Chapter Text
Dante podía meterse sus “trabajitos” por el culo, gracias. Eso pensó Nero cuando un simple trabajo se exterminio escaló en cuestión de segundos.
El cazador le había pasado el trabajo por ser demasiado aburrido para él. En cualquier otra ocasión hubiera renegado, Nero no quería sus miserias, sin embargo, el cumpleaños de Carlo estaba cerca y ocupaba el dinero. Ese niño se alegraría de recibir hasta una piedra, a pesar de ver como sus ojos se desviaban al peluche de dragón en la vitrina de una juguetería de camino a la escuela.
Así que, aceptó el maldito trabajo, se fue hasta el culo del diablo—¡Ja! ni siquiera pretendió la broma— y entró al maldito almacén donde unas empusas anidaron.
El lugar estaba abandonado, las paredes y techo de metal corroídos por las lluvias y el nulo mantenimiento. Bien podría encontrarse con una banda de mafiosos de poca monta en aquel lugar, si las empusas no se los habían cenado.
El matar a esos bichos era satisfactorio, el fragor de la batalla, la sangre y la violencia excitaban sus sentidos al punto de caer en una especie de trance. Su mente quedaba en blanco, moviéndose solo por instinto y memoria muscular.
Desde que activó su Devil Trigger en el Qliphoth, Nero notó cambios en sí mismo; sus sentidos se habían vuelto más agudos, lo que era una bendición cuando tenía que encargarse de los tres pequeños él solo.
No sabía si llamarlo “sexto sentido” o alguna otra cosa, pero estaba seguro de percibir cosas que antes no notaba. El aroma pútrido que provenía del castillo de la orden, que antes no notaba, era similar al de los demonios. Notó como el aroma de Kyrie se había vuelto más dulce, cuando salir de la cama le era un martirio, porque quería, no, necesitaba, seguir oliendo ese aroma tan embriagador.
De alguna forma, podía distinguir a los gemelos sin siquiera mirarlos. Sabía cuando Dante caminaba a sus espaldas para asustarlo, percibió a su padre cerca de su casa aún cuando Nico juraba no haberle despegado el ojo en todo el día.
Pero el cambio más fuerte era lo viseral que se había vuelto al pelear. No estaba al nivel de su padre o Dante, jamás sería como ese par de dementes sanguinarios, pero era un hecho que algo dentro de él pedía ese derramamiento de sangre.
De no haber entrado en ese trance guiado por la sed de violencia, Nero hubiera notado que las empusas estaban huyendo de algo, que no era un golpe de suerte que trataran de replegarse a sus nidos. Si no se hubiera centrado tanto en acabar con cada una de ellas, hubiera notado como la tierra tembló bajo sus pies.
No fue hasta que acabó con la empusa reina que por fin notó el sonido de galopes al otro lado del almacén. Demasiado tarde para escapar.
Una de las paredes oxidadas se quebró cuando un objeto extraño la atravesó. Nero apenas tuvo tiempo para salir del camino del proyectil rojo que pasó cerca de él. No muy lejos, el relincho agudo y corto de un caballo se escuchó. No, no era un caballo normal, sino un demonio.
Nero se puso en guardia, listo para encargarse de la bestia. Nico iba dejar de molestarlo por romper sus devil breakers si le llevaba un pequeño recuerdo.
No sabía que esperarse, no estuvo presente cuando Nico le sacó la información sobre el gerión a V, después de su encuentro, pero no debía irle tan mal solo con lo que leyó de sus notas, ¿no?
El gerión iba directo hacia él, con las orejas hacia atrás y cara de haber amanecido del lado incorrecto. Nero desenfundó a Blue Rose, con un rápido movimiento cargó el arma, listo para disparar.
—¡Nero, quítate!—la voz de un niño atrás de él lo desconcentró.
El gerión terminó de destruir la pared. Levantó sus patas traseras y lo último que Nero vio fue una mancha roja acercarse a él desde atrás. Luego, todo se volvió blanco.
No sabe cuanto tiempo estuvo fuera. Aunque había vuelto en sí, su cuerpo no respondía. No podía percibir el aroma a sangre, óxido y tierra mojada del almacén, ni siquiera era la peste a coladera rota y basura que había en la ciudad, o el aroma a grasa de pizza, pólvora y acero de la tienda. Al contrario, sus pulmones se llenaron de aire fresco y limpio. Podía sentir pasto bajo su cuerpo, oía el follaje de árboles mecerse. Todo era tan tranquilo que Nero juraría que estaba muerto.
Bueno, casi tranquilo. Una ramita le había estado golpeando la cara durante un rato, como si fuera un animal muerto.
—¿Crees que esté muerto?—una voz infantil habló.
—Está respirando—Le contestó otra voz, igualmente de un niño, solo que este tenía un tono más nasal al hablar.
—Sí… Si lo despertamos, ¿Crees que nos deje jugar con su espada?
—No seas tonto. Ni siquiera sabemos si es bueno o malo.
Ambos niños guardaron silencio, y volvieron a golpearle la mejilla con la ramita.
—Pues, se parece a papá, así que no debe ser malo.
—Ridículo. Eso no nos dice nada.
Los niños se empezaron a pelear por ver quien tenía la razón. Maldita sea, ni en el más allá se podía librar de las peleas de…
Nero abrió los ojos lentamente. Efectivamente, estaba en un bosque y había dos niños peleando cerca de él. Dos niños con el pelo blanco como la nieve y ojos inhumanamente azules, uno con el cabello rebelde y el otro con el pelo remilgado.
Nero se negaba a aceptar lo que sus sentidos le estaban diciendo. ¡Era imposible! No había manera que ese par de niños, gemelos, peliblancos, ojiazules… Puta madre, ¿Qué mierda había hecho ese maldito caballo?
Los niños no se dieron cuenta cuando Nero se incorporó y colocó su espada en la espalda hasta que otra presencia apareció cerca de ellos. Era fuerte y ominosa, exudaba poder de la misma manera en que Dante y Vergil lo hacían.
Un hombre alto, con el pelo blanco, largo, peinado para atrás, vestido como sacado de la época victoriana se acercó a ellos. El tipo no necesitaba introducción y, aunque más sutil que el bastardo de Dante, tenía una inclinación por las entradas dramáticas.
—¡Padre!—ambos niños corrieron a abrazar las piernas del hombre.
Vergil no exageraba al decir que sus representaciones en Fortuna eran inexactas.
—Nos lo encontramos tirado—dijo el niño que, Nero asumió, debía ser la versión infantil de su tío.
—Dante lo despertó. Le dije que era mala idea—y ese debía de ser su, en un futuro, padre.
Sparda no les respondió, solo los sostuvo cerca de él. El hombre— demonio— estudiaba a Nero de pies a cabeza, como si tratara de detectar cualquier clase de treta.
—No perteneces a aquí—sentenció Sparda. Mierda, y Vergil le parecía intimidante, su querido abuelo era peor. Vaya suerte tenía con las reuniones familiares, ¿no podía, por una vez, sentarse en una mesa y que le dijeran: “Este es tu pariente”, por una maldita vez?
—No. Un… caballo me trajo hasta aquí. Más o menos.
Sparda asintió. Les indicó a los niños que fueran con su madre. Él se quedó impasible. Una vez que la presencia de los gemelos desapareció, el demonio se reveló en todo su esplendor. ¡Vaya! Si su padre no lo mató, su abuelo sí lo haría.
—¿Quién eres?—le preguntó. No se veía que llevara algún arma, pero Dante no llevaba su espada a la mano desde el Qliphoth aunque siempre la traía consigo, así que no era garantía.
—Nero.
—No pregunté tu nombre, jovencito.
Nero puso los ojos en blanco—¿Qué quiere que le diga?—quizás no debería de responderle a un tipo como el que tenía en frente, pero los nervios no lo ayudaban a ser más sensato, precisamente.
—La verdad—un gruñido gutural salió junto a sus palabras.
Nero apretó los labios—Me llamo Nero, soy de Fortuna y un maldito gerión me dejó aquí tirado, ¿Feliz?
El demonio no respondió. Ambos se quedaron en silencio, Sparda pareció meditar algo en sus adentros. El cuerpo de Nero vibraba, a la espera de un ataque o lago similar, con sus manos cerca de Red Queen y Blue Rose, listo para defenderse.
—Fortuna. Eso fue hace mucho tiempo. Aún así, no recuerdo-
Al muchacho se le calentaron las mejillas cuando comprendió lo que estaba por decir el otro—¡No soy tu hijo, idiota!
—Pero estamos… relacionados.
—Soy tu nieto. Carajo— La inteligencia no era un rasgo de su parte genética, sin duda.
—Oh.— De manera disimulada, o tan disimulada como un diablo podía ser, Sparda se irguió con cierto orgullo. Nero tenía una pequeña sospecha de lo que podría estar pasando por la cabeza del diablo, tenía la misma cara que los gemelos cuando creía haber ganado una discusión. Sí, no. Iba a dejarlo dormir de ese lado de la cama, si se parecía en algo a sus hijos, su reacción a la gran revelación iba a ser más graciosa.
Sparda volvió a su forma humana—Así que, te enfrentaste a un gerión. Creía que estaban extintos— pensó en voz alta, para después fruncir el ceño—. No es común que transporten a otros.
Nero se encogió de hombros.—Esa cosa apareció de la nada.
El hombre asintió. Ambos se quedaron en silencio. Nero empezó a jugar con el tambor de su arma, el silencio entre los dos lo ponía incómodo. Sin duda, Sparda tenía algo en mente al respecto de su situación y, ya fuera por prudencia o simple estupidez, no le decía nada. Estaría más inquieto, si Vergil no hiciera lo mismo cada que llegaban a rozar temas “sensibles” en sus escasas pláticas.
El hombre se encerraba en su cabeza, como si esperara que él pudiera leerle la mente. Lo desesperaba.
Una voz desde lo lejos llamó al caballero oscuro—Parece que Eva tiene lista la comida. Adelante, acompáñanos. Tu situación es muy… particular, no es algo que se pueda resolver pronto.
Nero se rascó la nariz. Quería regresar lo más pronto posible pero, la idea de pasar tiempo con su familia sonaba como un sueño. Una cena en casa de los abuelos, jamás se imaginó vivir algo tan mundano como eso.
Los gritos de los niños llamando a su padre para que se apresurara le revolvieron el estómago. Los gemelos mantenían toda información sobre Sparda o Eva en celoso secreto. Si no fuera por la foto que tenía Dante en el escritorio, probablemente ni siquiera supiera de Eva. Si fuera por ese imbécil, ni siquiera sabría que eran parientes. Idiota.
Nero aceptó. Tampoco es que tuviera muchas más opciones.
Caminar hacia la casa de la infancia de Vergil y Dante era extraño, la última vez que la vio, estaba derruida. Los juegos, como el caballito de madera, destrozados. Solo vestigios de la catástrofe que marcó la vida de los gemelos. Ahora, caminando tras Sparda, el lugar estaba lleno de vida. Juguetes olvidados, un zapato tirado en donde a nadie le importa, probablemente de Dante; la casa se alzaba sobre ellos, completa, sin signos del fuego que la consumiría.
Los gemelos corrieron hacia su padre cuando lo divisaron. Era tan extraño verlos así, tan pequeños, libres, felices sin reparos. Dante sonreía de oreja a oreja mientras se columpiaba en uno de los brazos de su padre. Los ojos de Vergil brillaban de admiración hacia su padre, sujetándose de las faldas de la gabardina del hombre.
—¡Ey! ¡Viniste!—Dante fue el primero en notar la presencia de Nero. Su hermano volteó a ver a Nero, su mirada era tan intensa como la recordaba. Vergil no se apartó del lado de Sparda, esperó hasta que el hombre les diera una explicación.
—Niños, sean educados. Él será nuestro invitado por un tiempo.
—¿Por qué? ¿Está perdido?— preguntaron los gemelos. Sparda asintió.
Dante fue el primero en acercarse—Me llamo Dante, él es mi hermano, Vergil—los presentó—¿Cómo te llamas?
—Soy Nero.
—Como el emperador—Dijo Vergil desde su lugar. Un sabelotodo desde niños, como Dante solía decir cuando el gemelo azul lo corregía con algún dato.
—¿Por qué te ves como padre?, ¿Eres familia?—Sparda llamó al niño. Tenía la impresión de que, si no lo hacía, no iba a dejar de acosarlo con preguntas.
Sparda le hizo el favor de “explicarles” a los gemelos quién. Les dijo que era un primo suyo, que se había perdido en su camino a casa. Ambos gemelos fruncieron el ceño, la historia no pareció convencerles por la forma en que miraron entre Nero y Sparda. A pesar de eso, no hicieron más preguntas.
—Niños, ¿Por qué están tardan…? Oh, no sabía que tendríamos invitados, Sparda.
A Nero casi le da infarto cuando Eva se apareció frente a ellos. Era tan extraño verla; ya sabía que Trish se parecía a ella pero, mierda ¿Así se sintieron los gemelos la primera vez que vieron a Trish? Físicamente, como dos gotas de agua; pero su voz, su mirada, su presencia era tan diferente entre ella y la diableza, que las hacía completos opuestos una de la otra.
Sparda se limpió la garganta—Mis disculpas, querida. En un momento te lo explico.
Los gemelos soltaron unas pequeñas risitas, burlándose de su padre.
—Bueno, supongo que acerté al hacer pizza—El grito de alegría de Dante no se hizo esperar. Entró a la casa como un tornado—, y de postre pastel de chocolate.
El pequeño Vergil por fin se soltó de su padre. Al igual que su hermano, entró a la casa corriendo. No gritó, pero la sonrisa en su rostro era la más grande que Nero jamás le había visto.
Eva se acercó a su marido con una mirada inquisitiva. Tenía un brillo perspicaz, como si ya supiera que estaba pasando, pero les estuviera dando la oportunidad de explicarse. No sabía si era algo particular de ella, o cosa de ser madre.
—¿Recuerdas cuando te hablé de los caballos infernales?
Eva asintió—Déjame adivinar. Este jovencito estuvo involucrado con uno de ellos—ambos hombres asintieron—, terminó aquí— otro asentimiento—, y resulta ser familia.
—Tan astuta como siempre, querida.
Eva observó a Nero de pies a cabeza, y sonrió para si misma. Se acercó a él y posó su mano en la mejilla del chico. Su tacto, gentil y cálido, casi hace que Nero se derrita—Pobrecito, tan lejos de casa.
Nero se rascó la nariz, mientras bajaba la mirada. Si todo esto era un sueño, por culpa del golpe del gerión, iba a dolerle en el alma despertar.
—Quizás no tan lejos—murmuró Sparda.
—No cantes victoria, cariño. Recuerda que eres malo en las apuestas.
Nero se rió—¿Es cosa de familia, entonces?
—Probablemente—le respondió Eva. Dicho eso, entraron a la casa.
El lugar, a pesar del gran tamaño, era bastante acogedor. En la entrada, un cuadro familiar se erigía, orgulloso. Al fondo se oían los gemelos, peleando por alguna niñería. Su madre se apresuró a ir con ellos, antes de que rompieran algo o se hicieran daño. Algunas cosas nunca cambian, pensó Nero.
