confianza.
No queriendo ahondar más en ese asunto —ya tendría tiempo para conocerlo mejor e indignarse con los sucesos de su pasado—, los dos permanecieron en un respetuoso silencio. Midiéndose, tratando de averiguar si el otro era lo que ellos necesitaban.
Se miraron a los ojos, y Terzo se encontró inmerso en todo lo que vio en ellos. Era casi como verse reflejado; pese a que no habían vivido experiencias similares, existía semejanza en el punto en que se encontraban: perdidos, confundidos, temerosos y ansiosos por una alternativa a lo que veían en su futuro.
La diferencia era que Copia había logrado enfocar su rabia contenida y transformarla en determinación. Eso era lo que lo había llevado hasta allí —hasta Terzo—: el correr y no detenerse, el adentrarse en un lugar cuya primera imagen era tétrica pero que, al final, no era peor que de donde venía. El confiar en su instinto para abrirse ante un desconocido que bien podría no haber sido digno de tal acto de fe.
A sus ojos, todas esas acciones denotaban que el niño estaba destinado a la grandeza, y permitir que tal potencial se perdiera sería imperdonable. El Clero —y él— necesitaban a alguien así.
Aunque tampoco quería poner demasiadas expectativas en el pobre chico; no sería como su padre. No se trataba de lo que Copia podría llegar a ser, sino lo que ya era. Lo que significaba su encuentro para Terzo, eso era suficiente. Copia solo tendría que ser un niño y disfrutar de ello mientras pudiera, que ya había hecho más de lo que debería. Era el momento de Terzo de devolverle el favor por todo lo que, consciente o inconscientemente, Copia le había hecho percatarse.
Y ya que él había podido vivir una infancia tranquila y —pese a ciertas particularidades— feliz, consideraba su deber otorgarle esa misma experiencia a Copia, quien parecía tener ya un alma vieja, cargada con preocupaciones y temores de adultos. Pero no había forma de que eso sucediera si él volvía. Los dos lo sabían. Sin haber mencionado todavía ninguna palabra al respecto, era un pacto ya establecido.
Sonriendo con levedad, Terzo pensó que era hora de lanzar el anzuelo:
—Pero supongo que tienes amigos, ¿verdad? O cosas importantes, porque a pesar de esa mierda que me cuentas, quieres volver.
—Eh… Mmm… —Incluso con el acuerdo tácito, Copia todavía estaba nervioso. Terzo se felicitó por ser precavido, y esperaba no estar leyendo de más en el niño—. En realidad, creo que no quiero volver —declaró, con cierta timidez—. Es solo que… hace frío y no quiero quedarme aquí toda la noche.
Terzo estaba fascinado por la dualidad del pequeño: por momentos, brillaba con llamas de entusiasmo, y hasta cierta picardía y complicidad; pero luego, tenía este otro lado suave, retraído y temeroso. Se preguntaba si ambos componían su personalidad o estaba fingiendo uno de ellos. ¿Su mirada anterior de desesperación había sido verdadera o pura pantomima?
Él creía ser bastante bueno para leer a las personas, y el pensamiento de un niño engañándolo le resultaba inaudito. Por lo que concluyó en que, sin duda, era el miedo filtrándose por los muros que Copia había construido para protegerse. Ambas partes de él eran auténticas, y ambas podrían ser apreciadas y bien utilizadas en el Ministerio.
Así que, frente a sus ojos de cachorrito, Terzo solo sonrió divertido. Ese chico era bueno en el arte de la manipulación, muy probablemente había sido una habilidad que tuvo que desarrollar para su propia supervivencia. En ese caso, para su mala suerte, no surtiría efecto. Terzo ya había dominado todas esas técnicas hacía tiempo, y podía resistirse a ellas. De todos modos, no es que hiciera falta: sus objetivos eran los mismos, Copia no tenía que forzar nada.
Por lo tanto, Terzo lo ignoró y continuó con lo que necesitaba saber:
—¿Crees que ellos estén buscándote?
—No creo. Deben estar felices de que me perdieron. O que me perdí.
Perdido… Copia ya no se veía así. De hecho, lucía como parte esencial de ese cementerio. Perteneciente al lugar al igual que él. Tanto, que Terzo se preguntó si Copia llegó allí siguiendo esa misma necesidad que él mismo había sentido.
—Bien. —Ya no había por qué alargar esa charla, los dos querían retirarse a un lugar más acogedor, por lo que Terzo decidió ser directo—: ¿Qué tal entonces si vienes conmigo? —Sin embargo, la mirada que recibió a cambio fue de desconfianza— ¿Qué? Creí que dijiste que no me tenías miedo.
Terzo sonrió de nuevo y trató de mostrarse relajado y confiado. Sabía que la proposición podía percibirse extraña y que la vacilación en el pequeño era justificada. No quería forzar nada, y aunque una negativa por parte de Copia derrumbaría todas sus ilusiones, no estaba en sus planes presionarlo. Si aceptaba, debía ser por voluntad propia, o nada tendría sentido. Y si no lo hacía, quizá se había equivocado en su corazonada.
—Bueno, sí, pero…
Decidido a darle su espacio para meditarlo, Terzo apartó la mirada y dejó que sus ojos vagaran por la oscuridad del cementerio sin prestarle atención. Él sabía lo incómodo que era tener que responder con la penetrante mirada de alguien clavada en uno, y no quería someterlo a eso.
Terzo era consciente de que le faltaba mucho por madurar, y por eso estaba intentando hacerlo bien con el niño. Solía cometer muchos errores, no iba a negarlo, y quizá incluso la estaba cagando con esto, pero necesitaba probarlo. Necesitaba esto. Ayudar a Copia y ayudarse a sí mismo… Dejar de estar perdido. Encontrar su lugar. Ganárselo.
Y la oportunidad estaba allí, frente a él, en la forma de ese adorable niño con pecas, rostro inocente y ojos que desbordan el entusiasmo que Terzo tanto anhela.
No obstante, esa chispa que le pareció distinguir en Copia antes, estaba ahora nublada con dudas. Y Terzo empezó a preocuparse.
Tal vez él no era el indicado. Quizá malinterpretó esta situación, y realmente era solo una gran y estúpida coincidencia, y no una señal que determinaría su futuro. Puede que solo estuviera siendo dramático otra vez.
Con un suave suspiro, intentó darle una salida a Copia, creyendo que podía ser lo que necesitaba. Después de todo, no le había ofrecido otra alternativa más que ir con él.
―O… ―habló por fin, llamando la atención del chico otra vez― Puedo acompañarte hasta una parada de autobús, ¡o incluso mejor! Esperamos un taxi, juntos, y te doy dinero para que lo pagues. Y listo, te vuelves a tu orfanato. O a cualquier lugar que prefieras. ¿Mmm?
Copia le devolvió la mirada durante un instante, antes de bajar la cabeza, inseguro de nuevo. Terzo estaba empezando a frustrarse. Ya recordaba por qué no era bueno con los niños.
¿Qué más podía hacer?, ¿qué quería Copia de él? Estaba a punto de preguntar, cuando el pequeño negó con suavidad. Fue un movimiento sutil, pero determinado. Una respuesta clara, por fin.
Dijo que no. No quería irse. Oh, Satán, ¿entonces Terzo tuvo razón desde el principio? ¡Por supuesto, nunca debió dudar de sí mismo! Copia quería quedarse, solo necesitaba darle el empujón final. Así que, siendo cuidadoso con sus palabras para no espantarlo, Terzo volvió a intentar:
—Mira, vivo allí ―dijo, señalando el edificio a sus espaldas―. Estamos muy cerca y, como dijiste, hace frío. Vayamos, te quedas un tiempo y decides qué hacer. Si en algún momento vienen por ti, puedes volver; o, si prefieres quedarte, mentimos, te escondemos y decimos que no tenemos idea de quién eres. ¿Suena bien?
Terzo sonrió, con el entusiasmo fluyendo por su cuerpo. Esto era lo que había estado buscando. Esta sensación…
—Vives ahí… ¿solo? ―preguntó Copia, su tono tímido de nuevo presente.
Casi riendo por la pregunta, Terzo negó, dándose cuenta de pronto de que a Copia le faltaba información. Mucha, de hecho. Por supuesto, no le había explicado nada aún, ¿cómo no iba a dudar? Había sido un idiota, demasiado metido en sus propios objetivos que no le había proporcionado a Copia lo que requería de él.
Tenía que remediar eso de inmediato.
—No, no. Claro que no. Somos muchos… ―Terzo lo pensó durante un segundo, y luego sacudió la cabeza―. No sabría decirte con exactitud cuántos, porque hay quienes solo están de paso. Pero te aseguro que tenemos a varios adultos que cuidarán bien de ti. En el buen sentido, quiero decir. Algunos pueden ser raros, pero no de esa manera, ¿entiendes? —Copia frunció el ceño y negó. Terzo rio con suavidad—. Que somos buena gente, eso trato de decir. Nadie va a propasarse contigo, de ningún modo. No toleramos eso. Y tampoco hay adolescentes que vayan a molestarte —Terzo sonrió de nuevo al acordarse de Secundo—. Bueno, mi hermano puede ser un poco rudo a veces, pero nada exagerado. Sólo tiene mal genio, a diferencia de mí, que soy encantador.
El adolescente rio de nuevo, aunque suspiró al percatarse del rostro inexpresivo de Copia. Supuso que el niño estaría tenso, por lo que lo dejó pasar, prometiéndose remediar su sentido del humor si tenía la oportunidad. No le vendría mal alguien que apreciara sus bromas, ya que sus hermanos no parecían hacerlo.
―No hay muchos niños, eso sí ―continuó―. Creo que solo está Manuel, el hermano menor de Leo, uno de los novicios; y Giulia, la sobrina del obispo Alberni. Ambos son un poco menores que tú, creo, pero estarán encantados de tener a alguien nuevo con quien jugar. Seguro que se hacen buenos amigos.
Copia no estaba prestándole atención. Su semblante estaba lleno de dudas de nuevo, y Terzo frunció los labios, listo para cambiar su táctica. Tal vez se había mostrado demasiado entusiasta y necesitaba retroceder otra vez. Se sentía casi como jugar al ajedrez ―él era bastante malo en eso, incluso haciendo su mejor esfuerzo Secundo siempre le ganaba―; estudiando las reacciones del pequeño para medir sus palabras y hacer su siguiente jugada. Terzo no se había sentido tan entretenido desde hacía mucho tiempo.
Estaba a punto de recordarle que no tenía por qué quedarse, que siempre podía pasar la noche allí e irse a la mañana siguiente, cuando Copia por fin habló:
—¿Son…? ¿Son todos… personas?
Ese fue momento de Terzo para mostrarse confundido:
—Eh, ¿estas preguntando si tenemos mascotas también?
Copia se mordió el labio y jugueteó con los bordes de su camisa otra vez.
—No. Es que… hace un rato, cuando estaba escondido, vi a un hombre. ―Tuvo otro momento de vacilación antes de proseguir, en un susurro―: Pero creo que no era un hombre. Tenía una máscara plateada, ¡y estoy seguro de que vi una cola moverse detrás de él!
Oh, de eso se trataba todo: Copia estaba asustado de los ghouls. Bueno, no podía culparlo.
Era gracioso, de hecho. Porque el chico habló con firmeza, como si intentara convencerlo de que era verdad, de que no mentía, y esperando que no le creyera. Terzo resopló con diversión.
—Ah, sí —Hizo un movimiento con la mano para restarle importancia, desconcertando a Copia, para quien el tema era muy relevante—. Bueno… sé que pueden dar algo de miedo al principio, pero te prometo que incluso ellos son agradables. Aprenderás a quererlos, y ellos a ti.
—Pero… ¿Qué son? —insistió—, ¿demonios?
—Algo así.
Terzo no quería ahondar mucho en ellos; los ghouls habían sido parte de su vida diaria desde siempre, por lo que nunca sobrepensaba su existencia o presencia en el Ministerio. No obstante, sabía que fuera del Clero podían generar tanto espanto como atracción, a veces de forma desmedida. Esperaba que Copia pudiera habituarse a ellos sin problemas, y que no resultaran un inconveniente para su integración.
—¿De verdad?, ¿no son disfraces?
Para su alivio, no existía ya la más mínima pizca de miedo en sus ojos, solo fascinación. Oh, Terzo estaba encantado. Sí, eso era justo lo que necesitaban. Los ghouls lo amarían.
Joder, se sentía muy orgulloso de sí mismo en ese momento. Había logrado verlo, a través de esa capa de inseguridad y miedo, Terzo pudo distinguir el alma de ese niño, ansiosa de encontrar un lugar en el que encajar, ser aceptado por quien era. Y ese lugar era allí, con él, con ellos. Copia encajaría perfecto.
—De verdad —confirmó—. Te darás cuenta. ―Y luego, con una suave risa, agregó―: Eso sí, no intentes tirar de sus colas para comprobarlo, detestan eso.
Aunque, si alguna vez lo intentaba, Terzo esperaba presenciarlo.
Copia miró hacia su alrededor con desconfianza. Solo entonces Terzo se percató de que ya había anochecido por completo. El cementerio tenía algunas luces, pero no las suficientes como para realmente iluminar. Apenas podía distinguir las siluetas de las tumbas, y entre ellos llegaban a verse solo porque estaban cerca y sus ojos parecían ya acostumbrados a la oscuridad.
El ambiente se había vuelto aún más tétrico de lo que era, y Terzo se sorprendió de que Copia estuviera tan tranquilo allí. Es como si, al igual que él, hubiese estado habituado a ese cementerio desde siempre.
Como los ojos del niño se quedaron fijos en el edificio frente a ellos, Terzo siguió su mirada. El Ministerio resaltaba entre toda esa negrura; resplandecía y aparentaba ser más grande y majestuoso de lo que era.
Volteando de nuevo hacia Copia, pudo verlo en su mirada: era como un faro que lo estaba llamando, guiándolo hacia él. Y Terzo estaba emocionado de poder ser quien estaba allí para encaminarlo.
Así era como sería, ¿no? Puede que todo esto fuese una prueba para mostrarle que sí estaba capacitado, y que en el futuro podría ser el líder que Ghost necesitaba y atraer a mucha gente a su culto, como bien estaba haciendo con Copia. Si bien ese niño parecía, de alguna forma, estar destinado a llegar hasta ellos.
Eso le hizo entender, de golpe, por qué había ido allí. Tal vez fue su madre, o el propio cementerio. Hubo algo que quiso que él —de entre todas las personas del Clero, él— hallara a ese niño perdido, desorientado y lo guiara al Ministerio.
Alguien en ese cementerio lo había escogido a él, de entre todos, para llevarlo al lugar indicado. Eso tenía que significar algo. ¿Quería decir que tendría potencial para hacerlo bien más adelante? Empezaba a creer que sí. Porque, más allá de qué sucedería y cómo fuera su desempeño, de repente, tenía mucho más claro que eso era lo que quería hacer con su vida.
No era solo su destino, marcado por ser el hijo de Nihil. Había descubierto, con ese incidente, que esto era lo que realmente deseaba. Y quería esforzarse más, ya no solo para demostrarle a su padre que podía, sino también porque era divertido. Se sentía bien, correcto. Como si fuera su verdadera función en la vida… Quizá lo fuera.
—¿Vamos?, nos terminaremos congelando aquí afuera.
Sus palabras parecieron romper el hechizo que unía a Copia con el que, sin duda, sería su nuevo hogar. Durante su epifanía, Copia no había apartado los ojos del Ministerio, embelesado, hechizado. Y Terzo lo supo con certeza: no había forma de que ese niño no se sintiera como en casa allí.
Cuando Copia asintió, sin ninguna vacilación, emprendieron su camino. Dejaron atrás el cementerio, que ya había cumplido su función. Como las almas en él, podía descansar en paz.
Sin embargo, antes de presentarlo a su nueva vida, había un detalle —muy importante— que Terzo necesitaba zanjar:
—Mencionaste que te cuidaban monjas… Así que supongo que te estaban educando de cierta manera, ¿qué opinas de las enseñanzas que te daban? Sólo quiero estar seguro de que no te espantarás…
―Dijiste que los demonios eran buenos. ―Copia lo observó, frunciendo el ceño con levedad.
―Sí, sí, lo son. Los que vienen aquí, al menos. Pero, me refiero… ¿Sabes a quién sirven los demonios, verdad?
El entendimiento se extendió por el rostro de Copia, y Terzo se sintió aliviado al no percibir signos de miedo o desagrado.
—Una de las monjas que nos cuidaban… ―comenzó el chico, con voz débil, como contándole un secreto muy íntimo― A veces me decía que «el Diablo estaba dentro de mí». Nunca entendí por qué, pero me hacía sentir mal. No por si era cierto, sino porque lo hacía sonar mal. Pero, a veces, deseaba que fuera verdad y así tener poder suficiente para detenerlos cuando ellos hacían cosas malas.
Terzo asintió, absorbiendo esa información. No conocía a Copia lo suficiente como para entender por qué dirían eso, no obstante, por lo poco que había podido percibir de él, lograba hacerse una idea. De seguro incluso los cristianos pudieron ver que Copia no pertenecía a ellos. Aun así, trató de no hacerse más ilusiones de las debidas, por mucho que deseara que Copia adoptara sus creencias, esa sería una decisión que solo le correspondía al niño, y así lo quiso dejar claro:
—Aquí profesamos una fe diferente a la que predicaban en tu orfanato, por no decir contraria. ―Habló con tono calmado, intentando transmitirle tranquilidad―. Te podemos enseñar al respecto, si quieres. Aunque jamás vamos a obligarte a que creas en algo, eso será algo que sucederá por sí solo, o no. Ya lo veremos.
Copia lo observó y asintió, pero no respondió nada. Parecía inmerso en sus pensamientos, y Terzo decidió insistir.
—Aquí podrás leer todo lo que quieras ―le aseguró―, sobre demonios, ángeles, da igual. Tú aprende, y luego decides. Si resulta que este no es tu lugar, siempre puedes marcharte.
Pero ambos tenían bastante claro que eso no iba a pasar.
El pequeño dirigió sus dulces ojos avellana al adolescente una vez más, sonrió con aprecio y volvió a asentir. Terzo jamás había visto a alguien mirarlo de esa forma, ¿qué era eso? ¿Podía ser acaso… admiración? El silbido del viento pareció responder, aunque él no entendió. Estaba demasiado confundido por el extraño calor agradable en su pecho.
Sacándolo de nuevo de sus divagaciones, Copia habló con el mismo tono un tanto tímido pero firme del principio.
—Eso suena increíble… Gracias, Terzo. ―El mayor se sorprendió al percibir la familiaridad con la que Copia dijo su nombre, como si ya fueran amigos... ¿Lo eran?― ¿Vamos?
Copia extendió su mano, ofreciéndosela, y Terzo no dudó ni un segundo en tomarla. Fue el propio niño el que emprendió el camino, quizá ansioso de escapar del frío de la noche, o de empezar su nueva vida.
Siendo guiado por él, el adolescente supo mejor que nunca que Copia le estaba entregando tanto a él como el propio Terzo quería darle. Esto no era un acto de caridad de su parte, sino un acuerdo de mutuo beneficio. Estaban saliendo de allí juntos, ambos con la esperanza de un futuro apetecible. Las dudas y los miedos habían sido erradicados, de momento, por el aire gélido que los impulsaba hacia el majestuoso edificio.
Terzo contempló el Ministerio y luego otra vez al chico. Se prometió en ese instante que haría todo lo posible por volver ese su hogar. Un lugar que lo acogiera y le entregara toda la seguridad, el cariño y el reconocimiento que merecía. Él se encargaría personalmente de ello.
Por su parte, Copia también estaba con sus ojos fijos en el objetivo. Por supuesto, era consciente de lo peculiar de ese encuentro y en lo que había derivado, pero él era afín a lo extraño, de todas formas. No significaba que no estuviera nervioso, pues lo estaba. Sin embargo, eso no lo detendría, porque estar allí se sentía bien. Pese a no poder entenderlo, él simplemente sabía que lo que fuera que lo guio a ese cementerio estaba en lo correcto. Él debía llegar a ese lugar.
Porque, de la mano de Terzo, creía que algún día podría llegar a llamarlo «casa».
