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Thiago siempre se había considerado un adolescente con un promedio de 17 años que vivía tranquilo en San Francisco, California. O al menos lo era… hasta que sus padres soltaron la bomba: su madre había conseguido un puesto como directora de secundaria y su padre había encontrado una gran oportunidad de negocio. Todo sonaba genial, hasta que dijeron la última palabra: ¡Australia!
¿En serio? ¿Por qué demonios pensaron que estaba bien empacar todo, cortar de raíz con su vida entera y mandarse corriendo con su madre y su trasero al otro lado del mundo? Thiago solo quería pasar el último mes de verano con sus amigos, especialmente porque estaba a punto de comenzar su penúltimo año de preparatoria. Bueno... técnicamente no hasta septiembre, pero igual.
También había dos cosas que esperaba con ansias:
Primero, el fútbol americano. El equipo de su escuela era bastante bueno y este año, por fin, estaría en el equipo junior, entrenando y quizás incluso jugando con los universitarios. Pero no, ahora estaba al otro lado del planeta, en medio de lo que los australianos llaman el Outback .
Y segundo… las chicas y los chicos. Sí, seguía siendo un adolescente; La pubertad ya había quedado atrás, pero no por eso había dejado de soñar con volver a ligar. Su plan era entrar al equipo, llamar la atención de a
Claro, no es que Thiago fuera ajeno al mar. Vivía con vistas al Golden Gate desde su apartamento en San Francisco. Pero había una gran diferencia: allá había tierra infinita, y aquí en Australia todo parecía una isla gigante, lo que solo aumentaba esa sensación de aislamiento que le estaba carcomiendo por dentro.
Una hora y media después de aterrizar, llegaron a su nueva casa. Sí, una casa de verdad. Bonita, espaciosa y perfecta para hacer fiestas. Thiago ya se estaba imaginando organizando la primera, no solo para vengarse de sus padres por arrastrarlo hasta aquí, sino también para compensar todo lo que se estaba perdiendo en San Francisco.
Al menos había un detalle a su favor: su “habitación” no era tal, sino un cobertizo separado de la casa principal. Básicamente un pequeño refugio para él solo. Vale, tendría que caminar hasta la casa real cada vez que quisiera algo, pero tener un espacio privado sonaba como un buen trato.
Mientras sus padres, Félix y lyra, seguían desempacando, Thiago exploraba su mini refugio. Apenas abrió la puerta, se topó con alguien: un chico de su misma edad y estatura, de piel morena y mechones oscuros que le caían hasta las orejas. Vestía una camiseta azul agua y unos pantalones cortos cargo.
thiago mira al chico con una expresión extraña.
"Oye, eh... ¿quieres algo? Estoy un poco ocupado ahora mismo", pregunta con cierta indiferencia.
“Lo siento, solo quería presentarme. Soy Zac Blakely, vivo al lado. Solo quería darte la bienvenida a nuestro vecindario”. Zac se presenta extendiendo la mano.
Santiago suspira, resignado. Malditos modales y primeras impresiones. Pero al diablo con eso: hoy no tiene ganas de portarse tan mal, sobre todo porque el tipo solo quiere hacer el típico saludo.
Finalmente le toma la mano y se lo devuelve.
«thiago ortiz, encantado de conocerte, Zac», responde.
Zac lo observa con interés:
"Igualmente, thiago. Ya puedo decir por tu acento que eres de los más peleadores, ¿no?", adivina.
Eso le arranca una carcajada a thiago.
"se podria decir que si"
—Bueno, si ese es el caso, siento que tú y yo nos llevaremos muy bien. —Comenta Zac, divertido por el sentido del humor de thiago.
"Entonces, ¿de dónde eres?", pregunta Zac.
thiago suelta una risita burlona, como si fuera la pregunta más obvia del mundo. En serio, ¿es tan difícil saberlo?
“De Colombia… obviamente”, responde con seriedad.
—¡Guau! Debe haber sido bonito allí. O sea, nunca había estado en Estados Unidos, pero he oído hablar de lo modernas y emocionantes que son esas grandes ciudades —dice Zac, asombrado.
Thiago inclina la cabeza con una ligera sonrisa.
—Bueno, no te equivocas. Aunque después de un tiempo puede volverse un poco aburrido vivir siempre en un lugar así.
—¿Es por eso que te mudaste hasta aquí? No quiero entrometerme ni sonar grosero, solo tengo curiosidad. No conocemos a mucha gente.
Thiago suspira. Por mucho que quisiera inventar una excusa absurda, la realidad era distinta.
—En realidad, no. Mi madre recibió una oferta de trabajo aquí como directora de una preparatoria… Suncoast High, o algo así. No le estaba prestando mucha atención, para ser sincero. Y mi padre, bueno, es doctor. Justo se enteró de una oferta cerca de donde ella iba a trabajar y la aceptó sin pensarlo dos veces.
Los ojos de Zac se abren de sorpresa.
—¡No me digas! Esa es la escuela a la que voy yo. ¿Tu mamá es la nueva subdirectora?
Thiago se encoge de hombros con indiferencia, apoyándose en el marco de la puerta y cruzando los brazos.
—Sí, algo así. Lo único que sé es que donde sea que ella esté, ahí tendré que ir yo también.
—Menos mal —dice Zac con un suspiro de alivio, mirando al cielo—. Parece que estamos a salvo, después de todo.
Thiago lo observa confundido, y Zac lo nota de inmediato.
—Lo siento, es que la otra candidata para subdirectora no era precisamente alguien con quien quisieras tratar todos los días. Pero el consejo escolar decidió que no era adecuada y buscaron a alguien más. Ahí entró tu madre.
Thiago finge con la mano un gesto de pistola y sonríe.
—¡Te pillé!
—Parece que, si terminas en su clase, lo único de lo que tendrás que preocuparte será de la química —bromea Zac.
Thiago arquea una ceja, curioso por primera vez.
—¿Y qué pasó con el último subdirector?
—Pues… no hay mucho que contar. el subdirector smith simplemente decidió que quería probar otras cosas con el tiempo que le queda —explica Zac.
Thiago ríe con un deje sarcástico.
—¡Rayos! Debe ser muy viejo. Yo también me retiraría si tuviera que lidiar con adolescentes rebeldes todos los días.
—No, no es tan mayor —responde Zac con una sonrisa incómoda—. Solo decidió que quería volver a dar clases. Supongo que extrañaba estar más cerca de los estudiantes.
Por un segundo, Thiago juraría que Zac dudó, como si intentara cubrirle las espaldas a alguien. Pero no le dio importancia. Estaba cansado por el viaje y tampoco tenía ánimos de insistir.
Zac notó el desconcierto en su rostro y cambió de tema rápidamente.
—En fin, la escuela no empieza hasta el lunes. Si estás libre, podría enseñarte los alrededores. Tenemos algunos sitios bonitos que seguro te gustarán.
Thiago sonríe, mordiéndose el anzuelo.
—Por mí, perfecto. Me vendría bien un amigo ahora mismo, considerando que mis padres me secuestraron de vida por completo. Creo que me haría falta volver a tomar el volante, al menos un poquito.
—Sí, lo entiendo. Pero bueno, solo quería saludarte y preguntarte si necesitabas ayuda con algo —responde Zac.
Thiago hace un gesto de agradecimiento.
—Gracias por la oferta, pero creo que podemos arreglárnoslas. Aunque… no sé si puedas mostrarme algún restaurante donde sentarme a relajarme o un sitio donde pueda conseguir un trabajo rápido para ganar algo de dinero extra.
Zac ríe entre dientes y asiente.
—De hecho, conozco el lugar perfecto para ambas cosas. Hay una cafetería popular junto a uno de los muelles, a una o dos millas del pueblo. Se llama Ocean Café. Un amigo mío es el gerente y acaba de quedarse sin un empleado. Está buscando un nuevo camarero… Si te interesa, claro. Además, tienen buena comida y bebida.
—Muy bien, gracias por el dato. ¡Nos vemos! —Thiago lo despide con la mano mientras Zac regresa a su casa.
Thiago cierra la puerta detrás de él y suspira.
—Ojalá sea una buena señal de que las cosas van a mejorar —murmura para sí mismo.
Pero, por desgracia, no lo eran. Una hora después, tras desempacar y echarse una siesta, su padre lo llama a cenar.
Ve la mesa ya lista, con sus padres esperándolo.
—Thiago, ¿te importaría servir la leche, por favor? —le pide felix.
Thiago no discute, aunque pone cara de fastidio. Sirve los vasos y se sienta.
El menú de la noche: chuletas de cerdo a la parrilla. Una de las pocas cosas que agradece que no cambien. Su padre, aunque doctor, era un maestro con la parrilla: bistecs, pollo, hamburguesas picantes… oh, esas eran sus favoritas.
—Entonces, Thiago, ¿qué te parece este lugar hasta ahora? Es agradable, ¿no? —pregunta felix con entusiasmo.
Thiago se encoge de hombros.
—Está bien, supongo. No conozco a nadie todavía… bueno, aparte del vecino, claro.
—¿De qué hablas, cariño? —pregunta lyra, confundida.
—Ah, se me olvidó contarles. Vino un chico que vive al lado, Zac. Solo quería dar la bienvenida. Parecía amable.
felix y lyrase miran satisfechos: llevaban pocas horas allí y su hijo ya estaba hablando con alguien.
—También parecía bastante aliviado cuando supo que mamá sería la nueva subdirectora de su escuela —añade Thiago, mordiéndose la chuleta.
lyra sonríe.
—Bueno, eso sí que me da algo que esperar para el lunes.
felix le aprieta la mano con complicidad.
Thiago, en cambio, frunce el ceño.
—Por cierto, ¿por qué cenamos tan temprano? Todavía ni ha anochecido.
Sus padres intercambian miradas. Mala señal.
—Thiago —dice felix—, encontramos un lugar increíble en una isla, a unos 20 minutos en barco. Queremos acampar allí esta noche.
Thiago abre los ojos como platos. Otro plan sorpresa. Traga aire y suspira resignado.
—Está bien… ¿cuándo nos vamos?
Ambos sonríen, orgullosos de su hijo.
—Después de cenar. Empacamos lo esencial y vamos en el bote de mi jefe.
El viaje en barco no fue largo, aunque para Thiago resultó extraño alejarse de tierra firme. Al llegar a la Isla Mako montaron tiendas y encendieron una fogata.
Pero lo que de verdad lo atrapó fue el volcán. Su silueta oscura contra la luna llena parecía desafiarlo.
Y Thiago nunca resistía un reto.
A medianoche, abrió la cremallera de su tienda y salió con cuidado. Si lo descubrían, diría que fue a orinar. Avanzó entre los árboles hasta la base del volcán y comenzó a escalar.
La luna iluminaba lo suficiente para guiarlo hasta la cima. Y lo que encontró allí lo dejó helado.
Dentro del cráter no había lava, sino una piscina. El agua burbujeaba y brillaba como si escondiera un secreto.
Thiago, hipnotizado, se inclinó demasiado. La roca cedió bajo su peso.
—¡Mierda! —gritó mientras caía.
El aire lo envolvió, hasta que chocó con la piscina resplandeciente. Una energía extraña recorrió su cuerpo. Y después… oscuridad.
