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Incluso después de bañarse, de quitarse el sabor a curry de la boca y de haberse puesto muy cómoda en el pijama de Mizuki, no puede creer que esté ahí. Mira la forma en que las luces aqua del monitor de la computadora bañan todo, tenues y que brindan frialdad a la habitación apenas iluminada. Son una buena distracción, una forma de tranquilizar su corazón desbocado mientras el sabor a dentífrico y al humectante labial de vainilla se aferran a su lengua.
Usualmente harían esto en casa de Ena. Nada más que una pijamada, nada más que acurrucarse a ver animes o películas de temporada, que pintarse las uñas o simplemente trabajar espalda con espalda, buscando el consuelo de la compañía mutua. Culpa de su cambio de situación a todos; a sus padres teniendo invitados, a la lluvia de octubre que las caló hasta los huesos, al idiota de Akito por no decirle que llevara un paraguas cuando la vió salir en la tarde.
«¿Culpa de qué?» bufa una parte pequeña de su mente.
La cabeza le da vueltas. Sus ojos se sienten como si hiciera bizcos constantes, la respiración se le escapa entrecortada entre sus labios finos.
Mizuki siempre es más recatada que esto. No sabe si es la confianza que viene de estar en su propia habitación o si se trata de algo más, de algo diferente en el día. Su novia parece más agresiva que de costumbre, más codiciosa. Sus labios delicados -y con un delicioso sabor a vainilla- salpican de besos su mejilla, su barbilla, suben por la línea de su mentón. Ena arruga las sábanas con los dedos, impaciente mientras Mizuki juega con ella, mientras demora un último beso en la unión de su mandíbula, respirando pesadamente en su oreja. El aliento cálido contra la piel le causa un escalofrío, manda un chispazo de estática por su columna.
—Enanan— el refunfuño no la atrapa distraída, pero no puede mirar hacia enfrente, no cuando sabe que los ojos de Mizuki la esperan, burlones y escrutadores. —Hey, Enanan, mírame— sus labios trazan la hélice de su oreja, aprietan el lóbulo con malicia, la hacen ahogar el vergonzoso sonido que le sube por la garganta.
La vergüenza le revuelve el estómago, la hace presa de una timidez que se siente infantil y fuera de lugar.
Ante su falta de respuesta, Mizuki toma sus labios, incluso si es un poco por la fuerza. Sus uñas, de manicura francesa que fue a hacerse la tarde anterior, trazan surcos suaves en su cintura, le causan cosquillas que la distraen lo suficiente como para que su lengua vuelva a la refriega. No puede evitar caer en sus garras, los dedos delgados y largos de Mizuki amasan la piel expuesta, como un gatito patético. El roce de sus dedos, de sus uñas, el roce de sus caderas demasiado juntas y a la vez no lo suficiente, todo manda a Ena a una espiral que desciende a la locura, que la deja mareada, que se deshace de cada rigidez de su cuerpo hasta dejarla hecha un líquido apenas viscoso.
Sus propias uñas buscan a qué aferrarse, tiran del lazo que sostiene el cabello sedoso y rosa, rasgan hacia abajo hasta que su cabello cae suelto. Sus dedos se curvan en garras que se aferran a la nuca de Mizuki, tiran de su cabello como si quisiera detenerla, como si quisiera alentarla.
No quiere hacer ninguno, quiere ambos. Anhela respirar pero también desea que Mizuki siga jugando con su paladar, que su brusquedad haga que les choquen los dientes.
—Ah... ah... Mmzuki...— murmura contra sus labios. No puede abrir los ojos, se siente somnolienta; es un sentimiento que reconoce de las horas de la madrugada, esa vulnerabilidad cansada que le cierra los ojos y la arrulla hasta que la pasión artística se calma.
—Shhhh, no hagas demasiado ruido— ríe contra sus labios. —Podrían escucharnos—
Eso la mortifica y la hace abrir los ojos de golpe.
Está a un aliento de distancia, sus lindos ojos rosas la miran con atención y cariño en la oscuridad. Esperando.
No dice nada, no cree que pueda hacerlo; la lengua se le enreda en nudos dentro de la boca, el aire en sus pulmones se queda ahí por tan poco tiempo que se siente constantemente sofocada. Con los ojos acostumbrados a la oscuridad, todo se ve en siluetas tenues. El rosa de las luces que se cuelan entre las cortinas y el aqua del monitor se mezclan, la dejan ver los rasgos tiernos y suaves de Mizuki, la vulnerabilidad en sus comisuras ligeramente tensas, en sus cejas relajadas y en el hoyuelo de su mejilla. Hay algo en la expresión de su novia, algo puramente anhelante, pero lleno de una admiración pristina que se ahoga en el fondo de sus ojos; le recuerda a su admiración silenciosa mientras mira su colección de vestidos, cuando mira los lindos listones y moños que guarda recelosamente en sus alajeros. Esa mirada de cariño, orgullo y anhelo ahora se intensifica con una intensidad que jamás ha visto en sus ojos. Quema, como una vela solitaria en la noche, como el primer sorbo de té que está demasiado caliente para beberlo, pero no lo suficiente como para hacer daño más allá de una escaldada ligera que se desvanece con cada trago.
Sus dedos se mueven, trazando los mechones desartozados que poco a poco se alisan. Acaricia desde su nuca hasta su oreja, dejando que su novia se incline al toque, rozando su oreja, pasando las yemas de los dedos por detrás del cartílago, acariciando la piel que se calienta más y más bajo su toque.
Las manos que sujetan sus caderas la sujetan tan fuerte que sus dedos le dejan marcas blancas en la piel, como si le pidiera que no se fuera.
—Nunca has sido así de tonta y pegostiosa— recrimina por fin, sus dedos trazan la unión de la oreja y Mizuki entrecierra los ojos con deleite.
—Nunca habías usado mi ropa en mi habitación, Enanan—
«Ah.»
Todo cobra sentido. El razonamiento la hace sonreír como tonta antes de sorprenderla con otro beso, largo y más suave que el frenesí anterior. —Idiota— murmura, separándose un momento de sus labios, sólo lo suficiente como para que las palabras le entren por un oído y salgan por el otro.
Sus uñas, cortas y con una manicura italiana que Mizuki misma le ha hecho, pasan sin fuerza por su cuello, suben de nuevo a sus mejillas, le acaricia los pómulos. Cuando por fin siente que ha sido suficiente, la deja descansar. Se ve tan linda así, cómoda y tibia entre sus manos, vulnerable a su toque. La visión es etérea; las luces tibias y frías que rebotan en su cabello y su piel, su expresión de puro deleite, con los ojos entrecerrados y su sonrisa con los labios enrojecidos... Hace algo peligroso en su corazón, la hace tener consciencia del sentimiento que se ha gestado en su corazón desde hace tiempo, desde antes de saber todo sobre Mizuki, desde antes de esa promesa ante la luz del sol poniente.
«Quiero estar a tu lado, por siempre y para siempre. En las buenas, en las malas, en cada paso que des, quiero estar ahí» el pensamiento es dulce, le deja una sonrisita en los labios.
Mizuki parece más roja, su cara de siente más caliente, y su risita suena aireada, como si le costara respirar.
—¡Enanan! ¡Qué audaz!— ríe, un poco demasiado tímida. La voz la saca de su diatriba interna. —Aunque creo que es demasiado pronto para casarnos—
Es su turno de ponerse roja, la cara le arde y Mizuki estalla en risitas.
—¡Eres una idiota!— repite, ya no con adoración sino con profunda vergüenza. Mizuki la besa de nuevo, menos suave y más como si estuviera compartiendo sus risas con Ena.
—Sí, pero soy tu idiota—
