Work Text:
I
Kujo Jotami estaba en problemas muy serios, es lo único que puede tener en claro por el momento. Empezó como dolor punzante en su bajo vientre durante la clase de matemáticas, luego escaló a un calor sofocante por todo su cuerpo, si hubiera sido la menstruación las cosas no habrían sido tan jodidas. No tenía tanta suerte, por desgracia.
Abandonó el salón sin decir nada, cubriendo la base de su cuello con ambas manos, la zona era viscosa y no soportaba la intensidad de su olor natural, la esencia de clavo y mandarina habrá llamado la atención de cada omega a su alrededor. Jotami llegó a la enfermería, abriendo la puerta sin mucho cuidado, incapaz de medir su fuerza por los instantes.
La enfermera le miró con algo de molestia y sorpresa a partes iguales, pero su gesto se tranquilizó al percibir el olor concentrado.
—Supresores, ahora —ordenó, cubriéndose el cuello lo mejor posible.
—Déjame ver si tenemos —la enfermera rápidamente se puso a buscar—. Será mejor que te sientas.
—No quiero.
Empezó a caminar en círculos por la enfermería, presionando en sus glándulas de aroma y pensando en cosas desagradables para aminorar el calor de su cuerpo. Podía sentir la sangre bajando hacía su miembro, palpitando por penetrar el lindo coño de cierta muchacha. Gruñó de frustración, odiaba entrar en rutina.
—No tenemos supresores para alfas.
—¡Puta mierda! —y odiaba todavía más ser una de las pocas alfas en el instituto, lo que significa noticias desfavorables en estos casos.
—Voy a llamar a tu mamá para que venga a recogerte.
—Lo que sea, está bien —no podía estar más agradecida, la persona que más necesitaba ahora era justamente su madre.
Quería encerrarse en su cuarto entre mantas hasta olvidarse de su propia existencia, masturbarse enloquecidamente o morir sofocada por el celo. A estás alturas, le daba muy igual si esto último ocurría.
—¡Jojo! —aquella voz dejó entumecida a la joven Kujo. Su única amiga entró a la enfermería, luciendo feliz de encontrarla—. ¿Te dieron supresores?
—No tienen —se bajó la visera de la gorra, evitando verla.
El celo se volvió más complicado después de entablar amistad con Kakyoin Noriko, una simpática pelirroja de personalidad curiosa, por no decir rara. Bueno, realmente el problema no fue su amistad sino su enamoramiento casi instantáneo. A Jotami se le hacía muy fácil fantasear con ella, era tan linda y elegante como pocas. En su anterior rutina, hace seis meses, comprendió lo mucho que quería follarla, llenarla con su esencia y marcar su lindo cuello.
Ya fuera de la calentura, las ganas de abrazarla con cariño la aclaración a sus emociones. A Jotami no le gustaba el contacto físico, no había otra explicación, le atraía sentimentalmente su amiga. Sin embargo, no se ilusionaba con que fuera recíproco, Noriko era también una alfa.
—Toma —le dio una tableta de pastillas encapsuladas, supresores.
No lo pensó dos veces para sacar una y pasarla sin agua. El desagradable sabor se le quedó pegado en el paladar, los efectos de la misma tardarían al menos media hora en generarse. Le devolvió la tableta y se estremeció con el roce de sus manos, casi perdió el aliento.
—Gracias…
Noriko sonrió con gentileza, por un momento perdió por completo el razonamiento. Deseó besarla, estrujar su cuerpo y sentir su calor interno, impregnarse en el aroma de almíbar de cereza en su cuello y morder, marcarla como suya y ser marcada de vuelta. Tras esta ola de pensamientos, decidió acortar las distancias.
—Ya viene tu mamá a buscarte —anunció la enfermera tras colgar el teléfono, para la paz mental de Jotami.
Al ver a Noriko nuevamente, algo se removió dentro de ella. Con su imaginación volando hacía al cielo, junto a la calentura de su cuerpo, tuvo la necesidad de llenarla con su semilla, anudarla y escucharla gemir su nombre. La sujetó de los hombros sin ninguna intención clara, hasta que la propia pelirroja se acercó para darle un abrazo. Jotami se aferró a ella, buscando en sí misma la fuerza necesaria para controlar su lado más animal.
Sin querer, empezó a ronronear, una clara señal de estar cómoda con su presencia. Noriko se rió, siempre encantada de ver el lado más vulnerable y tierno de su amiga. Jotami ocultó su rostro entre el hombro y el cuello, inhalando el dulce aroma, casi por necesidad. Sus manos rodearon esa cintura tan deseable, acercando sus cuerpos sin oportunidad de espacios.
Sintió a Noriko temblar, no pensaba en soltarla ni en dejar de olfatear su esencia. La quería como suya.
—¿Jotami?
Su mente se aclaró de golpe, la soltó antes de que sus músculos se pusieran rígidos. Sabiendo de antemano que el calor en su miembro semi erecto no era buena señal, abandonó la enfermería para alejarse de su amiga. Evitaría a toda costa cometer un error del que iba a arrepentirse.
II
Instalada en el techo del edificio, le resultaba indigno tocarse sobre el pantalón, con la erección presionando la ropa, tan desesperada por los efectos del celo. Intentó por tantos medios concentrar su mente en cosas fuera del calor actual, pero le resultaba imposible. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que se tomó la pastilla, pues todavía no lograba calmar sus síntomas. Maldijo para sí misma cuando recordó el aroma de Noriko entrando por sus fosas nasales. Nunca fue fan del dulce, pero su amiga era especial y única. La necesitaba.
Oyó la puerta abrirse y sintió el impulso de arrojarle algo contundente a quién haya decidido perturbar su soledad. Y, sin embargo, quedó en blanco al darse cuenta de que era Noriko. Se arrinconó más en la sombra, no queriendo verla en esos momentos, pero al mismo tiempo anhelando su toque. Una mano se posó en el hombro de la joven Kujo, provocando que perdiera el aliento.
—Jotami, tu mamá está buscándote —supo que le habló, pero su cerebro no podía registrar más allá de lo que veía: el rostro apacible de su amiga, ojos amatistas que inducen al deseo y unos labios hermosos que necesitaba saborear—. Jojo, ¿estás bien?
La tomó de la nuca y la acercó hasta que sus labios se conectaron en un beso necesitado, al menos por parte de Jotami, su amiga simplemente quedó paralizada. La joven Kujo, no tardó en demostrar su necesidad de cercanía, la acorraló en el piso sin dejar sus labios un sólo segundo. Se acomodó entre sus piernas, frotando su pelvis con frenesí. Noriko ahogó un jadeo que no pudo diferenciar si era placer o consternación.
Las manos de Jotami se mantuvieron firmes en la delgada cintura de Noriko, intensificando los roces en sus miembros. Su corazón latió rebosante al poder sentir el calor de su cuerpo, junto al aroma de almíbar de cereza que se desprendía de su cuello. Sin ningún uso de razonamiento, empezó a desabotonar la ropa de su amiga hasta que ella retuvo sus muñecas. Tenía la intención de reclamarle, pero una oleada de conciencia y culpa colmaron su mente al verla.
Noriko temblaba de miedo, con el rostro sonrojado, sus ojos parecían contener sus lágrimas y tenía los labios fruncidos. Aunque ambas fueran alfas, Jotami poseía una gran ventaja física sobre ella, lo cual casi aprovechó para hacerle algo horrible.
—¡Mierda! —inmediatamente se alejó de su amiga, quien se mantuvo en estado de shock sin lograr apartar su mirada de ella—. Noriko, perdón… De verdad, yo…
—¡Jojo! —exclamó su mamá al verla. Se agachó al lado de su hija y la abrazó, usualmente los afectos no eran bien recibidos, pero ahora eran urgentes—. ¿Ambas están bien? ¿Qué pasó?
Esto hizo reaccionar a Noriko, quien se abotonó el uniforme y se levantó entre flaqueos a causa de sus piernas temblorosas. Dejó a la madre e hija solas en la azotea. La señora Holly miró a la adolescente, comprendiendo rápidamente la situación. Pese a que Jotami no se sintió juzgada, no pudo evitar cargar con una gran decepción consigo misma al no poder controlar sus impulsos, estaba tan arrepentida que las lágrimas se derramaron.
El corazón de Jotami quedó trizas mientras se aferraba a los brazos de su madre, incapaz de respirar calmadamente. Se sintió mareada y con dolor en el pecho al recordar el miedo en los ojos amatistas. Todo era su culpa.
III
Al momento en que Noriko cerró la puerta, permitió soltar el aliento que retuvo desde el arrebato de ese primer beso. Respiró lo mejor posible pese a la agitación en su pecho. Sus manos y rodillas temblaban con nerviosismo, en su piel todavía estaban presentes los toques de Jotami y el aliento sobre su cuello. Se estremeció y se cubrió dicha zona, queriendo ignorar las sensaciones fantasmas que le dejó.
Como alfa, era consciente del descontrol hormonal que suponía el celo, las ganas insufribles de estar en pareja y la procreación que eso conlleva. Por un instante, temió que Jotami sucumbiera a su arrebato contra cualquier omega o beta del salón, lo cual conlleva a serios problemas con la institución. Lo que nunca imaginó es que su amiga la quisiera a ella.
Revivió ese primer beso entre ambas, Jotami realmente la quería de una forma diferente a la amistosa y eso no fue a causa del celo, lo sabía a la perfección. O quizás no, estaba confundida. El ronroneo que emitió al abrazarla fue peculiar, algo que jamás creyó escuchar de ella, tan lindo y reconfortante como pocas cosas. Podría recostarse en su pecho y escuchar tanto su ronroneo como los latidos de su corazón durante horas. El arrepentimiento en sus ojos oceánicos también fue nuevo.
Abrumada por la realización, optó por ir al baño a lavarse la cara para despejar su mente. Todavía podía sentir el agarre firme en su cintura y el peso del cuerpo ajeno sobre el suyo. Se sonrojó por la vergüenza del disfrute, de ser correspondida, quería más de esas caricias y besos en un mejor contexto.
Durante los siguientes tres días Jotami no se presentó a clases, y en todo este tiempo Noriko estuvo intrigada por su estado. Sus llamadas a la residencia Kujo las recibió la señora Holly, quien se limitaba a decir que sólo estaba un poco más irritable y sensible de lo normal, ambas sabían que no iba a salir de su habitación. El cuchicheo no tardó en llegar a sus oídos, toda la fanaticada de la joven Kujo alegaba querer ser su juguete sexual para pasar el celo. No tergiversó nada, esas fueron sus propias palabras.
Ciertamente, que hablaran así de ella le irritó, pero nunca fue de comenzar discusiones o buscar peleas. Era pura palabrería, de igual forma. Noriko sabía que Jotami las mandaba a callar en la primera oportunidad y tampoco dejaba que se le acerquen mucho.
Al cuarto día, Jotami regresó a las clases, esquivando lo mejor posible a las omegas y betas enamoradas que desprendían aromas naturales o artificiales, en un intento más bien cómico de llamar su atención. Las amigas se miraron desde la distancia, con Noriko sentada hasta atrás y la joven Kujo recién entrando al aula. La molestía que había en su expresión a causa de las chicas a su alrededor se disipó en culpa evidente.
Se sentó detrás de la pelirroja sin decir nada.
Tras unos minutos de empezar la clase, Noriko sintió algo presionando su espalda. Al girarse, Jotami le entregó un papel doblado, tenía la visera de la gorra cubriendo su rostro, quizás para apaciguar inútilmente su vergüenza. La pelirroja lo tomó y desdobló para conocer el contenido.
«Perdón por lo que hice, debí prevenirlo»
A Noriko se le removió el corazón, pues su amiga no era el tipo de persona que pidiera disculpas. Se volvió a girar para encarar a Jotami, pero ella seguía evitando el contacto visual a toda costa. Escribió rápidamente, le dió el papel de vuelta:
«No fue tu culpa»
Jotami torció el labio, no se sintió del todo aliviada por la respuesta. Escribió y se lo pasó a su amiga.
«Casi te hice daño. De verdad lo lamento»
Noriko, sin saber qué decir para aliviar la culpa de su amiga, optó por dibujar un corazón y se lo pasó. No hubo respuesta de vuelta, sólo los dedos de Jotami trazando garabatos en su espalda. Así está bien, a veces pueden transmitir más con silencios que en palabras.
IV
El techo de la escuela siempre significó un lugar seguro para ellas, un sitio donde podían apreciar la compañía de la otra sin necesidad de interactuar. Noriko se la pasaba leyendo novelas ligeras o dibujando, mientras que Jotami se dedicaba a fumar. Muy a menudo, ambas recordaban la vez en que se conocieron.
El año pasado, Jotami se refugió en la terraza para escapar del escrutinio de las profesoras y el hostigamiento de sus fanáticas. Era una tarde cualquiera, Noriko llegó con su bento a la mano, se sentó a una distancia prudente de ella y se dedicó a comer en silencio. En ese entonces, la reconoció como la chica nueva. Con el pasar de los días se hizo inevitable por parte de la pelirroja buscar conversación, así ambas descubrieron que les gustaba el sumo, el manga y que, más allá de una fachada rebelde o una cara bonita, eran unas nerds en toda regla. Se volvieron inseparables después de eso.
Mientras la joven Kujo inhalaba su segundo cigarrillo del día, recordó vívidamente la forma en que perdió el control ante Noriko. La culpa todavía estaba instalada en su consciencia y le pesaba el corazón. Encontrar en su mejor amiga unos ojos de absoluto temor no sería fácil de superar. Soltó el humo retenido y, tras armarse de valor, acordó la distancia con la pelirroja, quien abandonó su concentración en la lectura para fijarse en ella.
—Nori…
—No tienes que disculparte por lo que pasó —a veces le aterraba que Noriko pudiera leerla tan fácilmente—. No estoy enojada contigo, de verdad.
—¿Acaso no lo entiendes? —un poco abrumada, Jotami decidió mirar a otro lado—. Me importas, Noriko, y no he podido dejar de pensar en lo que pudo suceder. No quiero ser un peligro para ti.
Noriko, sonrojada y con una sensación extraña en el pecho, también apartó la vista. Estaba conmovida por las palabras de su amiga, fue la primera vez registró un «Me importas» de su parte. Conocía a Jotami lo suficiente para saber que ese tipo de demostraciones le eran difíciles de admitir, incluso no pudiendo decirle a su propia madre que la amaba. Los sentimientos resguardados revoloteaban en su estómago como una nube de mariposas.
—Quiero saber algo —habló entre murmullos, con una timidez inesperada para Jotami—. ¿Lo hiciste porque estaba de paso o fui tu única opción?
El frío interno que desarrolló Jotami tras el cuestionamiento le hizo querer desaparecer. No había una forma decente de decirle la verdad.
—¿Qué estás diciendo?
—Si otra estudiante se hubiera acercado…
—¡No!, yo… —notando que era tarde para retractarse, decidió que ya no valía la pena engañarse—. Sólo te quiero a ti, por eso es que…, no puedo superarlo.
Noriko, impresionada con aquella respuesta, se acercó a Jotami hasta que sus rostros estaban a centímetros de distancia. Comprendiendo que debían dar el siguiente paso, ambas sellaron su cariño con un beso casto. Dejaron ir un suspiro tanto de anhelo como de alivio al comprender que sus sentimientos eran recíprocos. Comenzaron a mover sus labios a medida en que sus cuerpos se moldearon para estar más cerca.
La pelirroja se sentó en el regazo y sus manos permanecieron en las mejillas de su amiga, mientras que la otra muchacha la abrazó de la cintura. Los pechos de ambas se volvieron sensibles por el roce de sus respiraciones, algo totalmente nuevo y gratificante. Con timidez y picardía a partes iguales, Noriko acarició con su lengua los labios de Jotami, quien abrió su boca para darle la bienvenida. Ahogaron un jadeo y reacomodaron el beso con mayor intensidad.
Con una mano, la joven Kujo empezó a acariciarle el muslo sobre la falda, las manos de Noriko se aferraron a su nuca y jadeos de satisfacción escaparon de su boca. Llegó hasta el final de la prenda, justo detrás de su rodilla, se coló por debajo de la tela y empezó a subir de nuevo. La pelirroja, sin querer quedarse atrás, palmó el voluptuoso pecho de Jotami de forma gentil y erótica.
La campana escolar sonó, indicando el final del receso. Las amigas retomaron su distancia, siento una mezcla inexacta de tantas emociones, como si despertaran de un sueño. Sus manos seguían posicionadas en lugares ahora vistos como inapropiados, pero deseables. Entonces, notaron el ronroneo de la otra y, con tanto bochorno, evitaron mirarse por demasiados segundos, decidiendo abrazarse para disfrutar mejor de la cercanía.
—Carajo, eso fue intenso —comentó Jotami. Noriko se rió, completamente de acuerdo.
—En mi corazón, este será nuestro primer beso.
Jotami asintió, se acercó al cuello de Noriko para olerla. No quería separarse de ella.
—Tenemos que ir a clase —le recordó, sin siquiera tener intenciones de distanciarse.
—Tienes razón —aferró sus manos en la cintura y muslo de su amiga—. Nori, me gustas…
—Tú también me gustas, Jojo.
De un momento a otro, la idea de separarse se volvió una locura.
V
La primera en notar el cambio en su relación fue Holly. Para la mujer era bien sabido que a las niñas les gustaba estar juntas y en más de una ocasión las atrapó con los rostros sonrojados, luciendo avergonzadas por casi ser descubiertas mientras se acomodaban la ropa lo más disimuladamente posible. Nunca fueron discretas, pero no iba a regañarlas por eso. La exploración era un proceso inevitable, se había estado preparando para ello desde la primera menstruación de Jotami.
—Llegamos —anunció la susodicha tras abrir la puerta. Holly las recibió a ambas con un chasqueante beso en la mejilla, para el disgusto de Jotami.
—Hija, ¿puedo hablar contigo un momento?
—Sí es algo de la escuela seguramente se lo merecían —respondió cortante y dispuesta a pasar de largo, hasta que su madre la tomó del brazo.
—No, no, mi niña linda, es por otra cosa. ¿Nos esperas un momento, Noriko?
La nombrada asintió con un halo de ternura que encantaba el corazón de Holly, mientras que a su hija la llevó hasta la cocina sin soltarla del brazo. Antes de empezar cualquier discurso, le entregó a Jotami una bolsa de tela con algunas cosas dentro. La adolescente no tardó en dedicarle un semblante lleno de intriga.
—¿Y esto qué?
—Son cositas para que tú y Noriko se puedan divertir sin ningún riesgo —el temple estoico de la muchacha se desmoronó en un sonrojo intenso.
—Ay, mamá… —Jotami se cubrió el rostro con la gorra, deseando poder enterrar la cabeza en algún lado.
—No tienes de qué avergonzarte, querida. ¡Es algo completamente normal! Prefiero que lo hagan en un ambiente seguro antes de exponerse en un motel. Cuando quieras estar a solas con tu novia me puedes avisar.
La adolescente emitió un gruñido desde la garganta en forma de asentimiento. No se atrevía a mirar a su madre, a quien le enterneció enormemente el bochorno de su hija.
—Voy a salir con Rumiko-san, volveré a eso de las 9:00. ¿Te parece bien?
Jotami, demasiado abrumada por la vergüenza de sentirse expuesta, se limitó a asentir con la cabeza, sin emitir ni una sola palabra y sin cara para mirar a su madre a los ojos. Holly sonrió con calma, se puso de cuclillas para dejarle un beso en la mejilla.
—Gracias —fue lo único que pudo decir Jotami antes de dejar la cocina y a su madre.
Holly observó a su hija reunirse nuevamente con Noriko. El amor entre las jovencitas era evidente a los ojos de cualquier incauta, y se conmovió por eso. En cuestión de minutos, se despidió de ambas y les deseó una bonita tarde. Definitivamente Jotami estaba sufriendo un poco por dentro.
VI
La emoción de la privacidad era más expuesta en la habitación de la joven Kujo. A puertas cerradas, podían permitirse ser mucho más melosas y atrevidas entre ellas. Pese a eso, nunca fueron más allá de los besos húmedos y caricias subidas de tono, jadeos sueltos y abrazos casi asfixiantes que daban ganas de más. El deseo de llegar más allá era mutuo y lo dejaban ver en cada interacción.
Solían alejarse cuando el calor en sus entrepiernas era demasiado para asimilar. Varias fueron las veces en las que se dieron su espacio para relajar sus cuerpos excitados, anhelantes de un contacto físico mucho más íntimo. Iban a volverse locas si se postergaba el encuentro una vez más.
Jotami no sabía si dar el primer paso, aunque ese ya lo había dado su madre dándole los condones, collares protectores para la nuca y un lubricante que, para colmo, estimulaba la vulva. Esto último no tenía idea de si era apropósito o no, y de todas maneras no sabía cuál de las dos situaciones era peor. Decidió ignorar sus propias incertidumbres para disfrutar del beso con su novia.
Debía admitirlo, su imaginación volaba por el cielo cuando Noriko se subía a su regazo y se levantaba la falda hasta la mitad de los muslos, dejando una mejor vista de sus bellas piernas. Le encantaba tocar esa tersa piel, presionar sus manos en la cara interna, tan cerca de su intimidad y vigor.
El beso incluyó una mordida juguetona a su labio inferior que la devolvió a la realidad. Noriko le miró con picardía, como si esperase un castigo por su travesura. Jotami le atinó una nalgada, lo que provocó a la pelirroja ahogar un grito de sorpresa. Una expresión de orgullo herido y una sonrisa triunfante fue el resultado.
—Eres mala —recriminó.
—Tú empezaste mordiéndome el labio, es culpa tuya —la sujetó de la cintura, dándose un instante de reflexión—. Nori, ¿quieres hacerlo?
—Hasta la pregunta ofende —rió con nerviosismo, no se lo había esperado en lo absoluto. Sin embargo, logró dejarlo de lado para mostrarse más prepotente y orgullosa—. Pero no seré pasiva.
—¿Ah, no? —Jotami alzó una ceja y sonrió con gracia, aferrándose al delgado cuerpo para mantenerla cerca, dejando en claro la diferencia de contextura y tamaño—. Tu lenguaje corporal es más sincero que tus palabras.
Noriko no pudo evitar sentirse encantada, sobre todo cuando su novia decidió cambiar de posiciones y dejarla de espaldas en el futón, acorralandola con su musculoso cuerpo, evitando cualquier posible escapatoria. Sus labios conectaron en un beso más efusivo, llevó sus manos al cuello de Jotami, acariciando la nuca y cabello azabache para intensificar el contacto.
La joven Kujo se quitó la gabardina y la camiseta, permaneciendo en sostén deportivo. Noriko hizo lo mismo con su uniforme, desabotonando la chaqueta y la camisa lo más rápido posible. Jotami la terminó ayudando a falta de paciencia, dejándola con un brasier muy lindo y sin relleno cubriendo sus pechos. Se embelesó por su belleza, ante sus ojos ella era una obra de arte, adornada de pecas en toda su delicada piel, su respiración intranquila y los orbes amatistas demostrando timidez repentina.
Jotami acarició la cinturilla de la falda, decidiendo finalmente quitar la prenda. A Noriko se le enrojeció el rostro al estar así de expuesta mientras le acariciaban las piernas. La mirada de su novia no reflejaba otra cosa más que cariño y anhelo. Se quitó el pantalón, quedando así a la par. Alcanzó las cosas que le dejó su madre y sacó los collares protectores. La pelirroja le miró con curiosidad.
—Por si acaso mis ganas de morderte se vuelven más grandes que mi raciocinio —explicó colocando el collar con cuidado para que quedara justo, sin asfixiar.
—¿Llevamos un mes de novias y ya piensas marcarme? —se burló. Luego, acercó su mano al otro collar—. Ven.
Jotami se lo dejó poner. Si bien las ganas de marcarse mutuamente eran estratosféricas, se trataba de un paso gigantesco para su relación del que poco o nada se sentían preparadas. Apenas eran unas adolescentes muy cachondas, un vínculo accidental podría dificultar su dinámica y comprometerse a niveles que, la verdad, resultaban muy grandes para ellas. Con la protección puesta, ya no tendrían que preocuparse por ello.
Retomaron sus posiciones en el futón y los besos acalorados, moviendo las caderas para estimular sus erecciones. Las manos de Jotami presionaron los pechos de la pelirroja, provocando en ella suspiros de deleite. Noriki fue más lejos y acarició el pene de su novia sobre la tela, de sólo imaginarlo dentro de ella le causó un escalofrío y cosquilleo en el vientre.
Jotami dejó besos esparcidos por la comisura de sus labios y mentón partido, una característica sumamente atractiva desde su punto de vista. Bajó por el collar de protección, deleitándose por el aroma a almíbar de cereza, demasiado intenso para ser opacado. Dejó pequeñas marcas en su clavícula, sus manos se apresuraron para quitarle el brasier. Perdió el aliento por segunda ocasión al ver los senos tan lindos con pezones rosados y endurecidos.
Casi se le cayó la baba, se sintió bastante estúpida por eso. Besó los alrededores del seno derecho para luego introducirlo a su boca.
—¡Jojo! —exclamó Noriko, había sentido un potente estremecimiento por todo su cuerpo. Aferró las piernas alrededor de su novia y movió las caderas. La joven Kujo tomó el otro pezón con su mano y pellizcó con cuidado, repitiendo la reacción previa—. ¡Se siente tan bien!
Sus manos recorrieron la musculosa espalda de Jotami, completamente entregada a las sensaciones tan maravillosas. No dudó en deshacerse del sostén deportivo, era tan bella como las heroínas retratadas en los mitos griegos. Se quitaron las últimas prendas, las bragas, quedando completamente desnudas, los penes rígidos y las vulvas empapadas fueron el resultado de la emoción.
Se apreciaron mutuamente antes de abrazarse con cariño, sintiendo todo de la otra y ronroneando. Un tiempo después, Jotami se incorporó para alcanzar el lubricante.
—Quiero intentar algo —mencionó tras echarse el lubricante en los dedos, lo esparció con delicadeza en la intimidad de Noriko, provocando gemidos tiernos en ella. A los pocos segundos, la expresión de la pelirroja se mostró consternada y excitada a partes iguales—. ¿Te sientes bien?
—Se siente como si estuvieran en celo. Las terminaciones nerviosas están tan…, sensibles —su rostro sonrojado era un deleite artístico—. Estoy tan caliente, Jojo. Te necesito…
—Eres tan linda cuando suplicas así —sonrió con picardía, picando en el orgullo de Noriko.
—Voy a montarte hasta dejarte seca.
—¿Eso es castigo o premio?
—Acuéstate ya —ordenó en tono severo, pero sus ansias por ser llenada seguían siendo muy evidentes.
Jotami soltó una risa burlona, pero le hizo caso. Acostada en el futón, agarró la caja de condones, abrió un sobre y se lo colocó, mientras que Noriko se tomaba el preciado tiempo de dilatar su vagina con dos dedos, sentada en la pelvis de la otra joven. Fue un espectáculo inigualable verla masturbarse y soltando suspiros lascivos para llamar la atención.
—Estoy tan empapada que puedo meter mis dedos sin problemas —y lo demostró introduciendo un tercero. Tras soltar un gemido satisfactorio, siguió masajeando sus paredes internas mientras miraba a Jotami, quien permaneció completamente embobada por su espectáculo—. Me quiero empalar en ti.
El corazón de la joven Kujo latió con desenfreno y se preguntó por qué tenía que ser tan obscena, pero no dijo nada cuando Noriko sacó sus dedos empapados de su esencia y le empezó a masturbar el miembro cubierto con el condón. Se sentía a la merced de su novia, y fue tan estimulante, cada fibra de su cuerpo la deseaba con locura. La tortura pareció eterna, pero cuando ella finalmente se rindió ante su propio placer y se acomodó para empezar a introducir el falo en su vagina, ninguna de las dos se guardó los gemidos de tan intensa sensación.
Poco a poco, Noriko fue bajando hasta meterlo por completo. Estar tan llena le hizo aferrarse a la cintura de su compañera, sus piernas temblaban y su mente se volvió incapaz de procesar sus propios pensamientos. Jotami, por su lado, se aferraba al futón para no correrse tan fácil; la sensación de agarre y calidez de la pelirroja eran demasiado abrumadoras.
Acarició los muslos de Noriko al notarla parcialmente incómoda.
—¿Estás bien?
—Te subestimé, eres muy grande… —admitió con vergüenza.
—¿Quieres parar?
—Espera un poco más… Todavía quiero hacerlo —respiró hondo, intentando despejar la tensión en su cuerpo, sobre todo en su intimidad—. Jojo, bésame…
Ella se incorporó para acatar su pedido, comenzando un beso lleno de cariño mientras se fundían en un abrazo reconfortante. Ya más relajada, Noriko empezó a moverse de forma descoordinada e inquieta, todavía bastante abrumada por aquel miembro. Jotami le sujetó de las caderas, poco a poco encontraron el ritmo ideal.
Sus cuerpos danzaron ante el deleitante placer, cada vez más cerca del clímax prometido. Jotami se refugió entre el hombro y el cuello de su novia, olfateando su delicioso aroma mientras la escuchaba ronronear y gemir alegremente. Los sonidos provenientes de la unión eran obscenos, húmedos y tan adictivos, una caricia al oído sin dudas. Dejándose llevar por la intensidad del momento, sus colmillos emergieron y mordió el collar protector de Noriko.
La muchacha gritó, más por la sorpresa que por el dolor en sí. La presión en su cuello la hizo estremecerse por completo, sus piernas se cerraron alrededor de Jotami, aferrándose más a ella. Imaginó ser marcada de verdad, los colmillos enterrados en su piel para enlazar sus almas mientras la llenaba con su semilla caliente. Sintió un cosquilleo en el vientre, sonaba tan romántico. La joven Kakyoin siguió moviéndose con entusiasmo, abrazando el miembro en su sensible vagina. El corazón le latía tan rápido como el vuelo de un colibrí, llevó sus manos entre los cabellos azabache de su novia, incentivándo a no dejarla ir.
Jotami atendió el miembro de la pelirroja, acariciando el glande con su pulgar. Su ritmo se volvió más acelerado y ansioso, con el placer arrollando sus cuerpos y el calor en sus partes íntimas cada vez más intensos. Entre gemidos ahogados pronunciaron el nombre de la otra y se abrazaron cuando el orgasmo se liberó. Noriko eyaculó en su mano, cerrando sus paredes vaginales sobre el miembro.
Pese a que también llegó al orgasmo y soltó una gran cantidad de semen, su erección empezó a sentirse más apretada, y no era por los espasmos de su novia. Cuando recuperaron algo del sentido común y la incomodidad fue evidente, ambas llegaron a la misma conclusión.
—¡Mierda! —Jotami expresó con vergüenza, pues la había anudado sin querer—. Carajo, perdón…
Noriko se rió por lo bajo.
—Vamos a estar bastante tiempo juntitas —le otorgó un beso casto en los labios—. ¿Tanto ansiabas anudarme y marcarme, Jotami? ¿Quieres que sea completamente tuya?
La joven Kujo no pudo decir nada para defenderse y su rostro sonrojado la delató por completo. Noriko sonrió enternecida antes de volver a besarla.
—Tengamos una cita el sábado —sugirió con entusiasmo.
—¿Tienes algo en mente?
—Una sorpresita que te va a gustar —acarició con sus manos el rostro de Jotami—. Me encantó esto, ¿sabes? Eres realmente tierna cuando estás sonrojada.
—No me digas así, no soy nada tierna —aseguró, sin poder desviar la mirada de los orbes amatistas de Noriko—. A mí también me gustó.
Volvieron a besarse, el nudo que las conectaba tardaría unos quince minutos en irse. No les importó seguir juntas durante todo ese tiempo.
VII
Las luchadoras de sumo (rikishi) fueron presentadas una a una mientras rodeaban el círculo dentro del dohyō. Sus exuberantes cuerpos estaban cubiertos únicamente de un mawashi y vendas en sus senos. Noriko se giró para ver a Jotami, se sintió muy feliz al ver la emoción en su rostro siempre estoico. No se trataba de una cita común, pero a ambas les gustaba mucho el deporte y fue una de las cosas que las unió en su momento. Las novias entrelazaron sus manos y compartieron una mirada significativa que dió un vuelco a sus corazones.
El sumo no sólo se trata de un deporte de combate cuerpo a cuerpo, sino un arte en sí mismo que conservaba gran parte de la tradición sintoísta antigua. Las primeras dos luchadoras en enfrentarse subieron al dohyō, iniciando así el ritual de preparación:
Chikara-mizu; ambas rikishi, en sus respectivas esquinas del ring, enjuagan sus bocas con agua dada en un cucharón de madera y otorgado por otra luchadora con el fin de la purificación. Chikara-gami; el papel del poder, utilizado para limpiar la boca tras escupir el agua. Chirichozu; las luchadoras se posicionan en los límites dentro del dohyō, aplauden y extienden los brazos para demostrar ante las espectadoras que no habrá ninguna trampa de por medio y se peleará de forma justa. Shiomaki; el acto de echar sal al ring para ahuyentar los malos espíritus. Shiko; las rikishi levantan las piernas y pisan con fuerza como un pequeño calentamiento antes de empezar el combate.
Todos estos rituales sirven para limpiar el aire y preparar a la audiencia.
Los combates, aunque de pocos segundos, lograron emocionar a las presentes. Noriko pese a que disfrutaba mucho de las luchas de sumo y los rituales ceremoniales, en cierta forma, comenzó a disfrutar más de las reacciones de Jotami. La sujetó del brazo y se recostó de su hombro, entre la mezcolanza de olores impregnados en el ambiente logró concentrarse en el aroma a clavo y mandarina de su cuello. Ronroneó.
Jotami volteó a mirarla y sonrió por el amor que le profesaba con simples gestos, podía sentir la vibración de su ronroneo y el dulce aroma del almíbar de cereza. Le dió un beso en la frente y recostó la mejilla en su cabeza. Continuaron viendo los combates, un arte con una solemnidad sin igual.
Cuando el torneo terminó, el par de adolescentes salieron tomadas de la mano, comentando la experiencia con los ánimos todavía muy aflorados. Se instalaron en una heladería, sentadas cerca de la ventana con vista a la calle. Jotami había pedido un cono de vainilla coronado con una cereza, mientras que Noriko una malteada de fresa.
La joven Kujo no tardó en identificar la mirada fija en su novia en la cereza. La conocía bien, esa era su fruta favorita.
—¿Quieres la cereza?
—¿Me la puedo comer? —un brillo entusiasta se coló en sus ojos amatistas.
—Sólo si no haces esa mierda rara de siempre.
—Que horrible concepto tienes sobre mí, Jotami —dramatiza haciéndose la ofendida.
Se preparó mentalmente para lo que vendría, de verdad la conocía demasiado bien. Tomó la cereza con sus dedos y se la acercó a Noriko, quien la recibió en sus dulces labios para meterlo a su boca, a posteriori, sonrió con una perversidad tal que a Jotami le empezó a dar mal de cuerpo ante el augurio.
—Rero rero rero.
—Me voy —se levantó del asiento, dejando el helado en la mesa.
—¡Jotami, no seas mala! —entre risas, Noriko le agarró de la mano—. No me dejes.
—Suéltame, no te conozco.
—Ven, ya me la comí —abrió la boca para comprobar que decía la verdad.
—Yare yare… ¿Por qué eres así?
Noriko se mostró risueña. Jotami no hizo más que girar los ojos y sentarse a su lado, robándole un poco de su malteada antes de besarla. La pelirroja se estremeció al sentir el sabor de la bebida en su paladar, pero no pensó cortar el contacto en ningún momento y se tragó todo. Adoraba cada segundo que pasaba con su novia.
—Te ves tan obscena —limpió con su pulgar los restos que quedó en la comisura de sus labios.
—Te gusta que lo sea, ¿no? —sonrió triunfante.
—Sí… —admitió con cierto bochorno antes de rodearla por los hombros.
No hizo falta decir «Te quiero» para entender perfectamente lo que sentían.
