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El gran salón de Rocadragón estaba sumido en penumbras, iluminado solo por la débil luz de las antorchas y el fuego chisporroteante de la chimenea. Rhaenyra estaba sola, estudiando un mapa de Poniente extendido sobre la mesa de piedra. Sus dedos rozaban los bordes del papel, sus pensamientos lejos, perdidos entre estrategias y sacrificios.
El sonido de unas botas resonó en los pasillos antes de que él apareciera.
Daemon Targaryen, su esposo, su tío, su tormento, entró al salón con la confianza característica que parecía rodearlo como una capa. Su cabello platinado brillaba bajo la luz del fuego, y sus ojos lilas se fijaron en ella, intensos como siempre.
—¿Otra noche sin dormir, esposa? —preguntó, su tono burlón, aunque su mirada revelaba una pizca de preocupación.
—Alguien tiene que pensar en cómo mantenernos vivos, Daemon —respondió Rhaenyra, sin apartar los ojos del mapa—. Los Verdes no descansan, y nosotros tampoco podemos hacerlo.
Daemon dejó escapar un leve suspiro, avanzando hasta quedar a su lado. Durante un momento, solo la observó, su silueta bañada por la luz parpadeante de las llamas.
—Siempre tan seria, tan entregada —murmuró, y luego, con un tono más suave, añadió—. Pero incluso la reina necesita descansar.
Ella alzó la vista, sus ojos encontrándose con los de él.
—¿Y tú qué sugieres, Daemon? ¿Que ignore mis responsabilidades mientras mis enemigos conspiran contra mí?
Él esbozó una sonrisa, una mezcla de admiración y desafío.
—Sugiero que recuerdes quién eres. Rhaenyra Targaryen. Primera de su nombre. Reina de los Siete Reinos. Eres más fuerte que ellos, más fuerte que cualquier amenaza que pueda alzarse en tu contra. Pero incluso el fuego de un dragón necesita alimentarse.
Rhaenyra lo miró fijamente, como si intentara descifrar sus intenciones. A menudo se sentía dividida con Daemon; él era su aliado más feroz, su mayor apoyo, pero también su desafío constante.
—¿Y tú? —preguntó finalmente—. ¿Qué haces mientras yo planeo nuestra supervivencia?
Daemon sonrió, esa sonrisa arrogante que ella conocía tan bien.
—Yo protejo lo que es mío. Como siempre lo he hecho.
El calor en sus palabras la sorprendió. No era solo su familia o su trono lo que él protegía. Era ella.
—A veces me pregunto si lo que buscas es poder o... —Rhaenyra dudó, pero luego terminó la frase— si realmente estás aquí por mí.
Daemon se inclinó, apoyando las manos sobre la mesa, tan cerca que el calor de su cuerpo era palpable.
—¿De verdad lo dudas, Rhaenyra? —susurró, su voz baja pero cargada de intensidad—. Todo lo que he hecho, todo lo que soy, es por ti. Mi fuego no tendría sentido sin el tuyo.
Por un momento, todo lo demás desapareció: los mapas, las estrategias, los enemigos. Solo estaban ellos dos, enfrentándose como siempre lo hacían, dos fuegos que ardían juntos, a veces en perfecta armonía, a veces en una tormenta destructiva.
Rhaenyra alzó una mano y tocó su rostro, sus dedos trazando la línea de su mandíbula.
—Entonces quédate conmigo, Daemon. No solo como mi espada, sino como mi igual.
Daemon tomó su mano y la besó suavemente, sus ojos nunca apartándose de los de ella.
—Siempre estaré contigo, mi reina —respondió, su voz un juramento en sí misma—. Hasta que el fuego nos consuma.
Y esa noche, mientras el viento rugía fuera del castillo, ellos encontraron un momento de paz en medio de la tormenta. Unidos por su ambición, su amor y la promesa de un futuro que ardería más brillante que cualquier llama.
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Fin.
