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ODA A LOS DIOSES
Percy Jackson estaba feliz. Su mamá había publicado su primer libro y había sido un gran éxito. Pero esa felicidad, como todo en su vida, era un río con corrientes ocultas. La muerte de Paul había dejado un hueco en su pecho, un hueco que dolía cada vez que respiraba.
Un asalto. Un villano cualquiera en una tienda cualquiera. Paul había salvado muchas vidas ese día, convirtiéndose en héroe sin poderes, sin entrenamiento, sin oráculos que anunciaran su destino. Un héroe de los silenciosos. El costo había sido su vida.
Por eso, la primera firma de libros de Sally sería en su cumpleaños. Porque incluso en la muerte, Paul merecía ver sus sueños cumplidos, aunque fuera desde donde fuera que su alma descansara.
Lo que ninguno de los dos esperaba era ver entrar a la familia del multimillonario Bruce Wayne. No era que Percy no los reconociera: su madre había mostrado alguna vez en la televisión imágenes de aquel hombre serio con su séquito de hijos adoptivos, una sombra elegante que se movía entre las élites del mundo.
Pero verlos ahí, de frente, era otra cosa. Irradiaban lujo, sí, pero no un lujo como el de Apolo, dorado y rutilante, sino un lujo frío, preciso, sigiloso… como cuchillas bien afiladas o como el silencio previo a una tormenta marina. Un lujo que recordaba a Atlantis, cuando Tritón intentaba imponer coronas de oro puro y togas de conchas blancas con bordados de perlas negras.
Si bien Percy tenía razones de sobra para ser paranoico (el Pozo de Tártaro y las guerras le habían enseñado a detectar la desgracia antes de que llegara), ver a su madre feliz y radiante explicando cómo surgió el tema de su libro le arrancó una sonrisa pequeña pero genuina. Además, no pasaba nada… aún.
Tan pronto comenzó la firma de autógrafos, Sally se tensó levemente al ver a los Wayne. Percy lo notó, por supuesto. Había aprendido a leer cada microgesto de su madre desde niño, cuando el miedo era un invitado constante en su mesa y la sobrevivencia dependía de callar y observar.
Pero Sally firmó cada libro con manos firmes y sonrisa cálida. Y fue entonces cuando Percy sintió una mano grande y calida posarse sobre su cabello.
—Padre… —dijo suavemente.
Poseidón estaba a su lado, su aurapoderosa llenando el lugar, mientras Amphitrite sostenía a Estelle en brazos con una ternura. Rhode permanecía junto a su madre, seria y vigilante como un faro de piedra. Kym charlaba con Amphitrite sobre corrientes oceánicas mientras Tritón intentaba, una vez más, peinar a Percy, murmurando sobre su aspecto de "tritón salvaje y sin decoro".Percy esquivó el peine de coral con reflejos iridiscentes que Tritón blandía cual espada y le dedicó una mirada de advertencia que decía claramente “ni lo sueñes” .
De pronto, un murmullo de conmoción se levantó a sus espaldas. Se giró y los vio: su madre y el señor Wayne abrazándose como si fueran dos náufragos reencontrados tras años de deriva.
—Mamá… ¿El señor Wayne y tú se conocen? —preguntó Percy, su voz suave pero afilada, como el filo de Anaklusmos en reposo.
—Sally… —preguntó Bruce, con una voz rota, como si algo hubiera sido arrancado de sus entrañas—. Creí que… que…
No pudo terminar la frase. Sally lo abrazó con fuerza, sus lágrimas silenciosas cayendo sin pudor. Él la sostuvo como si temiera que desapareciera en el aire, como un recuerdo demasiado bueno para ser real.
Los hijos de ambos lados se miraron tensos. Damian frunció el ceño, con su pequeña mandíbula trabada en desconfianza. Dick observaba con un dejo de curiosidad preocupada. Tim ya tenía su teléfono en la mano, recopilando información sin que nadie lo notara. Jason Todd se limitaba a observar, sus ojos calculadores midiendo el peligro de la situación.
Del otro lado, Nico y Hazel se habían tensado como resortes, con manos listas para invocar sombras o metales. Jason Grace entrecerraba los ojos en sospecha. Leo, sin embargo, susurró algo a Piper que la hizo reír, aunque el nerviosismo temblara en sus labios.
Poseidón y Rhodos transmitían confusión y protección con sus miradas implacables, mientras Amphitrite balanceaba suavemente a Estelle, como si la inocencia de la pequeña fuera un ancla para su propia calma. Kym, por supuesto, observaba la escena con diversión apenas velada. Si fuera por ella, el caos se encendería ahora mismo. Tritón simplemente los evaluaba con una expresión fría y distante, como un príncipe al acecho.
Fue entonces cuando una voz fuerte y molesta rompió la tensión.
—Más vale que confiesen por qué la señora Jackson está llorando, o acabaremos con ustedes.
Siete chicos con camisetas naranjas y moradas se encontraban en la entrada, formando una línea de defensa inconsciente frente a Sally. Sus ojos chispeaban con rabia y lealtad.
Percy suspiró, con un dejo de cansancio poético en su pecho. Sí. Definitivamente, el día acababa de complicarse..
