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Danza Nocturna

Summary:

Moomin prepara una sorpresa para Snufkin, recibe ayuda de la persona menos esperada.

Notes:

¡Hola!
Este escrito no tiene pies, ni cola, es meramente para satisfacer mi necesidad de ver a Moomin bailando música árabe. Lo siento.

Joxter no está interesado en Moomin Jr. pero es naturalmente coqueto.

Snufkin no sabe si patear o agradecer a su padre.

Moominmamma es maravillosa, pero a veces no entiende a su familia. Solo por eso se irá con Mymble de viaje.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Danza Nocturna

 

 

Era un día tranquilo, con el sol brillando sobre las colinas verdes. Joxter paseaba sin rumbo por el valle, como solía hacer, hasta que un sonido tenue lo hizo detenerse. Venía de la casa Moomin. Al acercarse, oyó música escapando por la ventana de Moomintroll. Curioso, trepó la escalera de cuerda con agilidad. Al llegar arriba, vio al pequeño troll moviéndose torpemente al compás de un gramófono, perdido en su propio mundo.

 

—¿Qué trama este pequeñín? —musitó para sí, una sonrisa traviesa curvándose en sus labios como si ya estuviera planeando algo.

 

Golpeó el cristal con un toque juguetón, y Moomintroll dio un respingo, girándose con los ojos muy abiertos y las mejillas encendidas de un rojo que delataba su sorpresa.

 

—¿Qué estabas haciendo ahí, junior? —preguntó Joxter, colándose por la ventana con la naturalidad de quien entra en su propia casa.

 

—Estaba… intentando bailar —admitió Moomintroll, bajando la mirada mientras sus palabras tropezaban entre sí—. Quiero invitar a Snufkin a la fiesta de primavera, pero… no sé si soy bueno para esto. Él no suele bailar con nadie, solo conmigo, cuando nadie nos ve, y… no quiero decepcionarlo.

 

Joxter soltó una carcajada baja, un sonido cálido y lleno de diversión.

 

—¿Snufkin? Vaya, vaya, qué interesante. Si quieres impresionar a mi hijo, pequeño, necesitarás algo especial. Y da la casualidad de que sé exactamente qué.

 

Moomintroll alzó los ojos, expectante, sin captar del todo la chispa de travesura que bailaba en la mirada del mumrik.

 

—Te enseñaré un baile que aprendí en mis viajes, allá en tierras lejanas del este —dijo Joxter, dándole la espalda mientras se despojaba del abrigo y el sombrero con un movimiento teatral. Quedó en sus pantalones cafés y una camisa ligera de algodón, arremangándose para revelar el pelaje negro de sus antebrazos—. Es intenso, apasionado… perfecto para conquistar a alguien.

 

Se acercó al gramófono con paso decidido. Sabía que Papá Moomin guardaba una colección decente de discos, y que Moomintroll había arrastrado varios a su habitación. Rebuscó entre ellos hasta dar con uno que prometía el ritmo adecuado. Lo colocó en el tocadiscos, y una música extraña llenó el aire: tambores profundos, castañeos rítmicos y un instrumento de viento que Moomintroll no pudo identificar.

 

—Es un baile típico de los territorios del Oriente Medio —explicó Joxter, girándose hacia él—. Suelen bailarlo mujeres, pero viendo lo rígido y tímido que te mueves, es ideal para que te sueltes. Además, te dará confianza, seguridad… —Caminó a su alrededor, observándolo con una pata en la barbilla, como un maestro evaluando a su pupilo—. Empecemos con algo simple.

 

De pronto, los rasgos felinos de Joxter, por lo general alegres, se transformaron. Su mirada azul se volvió oscura, misteriosa. Extendió los brazos a los costados, apenas por encima de la cintura, y la música pareció apoderarse de él. Sus caderas se mecían con fluidez hipnótica; sus manos, elegantes y precisas, trazaban formas en el aire, mientras sus pies marcaban un compás suave sobre la madera. Sus ojos, intensos y juguetones, no se apartaban de Moomintroll.

 

—¿Ves, junior? —dijo, su voz baja y aterciopelada—. No es solo moverse. Es sentirlo. Deja que el ritmo te atraviese.

 

Moomintroll, obviamente nervioso, intentó imitarlo. Sus movimientos eran rígidos, desgarbados, y la diferencia con la gracia felina de Joxter lo hizo fruncir el ceño, frustrado. Su cuerpo rechoncho y sus patas cortas no ayudaban.

 

—Relájate —rió Joxter, suavizando su tono—. Ven, déjame guiarte.

 

Se acercó y posó las manos en las caderas redondas del troll, guiándolo con delicadeza pero firme. Sus dedos se hundieron apenas en el pelaje blanco, marcando el movimiento en círculos lentos que Moomintroll intentaba seguir.

 

—Así, ¿ves? Siente mis manos.

 

Moomintroll tragó saliva y asintió, pero su respiración se volvía irregular. El calor de las manos de Joxter se filtraba a través de su pelaje, subiendo desde su cintura hasta su pecho, encendiendo sus mejillas como brasas.

 

—No pares —susurró Joxter, inclinándose hasta rozar su oído con las palabras—. Lo haces bien, solo falta confianza.

 

Cerró los ojos, buscando el ritmo. Giró las caderas como le indicaban, alzó las manos y dejó que su cuerpo se soltara. Para su sorpresa, su figura curvilínea no lo traicionó: logró un giro suave y un ondular de hombros que lo hizo sentirse, por un instante, ligero.

 

—¡Eso es! — exclamó Joxter, dándole un toque amistoso en la espalda—. Tienes talento. Solo necesitas creerlo.

 

Pero entonces llegó el verdadero desafío. Joxter se detuvo frente a él, su postura relajada transformándose en algo más audaz.

 

—Ahora presta atención, pequeño Moomin —dijo con una sonrisa que prometía problemas—. Esto es lo que hará que Snufkin no pueda apartar los ojos de ti.

 

Dio un paso atrás y comenzó a demostrarlo. Sus caderas no giraban en círculos, sino que se movían de un lado a otro en un vaivén marcado, cada cambio de dirección acentuando la curva de su cintura como la línea elegante de una medialuna en el cielo. Sus brazos se alzaron lentamente, fluidos como el humo, las manos deslizándose cerca de su rostro para enmarcarlo, dedos extendidos que parecían danzar al compás de la música. Entonces, su pecho se unió al movimiento: un balanceo sutil pero firme, subiendo y bajando en perfecta sincronía con las caderas, como si el ritmo mismo lo atravesara y moldeara cada gesto. Sus ojos azules, fijos y ardientes, cortaban el aire entre ellos, invitando —o más bien exigiendo— que Moomintroll lo intentara.

 

—Tu turno, junior —dijo, cruzándose de brazos con una ceja arqueada.

 

Moomintroll tragó saliva, el corazón golpeándole el pecho. Quiso replicarlo. Plantó las patas en el suelo y movió las caderas de un lado a otro, intentando imitar ese vaivén tan seguro, pero su cuerpo rechoncho las hacía oscilar con torpeza, apenas marcando la cintura. Alzó los brazos, más rígidos de lo que pretendía, y trató de deslizar las manos cerca de su rostro como había visto, aunque el gesto salió tembloroso, descoordinado. El movimiento del pecho fue lo peor: intentó que subiera y bajara al ritmo, pero solo logró un vaivén desordenado que lo hizo parecer un pájaro torpe aleteando. Y esos ojos, esos malditos ojos azules de Joxter, intensos y brillantes, lo observaban sin parpadear, tan cerca que podía sentir el calor de su presencia. Era demasiado. La mezcla de esa mirada ardiente y la presión de hacerlo bien lo desarmó por completo. Sus patas se enredaron entre sí, y con un traspié cayó al suelo con un golpe sordo. Quedó allí, tirado, el pecho subiendo y bajando rápido, un calor extraño y eléctrico ardiendo en su vientre mientras intentaba recuperar el aliento.

 

Joxter lo miró desde arriba, arqueando una ceja, pero su sonrisa traviesa no se desvaneció. No había reproche en su expresión, solo una chispa de diversión, como si el tropiezo fuera parte del juego. Soltó una risita baja y se cruzó de brazos, ladeando la cabeza.

 

—No está mal para un primer intento —dijo, su voz cálida y sin asomo de burla—. Pero estás más tieso que un árbol en invierno. Tienes que relajarte, dejar que el cuerpo hable por ti.

 

El albino levantó la vista, todavía sonrojado, y murmuró algo incomprensible mientras intentaba incorporarse. Sus patas temblaban un poco, y el calor en su rostro no cedía. Joxter chasqueó la lengua, sacudiendo la cabeza con fingida resignación, y dio un paso hacia él.

 

—Vamos, junior, no te rindas tan rápido. Mira, ven aquí —dijo, extendiendo una mano para ayudarlo a levantarse. Una vez que Moomintroll estuvo de pie, tambaleante pero decidido, Joxter se acercó más, con la gracia felina de un depredador en calma.—. Te lo dije: es cuestión de sentir, no de pelear con el ritmo. Déjame guiarte otra vez.

 

Posó las manos de nuevo en las caderas del troll, sus dedos hundiéndose apenas en el pelaje blanco. Esta vez, su tacto era más paciente, como si quisiera transmitirle calma a través de las palmas.

 

—Respira hondo —susurró, inclinándose un poco para que su voz rozara el oído de Moomintroll—. Siente la música, no la pienses. Vamos paso a paso.

 

Comenzó a moverlo, guiando las caderas del troll en ese vaivén marcado de un lado a otro, acentuando la cintura con cada cambio. Sus manos marcaban el ritmo como un metrónomo vivo, lentas pero seguras, mientras sus ojos azules, ahora más suaves aunque aún brillantes, se clavaban en los de Moomintroll.

 

—Así, ¿ves? —dijo, apenas en un susurro—. No tenses los hombros. Suéltalos. Y ahora los brazos… despacio, como si acariciaras el aire.

 

Moomintroll asintió, tragando saliva, y dejó que sus hombros cayeran. Alzó los brazos con timidez al principio, pero las indicaciones de Joxter lo animaron a moverlos más: las manos subieron lentas, temblorosas aún, deslizándose cerca de su rostro para enmarcarlo como había visto antes. No era tan fluido como el mumrik, pero había un atisbo de gracia en el intento.

 

—Bien, bien —murmuró Joxter, sin apartar las manos de sus caderas—. Ahora el pecho. Síguelo con el ritmo, no lo fuerces.

 

El troll respiró hondo otra vez, dejando que el balanceo de sus caderas guiara el movimiento. Su pecho comenzó a subir y bajar, primero torpe, pero poco a poco encontrando un ritmo en el vaivén de su cintura. No era perfecto, pero algo en su cuerpo empezaba a entenderlo: un indicio de coordinación que lo hizo sonreír, aunque fuera tímidamente.

 

Joxter soltó una risa suave, satisfecha, y dio un paso atrás para observarlo, cruzándose de brazos otra vez.

 

—Ahí está —dijo, con un brillo pícaro en la mirada—. Ya vas pillándole el truco, junior. Sigue así y Snufkin no sabrá dónde meterse cuando te vea.

 

Moomin inclinó la cabeza, algo confundido, pero respondió con su habitual amabilidad.

 

—Muchas gracias, Señor Joxter. Has sido muy amable.

 

El mencionado soltó un suspiro resignado, sacudiendo la cabeza.

 

—Ay, chico... no tienes idea. ¿Verdad?

 

Con esa última frase y con una última mirada apreciativa al trabajo logrado, Joxter se despidió, silbando una melodía ligera mientras salía de la habitación de Moomin por la ventana, teniendo un nuevo objetivo en mente: encontrar a su propio moomin, aquél que está dispuesto a soportar todas sus travesuras, y esta vez pensaba ser muy persuasivo para que jugara con él.

 

Mientras tanto, el albino se quedó en la recámara, mirando su reflejo en el espejo. Sudoroso, sonrojado y despeinado. Aunque su cuerpo estaba cansado, su mente rebosaba emoción. Estaba listo para sorprender a Snufkin. Pero aún necesitaba algo de ayuda. Se la pediría a Snorkmaiden.

 

 

~***~

 

 

Habían pasado semanas desde aquella primera lección con Joxter, y Moomintroll no había dejado de practicar. Tardes largas y agotadoras que sucedían en su habitación, frente al espejo, repitiendo los movimientos una y otra vez hasta que sus patas temblaban de cansancio. Pero no estaba solo en su empeño. Snorkmaiden se había convertido en su aliada inseparable, apareciendo casi a diario con ideas brillantes y consejos bastante interesantes.

 

—Necesitas algo que resalte, Moomin —decía ella, sosteniendo un par de pulseras plateadas que tintineaban al moverlas—. Estas en las muñecas y los tobillos, para que cada paso que des suene como una melodía. ¡Snufkin no podrá ignorarte!

 

—Oh, y mira esto —añadía luego, atando un listón azul cielo a la suave cola de pelaje blanco—. Cuando gires, esto va a atrapar su mirada. Seguro que se queda con la boca abierta, pensando en lo mucho que quiere arrastrarte al bosque.

 

Moomintroll se sonrojaba con cada comentario, pero no podía negar que le emocionaba imaginar la reacción de Snufkin. Entre risas y charlas, las tardes con Snorkmaiden se llenaban de planes: cómo moverse, cómo brillar, cómo hacer que esa noche fuera inolvidable. Y poco a poco, los movimientos que Joxter le había enseñado comenzaron a fluir con naturalidad, como si siempre hubiera podido hacerlos.

 

Finalmente, llegó la noche de la fiesta de primavera. En el centro del jardín, cerca de la fogata donde sus amigos se reunían para compartir historias y canciones, Moomintroll se movía con tanta fluidez que apenas se reconocía a sí mismo. Las pulseras en sus muñecas y tobillos tintineaban al ritmo de sus pasos, y el listón brillante en su cola se balanceaba con cada giro, atrapando destellos del fuego. Sus ojos brillaban concentrados y un poco tímidos mientras buscaba discretamente a Snufkin entre los presentes.

 

El mumrik descansaba junto a la fogata, observando con curiosidad. Al principio, una leve sonrisa asomaba en su rostro, disfrutando sin pensar demasiado en lo que veía. Pero entonces, sus ojos captaron algo familiar en aquellos movimientos—ese vaivén marcado de las caderas, la sutil cadencia del cuerpo en armonía con la música. Una chispa recorrió su espalda y se alojó en su pecho, propagándose como una corriente cálida hasta la punta de sus orejas. Sintió cómo el rubor subía a su rostro, mientras un calor distinto, más profundo e intenso, comenzaba a arder en su interior

 

Con un movimiento brusco, Snufkin se puso de pie y cruzó la multitud con pasos rápidos y decididos. Moomintroll apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la mano del castaño tomara la suya con firmeza.

 

—Ven conmigo —dijo Snufkin, su voz baja y tensa, como si estuviera al borde de algo que apenas podía contener.

 

Moomintroll asintió, casi por instinto, y se dejó guiar hacia el bosque. La fuerza con la que lo jalaban era tan inusual que su corazón se apretó de preocupación. “ ¿Lo he molestado? ”, pensó, mientras el silencio entre ellos se volvía denso e incómodo. Su cola cayó ligeramente, y pequeñas lágrimas silenciosas comenzaron a rodar por sus mejillas. Sin que Snufkin lo notara, caminaba tras él con el temor de haber roto algo precioso.

 

Cuando llegaron a un claro rodeado de árboles que los escondía de ojos curiosos, Snufkin se detuvo y se giró. Al ver el rostro destrozado del troll, con lágrimas brillando bajo la luz de la luna, su expresión se deshizo en culpa.

 

—Oh, Moomin… —susurró, la voz quebrada. Se arrodilló frente a él y tomó sus manos entre las suyas, cálidas y firmes—. Perdóname, por favor. No quería asustarte.

 

Moomintroll apartó la mirada, pero Snufkin insistió, limpiando las lágrimas con los pulgares en un gesto suave.

 

—Lo sé… sé lo que querías darme —continuó, casi en un murmullo—. Ese baile… es hermoso. Y por eso no podía dejar que otros lo vieran. Es demasiado especial. Es mío, solo mío.

 

Los ojos azules se abrieron de sorpresa, y una sonrisa tímida asomó en sus labios al entenderlo. Sin pensarlo, se lanzó a sus brazos y lo abrazó con fuerza. Snufkin respondió de igual forma, con un ronroneo suave vibrando en su pecho para calmarlo. El sonido cálido relajó a Moomintroll, que respiró hondo antes de separarse.

 

—Espérame aquí —murmuró con una sonrisa tímida.

 

Caminó hacia el centro del claro y señaló un tronco caído, invitando a Snufkin a sentarse. Él obedeció, intrigado, acomodándose con las manos en las rodillas. A unos pasos de distancia, el troll comenzó a bailar, retomando los movimientos que había perfeccionado con tanto esfuerzo.

 

Los pasos, lentos y sensuales, fluían como agua en su cuerpo. Las pulseras tintineaban con cada giro, en un eco delicado que llenaba el aire, y el listón azul en su cola danzaba con cada vaivén, atrapando la luz de la luna. Su pelaje brillaba plateado bajo el cielo nocturno, y la intensidad de sus movimientos, ahora llenos de confianza, hipnotizó a Snufkin por completo.

 

El mumrik sacó su armónica y comenzó a tocar una melodía pausada, elegante, que parecía enredarse con el baile. Sus ojos se oscurecieron, brillando cada vez más a cada segundo. Moomintroll, libre ya de toda duda, dejaba que su cuerpo hablara, su confianza radiando en cada paso.

 

Pero cuando terminó un giro y se sentó en el suelo con las piernas extendidas, en una pose sugerente, y exhausto pero satisfecho, Snufkin detuvo la música abruptamente. Un sonido desafinado cortó el aire. Moomintroll levantó la vista encontrando los ojos, dorados y hambrientos, fijos en él.

 

Snufkin dio dos palmadas suaves en su pierna derecha, una invitación silenciosa.

 

—Ven aquí —dijo, su voz ronca.

 

Moomintroll, con las mejillas ardientes, se levantó y caminó hacia él, sentándose con cuidado en la pierna señalada. La intensidad en la mirada de Snufkin envió un escalofrío por su espalda, pero no era miedo. Era pura anticipación.

 

—¿Quién te enseñó esto? —preguntó Snufkin, curioso.

 

—El señor Joxter —respondió él con sinceridad.

 

Snufkin sonrió de lado, una sonrisa traviesa que siempre anuncia problemas… Al parecer tendría que hablar seriamente con su padre.

 

—Ya veo…

 

Sin más, acercó su rostro al contrario, rozando su nariz contra su hocico antes de dejar un beso suave. Sus manos rodearon la cintura redonda del troll, atrayéndolo más cerca. Escondiéndose en su hombro, murmuró algo apenas audible.

 

—No te entiendo, Snuf… —dijo Moomin, confundido.

 

—No bailes así para nadie más —gruñó Snufkin, su voz profunda y posesiva. Luego, suavizando el tono, añadió—: Esta noche, ¿te quedas en mi tienda?

 

Moomintroll sonrió, recordando las palabras de Joxter.

 

—Solo si prometes dejarme salir por la mañana.

 

Una risa ronca y entrecortada se deslizó entre ambos, insinuando más de lo que sus palabras jamás dirían.

 

—Ya veremos.

 

Tomó su mano con fingida calma y lo guió hacia su tienda, perdiéndose entre los árboles. Esa noche, lo que compartieran quedaría guardado entre las sombras y el susurro del viento entre las montañas.

 

 

~***~

 

 

El sol apenas despuntaba en el horizonte cuando el aroma del pan recién horneado y el café caliente comenzó a llenar la casa Moomin. En la cocina, Moominmamma manejaba la espátula con destreza, volteando panqueques dorados que chisporroteaba en la sartén. La mesa estaba ya dispuesta con platos, una jarra de miel y un jarrón de pequeñas flores que ella misma había recogido al amanecer. Todo estaba en su lugar, como siempre, reflejo del cuidado de Moominmamma.

 

Moominpappa fue el primero en aparecer, bajando las escaleras con un andar pausado. Llevaba una bufanda gruesa enrollada al cuello, cubriéndolo hasta la barbilla, algo extraño para una mañana primaveral tan tibia. Se acomodó en su silla con un carraspeo discreto, ajustándose la bufanda como si quisiera asegurarse de que no se moviera ni un milímetro.

 

Minutos después, Moomintroll llegó arrastrando los pies, envuelto en una bufanda idéntica que parecía más un escudo que una prenda. Tosiendo suavemente, se dejó caer en su asiento y fijó la mirada en la mesa, evitando cualquier contacto visual. El silencio entre padre e hijo era cómico, roto solo por el sonido de los panqueques apilándose en los platos que Moominmamma les servía con una sonrisa traviesa.

 

—¿No es un poco temprano para resfriarse? —preguntó ella, su voz llena de una dulzura juguetona mientras colocaba una tortita  perfectamente dorada frente a cada uno.

 

—El aire de anoche estaba particularmente fresco —respondió Moominpappa con una ceja alzada, su tono firme pero con un dejo de desafío, como si esperara que alguien lo contradijera.

 

—Sí, una noche muy fría —añadió Moomintroll rápidamente, hundiendo la vista en su plato con tal intensidad que sugería que su comida era la cosa más fascinante del universo.

 

Moominmamma los observó por un momento, sus ojos brillantes con una mezcla de cariño y diversión. Las bufandas eran un disfraz evidente, y los discretos intentos de ambos por parecer indiferentes solo hacían la escena más encantadora. Sin decir nada al principio, se acercó a la alacena y sacó un pequeño frasco de cristal lleno de una pomada casera, una receta del viejo libro de su abuela. Lo dejó en el centro de la mesa, junto a la miel, con un gesto casual.

 

—Por si esos "resfriados" dejan marcas —dijo, su tono teñido de un sarcasmo ligero pero afectuoso—. Los mumriks con esa manía de morder pueden ser un poco… intensos, ¿no les parece?

 

Moominpappa tosió con tanta fuerza que casi derramó su café, llevándose una mano al pecho mientras intentaba recuperar la compostura. Moomintroll, por su parte, se sonrojó hasta las orejas, que temblaban de pura vergüenza bajo la mirada imperturbable de su madre.

 

—¡Mamá! —murmuró el troll, hundiendo aún más la cabeza, incapaz de enfrentarla.

 

Moominmamma soltó una risita suave y volvió a la estufa, dándoles la espalda mientras preparaba café para acompañar. Pero no había terminado.

 

—Solo digo que esa debilidad de los mumriks por los moomins parece correr en la familia —continuó, girándose apenas para lanzarles una mirada cómplice—. Y hablando de eso, quería contarles que Mymble y yo hemos planeado un pequeño viaje juntas. Nos iremos en un par de días. Quiero dejar la casa en perfectas condiciones, por si acaso ustedes dos deciden… bueno, pasar más tiempo con sus parejas. Ya saben cómo son estas cosas.

 

Hizo una pausa, dejando que las palabras flotaran en el aire mientras colocaba una porción de café en el pocillo. El sonido del agua hirviendo llenó el silencio que siguió, porque ni Moominpappa ni Moomintroll se atrevieron a responder. El mayor se dedicó a cortar su panqueque en trozos minuciosamente pequeños, como si fuera una tarea de vida o muerte, mientras el menor se concentraba en verter miel con una precisión casi ridícula. Pero bajo la mesa, sus miradas se cruzaron por un instante: una mezcla de incomodidad, sorpresa y un agradecimiento silencioso hacia la matriarca que siempre parecía saberlo todo y aceptarlo con una sonrisa.

 

—Solo asegúrense de no romper nada mientras estoy fuera —añadió Moominmamma, volviendo a la mesa con una nueva pila de panqueques—. Y si esos "resfriados" empeoran, ya saben dónde está la pomada.

 

La risa de Mamma, suave y cantarina, flotó en la cocina como una brisa traviesa.  Pappa carraspeó de nuevo, aunque esta vez fue más un murmullo que un estruendo, y una sonrisa torcida asomó bajo la prenda mullida, mientras cortaba otro trozo de panqueque. Moomintroll, todavía sonrojado pero ya sin tanta tensión, levantó la vista y susurró un "gracias, mamá" que se perdió entre el tintineo de los platos y el sorber del café.

 

El desayuno siguió su curso con un ritmo tranquilo: el crujir de los cubiertos, el suave golpeteo de la miel goteando sobre los panqueques, y algún que otro tosido fingido que no engañaba a nadie. Las bufandas, ridículas bajo la luz primaveral que se colaba por la ventana, seguían ahí como testigos mudos de la noche anterior, pero nadie les dio más importancia. Entre bocado y bocado, Moominmamma tarareaba una melodía despreocupada, lanzando miradas de reojo a su esposo y su hijo, como si supiera que tarde o temprano le contarían más —o al menos lo intentarían.

 

—Pasen la miel, por favor —dijo al fin, rompiendo el silencio con una sonrisa que invitaba a dejar las vergüenzas atrás—. Y no se olviden de la pomada, que no quiero verlos tosiendo todo el día.

 

Moominpappa soltó una risita seca y le acercó la jarra, mientras Moomintroll, con las orejas aún un poco temblorosas, se apresuró a asentir. La casa Moomin zumbaba con su magia cotidiana, y lo que viniera después —viajes, confesiones o más prendas fuera de temporada— podía esperar hasta después del café.

 

 

Notes:

Gracias por leer mi randomness, espero te gustara.

Necesito un art con Moomin vestido con velos, y cosas tintilleantes Dx

Nos leemos en otro fic~~

See ya!