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Bestias Benditas

Summary:

En un mundo donde alfas, betas y omegas conviven con normalidad, hay una rareza aún más profunda: los Prime. Seres poderosos, únicos, capaces de adoptar tres formas —humana, animal, e intermedia—, con instintos tan intensos como su magia.

Harry Potter es un alfa Prime. Draco Malfoy, un omega Prime.
Los únicos en Hogwarts.
Los únicos en el país.
Y claramente, los únicos lo suficientemente testarudos como para discutir con orejas y cola al aire mientras se devoran con los ojos.

Entre entrenamientos, clases, mimos y peleas que terminan en besos, Harry y Draco se enfrentan a algo más fuerte que su orgullo: el amor.
Ese amor que arde, ronronea, gruñe y se acurruca.
Un amor que nace de la intensidad y florece en la ternura.

Tú, Draco. Siempre tú.
Y tú, Harry. Hasta el último suspiro.

Notes:

Otro fanfic, mismo ship de siempre.

El Harco es mi lugar seguro <3

No le busquen mucho sentido, tuve la idea, e hice distintos momentos, distintos escenarios, pueden carecer de sentido unos de otros, en uno se odian y al siguiente son una pelusa llena de miel.

Work Text:

Todo el mundo mágico sabía quién era Harry Potter.
Y todo Hogwarts sabía qué era Draco Malfoy.

El primero, el alfa Prime de león, callado, poderoso, imposible de ignorar aunque tratara. El segundo, el omega Prime de gato, arrogante, hermoso, elegante como un príncipe, y absolutamente insufrible.

Ambos entraban en una sala y la temperatura cambiaba.

—No te le acerques mucho —decían las chicas de sexto—. Dicen que cuando te gruñe, tiemblas por dentro.
—Eso fue porque le quitaste el lugar —respondía alguna, con los cachetes colorados.

Pero no hablaban de Harry.

Hablaban de Draco.

Y Harry no lo soportaba.

Porque desde que ese omega Prime se paseaba por los pasillos con sus orejas visibles y la cola moviéndose como si fuera el dueño del castillo, algo dentro de Harry rugía. Literalmente. Como si su león interior alzara la cabeza y se preparara para una cacería.

Y Malfoy… Malfoy solo lo miraba con esa maldita sonrisita. Como si supiera.

—¿Está haciendo eso otra vez? —gruñó Harry, bajando la mirada al final del pasillo.
—¿Haciendo qué? —preguntó Hermione, sin mirar.
—Moviendo la cola. Sabe que lo estoy viendo.

—¿Y tú sabes que eso es lo que quiere?

Draco estaba recargado contra una pared de piedra, una pierna flexionada, la túnica apenas ajustada a la cintura, la camisa blanca abierta en el cuello. Orejas alzadas. Cola que se balanceaba perezosa. Ojos clavados en Harry.

Y sonrió.
Lento.
Descarado.
Provocador.

Hermione suspiró.
—Saben que los dos son Primes, ¿cierto? Todo el colegio espera que se apareen o se maten. Lo que ocurra primero.

Harry no respondió. Solo apretó la mandíbula. Y caminó hacia él.

Draco enderezó la postura, pero no se apartó. No bajó la mirada. Se acercó también, paso a paso. El aire entre ellos vibró, cargado de magia y otra cosa más antigua, más primitiva. Algo que solo los Primes entendían.

—¿Vienes a mirarme de cerca, Potter? —ronroneó Draco, la voz suave, afilada—. ¿O te molesta no poder dejar de hacerlo?

Harry bajó un poco la cabeza. Lo suficiente para que su sombra cubriera parte del rostro de Draco.

—¿Y si es que me dan ganas de arrancarte esa sonrisa?

Draco rió.
—Entonces ven, león. Muérdeme.

Y Harry sintió cómo sus colmillos se alargaban sin permiso.

 

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—Para los dos primes, transformación parcial obligatoria —dijo la profesora Bloor, en medio del campo de entrenamiento mágico—. Quiero control. Quiero agilidad. Quiero que los Primes me demuestren de qué están hechos.

No era realmente necesario. Harry podía hacer todo ese circuito sin su forma intermedia. Pero Draco… Draco ya estaba ahí, al frente de la fila, estirando los brazos y arqueando la espalda como si se estuviera desperezando de una siesta.

Y sí, ya tenía sus orejas felinas en alto. Blanquísimas, puntiagudas, con pelitos suaves en las puntas. Su cola... su maldita cola, enorme, larga y esponjosa, se agitaba detrás de él como si tuviera vida propia.

—¿Por qué lo hace así? —murmuró Ron—. Parece un maldito modelo de revista.

—Porque puede —respondió Hermione, sin levantar la vista de un pergamino—. Y porque sabe que Harry lo está mirando.

Y lo estaba.

Harry estaba al final de la fila, brazos cruzados, orejas de león erguidas entre su pelo desordenado, y una cola dorada que apenas se movía tras él. Más gruesa, más pesada, más discreta que la de Draco. Pero igual de real. Su forma intermedia lo hacía ver más grande aún, más imponente. Pero él no alardeaba.

No como Draco.

El Malfoy Prime estaba en su elemento. Saltó sobre una viga con la facilidad de un felino, sus pies descalzos ni siquiera haciendo ruido. Su cola ayudaba a mantener el equilibrio, y cuando daba una vuelta en el aire para esquivar los proyectiles encantados, lo hacía con una gracia que parecía coreografiada.

Y Harry... rugió. Apenas un gruñido bajo, pero lo suficiente como para que Draco se girara a verlo desde lo alto de la viga. Orejas hacia atrás. Ojos brillando.

Y sonrió.
Ese maldito omega sonrió.

—¿Vas a seguir observándome, león? —dijo desde arriba—. ¿O piensas moverte en algún momento?

Harry no respondió. Saltó. Sin esfuerzo. Como una bestia al acecho. Cada movimiento suyo era potencia pura, y si Draco era danza, Harry era fuego.

Corrió por el circuito, y en cada curva su cola felina trazaba el movimiento en el aire. Sus orejas estaban erguidas, alerta, su cuerpo cubierto por la luz dorada de su magia contenida. Cuando lo alcanzó, Draco se dejó caer hacia atrás, justo lo necesario para esquivar el brazo de Harry. Su cola rozó la mano del alfa.

A propósito.

Harry se tensó.

—Estás lento, Potter —ronroneó Draco, pegado a él mientras rodaban por el suelo en una trampa mágica simulada.

—Estás provocando —escupió Harry entre dientes, con su rostro tan cerca que sus narices casi se tocaban.

—¿Y si lo estoy?

La cola de Draco se enredó lentamente en la de Harry, como si tuviera mente propia. Suave, cálida, felina. Su cuerpo apenas tocando el del alfa, pero tan cerca que podía sentir la vibración en el pecho de Harry.

Un gruñido profundo llenó el espacio. No de amenaza.

De advertencia.

—No juegues con fuego, Malfoy —susurró Harry, sus colmillos apenas visibles.

Draco sonrió.
—Oh, Harry. El fuego es para los que no temen quemarse.

Y se alejó. Su cola deslizándose de la del alfa con una lentitud provocadora. Sus orejas temblando con satisfacción.

Y Harry…
Harry gruñó otra vez.

Pero esta vez, nadie pudo decir que no le gustó.

 

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El silencio después de la escena fue ensordecedor.

Los demás estudiantes —betas, alfas, omegas normales— se quedaron congelados en sus sitios, viendo cómo Draco se alejaba con su andar grácil, cola esponjosa ondeando tras él como una bandera de guerra, mientras Harry lo observaba con la mandíbula tensa, la respiración contenida y las orejas gachas de pura frustración.

—¿Eso fue…? —empezó Ron, con los ojos como platos.

—Coqueteo —dijo Hermione viendo el cronómetro flotante—. Muy descarado. Peligrosamente descarado.

—Eso fue casi aparearse en público —susurró Seamus, escandalizado y fascinado al mismo tiempo.

—¿Y viste lo de las colas? ¿¡Eso pasa normalmente!? —Lavender parecía al borde del colapso hormonal—. ¡Se enredaron! ¡Como si tuvieran mente propia!

—Las tienen —comentó Dean, estupefacto—. Son Primes. Literalmente, sus formas intermedias responden a emociones. No pueden ocultarlo.

Harry ya no escuchaba. Su cuerpo hervía. Literalmente. Había pequeñas chispas de magia dorada escapando de sus dedos, y sus orejas felinas estaban echadas hacia atrás, signo universal de que estaba irritado… o excitado.
O ambas.

Draco sabía exactamente lo que hacía.

Y no iba a quedarse sin consecuencias.

 

VESTIDORES – Pocos minutos después

La ducha estaba encendida, pero Harry no prestaba atención al agua que caía. Había llegado antes que nadie, esperando calmarse, pero él ya estaba ahí. Draco. En la banca de madera frente a los casilleros, todavía en su forma intermedia.

Desnudo hasta la cintura.
Su toalla apenas colgando de su cadera.
Orejas altas.
Cola agitándose perezosa sobre la madera.

—Estás lento hoy, Potter —ronroneó, sin siquiera mirarlo.

Harry no respondió. Cerró la puerta con un hechizo, lo que hizo que el eco en el vestidor se volviera más profundo, más encerrado. Su magia vibraba, espesa, y su cola se agitó con un latigazo. Sus orejas temblaban. Era una advertencia.

Pero Draco se giró para enfrentarlo. Lento. Delicado. Como si no tuviera ni una pizca de miedo.

—¿Algo que decirme, león?

Harry dio un paso al frente. Sus pies resonaron en el suelo mojado, su figura más grande que la de Draco, con la sombra de sus músculos marcados por el vapor de la ducha. Su forma intermedia lo hacía ver más salvaje, más… peligroso.

—¿Estás intentando provocarme delante de todo el colegio?

—¿Tú qué crees? —respondió Draco, ladeando la cabeza. Su cola acarició la banca, luego se deslizó hacia la pierna de Harry—. ¿Funcionó?

Harry atrapó esa cola con una mano antes de que siguiera subiendo.

La presión fue suave al principio, casi reverente.

—Malfoy, no sabes con lo que estás jugando.

Draco se inclinó hacia él. Las orejas moviéndose con placer, ronroneo contenido en su garganta.

—Oh, sí sé, Potter. Sé exactamente lo que estoy haciendo. Estoy tocando a la única criatura en este castillo que puede seguirme el paso.

Harry gruñó, bajo, tan cerca de su oído que Draco lo sintió en la espina dorsal.

—¿Y si te sigo, qué haces, gatito?

Draco se rió, suave. Ronroneó, ronroneó de verdad, esa vibración felina que Harry sintió en el pecho al tenerlo tan cerca.

—Entonces corre, león —ronroneó Draco, su cola aún atrapada por la mano de Harry.

Harry entrecerró los ojos, la respiración agitada. Su cola latía con furia contenida. Las orejas echadas hacia atrás. Estaba tan cerca que solo un movimiento más y—

—¿Harry? —La voz de Hermione los congeló.

Un hechizo deshizo el seguro de la puerta. Harry soltó la cola de inmediato. Draco se alejó de un salto felino, ágil, elegante, con esa maldita sonrisa que no se borraba.

—Los vestidores son para cambiarse, Potter —dijo, como si nada hubiera pasado, deslizándose hacia las duchas como un gato satisfecho—. No para fantasear conmigo.

Y se perdió entre el vapor.

Harry gruñó tan fuerte que la ducha explotó.

 

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El aula estaba más fría de lo habitual, y la voz de Snape fue aún más desagradable que siempre.

—Potter. Primera fila. Ahora.

Hubo risitas, murmullos. Harry apretó los labios y caminó hacia el pupitre frente al escritorio del profesor, sabiendo que Snape lo hacía solo para fastidiarlo. Pero no era Snape el problema.

Era quién estaba detrás.

Draco.

Con su pluma afilada, su caligrafía perfecta y esa forma intermedia descarada. Sus orejas asomaban entre su cabello perfectamente peinado. Y su cola. Esa maldita cola.

Grande. Larga. Blanca con destellos grises. Y… en movimiento.

Harry intentó ignorarla. De verdad. Abrió el libro de pociones. Anotó el nombre del elixir que prepararían. Escuchó la voz de Snape.

Y entonces...

Shfffff…

La punta suave de la cola de Draco le rozó la nuca. Deslizó la pluma. Siguió escribiendo.

Harry se tensó.

Shffff…

Otro roce. Esta vez sobre su hombro. Como un plumero suave. Imposible de ignorar.

Shf.

Ahora el costado de su cuello. Un toque lento. Acariciador.

Harry bajó la pluma, muy despacio.

—Malfoy —murmuró sin girarse.

—¿Sí, Potter? —susurró detrás de él, voz melosa. Su aliento tibio sobre la piel expuesta del cuello.

—Tu cola.

—¿Qué pasa con ella?

Harry cerró los ojos. Respiró hondo. Su propia cola se agitó bajo la banca, traicionándolo.

Snape alzó la voz.
—¿Hay un problema, Potter?

—Sí, profesor. La molestia peluda detrás de mí no deja de... agitarse.

Snape entrecerró los ojos.
—No es un problema de la clase si no puedes controlar tus hormonas. Continúa.

Draco rió. Silencioso, pero evidente. Su ronroneo se coló por la nuca de Harry como una caricia.

—No es mi culpa si mi cola tiene buen gusto, Potter.

Harry apretó los dientes.
—La próxima vez, la amarro.

Draco se inclinó, murmurando con satisfacción:

—Prometes cosas muy interesantes, león.

 

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Era uno de esos días donde el castillo parecía observar en silencio.

Harry caminaba por el pasillo del cuarto piso, su túnica abierta, orejas felinas visibles, la cola agitándose de forma lenta y molesta tras él. Lo había visto ya. A Draco. Más adelante. Reposado contra una pared de piedra, brazos cruzados, camisa blanca perfectamente abotonada. La forma intermedia presente, como siempre, como si la llevara con orgullo y desdén.

Y esa cola.

Dioses, esa cola.

Se movía despacio, de un lado a otro, esponjosa, provocadora. Draco no lo miraba directamente, pero sus ojos se deslizaban hacia él cada cierto tiempo. Una invitación muda. Un desafío descarado.

Harry sonrió con una comisura, ya listo para acercarse. Estaba a punto de decir algo —una mordacidad suave, algo como "¿no tienes otro pasillo que adornar?"— cuando sucedió.

Un brazo ajeno cruzó el espacio.

Rudo. Inesperado.

Un alfa cualquiera. Alto, fornido, de Slytherin o Ravenclaw —Harry ni se fijó—, uno de esos que pensaban que ser Prime era solo una "variante estética". Alguien que, evidentemente, no sabía nada de respeto. Ni de límites. Ni de Harry Potter.

Porque ese idiota agarró la cola de Draco.
La apretó. La tiró.
Con fuerza. Como quien jala una cuerda. Como si fuera una broma.

—¿Y esta preciosidad es de verdad? —dijo con burla, ignorante, estúpido.

El sonido que salió de Draco fue breve, contenido… y desgarrador. Un gemido de sorpresa y dolor. Sus orejas se agacharon de inmediato, su cuerpo se encogió, la cola se sacudió con violencia. Intentó zafarse, intentó arañar con las uñas —afiladas, mágicas, instintivas—, pero el agarre había sido brutal.

Y entonces, lágrimas.

Pequeñas, brillantes, silenciosas. En sus ojitos grises, que siempre desafiaban, ahora vulnerables. Humillados. Doloridos.

Y Harry…
Harry ya no fue Harry.

Fue el león.

Su rugido retumbó por el pasillo entero. No un grito. Un rugido real. Primitivo. Feroz. Su forma intermedia se marcó al instante: orejas tensas, cola erizada, colmillos a la vista.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, ya lo tenía contra la pared.

El otro alfa.

Sus garras —sí, garras— se clavaron en la túnica del idiota que había tocado lo que no debía. Sus ojos, dorados y brillando con furia pura, no pestañeaban.

—¿Te parece gracioso? —gruñó. Su voz más grave. Más profunda. Cargada de magia.
—S-sólo era una broma— tartamudeó el otro.

—No lo toques nunca más. —Las palabras salieron con un temblor contenido, como si el mundo mismo pudiera romperse si no se decía exactamente así—. No te acerques. No lo mires. No respires cerca de él.

Y luego, más bajo, más oscuro:

—O te juro que vas a conocer lo que un Prime enfurecido puede hacerle a un alfa común y corriente.

El idiota soltó la cola, pálido, temblando, y Harry lo lanzó hacia el suelo con un empujón seco. Entonces se giró.

Draco estaba aún con los brazos pegados al pecho, orejas bajas, la cola sacudiéndose con reflejos de dolor. Y aunque lo odiaba, aunque jugaban a enemistarse cada día… verlo así lo partió en dos.

Se acercó sin pedir permiso. Sin hablar.

Se arrodilló frente a él, en pleno pasillo.

—Draco —dijo, su voz apenas un susurro, ronca de rabia contenida.

El omega no respondió. Pero cuando Harry extendió la mano, despacio, Draco no se apartó. Solo bajó la mirada.

Y Harry acarició la base de su cola con una delicadeza que nunca creyó posible en sus propias manos. Revisó el daño, la torcedura, el golpe. Sus dedos rozaron el pelaje suave, la zona donde el tirón había dejado dolor.

Y Draco tembló. Su respiración tembló.

—Estás bien —murmuró Harry, con la voz rota. No era una pregunta.

Draco levantó los ojos, con las lágrimas aún ahí. No de debilidad. De rabia. De humillación.

—No... —susurró, la voz frágil—. Pero lo estaré si me sigues acariciando así.

Y Harry… rugió.
Pero esta vez, por dentro.

 

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—¡A MI OFICINA! —había bramado McGonagall minutos después del incidente.

Y así fue.

Pero Draco no caminaba solo.

Harry tenía un brazo firme alrededor de sus hombros, su cola rodeando su cintura como una protección instintiva, las orejas aún tensas. No permitía que nadie se acercara demasiado. No a Draco.

McGonagall fruncía el ceño, la varita girando en sus dedos con nerviosismo. Solo una vez antes había visto a Harry en ese estado: completamente Prime, completamente poseído por su instinto. Y no había sido bonito.

—Potter, siéntate —dijo con firmeza.

—No.

Draco suspiró suavemente, acurrucado contra él.
—Estoy bien... si Harry se queda cerca.

McGonagall apretó los labios, visiblemente exasperada.
—Muy bien. Ambos, siéntense. Juntos.

El otro estudiante estaba en la esquina contraria. Pálido. El cuello lleno de marcas donde Harry lo había sujetado. Estaba temblando. Pero aún más pálidos estaban sus padres, sentados rígidos en los sillones de terciopelo rojo, luciendo como si desearan evaporarse.

Y no era por McGonagall.
Era por los que acababan de aparecer en la chimenea.

Lucius Malfoy entró como una tormenta de plata. Traje negro perfecto. Bastón en mano. Magia ondulando a su alrededor como una amenaza silenciosa.
Narcissa apareció tras él, igual de imponente. Alta, majestuosa, con el cabello recogido y los ojos helados. Una alfa pura si alguna vez existió una.

—¿Dónde está mi hijo? —preguntó Lucius, apenas entrando, la voz suave pero más peligrosa que un grito.

Draco, aún en forma intermedia, alzó su cabecita desde el pecho de Harry, con las orejas caídas.

—Papá… —susurró, lastimoso, pequeño.

Lucius se acercó de inmediato, dejando a un lado toda la dignidad aristocrática para hincarse a su altura.

—¿Qué te hicieron? ¿Dónde? ¿Quién?

Draco tembló… y alargó una de sus manitas para que su padre la tomara. Harry lo soltó solo un poco, lo suficiente para dejar que Lucius tomara el relevo. Pero seguía a su lado. Observando. Protegiendo.

—Me tiraron de la cola —dijo Draco, con voz bajita, apenas audible.
—¡¿Qué?! —exclamó Narcissa, con una furia helada en los ojos.

Lucius examinó la zona y, como si fuera acto planeado, Draco hizo una pequeña mueca de dolor al sentir los dedos de su padre cerca. Un quejido suave. Un parpadeo lento. Lágrimas que parecían formarse de nuevo.

—Justo... ahí —dijo, señalando con su dedo fino.

Lucius se transformó ante sus ojos.

Literalmente. Por un instante, sus ojos brillaron con la misma intensidad mágica que los Primes aunque no lo fuera. Su bastón tembló en su mano.

—¿Quién fue? —preguntó, con esa voz de hielo que podía quebrar huesos.

McGonagall intervino.

—El joven Loxley. Él admitió haber tocado la cola del señor Malfoy con brusquedad. El señor Potter intervino antes de que el daño fuera mayor.

La madre del otro muchacho soltó un sollozo.
—Por favor, él no sabía… no entendía lo que significaba, no pensaba… fue una broma…

—Una broma —repitió Narcissa, caminando lentamente hacia ellos—. ¿Una broma es tocar con violencia una extensión corporal de un Prime? ¿Una broma es hacer llorar a mi hijo?

—¡Yo no quería…!

—Silencio. —Lucius no gritó. No lo necesitó.

Draco, con perfecta sincronía, soltó un pequeño suspiro dolorido. Se acurrucó contra Harry, que aún lo sostenía del hombro. Se permitió temblar un poco más.

—Lo que más me asustó fue cuando me soltó, papá… sentí que… me iba a romper —dijo, muy bajito, con voz quebrada.

Lucius cerró los ojos. Respiró hondo. Y cuando los abrió, el otro alfa y sus padres ya no eran más que un conjunto de sombras malditas.

Harry no dijo nada. Pero tampoco desmintió nada.

McGonagall, por su parte, se vio obligada a intervenir.

—El asunto se manejará con el Consejo Escolar. El joven Loxley será suspendido de inmediato y se notificará al Ministerio, dada la implicación de un Prime.

—No será suficiente —susurró Narcissa—. Que todos sepan lo que pasa cuando tocan a un Malfoy.

Lucius se incorporó. Se volvió hacia Harry.

—Gracias, señor Potter —dijo, sin una pizca de arrogancia—. Por proteger a mi hijo como si fuera suyo.

Harry lo miró, serio. Firme.
—Es que lo es.

Lucius alzó una ceja, sorprendido… pero satisfecho.

Draco ronroneó suavemente, acurrucándose aún más en el brazo de Harry. Y sus orejas temblaron con gusto.

 

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Los pasos se alejaron con fuerza. Narcissa iba indignada, Lucius mortalmente sereno, y McGonagall… exhaló con frustración antes de mirar a ambos chicos.

—No hagan nada imprudente —advirtió, mirando especialmente a Harry—. Tienen cinco minutos. Y por Merlín, cierren la puerta cuando salgan.

La puerta se cerró.

Y el silencio quedó flotando en la sala.

Harry estaba de pie. No sabía si sentarse. No sabía si decir algo. Solo lo miraba. A Draco. A su cola, que ahora reposaba sobre sus piernas mientras estaba sentado en el sillón más cómodo de la oficina. Sus orejas aún estaban bajas. Su expresión… tranquila, pero con ese dejo de dramatismo encantadoramente fingido.

—No dijiste nada —murmuró Draco, sin mirarlo.

—¿Sobre qué?

—Sobre… que exageré.

Harry no respondió. Dio un paso, y luego otro. Se detuvo frente a él. Draco levantó la mirada, lento, como si estuviera midiendo cuánto le importaba realmente al alfa frente a él.

—¿Ibas a hacerlo? —preguntó de nuevo, la voz baja.

—No —respondió Harry. Simple. Honesto.

Draco ladeó la cabeza, curioso, aún en su forma intermedia. Sus orejas se movieron al captar la vibración suave de la cola de Harry, que latía tras él con un ritmo constante.

—¿Por qué no?

Harry se agachó frente a él, sin tocarlo aún.

—Porque aunque fueras el actor más exagerado del castillo… sí te dolió.

Draco parpadeó.
Y sonrió. Pequeño. Sincero. Solo un poquito.

—Y me gusta verte acurrucado conmigo —añadió Harry, más bajo, como si se le escapara. Involuntario.

Draco bajó la mirada, pero la sonrisa se hizo un poco más evidente.

—Eres un alfa muy particular, Potter.

—Y tú un omega muy ruidoso —respondió Harry con suavidad.

Draco rió. Su orejita derecha se movió con gracia, como si coqueteara por su cuenta.

—¿Puedo seguir exagerando entonces?

Harry alzó una ceja.
—Si eso te mantiene cerca, sí.

Draco ronroneó suavemente.
—Te estás encariñando, león.

—¿Y tú?

Draco estiró su mano, lenta, y le acomodó el cabello detrás de una de sus orejas felinas.

—Yo ya estoy perdido desde el primer gruñido.

 

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Toda Hogwarts había oído el rumor. Y por “rumor” se entendía: Draco Malfoy, el omega Prime, fue agredido en un acto imperdonable.
Y ahora estaba… “recuperándose”.

Llevaba su forma intermedia completa en los pasillos, orejitas alzadas pero con un toque de debilidad. Caminaba más despacio. Se detenía si alguien lo empujaba apenas con el hombro. Suspiritos. Quejidos suaves. Mucha delicadeza.

Y Harry…

—No deberías cargarme eso —dijo Draco, observando cómo Harry sostenía su mochila mientras subían escaleras.

—Y tú no deberías ir a clases hoy —gruñó Harry, serio—. Pero aquí estamos.

Draco sonrió.
—¿Te molesta cuidarme?

Harry no respondió. Apretó la correa de la mochila y le sostuvo el brazo al subir otro escalón.

—No, Malfoy. Me molesta que otros no lo hicieran antes.

Draco suspiró como si fuera lo más romántico que le habían dicho en toda su vida.

Y desde la entrada al aula de Encantamientos, Hermione los observaba con los brazos cruzados.

—¿Y ahora qué? —preguntó Ron, con un bollo en la boca.

—Draco Malfoy ha descubierto que puede manipular al alfa más poderoso del castillo —respondió Hermione, sin dejar de mirar—. Y que ese alfa lo permite porque, en el fondo, está completamente entregado.

—¿Y eso es malo?

—No. Es adorable.
Y también… inevitable.

 

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McGonagall estaba particularmente elegante esa tarde. De pie al frente del aula, con su expresión severa y su voz clara, explicaba la complejidad de ser animago con trazos de tiza sobre la pizarra flotante.

—Convertirse en animago es una hazaña mágica avanzada. Toma años de práctica, y no garantiza control total sobre la forma adquirida. Además, no debe confundirse con la transformación Prime, que es una capacidad innata, exclusiva de alfas y omegas extremadamente raros.

En ese momento, sus gafas brillaron con un toque de orgullo contenido.

—Como ejemplo... —continuó—. Mi forma animaga.

Con un parpadeo, su figura humana desapareció y, en su lugar, una elegante gata atigrada se paseó frente al escritorio, con paso firme y cola erguida. Algunos estudiantes aplaudieron.

Pero no todos.

Desde el lado derecho del aula, un suspiro cargado de arrogancia interrumpió el ambiente.

—Qué lindo, profesora… pero, con respeto, eso no se compara con una forma Prime completa.

McGonagall volvió a su forma humana en un parpadeo.

—¿Tiene algo que decir, señor Malfoy?

Draco sonrió.
—Solo que… si va a hablar de transformaciones animales, es justo que mostremos todas las versiones posibles.

Sin más, se levantó.

Y, ante todos, con una fluidez imposible de imitar, su cuerpo cambió.

Desaparecieron las ropas, los libros, la pluma. En su lugar quedó un gato.

Pero no un gato normal.

Era grande. Hermoso. De pelaje largo, blanco como la nieve con matices grises en las patas y el rostro, ojos grandes, redondos, de un gris cristalino. Se acomodó con elegancia sobre el escritorio vacío frente a él, lamiéndose una pata con total descaro.

Ron murmuró un "¿Qué demonios es eso, un modelo de felinos?", mientras Hermione lo observaba con un suspiro resignado.

—Damas y caballeros… el espectáculo Malfoy.

Pero Harry no reía. No murmuraba. Solo lo miraba.

Y su corazón… se encogió.

Porque esa criatura no era un simple gato.

Era su gato.

O al menos, su omega Prime, hecho una bola de pelos con aire de nobleza.

Draco dio un salto elegante al suelo y caminó entre los bancos, rozando piernas, ronroneando, como si desfilara. Su cola —larga, esponjosa, reluciente— se agitaba con estilo. Varios estudiantes se derretían, otros murmuraban “awww”, y algunos claramente querían levantarlo.

Pero nadie lo hizo.

Nadie, excepto Harry.

Harry, que se agachó cuando el gato se le acercó, sin pensarlo, sin pedir permiso. Lo tomó con cuidado en sus brazos. Draco se acomodó como si lo hubiera estado esperando toda la vida.

Se dejó caer sobre su pecho. Apoyó su cabecita bajo el mentón de Harry. Y ronroneó. Fuertemente.

—Tú… no deberías dejar que haga eso —susurró Hermione desde su lado, mientras el aula entera los observaba en shock.

Harry no quitó la vista de Draco. Acariciaba su lomo con los dedos, sintiendo la suavidad de ese pelaje imposible.

—¿Y si no quiero soltarlo?

—No estás ayudando —respondió ella con un suspiro.

Pero Draco se acurrucó más. Movió su cuerpecito suave, presionando contra el pecho de Harry, mientras su ronroneo aumentaba en volumen.

Harry sonrió.
—Está más tranquilo así.

McGonagall no dijo nada.

Solo levantó una ceja.
—Bien. Supongo que el señor Malfoy decidió quedarse en esa forma el resto del día. No puedo decir que me sorprenda.

Harry, ya con su mochila al hombro y un Draco felino en brazos, simplemente caminó hacia la salida.

Y cuando bajaron las escaleras de piedra, la cola esponjosa del gato Draco se enredó suavemente alrededor del brazo de Harry.
Como si dijera: aquí estoy. No me sueltes.

Y Harry no lo haría.

 

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Desde que Draco se convirtió en gato —en ese glorioso, sedoso, impoluto y altanero felino de raza indefinida pero claramente carísima— no volvió a su forma humana. No porque no pudiera. Simplemente… no quiso.

Porque desde el momento en que se acurrucó en el pecho de Harry Potter y sintió esas manos grandes, cálidas, envolviéndolo con cuidado absoluto, algo hizo clic en su cerebro Prime:
Así quiero pasar el resto del día.

Y eso hizo.

Harry intentó protestar al principio.

—Draco, ya terminó la clase. Deberías volver.

El gato en sus brazos bostezó. Literalmente. Y luego frotó su cabecita contra la mandíbula del alfa.

Harry se quedó quieto.
Suspiró.
Y lo sostuvo más fuerte.

En los pasillos, se volvió una atracción.

—¿Está… cargando un gato?

—¿Ese es Malfoy?

—¿¡Harry Potter está acunando a Draco Malfoy en su forma animal como si fuera un bebé peludo real!?!?

Sí.
Lo estaba.

Draco estaba en sus brazos. Dormitando, con su cola enredada en la muñeca de Harry, orejitas relajadas, ronroneo tan fuerte que se podía escuchar a metros. Harry, por su parte, caminaba serio, cabeza alta, ignorando a todo el mundo mientras lo acunaba con total devoción.

Y si alguien se acercaba demasiado, gruñía.

Literalmente. Un bajo y seco gruñido Prime, que advertía sin palabras:
Ni lo toques.

En la biblioteca, las cosas se volvieron aún más caóticamente adorables.

Hermione estaba leyendo un libro avanzado sobre runas. Ron intentaba estudiar… lo cual significaba que simplemente tenía la cabeza apoyada en la mesa.

Y Harry estaba sentado en un sillón profundo. Draco, aún en forma felina, estaba acurrucado en su regazo. Su cuerpo largo ocupaba ambas piernas, su cola se enroscaba perezosamente en la cadera de Harry, y sus orejas se movían con cada sonido cercano.

Una Ravenclaw se acercó para saludar.

—Hola, Harry… yo quería saber si me puedes explicar lo de…

GRRRRRRRRRRR.

Draco abrió un ojo. Su ronroneo se interrumpió. Mostró los colmillos. Su cola se infló ligeramente.

—Eh… bueno, luego hablamos —dijo la chica, alejándose con una mezcla de nervios y una risita.

—¿Está celoso? —preguntó Ron, fascinado.

Hermione alzó una ceja.

—Celoso, territorial, consentido y peligrosamente cómodo. Se nota que encontró el lugar perfecto.

Draco ronroneó con fuerza. Harry lo acarició sin pensarlo.

—Es que me mira como si yo fuera el cojín —murmuró Harry.

—Eres el cojín —dijo Hermione—. Eres un cojín con brazos protectores y una magia ridículamente poderosa. ¿Cómo no va a instalarse ahí?

Draco estiró una pata felina y la apoyó sobre el pecho de Harry.

Ron rió por lo bajo.

—Te marcó como propiedad. Está sellado.

Harry solo acarició la cabeza de su gato Prime, con los dedos hundiéndose en ese pelaje espeso y suave.

—Que lo haga todo lo que quiera —murmuró—. Total, creo que ya es mío.

Y cuando llegó la noche, en la Sala Común de Gryffindor, la escena fue aún más íntima.

Harry estaba en uno de los sofás cerca del fuego. Draco seguía en sus brazos. Ya no fingía dormir. Solo lo miraba con los ojos entrecerrados, perezoso, feliz. Harry sostenía su cuerpo con tanta naturalidad que parecía haber nacido para eso. Como si cargar un Malfoy felino fuera su vocación de vida.

—¿Estás cómodo? —murmuró Harry, en voz muy baja, sabiendo que Draco lo entendía.

El gato ronroneó con fuerza y empujó su cabeza contra el pecho del alfa.

Harry sonrió.

—Sí. Yo también.

 

.

.

.

.

 

Harry no se había movido del sofá en más de una hora. Estaba relajado, con la cabeza recostada hacia atrás, los ojos cerrados, y Draco completamente sobre él. Los demás ya ni comentaban. La escena se había vuelto parte del mobiliario: Potter con gato. Malfoy gato. Ron ya no sorprendido. Hermione resignada. Normalidad nueva.

Hasta que...

Draco se movió.

Con un bostezo felino, estiró las patas. Se acomodó más alto, subiendo por el pecho de Harry, apoyando su cabeza debajo del mentón. Ronroneó una última vez. Luego, el pelaje brilló. La figura cambió.

Y en segundos, en lugar del precioso gato, había un Draco humano —forma intermedia— sobre Harry. Orejas aún presentes. Cola relajada, colgando por el costado del sofá. Sus brazos estaban envueltos alrededor del cuello de Harry. Su rostro, aún apoyado sobre el pecho.

—¿Así duermes tú? —murmuró Draco, con voz baja, adormilada—. Eres tan… cálido.

Harry no abrió los ojos. Solo suspiró.

—Llevas todo el día encima mío, Malfoy.

—Mmmh… ¿y te molesta?

—No.

Draco se rió contra su cuello. Un ruidito bajito. Delicioso.

—Entonces deberías acostumbrarte.

Y Harry, con una mano sobre la espalda del omega, acariciando justo en la base de su cola, respondió sin pensar:

—Ya lo estoy.

 

.

.

.

.

 

Hogwarts olía distinto.

Era algo imperceptible para los betas, un murmullo suave para los alfas y omegas comunes. Pero para los Prime… era un rugido sutil, una vibración en la piel, una presión en el pecho.

La temporada de celo se acercaba.

Y se sentía en los muros, en la magia del aire, en la piel.
Y se sentía más, muchísimo más… en ellos.

Harry no se había quitado su forma intermedia desde hace días.

No porque quisiera.
Porque no podía.

Sus orejas felinas estaban constantemente tensas, moviéndose ante cualquier sonido. Su cola se agitaba con molestia, agresiva, a veces sin que él lo notara. Su magia se sentía más pesada, como si quisiera brotar sola de sus manos.

Y estaba… enojado.

Más que de costumbre.
Tenso, territorial, irritable.
Excepto con él.

Porque Draco Malfoy no estaba ayudando.

O sí. Tal vez ayudaba demasiado.

Draco nunca escondía su forma intermedia. Era parte de él. Parte de su vanidad, de su belleza, de su presencia. Pero en esos días, algo en él también había cambiado.

Sus orejas estaban más erguidas. Su cola se movía más lenta, con intención. Su voz… más baja, más ronca, más dulce. Y sus ojos… sus ojos parecían buscar a Harry en cada rincón, como si algo lo llamara desde adentro.

Y cuando lo encontraba…

Se acercaba.

Demasiado.

Sala común – Tarde

Harry estaba frente al fuego, camisa abierta hasta la mitad, el ceño fruncido. Su cola golpeaba el sillón con irritación contenida. Había discutido con alguien. Otra vez. No recordaba con quién. Da igual. Todos lo estaban sacando de quicio.

Excepto…

—¿Puedo sentarme contigo?

La voz llegó como miel.

Harry alzó la mirada. Y ahí estaba Draco. Perfecto. Impecable. En forma intermedia. Las orejitas moviéndose suavemente, la cola casi danzando detrás de él.

—No preguntes si ya sabes que sí —gruñó Harry, más suave de lo que pretendía.

Draco sonrió y se sentó a su lado, sin tocarlo aún. Observó su expresión, la forma en que las orejas de Harry estaban ligeramente inclinadas hacia atrás, irritadas… excepto cuando él se acercaba.

—¿Mal día, león?

Harry bufó.
—Todos me huelen. Todos me miran. Todos me sacan de quicio.

—¿Y yo?

Draco se inclinó un poco. Su cola, esponjosa, larga, rozó suavemente la muñeca de Harry.

Harry no respondió de inmediato.

Draco acercó la cola un poco más. La deslizó por su brazo. Luego por su muslo. Suave. Lenta. Demasiado intencionada.

Harry gruñó otra vez… pero no se apartó.
No podía.

—Contigo es distinto —dijo al fin, ronco.

Draco ronroneó. Se acercó más, ahora con descaro. Su cabeza rozó el hombro de Harry, y la cola se enredó en la suya como si fueran lazos que se conocían de toda la vida.

—¿Sí? ¿Por qué?

Harry lo miró. Los ojos verdes brillaban con una furia suave, contenida. Pero no era hacia él.

—No lo sé. Pero cuando estás cerca... todo se calma.

Draco sonrió.
Y se acurrucó contra su costado.

Su mano fina y cálida se posó en el pecho del alfa, justo sobre el corazón.

—Tal vez… porque tu instinto lo sabe.

—¿Sabe qué?

Draco ronroneó de nuevo. Su voz era apenas un susurro.

—Que soy tuyo.

Harry no respondió.
Solo dejó que su brazo lo rodeara.

Y esa noche, cuando Draco se quedó dormido acurrucado contra su pecho, Harry permaneció despierto por horas, con las orejas tensas y su cola abrazando la del omega como si eso fuera lo único que podía contenerlo.

Porque lo que estaba sintiendo no tenía nombre aún.
Pero lo estaba consumiendo.

Y Draco... no ayudaba.
O tal vez sí.

Tal vez ayudaba más de lo que cualquiera de los dos podía admitir.

 

.

.

.

.

 

La tensión en el aire era tan densa que cualquier hechizo lanzado probablemente explotaría antes de llegar a su objetivo. Todos lo sentían. Incluso los betas. Especialmente los betas.

Era la semana previa al auge del celo Prime.
Y Harry Potter estaba al borde.

No dormía bien. No comía. No hablaba.

Y esa mañana, alguien cometió el error más grave de su vida: intentó coquetear con Draco Malfoy.

El alumno, un alfa común de séptimo año, se acercó en el pasillo con una sonrisa tonta, un comentario estúpido, y la osadía —la absoluta insensatez— de tocar la cola de Draco como si fuera cualquier omega.

Draco lo empujó de inmediato, furioso.
Pero no llegó a decir nada.

Porque Harry ya estaba sobre ellos.

No en forma humana.
Ni intermedia.

En su forma completa.

Un león gigante, majestuoso, con melena espesa y oscura como la noche, ojos verde fuego y garras que hacían crujir la piedra del pasillo.

Fue instantáneo.

Un rugido desgarró el pasillo y el alumno cayó de espaldas, jadeando de miedo. La magia de Harry retumbaba en las paredes. Nadie podía moverse. Nadie quería hacerlo.

McGonagall llegó de inmediato, pero no se acercó. Solo alzó las manos con calma.

—Potter. Controla el instinto. Ya.

Y tras un largo minuto, con los colmillos aún expuestos, Harry giró.

Se alejó.

Más tarde, algunos lo vieron.

No humano. No como “el Elegido”.

Sino como un enorme león Prime, tendido en el claro junto al Lago Negro. Bajo un gran roble. Su melena ondulaba con el viento. Su respiración era pesada. Sus orejas felinas giraban alertas. Estaba ahí no por gusto, sino por control. Por no ceder a lo que realmente quería hacer.

Lo habían visto enojado. Lo habían visto celoso. Pero nunca lo habían visto así. Bestial. Verdadero. Peligroso.

Y entonces…

Una bola de pelos blanca apareció entre los arbustos.

—¿Es eso…?

—¿…un gato?

—¿¡Es Draco Malfoy!?

Draco, en forma completa, caminaba con elegancia felina por el césped. Su pelaje blanco y gris brillaba al sol. Sus pasos eran suaves, calculados. Se acercó al león sin miedo. Como si fuera lo más normal del mundo.

Harry levantó apenas la cabeza.

Los ojos verdes se clavaron en los del gato. Un momento eterno. Un intercambio silencioso.

Y Draco… se subió.

Así, con toda la gracia posible, trepó la melena del león. Caminó sobre su lomo, rodeó su cuello, y finalmente se acurrucó justo encima de su melena, acomodándose entre la oreja y la frente.

Se instaló.

El león soltó un gruñido bajo, pero no de advertencia.
De alivio.

Cerró los ojos.

Y por primera vez en todo el día… respiró tranquilo.

Desde la distancia, un grupo de estudiantes miraba, boquiabiertos.

—¿Está...?

—¿Acostado encima de su cabeza?

—Draco Malfoy se acurrucó en la melena de Harry Potter y él lo dejó. ¿Qué clase de...?

Hermione, que había llegado también, cruzó los brazos.
—Es oficial —dijo—. Draco es el único ser en el planeta que puede calmar al Prime más inestable del país.

Ron chasqueó la lengua.

—Y encima lo usa de almohada.

Draco ronroneó, su cuerpecito felino temblando suavemente con el sonido. Se estiró un poco más, sus patitas colgando por la frente de Harry, y soltó un pequeño suspiro felino de satisfacción.

El león gruñó muy bajito.

Y dejó que se quedara.

Porque si alguien podía tocarlo cuando el mundo ardía, si alguien tenía permiso para estar cerca cuando el instinto rugía y la magia amenazaba con escapar… ese era Draco.

Siempre Draco.

 

.

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.

.

 

El sol ya comenzaba a caer, tiñendo el cielo de un dorado cálido, y el gran león aún no se había movido.

Harry seguía ahí. Majestuoso. Enorme. La melena esparcida como una corona salvaje. El viento mecía sus orejas apenas, y su respiración era tranquila. En calma.

Porque Draco lo mantenía así.

Había vuelto a su forma humana hacía unos minutos, pero no se había alejado. Simplemente se deslizó de su forma felina a la humana sobre la melena de Harry, y ahí se quedó: pecho contra su lomo, mejilla apoyada en el costado del cuello del león, sus dedos jugando con los mechones más suaves de su melena.

No decía nada. No se movía. Solo respiraba con él.

La escena era extraña, mágica, íntima. Como si fueran dos criaturas sagradas dormitando en un santuario invisible.

Y entonces...

—¿Están aquí? —La voz de Hermione rompió el aire, suave pero firme.

—Sí, sí, lo veo, es imposible no verlo —murmuró Ron detrás de ella—. Mira el tamaño de ese león. ¡Parece un hipogrifo peludo!

Draco ni se giró. Solo suspiró contra el cuello del león, con un pequeño movimiento perezoso.

Harry, en cambio...

Gruñó.

Bajo. Grave. Sin rabia, pero con una claridad instintiva que erizó la piel de ambos recién llegados.

—Wow —murmuró Ron, levantando las manos—. Tranquilo, colega. Solo… vinimos a ver si seguías vivo.

Hermione, más atenta, no se movió.

Observaba.
La forma en que Draco acariciaba con calma la melena de Harry.
Cómo sus piernas estaban cruzadas sobre su lomo, con una comodidad que no se fingía.
Cómo la cola del león se movía lentamente, pero de forma protectora, marcando un círculo invisible entre ellos y el resto del mundo.

—No quiere que lo molesten —dijo Hermione al fin, en voz baja.

—¿Draco o el león? —preguntó Ron.

—Ambos —respondió ella.

Y tenían razón.

Harry no rugía, no atacaba. Solo los miraba con ojos intensos, atentos, sus pupilas felinas dilatadas. No era ira. Era posesión tranquila.
Ese "no se acerquen", dicho sin palabras.

Draco lo sintió.

Acarició suavemente la oreja del león, con una ternura que parecía más íntima que cualquier beso.
—Está bien —susurró contra su piel—. Ya casi pasa. Solo un poco más.

El león ronroneó. Sí. RONRONEÓ. Un sonido profundo, que vibró en el pecho de Draco y que hizo retroceder a Ron de inmediato.

—¡¿Está ronroneando?! ¿Ese rugido suave fue un ronroneo? ¡Eso no es normal, Hermione!

—Claro que no lo es —dijo ella, con los brazos cruzados—. Nada entre ellos lo es.

Se quedaron un segundo más, observando. Hermione con una mezcla de curiosidad y respeto. Ron con miedo a ser convertido en merienda.

Draco finalmente alzó la cabeza y les lanzó una mirada perezosa y absolutamente malcriada.

—Podéis iros. Está tranquilo porque yo estoy aquí. Y sinceramente, preferimos estar solos.

—Sí, bueno. Ya vimos suficiente —dijo Ron, dándose media vuelta.

Hermione le lanzó una última mirada a Harry.

—No tardes en volver, Harry. Pero… si necesitas quedarte así un rato más, hazlo. Nadie puede sacarte de ahí mejor que él.

Draco sonrió, satisfecho.
Y cuando se quedaron solos de nuevo, volvió a tumbarse encima del lomo cálido, cerrando los ojos mientras su mano se perdía en la melena densa.

—Podrías volver a ser humano, ¿sabes? —murmuró, como si hablara con un amante dormido.

El león exhaló despacio.
Su cola se enredó, esta vez, alrededor de las piernas de Draco.

Y Draco entendió.

—Está bien, Harry.
—Quedémonos así un poco más.

 

.

.

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.

 

El sol apenas se asomaba por las ventanas de la habitación de Draco. Los rayos cálidos acariciaban las cortinas, pintando de oro los muebles antiguos y la alfombra mullida.

Draco estaba medio despierto, estirando sus dedos con esa pereza encantadora que solo un omega Prime puede tener. En su forma intermedia, orejas aún suaves y cola esponjosa descansando a un lado, se giró hacia la cama y…

Allí estaba.

Harry.

En pijama, con la camisa algo abierta dejando ver parte de su pecho, las orejas bajas y su cola —que no podía ocultar ni quería— enroscada delicadamente alrededor de la cadera de Draco.

Harry estaba tan pegado que parecía una sombra, una extensión natural de Draco. No quería ni podía moverse.

Draco suspiró, sonriendo suavemente.

Y con una mano libre, sin pensar demasiado, tocó la mejilla de Harry, rozando con los dedos la piel tibia, esa que siempre lo hacía sentir tan seguro.

Entonces, con cuidado, acercó sus labios a esa mejilla y le dio un beso pequeño, tierno… un beso que decía:

No me dejes ir.

Harry parpadeó.
Sus ojos verdes se abrieron lentamente, y una sonrisa cansada, pero dulce, se dibujó en sus labios.

—Buenos días, pequeño gato —murmuró Harry, la voz ronca y suave.

Draco rió un poco, sin abrir los ojos del todo.

—Buenos días, león.

La cola de Harry se movió un poco, apretando más la cadera de Draco.

Harry apoyó su frente contra la mejilla del omega.

—Hoy no quiero separarme.

Draco lo miró a los ojos, con esa mezcla de desafío y cariño.

—Entonces no lo hagas.

Y así, entre susurros, caricias y un abrazo que parecía unir mundos, el día comenzó con la promesa silenciosa de que, pase lo que pase, nunca dejarían de buscarse.

 

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El celo estaba terminando.

No del todo. Pero lo suficiente como para que pudieran volver a clases, sentarse en sus respectivos escritorios, leer sin saltar uno encima del otro… más o menos.

El salón de Encantamientos estaba lleno, como siempre. Algunos aún lanzaban miradas nerviosas a la mesa del fondo, donde Draco y Harry se sentaban juntos desde hacía varios días.

Antes eso habría sido un escándalo.
Ahora era simplemente... lo esperado.

Harry estaba más tranquilo, más contenido. Su forma humana completa regresaba sin problemas, aunque a veces sus orejas felinas asomaban entre su cabello revuelto, especialmente cuando Draco hablaba demasiado cerca.

Y Draco...

Draco no se despegaba de él.

No tan descaradamente como durante el pico del celo, pero sí con constancia. Su pierna siempre tocando la de Harry. Su cola aún visible, descansando sobre el muslo del alfa como si le perteneciera por contrato. Su voz más suave, más dulce.

—¿Me estás prestando atención? —susurró Draco durante el repaso de encantamientos no verbales.

Harry apenas giró el rostro.

—¿Te he dejado de mirar en algún momento?

Draco sonrió.
Su mano, oculta entre sus túnicas, buscó la de Harry y entrelazó los dedos sin avisar.

Nadie lo comentó.

Hermione, en la primera fila, ni siquiera giró.
Ron solo alzó una ceja, como quien ya está acostumbrado a cosas que no entiende.

Y cuando Draco apoyó la cabeza en el hombro de Harry, durante una pausa, nadie dijo nada.

Era solo… parte del ambiente.

En el comedor, la cosa era un poco diferente.

El instinto, aunque dormido, aún se agitaba.

Harry no estaba gruñendo, ni se mostraba territorial con todo el mundo. Pero sí lo era cuando alguien —cualquiera— se acercaba demasiado a Draco.

Especialmente si ese alguien era un alfa.

Cuando un chico de Hufflepuff le pasó un papel a Draco con un comentario tímido, Harry solo alzó la mirada. Una mirada directa. Verde. Filosa.

No dijo nada.

Pero el chico palideció un poco y se alejó sin esperar respuesta.

—No le hiciste nada, ¿verdad? —preguntó Draco, masticando con calma mientras dejaba la nota sin abrir.

—No —dijo Harry, encogiéndose de hombros—. Solo lo miré.

—Con intención de matarlo.

—Con intención de que no se te acercara.

Draco sonrió, satisfecho.
Su pie rozó el de Harry bajo la mesa.
—Eres insoportable.

—Y tú eres mío —dijo Harry sin pensar.

El silencio entre ellos fue breve, cargado.

Draco bajó un poco la mirada, sonrojándose apenas.
No respondió.

Pero su cola buscó la pierna de Harry bajo la túnica y se enroscó lentamente, posesiva.

Lo entiendo. También eres mío.

Esa noche, en la sala común, se sentaron juntos.

No abrazados.

Solo... juntos.

Draco con la cabeza en el muslo de Harry, leyendo una novela de pociones avanzadas. Harry jugando con su cabello, a veces sin darse cuenta.

Los demás hablaban. Jugaban ajedrez, discutían deberes, reían.

Y ellos solo estaban.

Ya no necesitaban marcarse. Ya no había ronroneos desesperados. Ni rugidos.
Solo un calor suave entre ellos.

Una presencia constante.

Una rutina que, sin saberlo, habían estado buscando desde siempre.

 

.

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.

El colegio volvió a respirar normalidad.
El aire ya no olía a feromonas.
Las aulas dejaron de estar cargadas de electricidad mágica.

Los Prime podían volver a caminar por los pasillos sin causar estampidas hormonales.
O al menos… eso se pensaba.

Porque aunque el celo se había terminado, Harry Potter no lo había hecho.

No con Draco.

La mañana era fresca, y la sala común de Gryffindor estaba llena de estudiantes terminando deberes o desayunando rápido.
Harry no estaba con ellos.

Estaba en la puerta de la sala de los Slytherin.

Con una flor en la mano.
Una pequeña dalia blanca encantada para brillar con una luz suave.
Esperando.

Y cuando Draco apareció, perfecto como cada mañana, con sus orejitas felinas erguidas y su túnica ajustada en la cintura, Harry extendió la flor sin palabras.

Draco lo miró.
Luego la flor.
Luego a él de nuevo.

Sonrió como si fuera lo más obvio del mundo.

—¿Has venido a buscarme?

—Todos los días, si me dejas.

Draco tomó la flor. No le dio un beso. No lo abrazó. Solo la sostuvo entre los dedos con aire satisfecho.

—Eres lento, Potter. Pero al menos eres constante.

Harry rió por lo bajo.
Y le abrió el paso con un gesto de caballero.

Draco pasó primero, por supuesto.
Con su cola rozando, por completo intencional, el muslo de Harry al caminar.

En clases, Harry ya no se sentaba al lado de Draco.

Se sentaba detrás.

Para poder ver su cuello, su espalda, la forma en que su melena blanca brillaba con el sol.
Y cuando Draco le pasaba una nota —con una pregunta que claramente ya sabía la respuesta—, Harry la respondía con letra perfecta y… un dulce.

Sí.

Un dulce.
Uno distinto cada día.
Encantado para cambiar de sabor con la temperatura del cuerpo de Draco.

Draco no decía nada. Solo se lo metía en la boca lentamente, sabiendo que Harry lo estaba mirando.

Y cuando terminaba de chuparlo, se giraba y decía, con ojos relucientes:

—Estaba… delicioso.

Harry casi se derretía en su silla.

En el comedor, Harry le llevaba el jugo a Draco.

Antes de que se sentara.
Antes de que lo pidiera.

Y lo servía en su copa. Y cortaba el pan que más le gustaba. Y cuando Draco pasaba junto a su mesa, Harry se ponía de pie, sin pensarlo.

—Eres muy atento últimamente, Potter —decía Draco, con una sonrisa de medio lado.

—No es “últimamente” —respondía Harry—. Solo estoy más consciente de lo que mereces.

Draco alzaba las cejas, divertido.

—Y dime… ¿crees poder darme todo lo que merezco?

Harry lo miraba con esa intensidad que lo desnudaba.

—Lo que quieras. Lo que necesites. Lo que aún no sabes que deseas…
—Todo eso, te lo daré.

Y Draco.
Draco no decía nada.

Solo giraba con elegancia y se alejaba.
Pero su cola, esa maldita y preciosa cola, le acariciaba la mano al pasar.

Gracias. Sigue intentándolo.

Esa noche, en el sofá de la biblioteca, Harry encontró a Draco leyendo solo.

En forma intermedia.
Piernas cruzadas, suéter grande, orejitas atentas.

Harry se sentó a su lado, pero no tocó el libro.

—¿Puedo abrazarte?

Draco no respondió de inmediato.
Cerró su libro.
Lo dejó a un lado.
Y luego se deslizó por completo contra el pecho de Harry.

—Tú pregunta fue innecesaria —dijo, con los ojos cerrados, ya acurrucado.

—Lo sé.
—Pero quería que supieras que no es por instinto esta vez.

Draco apoyó la cabeza en su cuello.
Ronroneó muy, muy suave.

—Lo sé, Harry.

Y Harry sonrió.

Porque estaba empezando a entender que conquistar a Draco Malfoy no sería una guerra ni una carrera.
Sería una devoción.

Una diaria, firme, preciosa devoción.

Y él estaba listo para darla.

 

.

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.

.

 

Era uno de esos días raros en Hogwarts: despejado, frío, hermoso.

El cielo estaba tan azul que dolía mirarlo, y la nieve crujía suave bajo las botas de los estudiantes. Hogsmeade estaba lleno, como siempre cuando daban permiso para salir: cada quien con su grupo, su ruta, su plan.

Harry caminaba con las manos en los bolsillos, su bufanda de Gryffindor ondeando al viento, las orejas felinas visibles gracias al gorro de lana que claramente no servía de mucho. Su cola, envuelta alrededor de la cintura discretamente, se movía de vez en cuando.

—¿Por qué estás solo, Potter?

La voz lo hizo girar.

Draco Malfoy venía caminando como si flotara. Abrigo gris largo, orejitas erguidas, y su bufanda verde perfectamente envuelta, como si acabara de salir de una portada de revista invernal. Su cola se movía con arrogancia, brillante y esponjosa.

Harry alzó una ceja.
—¿Y tú? ¿No tenías un club de fans siguiéndote hoy?

—Los dejé. Me aburrieron. Uno quería ir a Honeydukes y otro al salón de té de Madame Puddifoot. ¿Me ves cara de galletita azucarada, Potter?

Harry sonrió.
—Te veo cara de drama innecesario. Pero eso es todos los días.

Draco rodó los ojos y se colocó a su lado como si le perteneciera.

Caminaron juntos.

Sin mencionarlo.

Sin romper la línea.

Pasaron frente a Honeydukes, y Draco se detuvo frente al escaparate, observando los dulces con una expresión que no necesitaba traducción.

—No —dijo Harry sin que Draco dijera nada—. No te voy a comprar toda la tienda.

—No dije nada —replicó Draco, inocente.

—Tienes esa cara de “soy adorable, cómprame cosas”.

—Esa es mi cara normal, Potter.

Harry suspiró.
Y entró a la tienda.

Draco lo siguió con la satisfacción de quien sabe que ya ganó antes de que empiece el juego.

Salieron cinco minutos después. Harry llevaba una bolsa. Draco, una sonrisa.
—Gracias por los chocolates —canturreó.

—No te los di.

—Y sin embargo, están en mi abrigo.

Harry entrecerró los ojos.
—Los puse ahí por error.

Draco lo miró con descaro.

—Claro, Potter. Error. Como cuando te sentaste a mi lado en Encantamientos. O cuando dejaste tu suéter en mi cama. Todo errores.

—Exactamente —dijo Harry, acercándose más mientras caminaban—. Me equivoco mucho contigo.

Draco se giró un poco, la cola agitándose como si respondiera al tono.

—Bueno. Mientras te sigas equivocando a mi favor, no me molesta.

Pasaron junto a Zonko's, y Draco se detuvo a mirar un frasco de tinta que cambiaba de color con la temperatura.

Harry lo observó por el reflejo del cristal.
Draco, en serio, era irreal.
La nieve le quedaba bien. La luz le quedaba bien. El sarcasmo le quedaba mejor.

—¿Quieres que lo compre? —preguntó Harry sin pensar.

—No —dijo Draco de inmediato.

—¿Seguro?

—Sí. Pero me gusta saber que querías comprarlo. Eso es suficiente.

Harry resopló.

—Eres insoportable.

Draco le sonrió, brillante.

—Y sin embargo, aquí estás. Otra vez. Conmigo. Caminando como si te perteneciera.

Harry bajó un poco la mirada, su voz más baja.

—Es que sí me perteneces.

Draco se detuvo en seco.
El viento movió su abrigo. Su cola.

Sus orejas se movieron apenas.

—Repite eso —dijo, pero su tono era curioso. No desafiante.

Harry se giró.
Sus ojos eran un poco más oscuros por la luz invernal.
Y dijo:

—No te lo repetiré.

Draco alzó la ceja.

Harry dio un paso más cerca.

—Porque voy a demostrártelo.

Y entonces… le acomodó el gorro.

Con cuidado.

Tiró de él con una lentitud que no se merecía el clima, y luego bajó sus dedos por el borde de la bufanda de Draco, acomodándola un poco más cerca del cuello.

Draco no se movió.

Su cola sí.

Enredada suavemente alrededor del brazo de Harry.

—¿Esto también es un error? —murmuró Draco, ronroneando bajito.

Harry lo miró sin pestañear.

—Uno del que no quiero corregirme.

La gente caminaba a su alrededor. Amigos, estudiantes, profesores.

Pero ellos… estaban en su propia burbuja.

Hecha de nieve, sarcasmo, dulces y un calor que venía desde mucho antes del celo.

Y cuando llegaron al carruaje para regresar a Hogwarts, Draco se sentó primero y extendió una mano, como un rey en su trono.

—¿Vas a hacerme subir solo?

Harry tomó la mano sin dudar.

Y se sentó a su lado.

Demasiado cerca.

Como siempre.

 

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La decisión la había tomado hacía días.
Ya no estaba el celo.
Ya no estaba la urgencia hormonal.

Pero lo que quedaba era mucho más fuerte:
El deseo de quedarse. De quedarse con Draco. De tenerlo. De ser suyo. Para siempre.

Y si había algo que Harry sabía sobre los Malfoy, era esto:

Si vas a cortejar a un Malfoy… más te vale hacerlo bien.

Narcissa Malfoy lo recibió con una ceja alzada y una copa de vino.

—Potter. ¿Vienes a confesar algo que mi hijo ya sepa, o a pedir ayuda para algo que él no piensa facilitarte?

Harry tragó saliva.
—Lo segundo.
—Aunque lo primero también aplica, probablemente.

Narcissa sonrió.
Una sonrisa felina, exacta a la de Draco cuando está a punto de divertirse a tu costa.

—Perfecto. ¿Ya tienes presente, intención, declaración, carta y primera ofrenda simbólica?

Harry se quedó en blanco.

—¿…Simbólica?

Ella se acercó con elegancia y le acomodó la bufanda.

—Draco Malfoy es un omega Prime. Un Malfoy. Y un gato. Vas a tener que elevar tus estándares, querido.

Harry se rascó la nuca.

—¿Y si ya estoy haciendo todo lo que puedo?

—Entonces haz más.
—Los Prime no responden a lo suficiente. Responden a lo inolvidable.

Al día siguiente, Draco lo esperaba en la biblioteca.

Habían quedado en verse para repasar el ensayo de Encantamientos, aunque ambos sabían que iban a hacer cualquier cosa menos estudiar.

Harry llegó… con una pequeña caja envuelta en terciopelo rojo.

Draco parpadeó.
—¿Me estás regalando algo?

—Te debo una ofrenda simbólica, según tu madre.

Draco sonrió, con esa mezcla perfecta de diversión y coquetería.

—¿Y me estás cortejando oficialmente, entonces?

Harry lo miró con seriedad.

—¿Creías que todo esto era solo un juego?

Draco abrió la caja.

Adentro, había una pulsera de plata encantada.
Con forma de dos pequeñas figuras: un león acurrucado y un gato dormido encima.

Draco no dijo nada por largos segundos.

Solo acarició la figura felina con la yema de los dedos.

—Te estás tomando esto muy en serio, Potter.

—Eres lo más serio que tengo.

Más tarde, caminaban por los pasillos del ala este.
Una pequeña patrulla de prefectos los interrumpió por un momento y —con mal timing— uno de ellos se refirió a Draco como “la compañía constante de Potter últimamente”.

Draco se detuvo.

Giró lentamente.

—¿Compañía?

—Solo lo dije en broma, Malfoy, no te ofen—

—¿Compañía? —repitió Draco, indignado, mirándolo con una expresión helada—. ¿Es que ahora soy una planta en una esquina?

Harry soltó un suspiro bajito.
Ya venía.

—Draco…

—Y tú —girándose a Harry ahora—. ¿No vas a decir nada? ¿Te parece bien que digan que solo soy un adorno en tu brazo?

Harry, paciente, alzó una mano.

—¿Quieres que lo petrifique o que lo transforme en un felpudo? Porque tengo conjuros para ambos.

Draco entrecerró los ojos.
—¿Y no podrías simplemente negarlo?

—Podría, pero pensé que mi forma de darte dulces todos los días y mimarte con la mirada dejaba claro que eres algo más que compañía.

Draco cruzó los brazos.
Silencio.

—…¿Entonces qué soy?

Harry no dudó.

—Eres mío.
—Y soy tuyo. Aunque no lo hayas dicho con palabras aún.

Y entonces, pasó.

Draco, con el gesto aún ofendido, lo miró por un largo segundo…

Se acercó.

Se puso de puntillas.

Y le dio un beso en la mejilla.

Lento. Suave. Intenso por su delicadeza.

Ni un sonido.

Solo el roce de sus labios en la piel de Harry, su respiración cálida contra su cuello, y ese leve ronroneo casi imperceptible que se escapó de su pecho.

Harry sintió que el tiempo se detenía.

—No vuelvas a dejar que alguien me llame “compañía”.
—No soy una. Soy tu prioridad.

Y antes de que Harry pudiera responder, Draco se alejó.
Con su bufanda ondeando, con la cola en alto, y la sonrisa de quien acaba de ganar sin decirlo en voz alta.

Harry se tocó la mejilla.
La sentía ardiendo.

Y por primera vez, pensó que tal vez sí, había cometido demasiados errores antes.
Pero ese beso...

Ese beso era una promesa.

 

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Quiero que estés cuando despierte

La torre estaba tranquila.

Los estudiantes ya estaban en sus dormitorios, las luces bajas, el aire del castillo tan silencioso que se podía oír el crujir de la madera bajo los pasos.

Harry estaba sentado en una banca cerca de los ventanales, leyendo sin leer realmente. Su túnica estaba arrugada, sus orejas —visibles sin disimulo— se movían cada tanto al menor ruido. La cola se enroscaba entre sus piernas, inquieta.

Entonces lo vio.

Draco.

Con el cabello suelto, una túnica de dormir de satén verde claro, una bata blanca sobre los hombros y sus pies descalzos contra el suelo frío de piedra. Sus orejas estaban bajas, medio dormidas, y su cola se movía lentamente con pereza.

Harry se levantó de inmediato.

—¿Te perdiste, princesa? —preguntó con tono bajo, casi una risa.

Draco lo miró como si hubiera dicho la peor estupidez del mundo.

—No me pierdo en mi propio castillo, Potter. No soy tú.

—¿Entonces qué haces fuera de tu cama a esta hora?

Draco se acercó. No dijo nada al principio.

Se detuvo frente a él.

Y dijo, simple. Suave.

—Quiero que estés cuando despierte.

Harry se quedó inmóvil.
Como si esas palabras le hubieran detenido el corazón.

—¿Qué?

Draco desvió la mirada. No estaba sonrojado. Solo… más callado. Más suave.

—Solo esta noche. Solo porque… —hizo una pausa, tragando saliva—. Porque me gusta cuando estás cerca. Y porque… no quiero volver a dormir sin ti.

Harry sintió el pecho apretarse.

—¿Dónde?

—Mi habitación. Obviamente —dijo Draco, volviendo al tono arrogante con una rapidez sospechosa—. No voy a dormir en una cama con sábanas mal puestas y colchas que no combinan.

Harry rio por lo bajo.
—¿Estás insinuando que mis sábanas son un crimen estético?

—Estoy afirmando que son una falta de respeto a la vista.

Harry se acercó.

Le acarició la mejilla con el dorso de la mano.

—Estás seguro, ¿verdad?

—¿De tus sábanas horribles? Completamente.

—De esto.

Draco alzó la vista, despacio.

—Si no estuviera seguro, no estaría aquí… sin zapatos… y con esta bata que no debería salir del cuarto.

Harry sonrió.

Y lo siguió.

La habitación de Draco era… exactamente como él.

Impecable. Cálida. Ordenada y delicadamente perfumada. La cama era grande, y tenía una manta mullida que hacía juego con los cojines perfectamente distribuidos.

Draco se acomodó bajo las sábanas.

Harry se quedó de pie.

—¿Vas a quedarte ahí parado toda la noche como una estatua gigante con orejas?

—Pensaba admirarte un poco más.

Draco rodó los ojos.
—Admírame desde la cama, tonto.

Harry no se lo hizo repetir.

Se metió bajo las cobijas, aún con ropa, y se acomodó a un lado.

Por un segundo, estuvieron quietos.

Y entonces, Draco se giró.

Buscó el pecho de Harry, acomodó su cabeza allí, con sus orejitas ya casi planas, y enroscó la cola alrededor de la pierna del alfa.

Harry le acarició el cabello con una lentitud deliciosa.

—Eres perfecto —murmuró.

—Lo sé —respondió Draco, medio dormido—. Pero igual quiero que me lo recuerdes todas las mañanas.

Harry sonrió.
Le dio un beso en la frente.
Luego otro más cerca de la orejita.

Draco ronroneó bajito.
Como un motorcito pequeño.
Como un hogar.

—Buenas noches, Draco.

—Buenas noches, Harry.

Y antes de quedarse dormido, Draco dijo:

—Si te mueves mucho, te pateo.
—Pero si te vas antes que yo despierte… te muerdo.

Harry se rió.
Y no se movió en absoluto.

 

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El que se acerca, pierde

La mañana en la habitación de Draco era cálida.

El sol se colaba por los ventanales, tibio, dorado, suave.

Harry aún no abría los ojos, pero sabía que estaba en el lugar más perfecto del mundo:
con un Draco Malfoy acurrucado en su pecho, ronroneando dormido, la cola enredada en su cintura, una pierna sobre la suya y las orejitas blancas vibrando levemente cada vez que Harry respiraba.

“Dioses”, pensó, “no me voy nunca”.

Se atrevió a mover una mano.
Acarició la espalda suave, la bata de satén, y bajó lentamente hasta posar la mano sobre la cadera de Draco.

Draco se pegó más.

—Mmmnhhh… cinco minutos más…

Harry sonrió, enterrando el rostro en su cabello.

—Te puedes quedar así todo el día, si quieres.

—No seas tonto —murmuró Draco, sin abrir los ojos—. Me quedaría, pero si me ven llegar tarde con cara de besado y el pelo enredado van a sospechar.

Harry rio bajito.
—¿Y te molesta?

—Por supuesto que no —y entonces lo miró, aún somnoliento pero descaradamente coqueto—. Pero no tienen por qué enterarse de cuán adorables somos.

Harry lo besó en la frente.

—Demasiado tarde.

Toc-toc.

Ambos se congelaron.

Draco entrecerró los ojos, la expresión inmediatamente molesta.

—No invité a nadie.

—Yo tampoco —murmuró Harry.

La puerta se abrió apenas.

—¿Malfoy? Te traigo los apuntes de… oh.

Era un chico de Ravenclaw.
Un omega, sí.
El mismo que había intentado invitar a Harry a Hogsmeade antes del celo, y que aún lo miraba con ojitos brillantes desde la distancia.

En la puerta, su expresión fue de sorpresa.
Y de algo más.

Draco no se movió.

No se tapó.
No se escondió.
No dijo “esto no es lo que parece”.

Lo que hizo fue girarse, aún enredado en Harry, subirse un poco más sobre su pecho, y clavarle los ojos al intruso.

—¿Vas a quedarte ahí parado como un retrato mal hecho, o vas a entregar los apuntes y largarte?

El chico tartamudeó.

Harry no dijo nada.
Le acariciaba distraídamente la espalda a Draco con la palma abierta, como si no hubiera nadie más en la habitación.

—Yo... no sabía que estabas ocupado.

Draco sonrió. Lento.
Letal.

—Estoy ocupadísimo. De hecho, estoy desayunando.

El chico parpadeó.
Harry alzó una ceja.
—¿“Desayunando”?

Draco bajó la cabeza y le dio un beso en la clavícula a Harry, como si estuviera solo estirándose.

—Mmhmm —dijo contra su piel—. ¿Acaso no eres mi desayuno favorito?

El chico se puso rojo.

Harry se rió, ronco.

—Esto es bullying, Draco.

—No. Esto es posesividad felina, y si no lo puedes manejar, no deberías salir con Prime —dijo, sin despegarse.

El chico dejó los pergaminos en la mesa más cercana y salió prácticamente corriendo.

Draco suspiró, satisfecho.

—Y eso que no saqué las uñas.

Harry lo giró con facilidad y lo hizo rodar hasta quedar debajo de él, sin usar fuerza. Solo esa mezcla de dominio dulce que a Draco tanto le gustaba.

—¿Eso eran celos?

Draco ladeó la cabeza, haciéndose el inocente.

—No. Solo defensa territorial. Ese omega no deja de mirarte desde octubre.

Harry sonrió.

—¿Y qué soy? ¿Tu propiedad?

Draco lo miró fijo, sin sonreír.

—No.
Eres mío.

Harry lo besó.

Lento. Con esa ternura que le nacía solo por Draco.

Y el ronroneo que recibió como respuesta fue tan fuerte que vibró entre ellos.

 

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Ofendidísimo. Dramáticamente. Espectacularmente.

Todo había comenzado con una tontería.

—Te ves… interesante con ese peinado nuevo —había dicho Harry, completamente honesto.

Draco lo miró como si le hubiera dicho que parecía un traslador usado.

—¿“Interesante”? —repitió, con una lentitud escalofriante.

—Sí. Bonito. Lindo. ¿Qué pasa?

Draco entrecerró los ojos.

—Lindo. “Interesante”. ¿Qué soy, un mueble antiguo?

Harry se confundió.

—No, solo dije que...

—¿Sabes qué? —interrumpió Draco, erguido y absolutamente indignado—. No quiero hablar contigo ahora mismo.

Y entonces se transformó.

En un parpadeo, el omega prime más hermoso del país se convirtió en un gato gigante, blanco y esponjoso, con ojos helados y orejas bien derechas.
Y luego...

Se fue.

Saltó del sofá, caminó con elegancia ofendida por el pasillo y dobló en la esquina.

Harry se quedó ahí, boquiabierto.

—… ¿qué acaba de pasar?

Ron, desde la otra mesa, levantó los ojos del libro.

—Creo que fuiste víctima de “no me halagaste lo suficiente”.

Harry se levantó.

—No puedo creer esto.
—¡Draco! ¡DRACO, VEN AQUÍ!

Silencio.

Y entonces empezó la persecución.

La escena era tan absurda que se volvió legendaria en segundos.

Harry Potter, alfa prime, aurado por un aura felina, fuerte, grande, con orejas en punta y cola en tensión…
corriendo por los pasillos detrás de un gato blanco enorme, precioso y claramente fastidiado.

—¡Draco, ya basta!
—¡Era un cumplido!
—¡Lo dije bien!

El gato doblaba esquinas, subía escaleras, pasaba entre piernas de estudiantes, saltaba mesas con una gracia imposible.

Harry lo seguía jadeando.

—¡DRACO! ¡¡ERES PRECIOSO, MALDITA SEA!!

Una profesora asomó la cabeza.

—¿Está persiguiendo un animal por el castillo?

—Es mi omega, profesora, permítame.

Finalmente, en la torre este, al atardecer, Harry logró atraparlo.

El gato estaba encaramado en una baranda, con la cola sacudiéndose como látigo.

Harry llegó, lo alzó con fuerza, lo apretó contra su pecho.

Y el gato…

No se resistió.

Se acomodó. Se dejó abrazar. Hasta ronroneó.

Pero.
Le volteó la cara.

Literalmente. Giró el rostro, lo miró de lado. Indignado. Silencioso. Frío.

Harry se quedó quieto.

—¿En serio me vas a ignorar así?

Nada.

—¿En serio transformarte en gato fue más fácil que decir “me ofendió, Harry”?

El gato se acomodó más contra su pecho.
Pero sin mirarlo.

Harry suspiró.

—¿Quieres que me tire por la torre?

Draco giró la cabeza lentamente, solo para clavarle una mirada dramática.
Y luego volvió a voltearla.

Harry apretó los labios.
Lo acurrucó más fuerte.

—Eres hermoso, Draco.
—No eres interesante. Eres celestial. Perfecto. El ser más bonito que ha pisado este planeta. ¿Ya está bien?

Nada.

—Voy a decirlo en verso, si hace falta.

Un ronroneo… casi se escapó.
Pero Draco lo detuvo a la mitad.

—¿Y si te doy chuches? ¿Tu postre favorito? ¿Pido disculpas frente a Dumbledore?

El gato lo miró ahora sí, como considerando.

Harry sonrió.

—Te amo.

Ahí sí, el ronroneo se soltó.
Y Draco, en forma de gato, le lamió la mejilla.

Como si dijera: “Te perdono. Solo porque eres mío”.

Harry suspiró.

—La próxima vez solo dime que me calle y te diga que eres un dios felino.

Draco ronroneó más fuerte.
Se acomodó.
Y no se bajó de su pecho en todo el camino de regreso.

 

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Todo había empezado bien.

Draco estaba en la biblioteca, en su rincón favorito, una pluma encantada flotando junto al pergamino, su chaqueta perfectamente doblada sobre el respaldo de la silla, y su cola moviéndose con ritmo distraído mientras escribía.

Harry había llegado con la intención clara de estar cerca.

—¿Puedo sentarme aquí? —preguntó, ya sentándose.

Draco levantó la vista apenas.
—Mientras no hagas ruido.

Harry lo miró.

Esperó.

Pasaron cinco minutos.

Draco no lo miró otra vez.

Pasaron diez.

Nada.

—¿No piensas saludarme propiamente?

—Te saludé. Preguntaste si podías sentarte, y dije que sí.

—Eso no es un saludo. Es tolerancia.

Draco ni alzó la vista.

—Harry, estoy estudiando.

—¿Y no puedes hacer eso mientras me das un mimo?

—Potter, ¿te estás quejando porque no te acaricié al entrar?

—Sí. Eso exactamente.

Draco suspiró.
Siguió escribiendo.
No dijo nada.

Harry lo miró.

Un segundo. Dos. Tres.

Y entonces…

BOOM.

Donde segundos antes había un alfa prime con orejas de león y cara de caprichoso, ahora había un león completo. Grande. Hermoso. Majestuoso. Con la melena más espesa que podía imaginarse y ojos dorados clavados en Draco con puro drama.

Draco parpadeó.

—¿Estás...?

El león resopló.

Se echó.

Encima de las piernas de Draco.

Todo su peso.

Toda su enorme presencia.

Draco soltó un gruñido gatuno ofendido.

—¡Potter! ¡Estoy tratando de trabajar!

El león hundió la cabeza contra su regazo, restregándose como si fuera un cachorro.

Draco alzó ambas manos.

—No me vengas con esto. ¡Esto es manipulación emocional felina!

El león no respondió.
Solo movió la cola pesadamente y soltó un suspiro largo, profundo, dolido.

Draco frunció el ceño.

—¿Estás celoso de mi atención a los deberes?

El león ladeó la cabeza, ofendido.

Draco cruzó los brazos.

—No puedo escribir si estás echado encima de mí.

Un ronquido grave. Lento.

Draco lo miró fijamente.

—Muy bien.

Le acarició la melena con lentitud, entre los dedos.
Acarició detrás de las orejas.
Deslizó la mano por el lomo.

El león ronroneó.

Fuerte.

—¿Así está bien? —preguntó Draco, sarcástico—. ¿Mi rey está contento ahora?

El león movió la cola, orgulloso.

Draco rodó los ojos.
—Dioses, eres peor que yo.

El león volvió a restregar el hocico contra su abdomen, claramente no planeando moverse.

Y entonces…

—Harry. Vuelve. Necesito escribir.

Silencio.

—¡Potter! ¡No puedes dormir encima mío!

Más silencio.

Hasta que el gran león se deshizo lentamente, y en su lugar volvió a estar Harry, en su forma intermedia. Orejas planas. Cola pesada. Ojos entrecerrados.

Y aún así recostado sobre Draco.

—No quería dormir. Solo quería que supieras que me ignoraste. Y eso duele.

Draco apretó los labios.
Y le acarició la mejilla.

—Eres insoportable.

—Tú también.

Draco lo besó en la frente.

—Pero eres mío.

Harry sonrió contra su vientre.

—Y tú, mío.

 

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1. Primera cita “no oficial” – Biblioteca
Harry llegó con dos cafés encantados y un montón de nervios.

—¿Crees que el aroma de avellana combina con tu perfección o me equivoqué?

Draco levantó la vista y le sonrió sin moverse de su rincón favorito.

—Combina. Pero yo no necesito ayuda para oler bien, Potter.

Harry rio, le entregó el vaso y se sentó.

Draco no lo dijo en voz alta, pero pasó toda la hora ronroneando bajito.

 

2. Segunda cita – Invernadero número 3 (muy accidental)
Nevaba afuera. Y adentro del invernadero hacía calor.

Draco se sacó la capa. Harry lo miró como si acabara de ver algo sagrado.

—¿Te vas a quedar mirándome o vas a ayudarme a regar estas cosas? —dijo Draco, mientras su cola se agitaba lentamente.

Harry lo ayudó.
Se ensució.
Y Draco se rió tanto que terminó limpiándole la mejilla con un dedo.

—Eres encantador cuando haces cosas mundanas.

Harry se lo quedó viendo, embobado.
Draco no lo besó… aún.

 

3. Tercera cita – Torre de Astronomía
Ambos en su forma intermedia. Orejas y cola a la vista.
Draco apoyado en el muro de piedra, observando las estrellas.

Harry, sentado a su lado, con la cola enredada suavemente con la de Draco.

—Sabes —dijo Harry, con voz baja—, nunca imaginé que me sentiría así con alguien. Ni siquiera en temporada de celo. Esto... esto es más.

Draco se volvió lentamente.

—¿Y qué sientes?

Harry lo miró.

—Ganas de quedarme.

Draco no respondió.
Solo lo besó en la mejilla.
Y luego apoyó la cabeza en su hombro.

 

4. Cuarta cita – Hogsmeade (ya no tan accidental)
Entraron a Madame Pudipié.
Draco eligió el pastelito más caro. Harry pagó sin pestañear.

—No tienes que impresionarme, Potter —dijo Draco, lamiéndose el dedo tras probar el glaseado.

—No lo hago para impresionarte —respondió Harry—. Lo hago porque me da la gana. Porque me gusta verte feliz. Porque te mereces todo.

Draco se sonrojó.
Y Harry casi muere por eso.

 

5. Quinta cita – Bajo el Sauce Solar, en el jardín sur
Un atardecer lento. Ambos acostados en el césped.

Draco con la cabeza sobre el abdomen de Harry, la cola enredada con una de sus piernas.
Harry acariciándole el cabello con una constancia dulce. En silencio. Tranquilos.

Entonces Harry se sentó.

Y Draco lo miró, confundido.

—¿Qué haces?

Harry tragó saliva.
Y dijo:

—Draco. Te amo.

Draco abrió los ojos.
Los orejitas se movieron, nerviosas.
Su cola bajó por un momento, como procesando el impacto.

Harry no se echó para atrás.

—No por el celo. No por lo prime. No por lo físico. Por ti. Por tu forma de mirar. Por cómo me hablas. Por cómo sonríes cuando crees que no te veo. Por cómo eres tan insoportable que me dan ganas de seguirte hasta el fin del mundo.

Draco lo miró fijo.

Y luego… se sentó sobre sus rodillas, frente a él.

No dijo nada.

Solo lo besó.

Lento.

Preciso.

Un primer beso completo. Uno que empezó con su frente apoyada en la de Harry. Uno que fue suave y casto al principio, pero se fue tornando cada vez más íntimo. Más real. Más entregado.

Cuando se separaron, Draco le rozó la nariz con la suya.

—Eres un desastre, Potter.

—Pero soy tu desastre.

Draco sonrió.

—Sí.
—Sí, lo eres.

Y volvió a besarlo.

Y esta vez, no se detuvieron.

 

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El día comenzó como cualquier otro.

Los estudiantes entraban al Gran Comedor, uno a uno, en grupitos somnolientos. Algunos con el uniforme completo, otros aún con el cabello revuelto del sueño.
Un par de primeras nieves decoraban las ventanas.
Todo parecía tranquilo.

Y entonces.

Todo cambió.

Harry Potter entró al Gran Comedor con sus libros en una mano y…
Draco Malfoy colgado de su brazo.

No era raro.

Desde hacía semanas se los veía juntos: en clases, en los pasillos, en las tardes en el jardín.
Lo que sí fue nuevo, fue que Draco se detuvo justo frente a la mesa de Gryffindor, se estiró en puntitas, y le dio un beso a Harry.
En la boca.
Descarado. Natural. Tranquilo.

Harry le sonrió.
Como si fuera lo más normal del mundo.

Y se sentaron.

Silencio.

Un silencio que cayó como un encantamiento sobre el comedor.

Ron dejó caer el tenedor.
—¿Qué...? ¿Eso fue un beso? ¿Un beso real?

Hermione parpadeó dos veces.

—Sí. Un beso. En la boca. Con labios. Con sonido.

Neville, desde más abajo en la mesa, se rascó la cabeza.
—¿Cuándo… cuándo pasó esto?

En la mesa de Ravenclaw, una chica soltó el tenedor y se llevó la mano al pecho.

—Acabo de perder una apuesta de siete galeones.

—¿Porque pensaste que nunca se besarían?

—¡No! ¡Porque pensé que Draco haría una declaración teatral con flores encantadas y confeti plateado!

En la mesa de Hufflepuff, dos omegas lloraban suavemente.

—¿Viste cómo Harry lo miró después? —dijo una, con voz temblorosa.

—Como si Draco fuera su casa —respondió la otra.

Mientras tanto, los protagonistas del caos desayunaban.
Draco en su forma intermedia: orejitas en alto, cola acariciando las piernas de Harry por debajo de la mesa.
Harry, también en forma intermedia, completamente calmado, dándole pedacitos de fruta a Draco entre bocado y bocado.

En un momento, Draco se limpió la comisura de los labios.
—Tienes mermelada en la mejilla.

—¿Sí? Límpiamela.

Draco se inclinó.
Le dio un beso justo ahí.
Y luego otro en los labios.
Corto.
Íntimo.
Mortal para los testigos.

—¿Acaban de besarse otra vez? —gimió Ginny desde más lejos.

—¡Estoy tratando de comer! —exclamó Seamus—. ¡No puedo con tanto amor a las 8 de la mañana!

McGonagall, desde la mesa de profesores, tomó su taza de té sin mirar a nadie.

—Lo sabía.

Sprout, a su lado, le sonrió.

—Usted lo sabía todo el tiempo.

—Por supuesto. Potter se transforma en león solo para dormir encima de él. Eso no es amistad.

Snape resopló.

—Pagaría por ver la cara de Lucius Malfoy cuando le cuenten que su hijo ahora lame al hijo de James Potter en el comedor.

Y cuando todos creían que no podía ser peor…

Draco, en pleno pasillo, agarró a Harry por la túnica, lo pegó contra una pared y le plantó un beso de esos que solo un omega prime arrogante y enamorado podía dar.

Cuando se separaron, Harry tenía las orejas bajas, ronroneando descaradamente.

—Me encanta que seas tú —le murmuró Draco al oído.

Y Harry lo abrazó fuerte.

—Siempre fui yo, Draco.

Y así fue como Hogwarts entendió, de una vez por todas, que esos dos ya no eran una bomba de tiempo.
Eran una bomba de amor.
Una explosión Prime.
Y nadie estaba a salvo.

 

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Era solo una tarde cualquiera en el jardín.

Harry estaba con los del equipo de Quidditch, descansando tras la práctica, cuando se acercó una Ravenclaw alfa, claramente interesada.
—¿Harry? Me preguntaba si me podrías enseñar ese encantamiento protector que usaste el otro día. Lo hiciste ver tan… impresionante.

Harry, siempre amable, asintió y se puso de pie.

Lo que nadie esperaba era ver cómo, desde la sombra del rosal, una forma intermedia de Draco Malfoy apareció caminando lenta, letal y con la cola alzada como látigo.

—¿"Impresionante"? —repitió Draco, ya junto a Harry, pegándose a su costado, rozándole la mejilla con la suya—. Sí, es impresionante. Mío, además.

La Ravenclaw parpadeó.

—Oh, no quería…

Draco sonrió.

—No, claro que no. Solo admirabas el talento de mi pareja. Pero lo entenderás si no te lo presto.

Harry le pasó un brazo por la cintura, disfrutando el calor.

—Nunca estuve disponible.

Draco ronroneó.
Y no se despegó de él el resto del día.

-

Draco estaba hablando con una amiga, divertido, elegante, perfecto como siempre. Su forma intermedia llamaba la atención: orejas moviéndose con curiosidad, cola esponjosa que se enredaba en su silla con descuido.

Un Hufflepuff, un poco más valiente de lo que debía, se acercó por detrás.

—Siempre quise saber qué tan suave era tu cola, Malfoy —dijo, extendiendo una mano.

Draco giró para fruncir el ceño.

Pero fue demasiado tarde.

Una garra gigante bajó sobre el escritorio.

Y cuando miraron… Harry estaba transformado.
En su forma completa.
Un león.
Gigante.
Territorial.

El gruñido que soltó hizo vibrar las ventanas.

El Hufflepuff retrocedió, pálido.

Draco se volvió hacia su león y sonrió con satisfacción.

—Tardaste más que la última vez, amor.

Harry gruñó otra vez, solo para advertencia, y volvió a su forma intermedia.

—Tu cola es mía.

Draco ronroneó… muy fuerte.

—Y tú también.

-

Un Gryffindor se les acercó en el pasillo.

—Estoy organizando una pequeña fiesta en la Sala de los Menesteres. Ustedes dos están invitados.
—Sería… interesante verlos solos —añadió con una sonrisa, mirando demasiado a Draco.

El error fue mirar a Draco.
Y luego a Harry.
Y luego lamerse los labios.

Grave error.

Draco entrecerró los ojos.
Harry bajó las orejas.

Ambos dieron un paso al frente.

—¿“Verme solo”? —repitió Draco—. ¿Insinúas que mi león se va a alejar de mí?

—¿O que podrías acercarte a él si yo no estuviera? —dijo Harry, ronco, con voz profunda.

El Gryffindor retrocedió un paso.

Y ambos, como en sincronía perfecta, se tomaron de la mano.

Harry entrelazó su cola con la de Draco.

Draco ronroneó como advertencia.

—No necesitamos tus fiestas.
—Ya tenemos la mejor compañía —añadió Harry.

Y se fueron caminando juntos.
El Gryffindor nunca volvió a invitar Prime alguno a nada.

 

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Todo comenzó por una tontería.

Un comentario de alguien. Una mirada que Harry no pudo ignorar. Un gesto coqueto de Draco que, por más inocente que fuera, lo destrozó.

—¿Y tú qué haces sonriendo así con cualquiera? —dijo Harry, cruzado de brazos, en medio del dormitorio privado que compartían.

Draco levantó una ceja, su forma intermedia tan perfecta como insolente, orejas en alto y cola ondeando como bandera de guerra.

—¿Perdón? ¿Estás marcando límites ahora?

—¡Estoy diciendo que me revienta que te dejes ver así! ¡Tu cola acariciando a ese tipo fue demasiado!

Draco se acercó con elegancia mortal.

—¿Y tú qué? ¿Crees que puedes hablar con quien sea solo porque gruñes de vez en cuando?

—¡No hablo con nadie como hablo contigo!

—¡Pues no lo parece!

La magia en la habitación crujió.
Ambos estaban tan alterados que los encantamientos de protección chispeaban en las paredes.

—¡Eres tan… tan insoportable! —gruñó Harry, respirando con fuerza.

—¡Y tú tan posesivo que me dan ganas de arrancarte la melena!

—Hazlo.

—¡LO HARÍA!

Silencio.
Respiro.
Miradas entrecortadas.
Tensión.
Puro fuego.

Y entonces…

¡CHAS!

Los labios de Harry se estrellaron contra los de Draco con un sonido violento y perfecto.
Y Draco respondió como si lo hubiera estado esperando desde que nació.

El beso no fue dulce.
Fue desesperado.
Apresurado.
Devorador.
Prime.

Las manos de Harry en la cintura de Draco, subiendo por su espalda, tirando de él.
Los dedos de Draco enterrados en el cabello de Harry, tirando, gimiendo, respirando contra su boca.

—Te odio —murmuró Draco, con voz rasposa—.
—Eres insoportable.

—Y tú me vuelves loco —respondió Harry, besándolo otra vez—.
—Me consumes.

—Eres mío —susurró Draco, pegando su frente a la de él.

—Lo soy —dijo Harry, jadeando.

—Entonces haz algo al respecto.

Y Harry lo hizo.

 

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Fue lenta al principio.
Acariciarse las mejillas con ternura.
Ronronearse mutuamente.
Besar cada espacio con devoción.

Harry bajó la cabeza hasta apoyar su nariz en la curva del cuello de Draco, oliendo profundamente, dejando su marca con un beso, con un suspiro, con una caricia posesiva.

Draco se dejó llevar.
Abrió los brazos.
Abrió el pecho.
Abrió el alma.

Se dieron todo.
Con manos, con labios, con sonidos suaves y vulnerables.
No era una noche salvaje.

Era una noche de reafirmación.

—Tú, Draco. Siempre tú.

—Y tú, Harry. Hasta el último suspiro.

Se durmieron entrelazados.

Orejas rozándose.
Colas entrelazadas.
Corazones sincronizados.

Bestias benditas.
Bendecidas por el amor.