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El festón verde se colgó en las paredes; la puerta fue decorada con una corona de ramas secas, y las luces alumbraron afuera a través de la ventana. Admiró desde el pasillo más iluminado hasta el rincón más olvidado, para visualizar las decoraciones de la casa. La Navidad había sido su época favorita desde que tenía memoria.
En una esquina, Lola seguía poniendo esferas sobre el árbol, pero algo aún faltaba. Bugs rebuscó entre sus cajas hasta sacar un racimo de muérdago. Entusiasta, lo sostuvo en sus manos. Nunca podía faltar; era una de sus partes preferidas de la tradición. Le resultaba divertido ver los rostros avergonzados de los demás siendo obligados a besarse: la excusa perfecta para unir corazones en Navidad.
Se sintió un tanto melancólico por la nostalgia de años pasados. Sonriendo, se dirigió al marco de una puerta para colgarlo en lo alto. De repente, unos delgados brazos rodearon su torso, acompañados de una traviesa risilla. Sabiendo de quién se trataba, la hizo girar hasta tenerla frente a sí y atrapó sus labios rojos en un beso.
—Es lindo que sea nuestra primera Navidad juntos, Bunbun —dijo al separarse. Bugs hizo una mueca incómoda. El timbre sonó antes de que pudiera contestar.
Aliviado, atendió la puerta. Recibió a sus amigos; Porky y Petunia lo saludaron entusiasmados. Detrás de ellos estaba él, Daffy. Fue complicado no prestarle atención. Sus brazos cruzados y su expresión aburrida dejaban claro que no quería estar presente. Ni siquiera lo saludó; simplemente pasó de largo, empujándolo al entrar. Su novia, Tina, se quedó atrás siendo recibida por Lola, quien emitió un chillido emocionado al ver a su amiga. Finalmente, todos se adentraron y Bugs cerró la puerta. Cuando estuvo a punto de alcanzarlos en la sala, fue detenido por un canasto lleno de zanahorias frescas frente a su cara.
—Bugs, tus favoritas, de parte del abuelo Oink —dijo Petunia, juguetona—. También perdona a Daffy; ya sabes cómo es. Antes eran mejores amigos, quién sabe qué sucedió.
A lo lejos lo vislumbró hablando con Porky, dos siluetas sentadas en un sillón. Reprimió una risa al pensar en lo absurdo que era que Petunia tuviera que disculparse en su nombre. Ellos eran una familia. Recordó cómo lo integraron gracias a Daffy. A pesar de las discusiones y competencias, habían llegado a ser inseparables. Tan unidos que constituyeron una familia de cuatro, que creció con sus actuales novias. Lo último no le gustó al experimentar esa rara sensación de hundimiento.
Las cosas habían cambiado demasiado rápido para su gusto. Tomando el canasto de zanahorias, limpió su mente de cualquier idea.
—Déjalo, Daff no tiene remedio —dijo encogiéndose de hombros, despreocupado—. Deberíamos cenar; la comida ya está lista. Gracias por el regalo. Saluda de mi parte al abuelo Oink.
Dándole un abrazo lateral, la guió hacia el enorme comedor, lleno de alimentos coloridos. Un pavo imponente ocupaba el centro de la mesa, con copas al lado de los platos. Pronto, todos se integraron para cenar. La convivencia fue amena durante horas.
Entre diálogos se ahogaron en alcohol, radiantes cantaron clásicos navideños y compartieron historias del pasado, presente y futuro. Bugs se acurrucó con Lola, aspirando su dulce olor. Sin embargo, durante toda la noche no pudo evitar cruzarse con Daffy. Pensaba y pensaba en su distancia, en cómo no había ni un "hola" de su parte, demasiado enfrascado en Tina. Se secreteaban entre ellos, cómplices, hasta hacerlo sentirse celoso. Bebía de su copa de vino mientras seguía fijándose en la pareja sentada al frente.
Su atención fue atraída por Porky, quien se sentó a su lado y le habló de un reciente proyecto en el que estaban trabajando junto con Daffy. Se trató de una película de ciencia ficción sobre extraterrestres dominando la Tierra. Una historia asombrosa con un héroe carismático y con buen sentido del humor, seguido de su fiel compañero precavido. Las chicas guardaron silencio, atentas al relato.
—Felicidades, viejos —alzó su copa en lo alto—. Es bueno que por fin te den un gran protagónico en pantalla grande, Daff —dijo genuinamente. Su corazón latió rápido, pero cayó cuando él lo ignoró—. Ponerte de rodillas sí funcionó, ¿eh? —se burló.
Tuvo el efecto esperado: iracundo, Daffy se giró hacia él. Fue satisfactorio tener su atención. No importaba cuán amable fuera; no obtendría una mirada a menos que lo provocara. Una sensación inexplicable lo invadió, éxtasis.
—¿Tú qué sabes, orejón? Al menos a mí no me cancelaron mi película como tu musical estúpido —reclamó, cruzándose de brazos y poniendo su cara más indignada.
—La cancelaron porque ibas a estar en ell-
Las palabras que no lograron salir le hicieron cosquillas en los labios. Lola los interrumpió tocando su copa en un tintineo constante. El vidrio casi se quiebra si no fuera por Petunia, quien le retiró el objeto de las manos. Sonriendo, les exigió silencio.
—Ya que estamos festejando a Daffy por tener más trabajo, bla, bla, bla… —con su mano simuló una boca hablando para luego levantar a la pareja de sus asientos y abrazarlos por los hombros, ambos desprevenidos—. Es indicado anunciar que…
—Ah, no, Lola, no creo que sea…
—¡Daffy se va a casar con Tina!
Los gritos de emoción y sorpresa llenaron la habitación. Incluso se distinguió la ruidosa risa de la ahora prometida de Daffy. Algo dentro de él se hundió, como si un pesado yunque hubiera aplastado todos sus órganos internos. El tiempo se ralentizó; los sonidos se volvieron ecos y Tina enseñó su anillo de compromiso en cámara lenta. Una argolla de plata adornaba su dedo anular con elegancia. No era extravagante ni demasiado femenina; era hermosa. Pequeños diamantes blancos se incrustaban en la argolla en una hilera, destellando un tono azul bajo la luz.
Se quedó tieso en su lugar, sin moverse. Cruzaron miradas por milisegundos. El verde de los ojos de Daffy mostraba incomodidad, un perdón en silencio. Inquirió si debía decir algo, desearle buena suerte o hacerlo cambiar de opinión. Demasiado tarde; lo percibió marchándose hacia la cocina, cabizbajo.
Por primera vez en años, sus manos se congelaron. El frío se coló en el aire, envolviéndolo en una brisa que lo hizo temblar. En Navidad, siempre permanecía caliente, pero esta ocasión no fue el caso. Daffy se iba a casar.
Se levantó de su asiento, decidido. Lo siguió a la cocina. Necesitaba hablar, necesitaba verlo, necesitaba estar a su lado un rato. Lo encontró de espaldas, bebiendo un vaso de agua en completo silencio.
—Así que te vas a casar. Bien por ti, Duck.
—No pensaba darte la noticia… —murmuró con cautela. Lo hirió escucharlo—. Al menos no hoy. Sé cuánto te gusta la Navidad; no quería arruinar tu temporada favorita.
Se quedó mudo, sin atreverse a abrir la boca. Sus emociones eran un desorden. Pequeñas partes de él se conmovieron por lo dicho; fue hasta triste. La otra parte se molestó por su posición. Estaba como un idiota sin saber cómo reaccionar. ¿Qué debía hacer? ¿Llorar? ¿Reír? ¿Gritar?
—Qué considerado de tu parte, doc —entrelazó sus manos hasta ponerlas a la altura de su rostro y endulzó su tono más sarcástico—. Me ignoras y ahora estás muy preocupado por mí.
Dejó el vaso de agua en la encimera, cuando terminó de ingerir su contenido. En el proceso, chasqueó la lengua con incredulidad. No creyó escuchar bien a Bugs, porque lo que decía era tan gracioso.
—Sí —dijo, tomándolo desprevenido—. Me hubiera gustado que tuvieras esa misma consideración conmigo. ¿Sabes qué recibí a cambio? —reclamó, acusadoramente con su dedo—. Una nota. Una puta nota diciendo que lo nuestro terminó y al día siguiente anunciaron tu relación con Lola — la culpa brilló en los ojos azules de Bugs, pero decidió no creerle.
Daffy peinó su pelo, tratando de controlarse. La ira no fue suficiente para describir su sentir. El enojo corría por sus venas, recorriéndolo con un cosquilleo que lo hacía sentir inquieto. Rememoró esa mañana.
Resultó tan absurdamente depresiva la manera en que el mundo se burló en su cara. Había despertado con un vacío en lo profundo de su pecho. La soledad. La soledad volvió, después de mucho tiempo sin tenerla. Intentó seguir su día; preparó su desayuno mientras el ruido de la televisión sonaba de fondo, hasta que en el programa de chismes se escuchó un timbre de voz familiar. En la pantalla, su ex presentaba a una mujer rubia de escultural cuerpo como su nueva novia. Ni un día había pasado. Ni un día.
—¿Tú no hiciste lo mismo? No vi que tuvieras problemas con meter tu lengua en Tina, Duck — le dijo con intención de molestar—. Tampoco soy el que se va a casar con la mujer con la que no llevo ni un año de relación —remató, sonando como un reclamo.
Su cabeza giró de un lado a otro, negando lo expresado. Tina apareció por sí sola, como un soporte o un lugar en el cual refugiarse de los tormentos de su propia mente. Fue lo que necesitó, su risa, su carisma, su temperamento. Fue especial. Entonces, ¿por qué ese orejón frente a él seguía llamándole la atención? Mantuvo su distancia, pero le fue difícil ignorarlo.
—Decidí pasar el resto de mi vida con alguien que sí vale la pena. Qué más da si estuve contigo por casi diez años; al final me cambiaste —vociferó, quebrándosele la garganta.
—Así no fueron las cosas, Daff… —suspiró pesadamente, cargando un gran secreto desde su ruptura. Lentamente se quiso acercar, temiendo ser rechazado.
Su intención fue clara. Dando unos pasos hacia atrás, logró mantenerse alejado de la calidez que desprendía.
—Escúchame, Bugs. Me sigo preguntando qué fue lo que salió mal. Sé que a veces éramos un desastre, discutíamos por todo, pero lo hacíamos funcionar —dijo en un susurro.
—Nos ocultamos del mundo. Nadie sabía, ni siquiera Porky o Petunia —manifestó. Su rostro hizo una mueca al recordar las veces que se ocultaron tras los camerinos.
—¿Recuerdas el año pasado, en Navidad? —hizo una pausa. Bugs asintió—. La pasamos aquí. Tú preparaste la cena, como en cada Navidad, y yo decoré. Jugamos por horas afuera en la nieve —soltó una sincera risa—. Cuando me congelé, decidiste darme chocolate caliente mientras mirábamos películas o… —podía seguir y seguir contando anécdotas.
Fue transportado con tan solo cerrar sus párpados un segundo. En esa misma casa, Bugs se encontraba encendiendo el horno. La música jazz se reproducía en la tornamesa, y cuando sonó la indicada, sus pies se movieron con fluidez hacia la cocina, siguiendo el ritmo. Cantó la melodiosa canción con un tono más grave. Se la cantó solo para él. Los cielos eran azules cuando estaba a su lado, enamorado.
—“Never saw things going so right, noticing the days hurrying by” —tomó de la cintura para tenerlo más cerca—. When you're in love, my, how they fly…
Como diamantes irradiaron en azul los ojos que lo tenían así de atontado. Lo supo; sus manos nerviosas lo sabían. Cada vez que lo miraba era como presenciar el sol destellante. Bailaron en medio de los electrodomésticos, alimentos y guisos. Más tarde, se besaron bajo el muérdago, sellando su cariño. Reconfortante y doméstico como volver a casa luego de un arduo trabajo.
—Me cantaste Blue Skies como de costumbre —sus dientes se asomaron en un gesto alegre, ambos compartiendo la memoria—. Decías que… —dudó, demasiado afligido—, te recordaba a mis ojos.
—A lo que me refiero es que la pasamos bien. Tú y yo, juntos —expresó firme—. Quiero saber, ¿por qué me dejaste? —confesó sin revelar más. Había mucho por hablar, declarar todo lo que pasó, pero su orgullo no lo permitió. Primero muerto que admitir que lloró varias noches, que se ahogó en alcohol hasta perder la conciencia en el sillón de Porky.
La temperatura bajó; por la ventana, el viento se azotaba, y las paredes, pintadas de un morado pálido, entristecieron el lugar. Tan solitario y tan gris. Nada comparado a la habitación pintada de amarillo, de hace un año. Donde la buena sazón, las carcajadas y el júbilo no faltaron. Bugs extrañó aquello, pero fue su culpa terminar lo que habían construido.
—Los hermanos Warner se enteraron —reveló por fin—. El veinticinco recibí su llamada urgente. No estaban contentos. Me citaron en su oficina como si fuera cualquier día. Dijeron que me consiguieron una chica atractiva, ya habían preparado entrevistas y noticias. No me dieron opción. Kate estuvo presente, alegó que tú me dabas mala imagen y que una relación de ese tipo sería escandalosa. Yo intent...
—Así que te importó más la opinión de otros. Es bueno saberlo —interrumpió con molestia, profundamente dolido—. Me siento como un estúpido.
—¡Mentira! Estuve a punto de renunciar por ti —exclamó con dificultad, sintiendo un nudo en la garganta—, pero amenazaron con dejarte en el olvido, manchar más tu historial y, definitivamente, te correrían. Aseguraron que terminarían con tu carrera actoral —dijo en un último aliento.
La oficina era enorme; un escritorio tamaño industrial lo hizo sentir diminuto, insignificante. Muchas veces estuvo ahí para recibir cumplidos por sus actuaciones, pero este no fue el caso. Ya habían tomado su decisión. Sus encantos, las frases inteligentes, sus chistes, fueron desechados. Rápidamente, con su dorso limpió las lágrimas de sus mejillas, no permitiendo que los hermanos lo vieran así de frágil.
—¡Jamás me trataron justo, daba igual! —apretó su mandíbula, conteniendo su malestar. Imaginó miles de razones: él siendo quien cometió un error o Bugs siendo un idiota, pero saber la verdadera razón fue peor—. No tenía nada que perder ya, nada… —quemaba sobre su piel, lo lastimó.
—Daff, te volvieron a dar tu lugar. Tienes tu propia película —dijo, buscando el lado bueno.
—Fantástico, Bugsy —amargo fue el sarcasmo al decirlo. Claro que deseó fama de joven, que le dieran su lugar, pero creció. Comprendió lo que verdaderamente anheló y, ante él, se halló—. En lugar de guiarte por ellos, debiste consultarlo contigo, aquí —indicó, dando unas palmadas en su pecho, donde está su corazón.
Se conocen desde hace eternidades, siendo adolescentes pasando el rato, ambos soñadores. Muy acostumbrado a su presencia, a su aroma, a su caceo y a sus arrebatos. Aun así, su reacción le siguió pareciendo extraña. Adorable, pero fue extraño verlo apartado con rostro abatido. Las cosquillas en la boca de su estómago lo invitaron a reír, con un sabor agridulce.
—Eres demasiado cursi, viejo —las comisuras de sus labios se extendieron de un lado a otro, divertido—. Le tomas mucha importancia.
—¿Tú qué crees, orejón? Te fuiste y me dejaste solo en el éxito. ¿De qué me sirve tenerlo si no estabas tú? —cuestionó, levantando el tono de voz. Un ligero sonrojo se esparció por sus mejillas, avergonzado de mostrarse suave—. Hace un año, junto al árbol de Navidad, estaba seguro de pasar el resto de mi vida al lado de un despreciable dientón… Un anillo, orejón, un maldito anillo que iba a ser tu regalo —dijo, nostálgico en ese día—, pero lo arruinaste.
Oculto en la cocina, sostuvo la caja de terciopelo negro con recelo. Al abrirla, se descubrió la sortija de plata; el azul de los diamantes lo alumbró. Perfecto como la mirada de Bugs. Toda la noche esperó colocarlo con los demás regalos, listos para abrirse en la mañana. Mañana que no llegó.
—¿Qué? —procesando la información, se acercó a Daffy para tomarlo de los hombros. Demasiado abrumado al pensar en lo que pudo haber sido.
Parecía perdido en algún lugar dentro del infinito. En su rostro pálido se leyó su tormento. La expresión lo enfureció; deseó incluso estrangularlo. Con el fin de darle en el orgullo, dijo:
—Sí, orejón. Al final tengo a Tina, que, a comparación tuya, sé que no me abandonaría.
El agarre sobre sus hombros se apretó; los pliegues de su suéter se arrugaron por la fuerza ejercida. Bajando, se encontró con Bugs sonriendo falsamente. La tranquilidad ya no existió.
—Muy bien, Duck. Entonces es bueno saber que te casas con ella —dijo como si no le afectara, fresco y genial—. Dudo que llegue a aguantar tus dramas o tu temperamento de mierda —se burló mientras Daffy lo insultaba.
—¡Más que tú, seguro! —exclamó, quitando las manos ajenas de sí. Desganado, se apartó para salir de la cocina a paso lento—. Separarnos fue la mejor decisión.
Bugs permaneció parado en el mismo lugar; su cuerpo no respondió a ningún impulso hasta después de un rato. Sus pies encontraron la fuerza necesaria para ir detrás de Daffy. Su mano enguantada sostuvo la muñeca, deteniéndolo en la puerta de la cocina. Sus miradas se volvieron a conectar, ambas igual de destrozadas.
Las risas y las voces escandalosas de sus amigos volvieron a resonar por la habitación. Traídos a la realidad, encontraron a Lola agarrando su estómago, desternillándose. No entendieron. Tina cubría sus labios, riendo discretamente; Petunia gritaba un “¡Uhhhhh!” en burla, y Porky, sentado en su sillón, miró en su dirección, divertido. Bugs no comprendió hasta que su novia dijo:
—Los mejores amigos deberían reconciliarse con un beso bajo el muérdago —canturreó, emocionada e ingenua.
Arriba, en el marco de la puerta, se ubicaron las ramitas verdes. Todos los años fue puesto por la simple razón de que, durante el veinticuatro, se la pasaba dentro de la cocina. Fue tan normal que se cruzara con Daffy ahí, que fue la excusa perfecta para unirse. El primer año acariciaron sus labios con timidez, el segundo tomaron confianza; tercero, cuarto, quinto... fue tan natural en ellos. El sexto, el séptimo, el octavo, y el noveno fue único, un sentimiento tan puro y consolidado. Una lástima que fue el último.
Las bromas siguieron en aumento, exigiendo un beso de juego, ninguno consciente de que tuvieron una larga historia. Ninguno sabiendo que estaban causando un profundo dolor. Maldijo haber adornado la puerta, maldijo a sus malditos sentimientos, maldijo aferrarse al pasado. Se pasó una mano por el cabello, frustrado, mientras Daffy miraba hacia otro lado, intentando mantener su fachada indiferente. Pero la verdad estaba ahí, flotando en el aire, palpable y dolorosa.
Los profundos ojos color verde de Daffy mostraron un vacío. Desolados como un bosque frío durante la noche. Incómodos, estaban incómodos aún sosteniendo sus manos en un agarre duro. Atrapados en el momento, en la tensión de lo que una vez fue y ya no podía ser. La navidad pasada fue mágica, pero ahora fue una pesadilla.
Bajo el muérdago, ambos corazones se rompieron en trozos.
