Chapter Text
Jonathan sintió su cuerpo temblar, pero no estaba seguro de si era por la lluvia, el celo o la presencia de Billy Hargrove. La última persona con la que quería encontrarse en este estado.
—Parece que alguien está teniendo un día de mierda —murmuró Billy, pero su voz no tenía la burla que Jonathan esperaba.
El Omega intentó dar un paso atrás, pero sus piernas temblaron y Billy lo sostuvo por la muñeca antes de que pudiera caer. Jonathan se tensó por el contacto, su piel hipersensible a la presencia de un Alfa tan fuerte.
—Tranquilo, Byers. No voy a hacerte nada —dijo Billy, quitándose la chaqueta y colocándola sobre los hombros de Jonathan con un gesto sorprendentemente cuidadoso.
Jonathan abrió la boca para responder, pero su garganta estaba seca, y su mente borrosa solo le permitía enfocarse en el calor que comenzaba a invadir su cuerpo.
Los ojos de Billy brillaron con algo que Jonathan no supo identificar, pero en lugar de hacer un comentario arrogante, el Alfa chasqueó la lengua y miró alrededor.
—No puedes quedarte aquí. Es un maldito imán para problemas. ¿Traes las llaves de tu casa?
Jonathan negó con la cabeza, mordiéndose el labio con frustración.
Billy suspiró, rodando los ojos.
—Sube a mi auto. Te llevaré a algún lugar seguro.
Jonathan titubeó. Su cuerpo le exigía encontrar refugio, calor, algo, pero su mente aún luchaba contra la idea de aceptar ayuda de Billy.
—No confío en ti—logró decir, con la voz ronca.
Billy dejó escapar una risa corta, sin rastro de diversión.
—No tienes que hacerlo. Pero prefiero que subas a mi auto antes de que algún Alfa baboso decida que eres suyo.
Jonathan tragó saliva, sintiendo cómo las miradas de otros Alfas en la tienda se volvían cada vez más insistentes.
Sabía que no tenía opción.
Así que, contra todo pronóstico, permitió que Billy lo guiara hacia el Camaro, sin saber si estaba cometiendo un error o si, por primera vez, Billy Hargrove sería el único en quien podía confiar.
Jonathan, con la cabeza apoyada contra la ventana empañada del Camaro, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. No estaba seguro si era por el frío, el celo o la culpa que lo carcomía al pensar en Steve. Si no hubieran discutido, si no hubiera salido corriendo impulsivamente, si solo hubiera esperado...
Pero ya no había marcha atrás. Ahora estaba aquí, en el auto de Billy Hargrove, sintiendo su aroma a tabaco y colonia barata envolviéndolo.
Billy golpeó el volante con los dedos, impaciente.
—Así que, ¿Qué demonios hacías solo bajo la lluvia, Byers? ¿Tienes un fetiche por enfermarte o algo?
Jonathan cerró los ojos, respirando hondo antes de responder.
—Discutí con Steve.
Billy alzó una ceja, mirándolo de reojo.
—¿Y eso fue suficiente para que salieras corriendo sin auto, sin chaqueta y, por lo que veo, sin pensarlo mucho?
Jonathan apretó los labios. Claro, puesto así, sonaba estúpido. Pero en ese momento, la rabia y el orgullo habían sido más fuertes.
—No tenía planeado entrar en celo en medio de la calle—murmuró, sintiendo el calor arder en su piel.
Billy soltó un resoplido.
—Sí, bueno, me alegro de haber pasado por ahí antes de que algún Alfa con menos autocontrol lo hiciera.
El silencio cayó entre ellos. Jonathan sentía su corazón latir con fuerza mientras el auto avanzaba por la carretera oscura. Por un lado, la idea de estar con Billy en su casa lo ponía nervioso, pero por otro, no tenía fuerzas para discutir o encontrar otra opción.
Billy rompió el silencio tras unos segundos.
—Relájate, Byers. No soy un maldito monstruo.
Jonathan desvió la mirada hacia él.
—Eso está por verse.
Billy sonrió de lado, pero en lugar de responder con algún comentario arrogante, simplemente siguió conduciendo.
Jonathan no lo entendía. ¿Desde cuándo Billy Hargrove sabía contenerse? ¿Desde cuándo un Alfa como él tenía tanta paciencia?
Tal vez, después de todo, las apariencias sí engañaban.
Billy no respondió a la provocación de Jonathan. Solo siguió conduciendo, con la mandíbula tensa y los ojos fijos en la carretera, como si estuviera ignorando deliberadamente lo que pasaba en el asiento del copiloto.
Jonathan apenas podía mantenerse firme en su propio cuerpo. Sentía su piel ardiendo, su respiración pesada y su cabeza nublada. El auto estaba impregnado con el aroma de Billy: madera, tabaco y algo cítrico. No era desagradable, pero era fuerte, demasiado fuerte en su estado. Muy diferente al de Steve.
Apretó los muslos, tratando de controlar la oleada de calor que recorría su cuerpo. Necesitaba un lugar seguro antes de perder completamente la cabeza.
Billy notó su incomodidad y soltó un suspiro, girando el volante para tomar un desvío.
—Ya casi llegamos—dijo, con un tono sorprendentemente suave.
Jonathan se sorprendió a sí mismo confiando en su palabra.
Cuando llegaron a la casa de Billy, el Alfa apagó el motor y giró hacia él con una expresión más seria de lo normal.
—Escucha, Byers. No tengo idea de qué demonios está pasando entre tú y Harrington, y tampoco me interesa. Pero si te traje aquí, es porque no quiero que termines en manos de cualquier idiota que no sepa controlarse.
Jonathan tragó saliva, sintiendo su cuerpo temblar otra vez. El simple hecho de estar tan cerca de Billy, de un Alfa, lo hacía vulnerable. Pero, contra todo pronóstico, el miedo inicial estaba desapareciendo.
Billy se bajó del auto y rodeó el capó hasta el lado del Omega. Jonathan pensó en protestar, en decir que podía hacerlo solo, pero cuando intentó mover sus piernas, apenas pudo mantenerse en pie.
Billy chasqueó la lengua, poniéndose en cuclillas frente a él.
—¿Vas a dejar de hacerte el duro o tengo que cargarte?
Jonathan le lanzó una mirada de advertencia, pero su cuerpo traicionó su orgullo cuando sus piernas cedieron levemente. Billy suspiró y, sin pedir permiso, deslizó un brazo bajo sus rodillas y el otro detrás de su espalda, levantándolo sin esfuerzo.
Jonathan se tensó al instante.
—¡Bájame, Hargrove!
Billy resopló, cerrando la puerta del auto con una patada.
—Cállate y deja de retorcerte. No quiero que vomites sobre mi chaqueta.
Jonathan no tuvo fuerzas para seguir peleando. Se dejó llevar, apoyando la cabeza contra el pecho de Billy mientras este lo llevaba adentro.
El aroma del Alfa lo envolvió aún más, cálido y sorprendentemente protector.
Jonathan nunca pensó que Billy Hargrove pudiera ser su refugio. Pero ahora, en medio del caos de su cuerpo y su mente, parecía ser la única opción.
