Work Text:
La puerta se desliza hacia la derecha mientras Ronan y Córsica entran al grito de “¡Feliz Navidad!” . Cargan un gran abeto sobre sus hombros y sus botas están llenas de nieve. Desde la recepción, Morona aplaude emocionada mientras en la oficina rezuma un silencio cómplice que tan solo comprenden quienes llevan seis meses o más trabajando para el señor Phocas.
—Apuesto a que se da contra el techo. —Dorian se reclina sobre su escritorio y señala el árbol, que se engancha en una de las mangas de Córsica.
—¿Es de verdad? Pensé que traerían uno de plástico, ¿tenemos presupuesto? —Con manos nerviosas, Cassian revisa el parte de presupuestos asignados para la fiesta de Navidad. Desde su mesa, Celedonia se inclina con una sonrisa divertida y palmea el hombro del rubio.
—No te preocupes, que es robado.
—¿¡Qué!? —Cassian se atraganta y Dorian tiene que darle un par de palmadas tranquilizadoras al tiempo que aguanta la risa.
—Quiero decir, del bosque, hombre. —Celedonia echa a reír y se reclina de nuevo sobre su mesa, situada al otro lado de Cassian—. A ver, que viene cubierto de nieve sucia y la base está… rara.
Ambos chicos se giran hacia la puerta a tiempo de ver cómo el dúo dinámico, conocido así por sus catastróficas gestiones, trata de meter un árbol mal talado por el estrecho pasillo hasta el hall . Kaara les explicó que sus superiores querían transmitir cierta sensación de libertad a la plantilla, por lo que se subieron al barco de los espacios abiertos. Cassian agradece no tener que lidiar con ella también en la fiesta. Dos ex rollos de oficina y la hija de tu jefa, de la cual estás enamorado, no son buena combinación para una fiesta en la que hay árboles inflamables y alcohol gratis. De hecho, no era en absoluto buena idea acercar alcohol a un abeto destartalado del que están colgando luces de dudosa calidad.
—Pues sí que va a estar interesante este año —añade Dorian en tono burlón, y abre el cajón de las palomitas—. ¿Quieres?
—¿Qué? No. ¿Y dónde se ha metido Celedonia?
Dorian se echa un puñado de palomitas a la boca y señala con la cabeza hacia el abeto. Entre Corsica, Xanthe y Laurence, se ve asomar una cabeza que estira los brazos y, triunfante, corona el árbol con una estrella luminosa.
—¡Ahora sí, perfecto!
—Celedonia… —Ophelia, que se había limitado a tomar fotos, se acerca con elegancia y señala la estrella—. Va a arder.
—Ah, sí, es tan bonita que está que arde. —Sonríe triunfal, los brazos en jarra.
—No, digo que está echando chispas. Literalmente. Es defectuosa.
Desde su mesa, Dorian suelta una carcajada atronadora, seguida por un Cassian en pánico que corre en busca del extintor. Morona no entiende nada, pero aplaude emocionada. Mirko se encoge de hombros. Ronan corre hacia Cassian, Corsica ríe, Laurence suda y Mannix, apoyado contra la ventana, fuma. Cuando Cassian vacía medio extintor sobre el árbol y sus compañeros, Xanthe aplaude.
—Enhorabuena, héroe —añade divertida.
Celedonia hace un mohín y retira la estrella espumillada.
—¡Pero si la iba a apagar!
—¡Estaba…! ¡Iba…!
Al reproche lo interrumpen los fuertes brazos del señor Phocas, quien aparta a Celedonia de en medio para coger por los hombros a su mejor amigo, a su hermano: al empleado del mes.
—Bro, eso ha sido súper peligroso, o sea, eres un héroe. Sin ti habríamos muerto todos, bro, ha sido terrorífico. Contaré a mis hijos, a mis nietos, a los amigos de mis nietos y de mis futuros hijos, cómo me salvaste la vida en Navidad… Eres increíble, bro. —Y, con un golpe en el pecho, lleva el puño hacia Cassian—. El perro y el dragón.
El chico se sonroja hasta las orejas, entre frustrado, anonadado y avergonzado. Aunque es sabido por todos que el señor Phocas presume de llamar “ mejor amigo ” a todos sus empleados, solo uno cumple su compromiso de camaradería y su unión espiritual como bro . Cassian mete la cabeza en el cuello del jersey y le choca el puño, a la par que murmura en voz baja:
— El perro y el dragón.
Corsica separa el brazo de la cintura de Laurence para acerca a Cassian y, entre risas subirlo a caballito. A traición, lo pasea por toda la oficina al grito de héroe , mientras algunos aplauden. Cassian da gracias de que Galiah no esté aún allí. Por suerte para ellos, el día de Nochebuena no hay nada más importante que la fiesta anual del señor Phocas.
—Celedonia, ¿puedes venir un momento? —Mannix apaga el cigarrillo antes de acercarse—. Tengo que mandarte a Recursos humanos, por lo del árbol. —Mientras habla, se ajusta la corbata con manos firmes, pero su rostro es tan inexpresivo como siempre.
—Ah… eso —y, con una ceja alzada, añade—. Espera, ¿pero no eres tú también Recursos Humanos? ¿Vas a mandarme al despacho por eso ?
Si lo conociese más, Celedonia juraría haberlo visto sonreír, pero sus muecas milimétricas son únicamente descifrables para Dorian.
—Es mi descanso, así que tendrás que ir a hablar con él.
El despacho era, literalmente, la habitación de al lado. Cuando Kaara reformó la oficina como espacio abierto, se le olvidó incluir al departamento de recursos humanos, así que fingió hacerlo por motivos razonables y simplemente puso una puerta en medio. Al ser una oficina pequeña, tan solo contaba con dos miembros, Mannix y… él . Celedonia se sonrojó hasta las mejillas y se colocó el mechón largo tras la oreja, tres veces de tres formas distintas. Mannix carraspeó.
—Ah, sí, voy —ríe nerviosa—. Oye, Mannix… gracias.
El D’Ezer se encoge de hombros.
—No sé a qué te refieres, estoy en mi descanso laboral. —Y, con la misma mueca imperceptible, se acerca a Dorian y le pasa un brazo por la cintura. Toda la oficina sabía lo suyo, pero lo llevaban de forma discreta por decoro, temas legales… y porque les molaba el morbo de mantener las formas, según había contado Dorian una noche de chisme y vino.
Celedonia se armó de valor, abrió la puerta y entró tan tranquila como quien no lleva meses suspirando por su compañero de trabajo. En el departamento de Recursos humanos apenas había dos módulos separados, cada uno con su escritorio, su ordenador y sus enseres personales. La mesa de Mannix estaba impoluta, perfecta, como si nadie trabajase allí. La de Raeth tenía varios post-its, fotos de sus amigos y una pequeña planta que Celedonia le regaló en su primer día. Sorprendentemente, la había conservado con vida.
—Señorita Nella, pase. —Sonríe, tan amable como siempre, y a ella se le sale el corazón. Raeth le ofrece la silla de enfrente y ella se sienta con las piernas cruzadas—. Mannix me ha comentado que ha habido un pequeño… incidente fuera —sus ojos se entrecierran con diversión y sus labios esconden una risa contenida.
—Ah, ¡eso! ¡Tendrías que haberlo visto! Verás, Ronan y Córsica han traído un árbol, uno de verdad, pero creemos que es robado, y entonces sacaron las luces y yo cogí… —sin darse cuenta, termina por echarse hacia delante, los codos apoyados en la mesa mientras mueve las manos hablando sin parar. Raeth escucha atento y se ríe de vez en cuando. Celedonia no se ha dado cuenta pero, tras un rato hablando, se han acercado tanto que han quedado los dos reclinados sobre la mesa, apenas a un palmo.
—Entonces… —Raeth baja la voz y apoya la cabeza sobre una mano, mirándola de cerca—. ¿Todo eso por una estrella?
Celedonia se sofoca al darse cuenta de cómo están y, por dentro, trata de pensar en cualquier cosa que no sea lo cerca que tiene sus labios.
—Ah, sí, es que… me gustan mucho las… estrellas.
Traga saliva, nerviosa. Se ha humedecido los labios sin querer y teme que se haya dado cuenta. Raeth no se aparta, sin embargo, sino que lleva la mano libre hasta su mejilla y la acaricia con suavidad.
—A mí también… —murmura, y con los ojos entrecerrados, se inclina hacia ella y frena en seco al escuchar cómo se abre la puerta. Quince minutos. Quince minutos exactos. No hay hombre más puntual en la oficina que Mannix T. D'Redmond y Raeth se maldice por ello ahora mismo.
—He terminado mi descanso.
Desde la puerta, el D’Ezer se ajusta la corbata y camina hacia su mesa. Celedonia se echa para atrás con tal premura que casi vuelca la silla.
—¡Sí, perdona, no volverá a pasar! Te espero luego, fuera, o sea en la fiesta de las focas, digo de Phocas, Ronan Phocas. A las ocho, te espero. ¡O sea, te esperamos, todos!
A trompicones, sale del despacho y cierra tras ella, dejando a un Raeth colorado y confuso junto al trabajador más puntual de la oficina.
—Dije que me cogía el de quince.
Luces verdes y rojas iluminan la oficina con un aire cálido y festivo. Las mesas, ahora convertidas en dispensadoras de ponche y galletas, se han apartado para ampliar el hall y dar más espacio a los asistentes. A las ocho en punto, comienzan a llegar invitados y a colgar sus abrigos, al tiempo que Ronan activa la esperada playlist de Navidad. Poco a poco, lo que era una oficina de ventas se ha convertido en un espacio acogedor donde reina el espíritu de las galletas de jengibre y la nieve en espumillón.
Alrededor de una de las mesas, Dorian, Cassian y Cel intercambian cotilleo mientras sorben champán y apuestan por qué parejas se harán oficiales ese año. Hay muchos votos para Corsica y Laurence, quienes disimulan peor que Dorian, y algunos en el aire para Xanthe y Ophelia, quienes ya tuvieron algún rollo en el pasado. Pasan el rato, y Celedonia se percata de que Cassian parece más atento a la puerta que a cualquiera de sus conversaciones.
—¿Todo bien, casanova? —Tras un codazo leve, señala hacia la puerta.
—Ah, sí, claro, ¡todo bien! Es solo…
Cassian se atraganta con su propio sonrojo y Dorian le ofrece una copa de champán.
—Lo sabemos.
El chico agradece la copa, que baja sonora por su garganta, y saca de su mochila un regalo envuelto con cinta roja.
—¿Creéis que le gustará? —El paquete, blando e irregular, deja entrever la oreja de un oso de peluche. Celedonia sonríe.
—Cassian, eso es súper cursi.
—Es fabuloso —remata Dorian, ante el ambiguo cumplido de su amiga—. Estoy seguro de que le va a encantar.
El chico sonríe, más relajado, y desvía la mirada al resto de invitados. Morona rellena una bandeja de galletas con Mirko, Ophelia se llena una copa, Xanthe prueba las mazorcas… y luego está Corsica, quien rodea a Laurence con un brazo sonriendo como una boba. La albina debe de estar cómoda porque, pese a no haber oficializado nada, se gira hacia la dama Valentina y besa sus labios. Al grupo se le escapa una sonora ovación tan solo opacada por los coros de Mariah Carey. Al fin, el milagro de Navidad que estaban esperando. Entretanto, Ronan aparece tras las puertas de su despacho vestido de Santa, brazos en jarra a las caderas, barba postiza y risa en mano.
—¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad! ¡Espero que hayáis sido buenos chicos!
Dorian y Celedonia se echan a reír ante una broma demasiado interna como para confesar en voz alta. Cassian, sonrojado, pone los ojos en blanco y suspira.
—Bueno, ¿y vosotros? —Su tono es ahora burlón. Alza las cejas y da un lento sorbo al champán—. ¿Vais a regalar algo a quiénes ya sabéis?
Celedonia se atraganta con su copa, colorada hasta las orejas, y desvía la mirada hacia Dorian quien, gracias a los dioses, parece más tranquilo.
—Pues claro —sonríe el D’Ezer, y asoma un paquete envuelto en papel cobrizo—. De lo mejor del local que nos recomendó Ophelia. Oh, y una gabardina nueva, ya sabéis que la anterior quedó destrozada cuando…. bueno, eso .
Ambos asienten, su memoria claramente fijada en el incidente, o el día en el que Galiah casi incinera la oficina. Cuando se activó el detector de humos, pensaron que sería uno de los simulacros que monta Ronan para trabajar menos; pero el pánico cundió cuando el Eruzin de Cassian empezó a correr por el pasillo, huyendo del humo. Resultó que Galiah, quien sustituía a Revna en una de sus evaluaciones, olvidó apagar la cerilla que había tirado a la papelera. Llena. En una oficina de papel. ¿Lo peor? Se habían quedado encerrados. El pánico llegó antes que las llamas. Corsica abrió un boquete en la pared, Dorian trató de saltar por la ventana, Xanthe se subió al conducto de ventilación, Ophelia tiró vasos de agua, Ronan se abrazó a Cassian… Fue la evacuación más desastrosa de la historia de la empresa. Dato que, por supuesto, nunca llegó a Kaara, ya que los de Recursos Humanos decidieron omitirlo. Tal vez, por el apego que le tenían a la oficina, tal vez, porque Mannix ya estaba pillado de Dorian… , o tal vez, porque Raeth tiró del extintor tan apresuradamente que golpeó a Galiah y la dejó inconsciente. Fuera como fuese, el incidente era un secreto a voces en la oficina.
—¿Y tú? —Dorian da un sorbo a su copa y mira divertido a Celedonia. Cassian hace lo mismo y pronto se les une Ronan, sonrisa en mano.
—¡Hey, chicos! ¿De qué habláis?
—De los regalos de navidad —añade Cassian con una sonrisa.
—¡Me encantan los regalos! Esta Navidad, he decidido adoptar un perrito para empezar juntos el año. Oh, ¿queréis que le de algo a alguien? Como voy de Santa, podría…
—¡No! —Con las mejillas sonrojadas, Celedonia carraspea—. Quiero decir… puede que le haya hecho algo, pero… ¿Y si no le gusta? ¿Y si es demasiado? ¿¡Y si me estoy imaginando cosas!?
—Ostras, Cel, que el rallado soy yo —Cassian ríe y le frota la espalda—. Es Navidad, si quieres darle algo, dáselo, a nadie va a parecerle raro.
—Y después os coméis los morros, que os van a dar las uvas —añade Dorian. Un puñado de palomitas ve su final cuando caen en su boca.
—¡Dorian! —La cara de Celedonia empieza a arder y, con la sutileza de un dragón en una sastrería, se acerca a él y espeta—. ¿Crees que él también quiere?
Cassian se atraganta, Ronan se lleva las manos a la cara, y Dorian ríe de forma nerviosa.
—Pues, eh… no es como si yo supiese nada, Cel. —Nervioso, desvía la mirada hacia Mannix, quien sale del despacho con un paquete esmeralda—. Ay, me tengo que ir, una pena. ¡Luego hablamos! —Y da una palmada en su hombro antes de echar a andar hacia él y engancharse a su cuello con un sonoro beso.
La música resuena entre copas de ponche y carcajadas sinceras. El hall se ha convertido en una improvisada pista de baile y varias parejas han decidido aprovechar. Entre ellas, Cassian toma a Galiah por la cintura y la hace girar. Ambos están más rojos que las cerillas, pero bailan, torpes y encantados, con las manos entrelazadas. El peluche yace sobre el escritorio de él. Por supuesto, a Galiah le ha encantado, y por supuesto, acto seguido le ha propuesto bailar. Celedonia sonríe al verles, torpes pero ilusionados, y se pregunta si ella también se verá así desde fuera, tropezándose con una pared invisible que ella misma levanta. Pasan cinco minutos más y mira preocupada hacia el despacho de Recursos humanos. Le dijo a Raeth que se verían fuera, pero hacía tiempo que pasaron las ocho y no había rastro del albino. Su corazón se encoge un poco al pensar que puede haberse marchado por un imprevisto, así que se dirige a la puerta y llama antes de entrar.
—¡Un segundo! —El corazón le vuelve a latir cuando escucha su voz y, confusa, espera en la puerta. Apenas dos minutos después, aparece el chico con el pelo revuelto y dos ganchillos de crochet—. Ah, ¡Celedonia! ¿Pasa algo?
Ambos caminan hacia dentro. Todo el lugar está a oscuras, salvo por el escritorio de Raeth, donde iluminan un flexo y el resplandor de la pantalla.
—Ah, no, nada. Es solo que… —se sonroja, avergonzada. No sabe muy bien por qué está allí, solo sabe que Raeth huele a lavanda y que lleva un jersey negro de cuello vuelto que le encantaría quitarle—. Bueno, la fiesta comenzó hace rato y como no aparecías, me preocupó que te hubiese pasado algo. ¿Todo bien? ¿Sabes que hoy Ronan nos deja no trabajar, verdad?
Raeth se agacha tras su escritorio, recogiendo cosas a toda prisa, y se levanta alterado.
—¿Qué? ¿Ya son más de las ocho? Sé que Mannix acaba de salir, pero… —Se levanta precipitado, apaga el ordenador y suspira—. La verdad, es algo vergonzoso… —Se acerca, con un pequeño paquete envuelto en papel dorado, y extiende las manos hacia Celedonia. Ella siente sus mejillas sonrosadas y acerca las manos a las suyas—. Te he hecho algo... Bueno, te lo hice hace tiempo, la verdad, pero soy un desastre y me lo he dejado en casa. —Ahora, es él quien se sofoca y acaricia con el pulgar sus manos al rozarse—. Pensé que sería una pena no dártelo hoy, sabiendo lo que te gusta decorar el árbol, así que… —sonríe, con una dulzura tímida—, feliz navidad, Cel.
Con manos temblorosas, toma el paquete y lo atesora entre sus manos antes de abrirlo. El lazo, también dorado, se desliza entre sus dedos y revela el interior: un pequeño ángel de crochet blanco y negro hecho a mano, una de sus primeras bromas internas. Celedonia alza la mirada, sorprendida y emocionada, y lo abraza con fuerza.
—¡¡Me encanta!! Muchísimas gracias, es… ¡es maravilloso! ¡Puedo colgarlo en el árbol junto a la estrella y… ! Espera, ¿por eso has tardado tanto? Pero, pero están todos… —alza la mirada para reprochar, tan solo para darse cuenta de que aún lo está abrazando y de lo cerca que están sus rostros. Sus mejillas se incendian al verle sonrojado—. No tenías por qué… —murmura.
Raeth la acerca un poco más por la cintura, su frente apoyada sobre la suya.
—¿Con la ilusión que te hacía?
Sonríe, y Celedonia siente que ha olvidado cómo hablar, cómo respirar y cómo hilar dos pensamientos seguidos. Sus manos se mueven solas, subiendo por el pecho de Raeth hasta rodear su cuello. Y, cuando su pulso late tan fuerte que apenas puede oír nada más, sabe que está apunto de ser imprudente.
—Raeth… —murmura, su voz contra sus labios—, lo siento.
Y sus labios caen, suaves, dulces, atrevidos, contra los de él. Le besa con ternura, le besa con pasión, le besa con todas las ganas y nervios de quien dibuja un círculo por primera vez. Suspira en sus labios y él corresponde, con la misma ternura, con la misma hambre. La rodea por la cintura y la levanta, sentándola sobre el escritorio. Ella lo rodea con las piernas y juega con su pelo, aún besándole, incapaz de separarse, incapaz de respirar. En algún momento, se escapa un suspiro y el calor amenaza con romper el invierno. Casi agradecen que, a mitad de aquello, una figura vestida de Santa, con una tarta en la mano y matasuegras en la boca, se haya plantado en el umbral de la puerta recortada contra la oscuridad. Casi, porque Celedonia habría matado en ese momento por media hora más con él.
Desde la puerta, Ronan hace sonar el matasuegras, ajeno a todo, y sonríe animado.
—¡Hey chicos, que os vais a perder la tarta!
Raeth separa las manos y hunde la cabeza en el hombro de Celedonia, sofocado. El rubor le sube por las orejas y se echa a reír. Celedonia rompe a reír también y le pasa una mano por los hombros, mientras con la otra vuelve a abrocharse los primeros botones de la camisa.
—Gracias, Ronan, ya salimos.
Este asiente, alza el pulgar y añade en tono confuso:
—¿Es esto lo que decía Dorian de comerse los morros?
La playlist ha quedado eclipsada por el murmullo de risas y voces amigables reunidas alrededor de una tarta ostentosa y un Santa Claus de lo más querido. Algunos familiares se han acercado a la oficina, también, como Zalseos o Arianna, quienes comparten un pedazo de tarta con la peculiar plantilla. Bailen, ríen y charlan y, cuando todo está más calmado, Celedonia se acerca al árbol a colgar su regalo. Raeth la ve y sonríe, acercándose a su lado.
—¿Junto al bastón de caramelo?
Celedonia le devuelve la sonrisa, colocando el muñeco entre dos ramas de pino natural recién robado.
—Aha, aquí será lo bastante dulce —. Raeth deja escapar una suave risa y acaricia la punta de sus dedos—. Sabes, yo también tengo algo para ti… —Y le devuelve la caricia antes de separarse. En su bolsa, mete la mano y rebusca hasta sacar un paquete envuelto en papel anaranjado—. Es… es algo que también he hecho yo, pero es la primera vez, así que igual… —Él estrecha sus manos con toda la calma del mundo y ella asiente, sonríe y extiende el regalo—. Feliz Navidad, Raeth.
El chico abre el paquete, despacio, y sus ojos se emocionan al ver la tela de color lavanda. Una bufanda de lana, tejida a mano, entrelaza varios de sus colores favoritos. Sonríe, emocionado.
—¡Cel, es preciosa! Me encanta… ¿Cuándo has aprendido a tejer?
—Bueno, dijiste que habías perdido la tuya y hace frío y nieva… así que busqué un tutorial, compré lana y… una cosa llevó a la otra... —Sus mejillas se tiñen levemente y, con cuidado, le arrebata la bufanda de las manos y se la echa por el cuello—. Y no puedes ponerte enfermo porque entonces no vendrás a trabajar y no podré verte y el día no será igual de brillante y solo estará Mannix para echarme la bronca y…
Sus palabras se atropellan a medida que aumenta el sofoco. Raeth ríe con suavidad, entrelaza sus manos y niega con la cabeza.
—Eres una boba, ¿lo sabías? —Celedonia calla, sorprendida, y Raeth acerca el rostro hasta rozar su nariz—. El regalo es increíble, es… —y se le escapa un suspiro que suena a todas las cosas buenas del mundo—, eres increíble.
Raeth acuna el rostro de Cel entre sus manos y la vuelve a besar, esta vez despacio, más suave, y con una sonrisa estúpida pintada en la cara. Ella lo devuelve y sonríe, y se echa a reír, y le abraza y le vuelve a besar, y tiene muchas miradas encima a las que explicar y muchos bailes pendientes por disfrutar.
Alrededor del hall , hablan, ríen y cantan, y celebran estar vivos un día más. Porque aunque no se diga, la plantilla de Dunder Muffin sabe que son su familia escogida. Porque cada noche, al cerrar la oficina, se reúnen en el karaoke para salsear y cantar. Porque en Nochebuena, se atreven a ser un poco más sinceros, un poco más cercanos, y a dejar que la nieve sea lo único frío en sus vidas. Aquella noche, en la fiesta de Navidad anual del señor Phocas, todo lo que estaba perdido fue encontrado, y todo lo que tenían, se estrechó y creció más, cálido como una hoguera, claro como la luz, sincero como el mañana. Y por ello festejaron, y se abrazaron, y bailaron hasta dolerles los pies. Hasta que, a la mañana siguiente, cuando el sol se filtró entre las ventanas y un amable cerrajero de barba blanca arregló las puertas, se marcharon a paso ligero a sus casas con el acuerdo silencioso de no hablar del nuevo incidente
