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El laboratorio del Xeno era un santuario de acero inoxidable, orden y cálculos precisos. El suave zumbido de los equipos y el tenue olor a productos químicos y café eran la banda sonora de su existencia. Ese día, sin embargo, una vibración diferente cortó el aire.
Stanley Snyder cruzó la puerta principal con la misma facilidad con la que un león cruza la sabana: como si le perteneciera. Su postura era erguida, su traje impecable y sus gafas de sol ocultaban unos ojos que, sin duda, escudriñaban el entorno con desprecio militar. Llevaba un tupperware con comida perfectamente dispuesta bajo el brazo.
El murmullo constante de las científicas en la zona de procesamiento de datos se extinguió de golpe. Todas las cabezas giraron al unísono. Una joven con bata blanca dejó caer su carpeta, y el ruido de las páginas esparciéndose por el suelo ni siquiera logró que parpadearan.
"Dios mío", susurró una, recuperando el aliento. "¿Quién es ese?"
"Parece salido de un anuncio de relojes de lujo", murmuró otra, ajustando sus gafas para ver mejor.
"¿Es un modelo? ¿Un nuevo inspector del gobierno?"
Stanley ignoró el susurro admirativo con la práctica indiferencia de quien está acostumbrado a detener el tráfico. Su misión era clara y no incluía a nadie que no fuera su objetivo. Avanzó con pasos firmes y decididos por los pasillos, siguiendo las instrucciones que Xeno le había dado una vez, hace mucho, en caso de una "emergencia conyugal". Para Stanley, que su esposo se saltara el almuerzo por tercera vez esta semana contaba como tal.
Mientras tanto, en el sanctasanctórum del laboratorio, Xeno estaba librando su propia batalla. Al lado suyo, el Dr. Liam Peck, un científico recién llegado con un entusiasmo que rozaba lo agresivo, invadía su espacio personal con la sutileza de un elefante en una cacharrería.
"¡Y si ajustamos el parámetro de resonancia aquí, Xeno!", decía Peck, señalando una pantalla y acercando tanto su rostro que Xeno podía sentir su aliento a café barato. "¡La eficiencia aumentaría un 0.7%! ¡Es revolucionario!"
Xeno se apartó unos milímetros, su expresión serena pero con una tensión visible en la comisura de sus labios. "Peck, tus cálculos son interesantes, pero estás ignorando el factor de degradación del material bajo estrés térmico prolongado. Y por favor, el espacio personal."
"¡Oh, tonterías! ¡Los detalles!" Peck rió, dando una palmada en la espalda de Xeno con una fuerza que le hizo contener la respiración. "¡Hay que pensar en grande!"
Justo cuando Xeno estaba a punto de recitar las normas de conducta del laboratorio por tercera vez, la puerta se deslizó suavemente. No hubiera llamado la atención de no ser por el silencio absoluto que la siguió, un silencio tan pesado que hasta Peck se detuvo en seco.
Allí, enmarcado en el dintel, estaba Stanley. Se había quitado las gafas de sol y su mirada dorada, intensa y precisa, barrió la habitación hasta posarse en Xeno. Ignoró por completo a Peck, como si fuera un mueble particularmente desagradable.
"Xeno", dijo Stanley. Su voz era clara y no alzó el volumen, pero cortó el aire como un cuchillo.
La sorpresa fue evidente en el rostro de Xeno, seguida de un rápido destello de alivio y algo más cálido, más privado. "Stanley. No sabía que vendrías."
"Lo noté", replicó Stanley, entrando en la habitación. Su presencia parecía absorber todo el oxígeno. Se detuvo frente a la mesa de Xeno, colocando el tupperware sobre un diagrama de flujo. Luego, su mirada se desvió por primera vez hacia Peck, que parecía paralizado, con la mano aún a medio camino del hombro de Xeno. La mirada de Stanley no fue hostil; fue algo peor: era evaluadora, y encontró a Peck completamente insignificante.
Peck, sintiendo el peso de ese juicio silencioso, retiró la mano lentamente.
Stanley volvió su atención a Xeno. "Es la hora de almorzar. Te traje comida. De la buena, no esa basura que compras en la máquina expendedora."
Xeno esbozó una pequeña sonrisa. "Siempre tan práctico."
"Y tú siempre tan distraído", dijo Stanley. Su tono era seco, pero había una suavidad en sus ojos que solo Xeno podía descifrar. Extendió su mano, no para dar un apretón, sino con la palma hacia arriba, una invitación. "Vamos. Extraño a mi esposo. Sus explicaciones interminables y su falta de horarios para comer."
Esa fue la única explicación que Stanley consideró necesaria. Xeno miró la mano extendida, luego a Peck, cuya boca se abría y cerraba como un pez, y finalmente a su trabajo. La elección, para él, nunca fue una elección.
"Los cálculos de degradación térmica están en el archivo secundario, Peck", dijo Xeno, levantándose y tomando la mano de Stanley con una naturalidad que hablaba de años de complicidad. "Puedes revisarlos. Yo voy a almorzar."
Sin esperar una respuesta, Stanley guió a Xeno fuera del laboratorio, su espalda ancha protegiéndolo de la vista de los demás. La última imagen que tuvo Peck fue de la mano de Xeno, enguantada de blanco, descansando con confianza en el brazo de ese hombre imposiblemente hermoso y autoritario, y del tupperware que Stanley recogió con su mano libre.
Las científicas los vieron pasar de nuevo, pero esta vez el susurro era diferente.
"¿Esposo?", dijo una, con los ojos como platos.
"El Dr. Xeno está casado… con ese bombom? Bueno, de repente todo tiene sentido", suspiró otra. "No me sorprende que sea inmune al coqueteo de Judy de administración con eso en casa."
Mientras se alejaban por el pasillo, Xeno apretó suavemente el brazo de Stanley. "No era necesario ser tan dramático, Stanley. Aunque… agradezco la intervención. Peck es… intenso."
Stanley emitió un gruñido. "Es un idiota. Y te estaba tocando."
"¿Y el tupperware?", preguntó Xeno, con una sonrisa traviesa en sus labios. "¿De verdad hiciste comida 'de la buena'?"
Stanley lo miró de reojo. "Es del restaurante de sushi que te gusta. Sabía que no habías comido."
Xeno se rió suavemente, el estrés del laboratorio desvaneciéndose con cada paso que daba al lado de su marido. "Tu capacidad para la planificación estratégica aplicada a la vida doméstica nunca deja de asombrarme."
"Es mi misión", dijo Stanley, con simpleza, mientras empujaba la puerta principal, liberandolos a ambos, aunque fuera por una hora, al mundo exterior.
La luz del mediodía bañaba la pequeña mesa que Stanley había reclamado para ellos en un rincón tranquilo del parque cercano al laboratorio. Sobre el mantel de cuadros, los envases de sushi de laca parecían joyas dispuestas con esmero. Xeno, con un palillo suspendido en el aire, miraba a su esposo con una mezcla de exasperación y un cariño profundo que solo Stanley podía evocar en él.
"Tu intervención fue... efectiva, aunque un tanto teatral", comentó Xeno, por fin tomando un trozo de salmón. "Peck te miró como si hubiera visto un fantasma."
"Bueno", respondió Stanley, con la boca medio llena, sin un ápice de remordimiento. "Si vuelve a ponerte esa mano encima, te aseguro que se convertirá en uno." Su tono era tan plano y factual como si estuviera comentando el pronóstico del tiempo.
Xeno suspiró, pero una sonrisa jugueteaba en sus labios. Cambió de tema, mientras la preocupación que llevaba días carcomiendo su mente volvía a la superficie. "Senku me escribió hace unos días"
Stanley asintió, limpiándose la boca con una servilleta. Había oído ese nombre un puñado de veces. Un niño en Japón, excepcionalmente brillante para su edad, con el que Xeno mantenía una correspondencia científica que iba desde la física teórica hasta la viabilidad de los viajes espaciales. Xeno hablaba de él con un tono particular, una mezcla de orgullo profesional y una ternura que reservaba para muy pocas cosas.
"El chico prodigio", dijo Stanley. "El que quiere ir a la luna."
"Y lo logrará, si alguien puede hacerlo es él", afirmó Xeno con convicción. "Es como mirar a través de una máquina del tiempo. Tiene esa misma chispa, esa... curiosidad insaciable." Se refería, Stanley lo sabía, a sí mismo de niño.
"¿Y qué le preocupa al pequeño genio ahora?" preguntó Stanley, tomando un sorbo de té.
"Es sobre su padre, Byakuya. Lo han asignado a un programa de entrenamiento intensivo de la NASA aquí, en Estados Unidos. Es una oportunidad increíble para él, por supuesto", explicó Xeno, jugando con su palillo. "Pero significa que se mudarán aquí en los próximos meses. A un nuevo país, un nuevo idioma, lejos de todo lo que Senku conoce. Y con Byakuya sumergido en el entrenamiento, ese niño va a estar tremendamente solo."
Xeno miró a lo lejos, su mente analítica procesando el problema con una preocupación que no era científica, sino casi paternal. "Un intelecto como el suyo, sin un estímulo adecuado, en un entorno nuevo y potencialmente hostil... Es una ecuación para el desastre, o al menos para la infelicidad."
Stanley observó el perfil de su esposo, la ligera arruga de preocupación entre sus cejas. No se le daban bien las demostraciones dramáticas de emoción, pero Stanley, que lo conocía mejor que nadie, podía leerlo como un libro abierto. Xeno se veía en ese niño, recordaba su propia y solitaria infancia, rodeado de libros porque no había nadie más con quien hablar de las estrellas.
Dejó su taza con un clic definitivo. "La solución es obvia."
Xeno lo miró, intrigado. "¿Oh? ¿Y cuál es tu evaluación, Capitán?"
"Tómalo como aprendiz", dijo Stanley, como si estuviera dictando la estrategia más simple del mundo. "Tráelo al laboratorio."
Xeno parpadeó, la idea impactando con su simpleza y su audacia. "¿Al laboratorio? Stanley, es un niño."
"Según tú, es un genio. Un genio que necesita un estímulo que su nueva escuela americana probablemente no podrá darle. Y tú necesitas un asistente que no sea un idiota invasivo como Peck", argumentó Stanley con lógica implacable. "Le das un espacio, acceso a equipos básicos, lo pones a hacer cálculos... lo mantienes ocupado y le muestras que su nueva vida aquí tiene un propósito. Es una situación en la que todos ganan."
Xeno se quedó en silencio, procesando. Podía verlo: a Senku, con sus grandes ojos llenos de curiosidad, absorbiendo cada detalle del laboratorio. Podía enseñarle, guiarlo, evitar que esa mente brillante se apagará por la soledad o el aburrimiento. Le estaría dando a ese reflejo de su yo más joven lo que él mismo había anhelado: un mentor, un igual con quien compartir el asombro del universo.
Una sonrisa lenta y genuina se extendió por el rostro de Xeno. "Es... una proposición extraordinaria, Stanley."
"Es sentido común", corrigió él, empujando hacia Xeno un envase con su rollo de anguila favorito. "Tú le das la ciencia. Yo me encargo de que nadie le haga bullying en el recreo."
La imagen de Stanley Snyder, el hombre que había aterrorizado a todo un laboratorio de científicos adultos, amenazando a un grupo de niños de secundaria por un pequeño genio japonés era tan absurda que Xeno no pudo evitar reír, una risa clara y liberada.
"Me gusta", admitió Xeno, su preocupación disipándose como el humo. "Me gusta mucho. Le escribiré a Byakuya para proponérselo. Creo que será muy receptivo."
"Claro que lo será", dijo Stanley, como si no hubiera otra posibilidad. "Ahora come. Tu cerebro necesita combustible para planear cómo moldear al próximo Einstein."
Xeno obedeció, sintiendo un peso enorme levantarse de sus hombros. Mientras mordisqueaba la anguila, miró a su marido, a ese hombre de acción que resolvía problemas emocionales con la misma eficacia con la que planificaba una campaña militar. El mundo veía al Dr. Xeno, el genio, y a Stanley Snyder, el soldado perfecto. Pero en su pequeño universo, eran solo Xeno y Stanley, y las soluciones, por suerte, siempre eran más simples cuando estaban juntos.
