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Era una mañana como cualquier otra para Bell en la aldea donde residía con su abuelo. Igual que cada día su abuelo lo despertó a primera hora cuando los primeros rayos del sol recién se dejaban ver a lo lejos en el horizonte. Los días en la cabaña con su abuelo eran tranquilos, pero no por ello aburridos, en cada actividad que hacían su abuelo tenía siempre una historia de grandes aventuras y héroes las cuales contar, Bell estaba ansioso por un día ser el protagonista de esas historias, combatir monstruos, hacer amigos y conocer chicas lindas.
“Bell…” en vano, su abuelo trató de sacar de su ensoñación a su nieto. “Bell… ¡Bell!” le gritó al oído para lograr llamar su atención: “Ve al huerto y tráeme un par de hortalizas para hacer el estofado de hoy”
Entre suspiros soñadores y con la mente muy lejos de la aldea Bell se encaminó fuera de la cabaña directo al huerto donde su abuelo y él cultivaban distintas plantas. Mientras se iba acercando notó que un arbusto se movía, claramente había algo allí, enojado se acercó dando zancadas pensando en que nuevamente un animal salvaje había atacado sus cultivos. Más, tal fue su sorpresa al encontrar entre medio de los arbustos a una muchacha, vestida con elegantes y extravagantes piezas de colores oscuros que resaltaban enormemente su pálida piel.
Bell se colocó de cuclillas casi a la misma altura de la chica, con más detenimiento pudo observar su rostro, sus finos rasgos, su nariz y labios pequeños, tenía el cabello plateado y largo, caía desordenadamente sobre un costado suyo. El muchacho Cranel estaba demasiado ensimismado que no se dió cuenta del momento en que la chica se fue despertando, sus ojos rojos al principio mostraban confusión y apatía, pero de a poco pareció darse cuenta de dónde estaba o de dónde no estaba.
“¡¿Dónde estoy?!” fue lo primero que salieron de sus labios al mismo tiempo que intentaba incorporarse y se llevaba puesto a Bell quien al perder el equilibrio solamente atinó a intentar sujetarse de ella para no caer pero falló rotundamente. Ambos terminaron en el suelo. “¡Suéltame! ¡Quiero irme!” empezó a gritar al mismo tiempo que lograba ponerse de pie.
La muchacha, aún desconocida para Bell, se arreglaba la falda negra de su vestido mientras observaba a su alrededor, intentando identificar algo, pero rápidamente se dio cuenta de que no estaba en algún lugar conocido. Dirigiéndole una última mirada a Bell que yacía aún en el suelo sin saber que hacer, se decidió por no quedarse a averiguar qué era ese lugar y simplemente volver a donde ella pertenecía. “¡Gate!” gritó fuerte y claro, pero nada pasó.
Tanto la chica como Bell compartieron miradas de confusión, pero los ojos rojos de la mujer rápidamente se encendieron en enojo. “¡¿Qué me has hecho?! ¡¿Por qué no puedo usar mis poderes?!” lo recriminó y rápidamente lo tomó del cuello de su blusa.
“N-no, no sé de qué estás hablando…” dijo Bell con un hilillo de voz mientras su labio inferior empezaba a temblar un poco, la chica no lo soltó sino que en cambio acercó aún más sus rostros hasta casi rozar sus narices con tal de intimidarlo. “¡Yo ni siquiera puedo usar magia!”
Bell cerró los ojos con fuerza, esperando que le dieran un puñetazo o algo peor, pero en vez de eso simplemente sintió como lo soltaban, aún con miedo y temor entre abrió los ojos y se sorprendió de que la chica ya no le estuviera prestando atención, sino que ahora miraba a su abuelo, parado a tan solo unos metros de ellos.
“Veo que no eres de estos lados…” dijo el hombre mayor que se había sorprendido de la demorada de su nieto, le había pedido que recoja un par de hortalizas no que se pusiera a sembrar toda una cosecha, pero su preocupación aumentó cuando su instinto le empezó a advertir que algo raro sucedía, el viento había cambiado su rumbo y los pájaros habían cambiado el curso de su vuelo.
“Ves bien, anciano.” contestó simplemente ella. “¿Eres tú quién detiene mi poder mágico?”
Bell se enderezó de golpe y decidió que era buen momento de interrumpir. “Mi abuelo tampoco puede usar magia, nosotros no tenemos nada que ver con poderes” intentó explicarle, pero la chica tan solo se rió.
“¿Qué ese viejo no tiene magia? Hasta un novato puede sentir su fuerza.”
El anciano tragó grueso, las cosas se le estaban complicando, tenía una posible amenaza mortal en su huerto de hortalizas y una verdad que pensó se llevaría a la tumba a punto de destaparse por completo.
“Te juro que no soy yo quién te impide usar tu magia, pero creo que eres tú la que ha ocasionado algún tipo de cambio en estas tierras…”
“¿A qué te refieres?” preguntó ella y el anciano le señaló hacia arriba, tanto la muchacha como Bell levantaron las cabezas y se encontraron con que había una especie de cúpula sobre ellos, pero no solamente sobre la cabaña sino sobre toda la aldea.
“Vengan, entremos a la cabaña y charlemos adentro mejor…” el abuelo decidió hablar antes de que reinara el caos entre los dos jóvenes y se encaminó para dentro de la cabaña sin esperar respuesta, los otros dos no tardaron mucho en seguirlo adentro.
Los tres tomaron asiento en lo que sería la sala de la cabaña, frente a la chimenea en el sofá se sentaron Bell y su abuelo, por otra parte, la desconocida tomó asiento frente a ellos en una silla de madera.
“Bien, antes que nada, ¿quién eres?” el hombre mayor decidió cortar el tenso silencio e ir directamente al grano.
“¿Por qué debería contestarte?”
“Porque estás atrapada en un lugar que no conoces y del cual no sabes como irte, somos tu única oportunidad.” Ambos se miraron fijamente por unos extensos segundos hasta que ella suspiró, cansada.
“Soy *********, una ******* de la **** ***** de ********.” dijo e infló el pecho en orgullo por su título.
“¿La ***** de quién?” preguntó Bell rascándose detrás de su nuca, nunca había escuchado ese nombre en la vida.
“¡¿Qué?! ¡¿No conocen la ******** conquistada por el **** ****** ****?!”
“Me parece…” el anciano interrumpió la rabia de ********.” que este no es tu mundo, en estas tierras no hay gente como tú.”
“¿Te refieres a qué ********* puede ser del mundo divino?” preguntó Bell con admiración, creyendo estar al frente de una diosa.
“Tsk… claro que no, las diosas cuentan con una vanguardia más poderosa, si es que me entiendes…” y el viejo se rió a carcajadas, ********* enrojeció de la rabia y le mandó una onda de choque que lo golpeó de lleno dejándolo aturdido.
“Mira… parece que a pesar de estar en otro mundo, no he perdido del todo mis poderes.”
El abuelo de Bell chasqueó la lengua y se acarició la nariz golpeada por esa onda de choque invisible, si supiera esa niñata que con un solo chasquido de sus dedos podría hacerla volar, pero no podía olvidarse de que estaba Bell a su lado. Ya no podía seguir ocultando la verdad, menos con un ser de otro mundo amenazando todo su universo. Necesitaba encontrar un momento a solas con Bell para hablar, pero no se atrevía a dejar a este nuevo ser peligroso dando vueltas por su casa y su aldea.
“Si no eres una diosa, pero eres de otro mundo, ¿cómo llegaste aquí?” preguntó Bell, bastante aturdido con toda la información que estaba recibiendo, le dolía la cabeza y aún ni eran las doce del medio día.
“No… no lo sé.” ********* se sinceró, realmente no recordaba mucho de lo último que le pasó antes de despertar allí, estaba investigando unos artefactos extraños que su maestro **** le había dado para resguardar, recuerda que se sentía feliz por tal petición cuando agarró uno de los objetos más extraños, no sabía para qué funcionaba ni qué era. “Cuando me encontraste… ¿llevaba algo conmigo?”
“Mmm…” Bell se tomó un momento para recordar. “Creo que no, pero entre los arbustos y la maleza puede que no haya visto bien.”
“¡Perfecto!” exclamó el anciano que se había mantenido callado todo ese tiempo y se paró de su asiento. “¿Por qué no vas a la huerta de hortalizas, buscas ese artefacto tuyo y de paso traes algunas verduras para empezar a cocinar?”
“¿Cocinar?” ********* lo miró con sus dos cejas fruncidas, con el signo de interrogación pintado en la cara.
“Pensamos mejor con el estómago lleno.”
********* se encogió de hombros y decidió que era mejor hacer eso que nada, por ahora ese viejo extraño junto a su nieto eran lo único que tenía, debía averiguar cómo volver y esperaba no equivocarse en fiarse de ellos para lograr su cometido, cueste lo que le cueste.
“¡Te acompaño!” dijo Bell e intentó ir detrás de la muchacha que daba pasos cortos hacia afuera, cuando su abuelo lo tomó del brazo evitando que saliera de la cabaña.
“Tú y yo debemos hablar.” le dijo su abuelo en voz baja. “Ven, acompáñame a la habitación.”
Ambos subieron las escaleras directo a la habitación del abuelo, ambos tomaron asiento enfrentados. En aquel cuarto Bell había recibido cada año para su cumpleaños un libro hecho por su abuelo donde se contaban grandes hazañas de héroes, pero él sabía que esta vez no estaba ahí para recibir un libro o para escuchar sobre aventuras y leyendas. El aire era denso y el ambiente se notaba tenso.
“¿De qué tenemos que hablar?” decidió ir al grano el muchacho. “¿Es sobre *********?”
“Si y no” contestó el viejo. “Es peligrosa, creo que no hace falta que te lo diga, es algo que se nota, no podemos fiarnos de ella, no del todo al menos; es algo con lo que nadie nunca en estas tierras ha tratado… por eso, es que creo que debes tener algo con lo cual defenderte…” Bell lo miró expectante, pensando que le daría alguna especie de arma, una espada o alguna lanza vieja, aunque si ********* tenía poderes mágicos era poco probable que las armas físicas fueran muy útiles. “Te daré mi falna.”
“¿Tú qué?” dijo Bell.
“Mi gracia, mi bendición”
“Pero… eso solamente pueden darla los dioses, ¿o no?” Bell tragó grueso y por primera vez en su existencia le pareció no reconocer a su abuelo, la luz que se colaba por la ventana de afuera parecía hacerlo brillar y de pronto todo su ser pareció más grande, más fuerte, más poderoso y más sabio también.
“Solo los dioses pueden dar falna, y yo quiero darte la mía.”
