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Renacimiento

Summary:

Antes que Venus, Artemis fue levantado primero de su sueño, recordando la horrible tragedia que había fulminado su imperio.

Notes:

Disclaimer: applied

Work Text:

 

“Artemis…”.

“Artemis…”.

La voz era suave y delicada, un susurro tan bajo que podía habérselo imaginado y ser solo recuerdos del sueño infinito en el que estaba atrapado. Dormía tan plácidamente que no existía nadie más que él, era agradable a pesar del vacío, así que ¿quién podía llamarlo?

Artemis… Artemis”.

Pero el susurro insistente seguía vibrando en sus oídos como música hechizante, extraña y persuasiva. 

“Es la hora… ya es tiempo de que despierten…”.

¿Ya era la hora? Se obligó a abrir los ojos con esfuerzo, adormecido, perezoso y confundido.

¿Dónde se encontraba?

Parpadeó sin comprender nada, mirando sin ver en realidad la superficie de cristal que lo rodeaba. La prisión que había sido su refugio, su único consuelo junto al sueño eterno y vacío.

Bajo él, en todo su esplendor una esfera azul se alzaba irradiando vida y calor. Podía sentir la energía que exhalaba y un nombre acudió a su mente junto a recuerdos de gritos, lágrimas y sangre.

Terra.

“Así es, Artemis: Terra, el más hermoso de todos los planetas del universo. Cuya belleza y esplendor fue objeto de ambición y envidia en nuestros tiempos. Han pasado milenios desde eso, sin embargo, Terra sigue siendo hermosa”.

La voz era más clara ahora, fuerte, pero también extrañamente monótona. Artemis alzó la mirada y vio una pequeña figura suspendida en la nada, rodeada de un halo de luz. Una mujer de rostro inalterable y larguísimo cabello pálido en dos moños le sonreía con tristeza. Había sabiduría y melancolía en sus ojos plateados. 

Cuando la vio, Artemis se sobresaltó de forma abrupta y dolorosa.

Gritos llenaron su mente. Gritos y largos cabellos dorados manchados de carmesí. Era como si algo pugnara por salir de su interior, desgarrándolo en el proceso. Gritó y gritó mientras la cabeza le estallaba de dolor, mientras los flashes acudían brutalmente y cercenaban el pequeño consuelo de su largo sueño. 

Gritó tanto que no sintió el momento en que su prisión se desvaneció, dejándolo suspendido en el espacio por un halo de  luz igual de brillante que el de la mujer que lo había liberado. Tampoco sintió como su cuerpo cambiaba, lo único que sintió fue angustia y desesperación.

Y recordó.

Recordó todo lo que en realidad nunca olvidó, lo que fue apresado, la memoria del infinito segundo de dolor que había durado siglos sin ser llorado.

La sangre derramada de Endymion, Serenity hiriéndose con una espada, las Senshi gritando, el reino cayendo…

Podía verlo de nuevo desdibujandose frente a sus ojos horrorizados: 

A Mars llorando, las lágrimas evaporándose en el espacio, oía su grito mientras Jadeite la abrazaba y ella convocaba con su agonía y rabia al fuego para que consumiera su vida y la del mundo entero.

A Mercury , las lágrimas no derramadas, el temblor de sus labios y su cuerpo, el profundo ceño fruncido de odio inaudito, y la sangre… toda la sangre saliendo a torrentes de su cuerpo, deslizandose como el agua entre sus dedos, el último sacrificio de un amor maldito. Zoisite había corrido en vano para detenerla, la vida de Mercury se fue junto a una parte del ejército enemigo.

Y Jupiter y su bramido al cielo mientras la electricidad calcinaba a los que la rodeaban, más lágrimas deslizándose junto a la sangre por su rostro mientras Nephrite y ella se mataban de forma despiadada. 

El palacio se desmoronaba, el reino se quemaba con el odio y las llamas, y las Senshi caían por las manos de los hombres que amaron.

Artemis gritó con toda su alma, gritó mientras su mente seguía el retroceso de la tragedia que había marcado su reino. Solo podía lamentar lo sucedido de esa manera, dejando que el eco de sus gritos se perdiera, sollozando con impotencia al recordar que no había podido hacer nada mientras esas niñas - sus niñas - encontraban una muerte miserable y trágica. 

Cuando el último recuerdo encontró su lugar en su mente destrozada, él supo que vería a Venus.

Venus, que vio el suicidio de su princesa, que sintió la caída de sus compañeras. Venus, que había terminado de destruir a los invasores y a ambos reinos. Venus que se había quebrado en el proceso.

De pie sobre las ruinas de su imperio, ella miraba a la nada, y sus ojos… Artemis nunca había sabido lo que era el miedo hasta que él vio sus ojos y el resentimiento que ebullía en ellos. Había sobrevivido a la matanza perdiendo la cordura en el proceso y, aún así, cargando con el odio y la venganza que clamaba la sangre de los que amaba, ella nunca había sido más hermosa ni tampoco menos humana. 

Vio sus labios moverse, el juramento que hizo (la maldición), el último grito que emitió, y los recuerdos terminaron.

Suspendido en el espacio, mirando sus manos humanas, Artemis  sintió en sus ojos las lágrimas no derramadas. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Siglos? ¿Milenios? ¿Aún tenía el derecho a llorar por el colapso de su patria? Incluso con los ojos abiertos, él seguía viendo a Venus y la agonía en su mirada antes de que el odio consumiese su alma.

“¡Venus!”, fue el grito lleno de tormento de su alma desgarrada.

Su grito silencioso conmovió a la antigua reina del Milenio de Plata, y aunque había respetado el lamento de su siervo, decidió intervenir.

“Artemis, mi estimado Artemis, cuanto lo siento, ¡cuánto lamento todo esto!”.

Artemis la miró con el rostro turbado. 

—Majestad. —Su voz era firme pese al dolor—. Reina Serenity —susurró.

Ella le dirigió una mirada desesperada.

“Este dolor que has padecido de nuevo… perdóname, mi querido Artemis, perdóname por mi actuar egoísta. Deseaba ahorrarte el pesar de vivir de nuevo el horror que arrebató la luz a nuestro imperio. Cuando te sumí en aquel sueño junto a Luna, el dolor por la muerte de la princesa había quebrantado y perturbado mi alma y mi mente. No fui lo suficientemente fuerte para sellar al monstruo ni para otorgarles paz. Los dormí con el horror fresco, sin darles tiempo a asimilar, comprender y aceptar en el sueño la tragedia que vivimos”.

Artemis sacudió la cabeza débilmente.

—No pida disculpas, majestad. No debe. Hizo lo que debía hacer… fue lo correcto. ¿Cuánto tiempo…?

La reina cerró los ojos.

“Han pasado millones de años. ¿El número exacto? nadie puede saberlo. La vida fue aniquilada en su totalidad en todo nuestro sistema solar, y el único planeta que pudo evolucionar de nuevo fue Terra”.

Artemis miró sin comprender.

—¿El único? ¿Quiere decir que el resto de la Alianza ha muerto?

La reina suspiró con melancolía.

“Sí, Artemis. Ningún planeta fue capaz de volver a producir vida de nuevo, no este sistema solar al menos”.

Los ojos verdes de Artemis titilaron con incredulidad. 

—¿Por qué? —preguntó, anonadado—. ¿Por qué, majestad?

“No lo sé con exactitud. Miles de conjeturas han pasado por mi cabeza desde que desperté”.

La pequeña figura de la reina Serenity miró hacia Terra con una expresión extraña en su rostro, y Artemis supo que esas conjeturas se habían reducido a una sola certeza, una terrible verdad tan oscura como la maldición que se había condenado a la princesa a amar al único hombre que le traería su ruina.

Ella lo sabía, y él esperó a que se lo dijera. No transcurrió más que un momento antes de que lo hiciera.

“Aventuro a pensar que, en sus últimos instantes, las Senshi se maldijeron a sí mismas”.

Las palabras fueron desapasionadas y simples, pero devastadoras. La reina sonrió con amargura ante su cara en blanco.

Artemis había esperado cualquier cosa menos eso, cualquier cosa menos saber que las Senshi eran la causa del fallecimiento de la Alianza.

“Debes imaginar el horror al que fueron expuestas, el terrible acontecimiento que vivieron antes de sus muertes. Nunca habían amado antes y nunca habían odiado tampoco con tanta intensidad y tanta ira. Aquello, debió trastornarlas mientras morían”.

Él lo imaginaba, lo entendía. Lo había visto en primera fila. Las emociones desfilar en sus rostros, desde el infantil desconcierto hasta el odio terrible, y él se había preguntado si el amor era un regalo divino o maldito.

Las Senshi habían sido castigadas, condenadas por la misma mano que predijo la muerte de la princesa y la caída del Milenio de Plata.

La reina expiró un suspiro lleno de lamento.

“Ellas murieron odiándose por su debilidad, murieron culpándose por amar, con el cruel conocimiento  de que eso había traído el perecimiento de sus propios reinos y luego la muerte de Endymion y Serenity. El resentimiento, la ira, el dolor y el deseo que sintieron… se acumuló al punto que influyeron y obstaculizaron un renacimiento. Eran las princesas y guardianas de sus reinos, protegían su existencia y la habitabilidad de sus planetas… Es lógico pensar que al morir de ese modo brutal, maldijeran ese deber y derecho, y por lo tal, los planetas fueron incapaces de volver a albergar vida”.

Sí, así debió ser. Ellas indirectamente habían aniquilado sus reinos y se habían maldecido por eso. Y ahora, Artemis contemplaba en el espacio la única forma de vida que existía en ese sistema solar.

Terra brillaba de azul, el color que la princesa tanto había amado.

Sintió un nudo en la garganta. Terra había sido el planeta más salvaje, y la vida de sus habitantes solo un suspiro, pero muchos habían sucumbido al deseo y la envidia de su gloria y su fuerza. La reina había prohibido todo contacto porque conocía las pasiones que Terra despertaba, cerró las puertas para que el odio no destruyese el imperio que había levantado. Y, por un breve período de tiempo, pareció funcionar. 

Hasta el día en que Serenity conoció a Endymion, y todo esfuerzo se fue abajo.

No pudo evitar pensar en los murmullos, en los susurros resentidos, las quejas y las peleas de antaño, exclamando y jurando que Terra destruiría al imperio lunar. En aquel momento, solo fue la ruda protesta ante el barbárico hecho de ver a las cuatro princesas planetarias de rodillas ante el príncipe de Terra, inclinando la cabeza ante un hombre de un status infinitamente menor a ellas. Las princesas guerras eran la élite de la élite, y solo inclinaban la cabeza ante la familia real de la Luna, ponerse de rodillas era poner de rodillas al imperio ante el único planeta inferior del sistema.

Y, al final, Terra hizo lo que todos pensaron y temieron: devastó la vida al completo.

Artemis no sabía qué sentir, si debía odiar o compadecer al planeta que fue la desgracia de la Alianza.

—Entonces, ¿nunca más…? —preguntó con desdicha.

“Es difícil saberlo. Quizá, si el tiempo cura sus heridas y ellas logran hallar la paz y el perdón para sí mismas, la vida pueda comenzar de nuevo en el resto de planetas con ayuda del Cristal de Plata”.

Un largo silencio se instaló luego de eso. Ambos miraron el espacio que los rodeaba y Artemis sintió que contemplaba el ocaso de un imperio. Habían pasado milenios desde la guerra, no quedaba nada, pero había dormido junto a Luna con la promesa de un nuevo comienzo al despertar.

¿Qué podía hacer ahora? ¿Llorar por la decadencia de su reino? ¿maldecir su supervivencia? De rodillas en su sitio, sabía y comprendía que solo quedaban Luna y él, la reina no era más que un pensamiento, un recuerdo grabado para despertarlos en el momento adecuado. Pero Artemis no veía cuál era el momento adecuado. Había despertado tras milenios con el horror fresco, sin ser capaz de llorar en su momento, mirando a Terra con el conocimiento de que su esplendor había apagado el del resto. 

Si la princesa nunca hubiese amado a Endymion…

Si las Senshi nunca hubiesen amado a los Shitennou…

Si ese monstruo  nunca hubiese llegado a sembrar discordia y enemistad, entonces los planetas no se hubiesen vuelto contra Terra, y Terra no hubiese sublevado y destruido a la Alianza.

Si… había muchos “sí”, pero ya era demasiado tarde para todo.

La reina vio la incertidumbre y la miseria en su rostro, pero sonrió con tranquilidad y fe.

“No sufras, Artemis.  Sé lo dolorosas y terribles que son mis palabras, pero recuerda que siempre al final de la miseria hay una luz de esperanza. No te desperté para que llores por el fin de nuestro imperio, sino para que contemples el nuevo comienzo. Lo que Mars vio está destinado a suceder, solo que erróneamente creímos que sería en nuestro tiempo. Serenity se sentará algún día en el trono de Terra, gobernará junto a Endymion con prosperidad y sabiduría alzando un nuevo Milenio”. 

Hizo un ligero gesto al planeta en cuestión y Artemis empezó a serenarse.

“Llegará el día en que la luz de su estrella brillará hasta los confines del universo. Tú morirás, mi pensamiento se desvanecerá. Morirán cientos de personas, renacerán nuevas estrellas, pero nuestra princesa existirá de aquí a la eternidad”.

Mientras lo decía, miles de imágenes pasaron ante los ojos de Artemis, tan rápidas y tan deslumbrantes que no pudo quedarse con ninguna, salvo con las emociones que le transmitían: esperanza y alegría. La intensidad de estas le hizo creer, por primera vez desde que abrió los ojos, que tenían una oportunidad.

“Serenity ha renacido finalmente, y toda su corte con ella. Es su destino reinar sobre Terra, y el tuyo y el de Luna ser sus guías en el difícil camino que le espera”.

Al decirlo, Artemis notó que algo empezaba a flotar junto a la reina, y vio a Luna en su apariencia felina, profundamente dormida. La reina le dirigió una mirada antes de que la despertara, una mirada que no supo interpretar hasta que los ojos de su compañera se abrieron de par en par, del color azul más oscuro que existía, con aquella intensidad devoradora que lo asustaba y atraía.

Luna pareció tan confundida como lo estuvo él al principio, mirándolo a los ojos, ella solo alcanzó a formar su nombre con sus labios sin darle sonido antes de que los recuerdos la golpearan y esclavizaran a los gritos. Sin ser capaz de escapar del pasado, Luna gritó tal como él había gritado, con los ojos cerrados, con los puños humanos que adquirió tal como él lo hizo. Lloró y Artemis lloró con ella mientras las lágrimas de ambos se esparcían en el universo. La abrazó y sujetó con tanta firmeza que le hizo daño, pero ella no protestó, se aferró a él con la misma fuerza, con la mente embutida en los funestos recuerdos del último aliento de su patria y el amor maldito que había acabado con toda vida humana. 

Y cuando los recuerdos terminaron, cuando Luna se dejó caer entre sus brazos sollozando, Artemis acarició su rostro con delicadeza, esperando con paciencia a que se calmara.

Cuando lo hizo, él le explicó entre caricias y susurros la situación, y Luna lo abrazó con el último sollozo en su boca. Luego, lo soltó, miró a la reina y se inclinó como lo había hecho hace milenios.

—Majestad —susurró.

“Luna, mi querida Luna, mi fiel consejera, mi mano derecha… tú, al igua que Artemis, has sufrido por mi negligencia. Les pido perdón de nuevo, perdón por mi debilidad, por todo lo que han sufrido a mi lado desde que me siguieron desde Mau. Les prometí un nuevo renacer, esperanza y paz eterna, y no pude cumplir mi promesa. Ciertamente, fui una reina indigna”.

—¡Majestad! —protestaron ambos— ¡No fue su culpa!

“No minimicen mis errores”. La reina miró a Terra, llena de culpa. “Convoqué a las princesas para que protegieran a Serenity y las condené a una vida de servicio eterno al igual que a ustedes. Olvidé que eran jóvenes, que deseaban amar y ser amadas, y por consecuencia de eso, su amor fue maldecido”.

Ni Luna ni Artemis pudieron contradecirla. En la tierra sagrada, con la bendición de Selene y la maldición de Neherenia, Serenity había recibido y aceptado el juramento de protección de las Senshi. Bajo el amparo de miles de estrellas, con los ojos del universo sobre ellas, las Senshi habían prometido vivir solo por la princesa, solo por y para ella.

El amor romántico nunca había sido una opción a considerar. Y el castigo por ese voto roto fue retorcido.

Los Shitennou se convirtieron en títeres de Beryl y del destino. Ya que las Senshi olvidaron sus palabras por el amor que sintieron por ellos, el mundo los usó para expiar dichos pecados. 

“No debían enamorarse, pero lo hicieron, y ustedes vieron el precio que pagaron. ¿Acaso no fue cruel? Morir en sus manos o matarlos…”.

—Reina, usted no… —intentó suplicar Luna, pero su voz se quebró antes de terminar. Al igual que Artemis, ella observó impotente el fin de las Senshi y una parte de si, comprendió que había sido el castigo del universo, convertir a sus amantes en sus asesinos. Cruel era un eufemismo.

La reina sacudió la cabeza.

“Tuve mucho que ver. Cuando llegué a la luna de Terra, prometí que no dejaría que lo que pasó con mi planeta madre se repitiera. Alcé un imperio majestuoso con el deseo de proteger a todos, pero cerré las puertas a Terra porque sabía lo poderoso y anhelado que sería. Permití que todos tuvieran la creencia de que Terra era inferior, y el amor de mi propia hija se convirtió en una tragedia. Si no hubiese cerrado las puertas a Terra, sus habitantes nunca habrían tenido motivos para desconfiar de nosotros, y sus mentes nunca hubiesen sido contaminadas con tanta facilidad. Es mi culpa, sí, pero el pasado ya no se puede salvar, solo queda el futuro. Y la princesa que amó tanto a Terra ahora puede amar a Endymion sin que nadie la juzgue”.

Los dos consejeros miraron a su reina con tristeza y desdicha, sin poder encontrar las palabras adecuadas para refutar las suyas. Tanto si tenía razón como si no, lo único cierto era que el pasado ya no se podía salvar.

Ella esbozó una sonrisa melancólica.

“Es hora de que cumplan con su deber, pero antes quiero que recuerden esto: no son esclavos ni sirvientes. Son los consejeros del Milenio de Plata, deben guiar a la princesa y a sus guardianas, pero no se condenen a una vida solitaria y sin amor. Amen y permítanse ser amados, tienen ese derecho, tienen la obligación de ser felices también…”. 

Ambos se sobresaltaron cuando la reina tocó la medialuna de sus frentes. Sintieron una calidez embriagadora y supieron que de un modo u otro, habían sido liberados del juramente que hicieron milenios atrás. 

“Por favor, Artemis, Luna, sean felices. Sean libres. Ese es mi último regalo para ustedes”.

Lo único que pudieron hacer fue asentir con los ojos llenos de lágrimas, conmovidos ante la última acción de la antigua reina del más poderoso y majestuoso imperio que había existido alguna vez. El juramento de renunciar a todo había sido eliminado, eran libres tanto para seguir adelante con una nueva vida, dejando atrás el pasado, como para guiar a la próxima soberana del sistema solar.

Y, por supuesto, elegían servir a la próxima reina. La princesa los necesitaba, y mientras ella viviera, ellos nunca la abandonarían.

Serían felices, amarían, sí, pero solo si estaban con su princesa.

La resolución hizo que la reina sonriera con orgullo. Deber no era igual a amor, y solo el amor que una vez había destruido a su hija, podía ser su salvación en esa ocasión. 

El amor había hecho colapsar su reino, el amor había sido la maldición de la princesa y de las senshi. Era la fuerza más hermosa y más terrible, y era lo único que les quedaba.

“El camino que les espera no será fácil. Cuando usé el Cristal de Plata poniendo mi vida como sacrificio para este nuevo comienzo, deseé que Serenity viviera una vida tranquila como una chica normal. Pero cuando desperté de mi letargo, noté al enemigo de antaño, el monstruo que no fue sellado completamente. El Cristal de Plata ya no me pertenece, solo la princesa puede derrocar a nuestro enemigo e impedir que el pasado se repita. Pero primero debe estar lista, si la encuentran antes de que despierte, no habrá oportunidad alguna. Por eso, Artemis, tú serás el primer en comenzar la búsqueda. Debes encontrar a Venus y despertarla de su sueño, ella y solo ella puede abrir el camino a la victoria”.

Artemis asintió. Se esperaba esa orden. Venus, la hermosa Venus, que un día fue la líder de las Senshi, solo ella podía proteger a Serenity, solo ella podía guiar al resto. Era su deber y su derecho. Pensar en verla de nuevo, contemplar su rostro majestuoso, sus ojos azules fieros, divertidos y cautivadores le hicieron sentirse ansioso.

“Luna, tu deber es despertar a la princesa como guerrera. Debe ser capaz de protegerse a si misma antes de convertirse en una reina. Pero cuando la encuentres, debes despistar su memoria y la de sus enemigos. No permitas que descubran cuál es su verdadera identidad. Para ese momento, Venus ya habrá despertado y asumirá su antiguo papel. Los tres podrán protegerla hasta que sea el momento en que recuerde y despierte como la heredera del trono lunar”.

—Entonces, reprimiré mis recuerdos —dijo Luna, asintiendo a la orden—. Es la única forma en la que podré proteger a la princesa.

—Te devolveré los recuerdos cuando todo esté listo —prometió Artemis, tomandola de las manos con la misma ansiedad que tenía al pensar en Venus.

Luna sonrió débilmente. Un rastro de lágrimas había quedado en su rostro, y sus espesas pestañas brillaban. Artemis pensó en Venus, en la niñita traviesa y en la mujer de infinita y aterradora belleza. Luna nunca podría compararse con Venus, nadie podría nunca compararse con Venus, pero Artemis la amaba de todas maneras. Nunca se lo dijo, nunca lo expresó, y cuando el Milenio de Plata cayó, Artemis pensó que moriría sin decírselo.

Ahora, tenían una nueva oportunidad. Cuando todo acabara, cuando las cosas volvieran a su sitio… se lo diría.

—Estaré esperando —respondió ella, apretando sus manos con cariño. Luego, se volvió hacia la reina—. ¿Y Endymion? ¿Qué pasará con Endymion?

“Endymion y Sereniry están destinados el uno al otro. Se encontrarán y se amarán de nuevo, no hay motivo para preocuparse. Sin embargo, me temo que quizá sea demasiado tarde para sus guardianes”.

—¿Habla de los Shitennou, majestad?

“Fueron manipulados, Artemis. Sufrieron cuando vieron a su príncipe muerto, y más cuando comprendieron demasiado tarde que las Senshi cayeron por su causa. Han renacido también en esta era, pero Beryl los reclama…” .

—¿Desea que hagamos algo por ellos, su majestad? —preguntó Luna, mirando de reojo a Artemis.

El castigo por el juramento destruido, los condenó, sí. El destino los usó, sí, pero al final el resultado era el mismo: ellos habían sido la razón de la muerte lamentable de las Senshi, y de la invasión y aniquilación de los planetas. Sin importar las causas que dieron por resultado la traición, sin importar que fuese una maldición y un castigo, perdonar y olvidar no era lo mismo que comprender. Luna podía intentarlo, pero Artemis era un hueso duro de roer. Era imposible no sentirse contrariados. Habían visto crecer a esas niñitas (incluso Venus en su cualidad de diosa, había tenido cierto crecimiento), esas pequeñas princesitas que jugaban y corrían por los pasillos de cristal. Recordar sus muertes era desgarrador, y poner de vuelta en sus vidas a los hombres por los cuales fueron castigadas era incluso peor. 

“Si el tiempo alcanza, lo deseo. Sería triste e imperdonable no hacer nada por salvarlos, observarlos condenarse y condenar a las Senshi al amor sin esperanza. ¿No lo crees, Artemis?".

Artemis tuvo un largo momento de indecisión, dividido entre el resentimiento y la compasión. La mirada de su soberana fue la que finalmente lo hizo quebrarse. Cerró los ojos y suspiró con resignación.

—Sí, lo siento, majestad. Sería mezquino no ofrecerles una segunda oportunidad.

“Muy bien, Artemis. Entonces, sabrás que hacer en cuanto encuentres a Venus. Buen viaje, mi querido consejero, buen viaje”.

Y, con un movimiento etéreo, Artemis se precipitó hacia Terra sin más, alejándose de Luna que, bajo la influencia de la reina Serenity, volvía a sumirse en un sueño más corto y menos profundo que antaño. Artemis quiso pedir un instante más, abrazar a Luna, contemplar sus ojos, y preparar su mente para encontrarse con Venus, pero era imposible. Se alejó a velocidad luz con la última vista del espacio.

Sintió su cuerpo cambiar, y al parpadear era un gato de nuevo. Un gato que sobre el cielo azul de Terra, miraba el mundo nuevo.

El mundo que sería su hogar.

Ahora, debía buscar a Venus.