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El ambiente era húmedo y cálido, tal vez no lo era tanto como en Genosha pero era suficiente como traerle a flote los últimos recuerdos teñidos de matices de felicidad, amargura, desolación e impotencia de no poder hacer nada al respecto, solamente ver como Charles se desvanecía poco a poco, resultado de incapacidad de seguir las corazonadas cuando se trataban del telepata.
Aun podía recordar las suabes sonrisas dirigidas hacía él, el ligero y cálido parpadeo de la telepatía dañada en su mente, las suaves caricias anhelantes y los dulces besos de despedida.
Cuando encontró a Charles, gritó, lloró y rogó a cualquier deidad que lo escuchara o que quisiera atender sus súplicas, que se lo devolvieran, que les daría lo que desearan con tal de el telépata viviera años más feliz, después de todo el dolor que ha sufrido; que lo dejarán disfrutar al menos, un tiempo juntos, el tiempo que desperdiciaron peleando, el tiempo que pudieron haber aprovechado amándose.
Ahora está aquí, después de que cualquier deidad se allá colado en sus sueños prometiéndole devolverle a Charles. Las casitas variaban mucho de tamaño, todas desiguales, la gente iba de un lado a otro cargada de flores naranjas, comida, veladoras y una felicidad desbordante. Podía oír a lo lejos música, guitarras acompañando a los violines a una voz melodiosa, mariachis si no mal recordaba. Volteo a un lado, algunas de las puertas de las casas de madera vieja estaban adornadas con hermosos arcos de esas flores naranjas y fucsias que parecían predominar en todo el lugar, la gente iba guiándolo de forma inconsciente cuesta arriba, muchos se le habían quedando viendo mas no le importó realmente, tal vez los años de recibir miradas penetrantes lo habían acostumbrados o tal vez el dolor de perder a la persona que amaba sedaba aquellos sentimientos de lucha.
Para cuando su vista volvió al frente, se limpió el ligero sudor, agudizó los ojos por el sol abrazador de ese día. Un arco de piedra, cantera roja machada por suciedad de los años, con las puertas de rejas de metal negro abiertas de par en par, con gente saliendo y entrando constantemente, arriba pequeñas plantas parecían querer adueñarse del lugar y de la cruz que estaba en medio de aquella puerta que regulaba acceso al lugar de descanso sagrado.
Dentro, gente rodeaba las tumbas, cada una de ellas estaba siendo adornada por mujeres de largas faldas coloridas y de rebosos, con niños correteando alrededor de ellas, algunas de ellas estaban con veladoras delimitando los bordes de tierra o piedra, más flores naranjas que perfumaban el lugar. Aquel olor que recordaba de un mutante muy extraño y del cual habían rechazado su oferta de ayuda por las cosas tan extrañas que lo rodeaban.
“Espero que por tus prejuicios hacía gente como yo, no te arrepientas de no aceptar mi ayuda, Magneto”
Esas palabras resonaban en su mente una y otra vez. Por el rabillo del ojo, se encontró a aquel mutante en cuestión, vestido de manta blanca, con la piel morena brillando jovialmente ante la luz del sol y una sonrisa comemierda en los labios.
—Nos volvemos a encontrar, Magneto—Su voz estaba cargada entre ira y lástima dirigida a él, el maldito sabía. Su llegada pasó inadvertida para él, el característico olor que parecía acompañarlo siempre que lo hacía se mezclaba con las flores que rodeaban el lugar y la humedad del ambiente.
Apretó los puños, pero no dijo nada, simplemente quedó mirando al frente, a la gente que seguía con su afán de adornas las tumbas.
—Sabes, a pesar de que esta tradición fue impuesta por ustedes invasores— esas últimas palabras estaban cargas de un odio visceral —incluso los días para celebrar y honrar a nuestros difuntos aun preserva pequeñas esencias de costumbres paganas que jamás han podido quitar, que todavía perseveran que se niegan a ser conquistadas y olvidadas, contra todo lo que digan los lideres que transmiten la palabra de su Dios, esta celebración es feliz.
—La muerte no debería traer felicidad— el contrario se ríe suavemente, pero no es de burla, tal vez lo esté compadeciendo.
—No lo es, pero el pensamiento de que seres divinos nos han otorgado tanto a nosotros como aquellos que ya no están en este plano venir un día, varios días de visita a comer lo que alguna vez los hizo felices, eso es motivo de celebración y de estar felices de al menos tener una oportunidad de sentirnos cerca de ellos, de nuevo
Hizo un ligero cabezo indicándole que lo siguiera aun más arriba, tal parecía que no quería que los demás llegaran a él. ¿Por qué demonios estaba aquí, de cualquier manera?
—Ya’xkab no creía en nada activamente, por lo tanto, su alma es errante, cualquier Dios puede reclamarla para sí mismo, puede terminar en cualquier lado— de nuevo aquel nombre con el cual se había dirigido a Charles la primera vez que lo vio.
¿Quería decir que alguno de los “Dioses paganos” de estas tierras había escuchado sus plegarias y podría devolverle a Charles?
—Tal vez deberías intentar poner el altar sus comidas favoritas, su foto. Tal vez, en cualquier lugar que esté su alma él pueda escucharte y venir a verte— Abrió una puerta, donde una familia se encontraba dentro, en la pequeña salita, Hank, Alex y Raven miraban con curiosidad los adornos de papel picado colorido, más flores y ese aroma. Miró de nuevo al extraño mutante, que de nuevo, miraba con ojos perdidos atrás de él, como si hablara en silencio con algo que no estaba ahí.
Poco después el hombre moreno, bien parecido estaba hablando en otra lengua con dueños de la casa donde se hospedan unos días. En lo que recibía una próxima pista, cualquier cosa de esta deidad que lo escuchó y quería algo de él a cambio, de forma adelantada.
No confiaba en gente como él, aclaró una vez.
La gente tan amable le enseño y le ayudo a colocar un pequeño lugar adecuado para su Charles con té recién hecho, con galletas y panecillos extraños que con probabilidad al castaño le hubiera gustado probar; también animaron a colocar a su hija, con juguetes de madera y dulcesillos artesanales. Al terminar, deseo con todas sus fuerzas que realmente viniera a verlo, que lo perdonara y viniera por él aunque sea unos minutos. Que también su hija viniera un momento y lo perdonara por no salvarla, por no haberla protegido. Deseo que esta gente tuviera razón.
Durmieron en la salita, les dejó a los demás los muebles mullidos, él en cambio, se acomodó en una especie de alfombra tejida con hojas que a pesar de estar secas, eran lo suficientemente elásticas y resistentes, con una ligera sabana encima de él. Las velas iluminaban la casita, con un ligero baile que lo adormecía cada vez más, hasta que en sueños logró escuchar voces susurrantes que hablaban sin cesar en un idioma que no conocía (no era español), como si estuvieran regocijándose en una reunión familiar, celebrando, pasos a su alrededor comenzaron. Despertó por completo cuando unas manitas tocaron sus mejillas, niños, había niños a su alrededor ¿No deberían estar dormidos ya?
Abrió los ojos, siendo recibido por una casa vacía, solo sus compañeros dormidos en los sillones, las puertas y ventanas cerradas. Tal vez, eran alucinaciones suyas al estar en un estado entre dormido y despierto…
Un olor familiar llegó a él. El ligero aroma a té recién hecho, mezclado con el perfume que Charles solía usar, aquel con el que amanecía después de noches intensas antes de Cuba. Pero era imposible.
—¿Charles? —susurró con voz quebradiza, estaba seguro de que el telépata estaba aquí su aroma persistía en el ambiente, sobre el aroma floral y de cera. Una caricia fantasmal, pero dulce pasó por su frente, justo como solía hacerlo cuando dormían juntos esos últimos meses.
Al final, el sueño ganó, durmiendo como nunca lo había hecho desde que se reunió con el telépata en París
