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Con el rabillo del ojo, Caitlyn ve una silueta adquirir forma entre la niebla. Por la distancia que les separa y el tamaño de la persona, sabe que es Riza. Después de todo, son las participantes más jóvenes en las competencias de tiro organizadas para la élite de Piltover. No muchos padres de alto estatus animan a su progenie a disparar antes que a tomar clases de etiqueta, música o danza. Para Caitlyn, descubrir que permitieron a su rival participar a pesar de no haberse presentado a tiempo es la chispa que enciende las llamas de su corazón y la impulsa a correr por el bosque tan rápido como le permiten sus piernas.
Resumen de Riza: serena y sensata, con unos grandes ojos marrones, el cabello de oro, corto y flequillo hacia la izquierda, los labios finos y las manos firmes que comparten franqueza en sus abrazos compartidos. No sabe mucho del distrito en que los Hawkeye viven, pero por las yemas callosas de la rubia supone que Riza ha tenido la oportunidad de crecer trepando. Si logra encontrar un árbol alto y lo suficientemente resistente para aguantar el peso de su cuerpo delgado y el de su rifle, no dudará en subir hasta su copa y esperar a que otros activen los sensores de los objetivos. Y a juzgar por las pisadas, aún quedan un par de competidores para que la joven Hawkeye pueda usar esa estrategia.
Caitlyn sigue internándose en el bosque invernal, deslizándose por pendientes cubiertas con hojas secas, saltando sobre montículos de nieve y destruyendo objetivos con balas que tienen el blasón de su familia. Cada tanto escucha disparos y chasquea la lengua al ver que alguien ha sido más rápido que ella.
Pasado un largo rato, solo distingue a la Sheriff. La mujer tiene más años de experiencia como tiradora que las adolescentes juntas; no obstante, nunca las ha mirado por encima del hombro. Caitlyn espera que el comportamiento de la mujer no cambie para ganarse algún favor de los Kiramman, sobre todo hoy. Cualquier día menos hoy.
Caitlyn divisa la bandera roja que marca el límite del territorio de caza y se prepara para demostrar su excelente puntería por última vez en el día. Cuando el blanco se levanta del suelo, apunta con su mosquete, respira pausadamente y dispara. Solo que su bala nunca perfora el objetivo, ese mérito le pertenece a otro. Gira la cabeza y ve a Grayson de pie con el arma en alto, aun así la mirada de la vigilante no está puesta en el blanco, está en Riza a unos pasos detrás de ellas. En los labios de la rubia no hay sonrisa alguna; sin embargo, hay brasas en sus ojos que contemplan la solitaria estructura metálica.
Caitlyn se dice a sí misma que su pulso está acelerado por el ejercicio.
–Qué sigilosa, joven Hawkeye –manifiesta la mujer mayor con un toque de diversión–. Sobrecoges mis envejecidos nervios.
–Me halaga, Sheriff.
Grayson camina hacia ella, extiende su mano y Riza la estrecha. El apretón es firme y sostenido. La vigilante sonríe de lado.
–Buen trabajo –comenta Riza, siempre cortés.
–Igualmente.
–Aunque perdimos, ¿cierto?
–Así es –reconoce la Sheriff. Luego, ambas se vuelven hacia Caitlyn–. Felicidades, Kiramman.
Las tres dejan atrás las tierras salvajes para ser recibidas entre aplausos en el invernadero. Alguien le entrega un trofeo de oro con un moño azul a Caitlyn y la hacen posar para las cámaras. Entre los invitados, reconoce a algunos periodistas y a los encargados del periódico de la Academia. Ninguno le pregunta algo interesante. Todos parecen estar aquí solo para sellar tratos con los jefes del clan Kiramman. Por eso, decide esperar a que la competencia por la atención de sus padres aumente y aprovechar el primer descuido de su madre para escapar.
Afuera están Riza y Grayson. La menor está sentada en los escalones inferiores, puliendo su rifle mientras come los tentempiés que había escondido en un pañuelo tras recogerlos disimuladamente de la mesa de aperitivos. Por otra parte, la mayor está inclinada sobre el elegante muro de mármol, disfrutando tanto del alcohol como del paisaje blanco y helado.
Ninguna se ha quitado la pañoleta amarrada alrededor del brazo que las identifica como participantes.
Caitlyn imita a Riza y se sienta en la escalera. Deja el trofeo a un lado y observa con la cabeza recostada sobre las rodillas a su rival. Luce estoica limpiando su arma, incluso con una mancha de azúcar en polvo manchando la comisura de su boca.
Hay algo en la disciplina de Hawkeye que siempre la ha intrigado.
Sabe que el señor Hawkeye fue un erudito reverenciado por distinguidos círculos de científicos antes de quedar atrapado en un duelo sin fin por la temprana muerte de su esposa. Sabe que el padre ve en su hija la imagen de la mujer que amó y rechaza pasar tiempo con ella. Sabe que la actitud distante del hombre impulsó a Heimerdinger a apadrinarla. Sabe que el Decano teme la habilidad de Riza con las armas, pero nunca se las ha quitado porque ella declara que en algún momento deberá defender algo importante y el yordle siente curiosidad. Sabe que cuándo alguien le pregunta si se unirá a los vigilantes, nunca vuelve a hablar con esa persona.
Al ver a Riza por primera vez en una gala percibió algo innegablemente sabio y experimentado en ella; en su forma de caminar entre adultos aduladores y mezquinos; en su temple al escuchar las hipótesis disparatadas de jóvenes perseguidores de quimeras científicas; en su facilidad para seguir el compás en la pista de baile, aunque desconociera a su pareja.
Aún con varios años de conocerla no logra llegar a una conclusión que explique en su totalidad el comportamiento de su amiga. Cassandra Kiramman suele comentar que solo un empata conseguiría algo de una muchacha tan cerrada, pese a todo Caitlyn no se rendirá.
La rubia termina con lo suyo y levanta la cabeza. La acción hace que Caitlyn desvíe la vista; sin embargo, vuelve a su posición original cuando escucha pasos acercándose desde la derecha.
–¿Quieres uno? –pregunta Hawkeye, animándola a tomar uno de los bocadillos. Kiramman niega con la cabeza–. Entonces, ¿qué te tiene tan reflexiva?
–Hay algo que no logro entender.
–¿Qué es?
Caitlyn evade la mirada ligeramente preocupada de la muchacha y fija los ojos en sus propias manos. Siente el impulso de frotarlas, pero eso solo llamaría más la atención de la rubia. Debe mantener la compostura y contener las numerosas interrogantes que se concentran en la punta de su lengua, ansiosas por tomar cuerpo y deslumbrar a la receptora.
Sabe que tiene que controlar su codicia por las historias ajenas, su ansia por resolver los misterios. Debería ser más fácil cuando quien despierta su curiosidad es la única amiga que ha hecho. La única que sabe que, más allá de una dama acaudalada, metódica y dialéctica; la heredera Kiramman perfecta, hay otras facetas de ella. La única chica de su edad en todo Piltover con la que disfrutar pasar el rato.
Pero no lo es.
Así que opta por hacer mención de algo que la incomodó, un poco superficialmente, redirigiendo el diálogo a algo a lo que ambas estuvieran más dispuestas a hablar y apaciguar la inquietud de Riza por su bienestar.
–¿Por qué disparaste cuando el objetivo estaba en alza?
–Nadie va a esperar quieto una bala, Caitlyn. –La seriedad en su voz le produjo escalofríos–. A menos que sea un duelo o un truco de magia, supongo.
–Tú… ¿planeas dispararle a alguien?
–No, pero es mejor estar lista. Ya sabes, por si acaso.
Alguna expresión demasiado sincera debió haber pasado por su rostro, pues Grayson interviene en su conversación. Su tono profundo agrega peso a las palabras de una forma que las voces de las adolescentes no pueden imitar.
–Hawkeye tiene razón, Kiramman. Deberías ser consciente de que tus balas pueden hacer diana entre las cejas de quienes no creen en el valor del diálogo.
Caitlyn se siente desconcertada, quizá hasta mareada, como si el eco de una ráfaga de disparos resonara en sus oídos, alterando el equilibrio. Centra la vista en la mujer mayor y, envalentonándose, descarga palabras hostiles con un tono desafiante.
–¿Es por eso que me hubieras dejado ganar si Riza no hubiera competido? ¿Aprender una lección?
–Esa es una acusación grave.
–Tú sabes disparar en movimiento. Te hubieras contenido.
–No, joven Kiramman. Si alguna vez te dejo ganar es porque creeré que lo mereces.
–Pienso igual –agrega Riza, completamente ajena al efecto de esa sentencia en Caitlyn–. Sin embargo, eso solo pasará si primero encuentras significado en tus capacidades.
–¡¿Qué?!
–Yo lo hago porque sirvo a la ciudad protegiendo a su gente, Hawkeye sabe qué la impulsa, intrigando con sus motivos. ¿Tú por qué disparas?
Transcurridos varios años, Kiramman entiende porque dispara salvando a Vi mas ya no está Grayson para ofrecer una sonrisa orgullosa o Riza para halagar su entereza. Marcus, el actual Sheriff, mandó a su amiga y primer amor lejos. La última vez que cruzaron palabras fue frente a la tumba de Grayson, no muy lejos de la del señor Hawkeye, y ella estaba en compañía de un hombre de cabello oscuro y ojos rasgados que nunca había visto.
Caitlyn decide que en cuanto termine con su investigación, la visitará y le preguntará si ya encontró ese algo que defender a costa de su propia vida.
