Chapter Text
Durante la noche en la siempre contaminada y ruidosa ciudad de Nueva York, la oscuridad era apenas interrumpida por las luces parpadeantes de neón y los letreros gastados de los comercios cerrados. En las entradas del metro abandonado, un grupo de ninjas conocidos como las Tortugas salió a cazar. Las operaciones de Krang, el implacable enemigo alienígena, se han vuelto mucho más peligrosas y resguardadas en los últimos días. Sus bases estaban blindadas con guardias y trampas, pero a pesar de todo el sigilo y cuidado con que actuaron, no lograron pasar desapercibidos para las Tortugas, que llevaban días rastreando cada movimiento.
Las Tortugas tenían un plan elaborado para destruir la base de Krang, pero esta vez la coordinación era deficiente. La tensión en el aire era palpable, y la frustración de no estar sincronizados complicaba la situación. Los ninjas luchaban con ferocidad en los pasillos oxidados y mal iluminados del metro, envueltos en ecos de gotas de agua cayendo y chirridos metálicos. Allí, en medio del caos, uno de los gusanos alienígenas con cara de bebé estaba presente: una larva mutante, fuente vital de mutágeno, ese extraño líquido que alteraba y potenciaba la biología de los seres de su planeta y quien sabe que más. La larva era la clave para crear el retromutágeno, un compuesto necesario para sobre llevar los aviones y ganar la ventaja en la guerra contra Krang.
La batalla se había tornado desesperada. Explosiones lejanas retumbaban entre los túneles mientras las Tortugas peleaban contra oleadas de soldados Krang. La prioridad era clara: capturar el mutágeno y devolver la larva a la dimensión X antes de que llegaran refuerzos enemigos. Sin embargo, cada paso hacia la larva era una lucha cuesta arriba.
— ¡¿De dónde salen tantos Krangs?! — gritó Leonardo, el valiente líder, mientras sus katanas brillaban bajo la escasa luz al cortar a tres invasores a la vez. Su respiración era profunda y controlada, aunque sus ojos mostraban la tensión del momento.
— No lo sé, ¡Pero esto en cierta forma es terapéutico! — respondió Rafael, con una mezcla de furia y entusiasmo, aplastando con fuerza una cabeza alienígena bajo su brazo. Sus puños curtidos parecían incapaces de detenerse.
— ¡De allá! — Donatello señaló con el dedo tembloroso hacia unas puertas metálicas de donde emergían nuevas oleadas de enemigos. — Tenemos que cerrar esa puerta antes de que nos ahoguen en piezas rotas.
— ¡Ya voy! — exclamó Miguel Ángel, el más joven y siempre enérgico, saltando ágilmente por encima de un grupo de Krangs con una sonrisa que intentaba ocultar su nerviosismo. Corrió hacia el panel de control y comenzó a presionar botones completamente a lo loco, lo que terminó abriendo todas las puertas.
—¡Mikey! — gritaron sus hermanos al unísono, mientras la situación se complicaba aún más.
La joven tortuga se apresuró a corregir su error y cerró rápidamente las puertas con un “De nada” acompañado de una sonrisa pícara, que sus hermanos decidieron ignorar para no perder la concentración, el tiempo que tenían sin sus oponentes era breve.
Se acercaron a la larva, conscientes de que debían extraer el mutágeno cuanto antes. Mikey, con sus conocimientos sobre la dimensión X, revisaba con atención a la criatura, y de pronto notó algo.
— Oigan, ya sé cómo sacar el mutágeno — dijo, y todos dirigieron sus miradas hacia él, expectantes.
—Bien, ¿Qué esperas? —exigió Leo. — Esas puertas no aguantarán para siempre. Donnie, encárgate del portal; Rafa, prepara los explosivos.
Las Tortugas se pusieron a trabajar frenéticamente. Mikey tomó las varas eléctricas que usaban para aturdir a la larva y comenzó a golpearla con ellas. Leo lo miraba aterrado.
— ¡¿Qué crees que haces, Mikey?!
— Relájate, hermano — respondió Mikey con confianza. En cuanto comenzó a electrocutar a la larva, esta expulsó una gran cantidad de mutágeno, una sustancia viscosa y brillante que caía en charcos fluorescentes sobre el suelo.
— Son masoquistas y el mutageno es como su semen — explicó Mikey con una mezcla de orgullo y asco. — Si la electrocutamos, soltará el mutageno.
— Eso es perturbador, pero qué bueno que lo sabías. Ahora llévala al portal. ¿Cómo vas con eso, Donnie? — preguntó Leonardo con voz firme, sin perder la calma en medio del caos.
—Ya lo tengo, listo. Un portal de regreso a la dimensión X — respondió Donnie, contento y aliviado, limpiando el sudor de la frente mientras ajustaba su cinta morada.
— Menos mal, porque comienza el segundo asalto — dijo Rafael, poniéndose nuevamente en guardia, listo para la batalla.
— Equipo B, envían a la larva de regreso a la dimensión X y recojan el mutageno. Rafa, tú y yo golpearemos hojalatas — anunció Leo con autoridad.
Así, el líder y el temperamental comenzaron su intensa pelea contra la horda de Krangs. De repente, se escuchó un grito que se esparció entre los soldados enemigos: “¡Detengan a las llamadas Tortugas!”. La tropa comenzó a salir en mayor cantidad, aumentando la presión sobre el pequeño grupo.
Mientras tanto, Mikey tenía cada vez más dificultades para controlar a la larva, que se agitaba nerviosa y asustada.
— ¡CUIDADO! — gritó con fuerza mientras la larva lo sacudía violentamente de un lado a otro. Miguel Ángel se aferraba con todas sus fuerzas a las antenas de la criatura, que, presa del pánico por el caos y los golpes, comenzó a atacar sin control. En su desesperación, golpeó a Donatello y derribó a varios Krangs que se interponían en su camino.
Finalmente, tras un enorme esfuerzo, Mikey logró llevar la larva hasta el portal. Recogió a Donnie, que estaba en el suelo, maltrecho y aturdido. Los gritos urgentes de su valiente líder resonaban con fuerza, ordenando la retirada.
Al ver a sus hermanos correr hacia una salida segura, Mikey no tuvo más opción que cargar a Donnie y rezar para que no fueran perseguidos. Por suerte, los Krangs estaban tan dañados como Donatello, y pudieron escapar sin mayores problemas.
Justo cuando lograban salir, Rafael hizo volar el lugar con explosivos para cubrir la retirada, mientras Mikey aún cargaba a su hermano con la cinta morada.
— ¡Auch! — finalmente, Mikey pudo oír la voz de su hermano mayor, lo que le permitió calmar su corazón mientras emprendía la huida.
— ¿Estás bien? — la pregunta salió como un hilo entre las respiraciones erráticas del más fuerte. Mikey lo vio, y el ardor de sus heridas comenzó a disminuir, el menor solo pudo asentir con dificultad.
— Entonces, ¿Qué pasó ahí, Mikey? Creí que tenías bajo control a la larva, porque tú nunca puedes hacer nada bien. Casi matan a Donnie — dijo Leonardo con tono duro y recriminatorio.
“No puede estar hablando en serio”, pensó Mikey, tratando de recomponerse.
— Leo, no es mi culpa. Hice lo mejor que pude para llevarla al portal, estaba asustada — respondió Mikey, con la voz temblorosa y cansada.
Pero Leo no quiso escuchar.
—Excusas, Mikey, siempre es lo mismo. Al menos Donnie está bien — dijo, negando con la cabeza.
— Pero nos quedamos sin mutageno. No podremos hacer más retromutágeno, gracias a ti, Mikey — añadió Rafael con decepción y enojo.
Mikey apretó los puños con fuerza. Una mezcla de ira, rechazo y miedo a que Donnie hubiera resultado gravemente herido se revolvía en su interior. Era un cóctel emocional que lo consumía. En su corazón dolido, sintió que no era la primera vez que algo así sucedía, que siempre terminaba siendo culpable sin importar cuánto intentara ayudar. Era agotador y doloroso sentir que todo lo que hacía solo perjudicaba a quienes más amaba.
Con la cabeza baja, Mikey siguió a sus hermanos de regreso a casa, cargando no solo a Donnie, sino también el peso invisible de la culpa que parecía no querer abandonarlo.
Al llegar a la guarida, lo primero que hizo Mikey fue recostar cuidadosamente a Donnie en el sofá de la sala. Luego se dirigió al laboratorio buscando insumos para tratarle las heridas de forma superficial; al menos había aprendido algo útil tras tantas veces que terminaron lastimado en sus propias misiones. El ambiente en la guarida era extraño, envuelto en un silencio denso que no tardó en notarse. No era casualidad: el maestro Splinter estaba entrenando con April en el exterior y no regresarían pronto, mientras que Casey había salido para asistir a un partido importante de su deporte favorito. Así que, por primera vez en mucho tiempo, Mikey estaba completamente solo en el refugio.
Con pasos lentos y cuidadosos, se acercó al sofá donde Donatello empezaba a despertar después del breve tratamiento. La tortuga tenía los ojos entreabiertos, aún aturdido por el cansancio y el dolor.
— ¿Cómo te sientes? — preguntó Mikey con voz suave y una expresión amable en el rostro.
— Como si me hubiera atropellado un autobús, gracias — respondió Donnie con una sonrisa débil, mirando a su hermano menor con cariño. — Oye, yo sé que no fue tu culpa. La larva ya se había salido completamente de control — añadió, dándole un pequeño apoyo moral.
Esas palabras calmaron un poco la tormenta de emociones negativas que Mikey llevaba dentro. Su ceño se relajó y una sonrisa tierna y genuina volvió a iluminar su rostro.
— ¿Tienes hambre? — preguntó Mikey, con entusiasmo. —Prepararé algo delicioso para ti.
No era mentira que Mikey era el único que realmente prestaba atención a los secretos culinarios en la guarida. Aunque tenía sus propios experimentos fallidos, cuando sus hermanos estaban mal, olvidaba esas ganas de inventar y se concentraba en preparar algo que realmente les gustara.
— ¿Podrías preparar esa avena que le hiciste a papá? —preguntó Donnie. — La verdad es que se veía deliciosa, pero por favor, ponle chocolate esta vez.
Mikey se acercó rápidamente, tomando la solicitud con mucho ánimo. Antes de dirigirse a la cocina, pasó el control remoto a Donnie para que pudiera relajarse un poco con algún programa tonto y distraerse.
Mientras Mikey se movía entre ollas e ingredientes, la cocina se convirtió en su pequeño refugio, un espacio donde podía desconectarse, aunque fuera por unos minutos, de los problemas y la presión constante. Pero sabía que sus hermanos mayores no dejarían que olvidara tan fácil lo que había ocurrido, ni perdonarían tan rápido.
— Bueno, ¿y ahora con qué planeas casi matar a Donnie? —interrumpió Rafael, cruzándose de brazos y con una sonrisa burlona, claramente con la intención de molestar a Mikey.
— Fue un accidente, Rafa — replicó Mikey con voz firme, aunque la tensión comenzaba a subir dentro de él. Sentía cómo el rencor y la frustración empezaban a invadir su cuerpo. Era una sensación desagradable, sucia.
— Siempre son accidentes contigo — replicó Rafael, aumentando el tono — Los demás saben lo que hacen. Tú solo eres una tortuga tonta.
En ese momento, el sonido estridente de las ollas chocando llenó la habitación. Rafael se dio cuenta al instante de que había ido demasiado lejos, pero ya era demasiado tarde para retractarse.
— Mikey, yo... — comenzó a disculparse, pero Mikey no quiso escucharlo.
— Renuncio al equipo — dijo con voz firme y decidida, mientras se dirigía hacia Donatello para entregarle el plato de avena que había preparado.
Rafael quedó paralizado por un momento, incapaz de creer lo que acababa de escuchar. En su mente, era impensable que su hermano menor pudiera tomar una decisión así. Pero pronto aprendería que sus palabras tienen más poder del que imaginaba.
Durante las siguientes horas, Mikey y Donnie compartieron momentos tranquilos, hablando sobre algunos cómics de ciencia ficción, una de las pocas cosas que realmente los hacía sentir conectados como hermanos. Gracias a esas charlas, Mikey tenía las ideas más locas, y Donnie los proyectos más brillantes.
Cuando Donnie finalmente logró conciliar el sueño, Mikey sacó su teléfono con la esperanza de encontrar una distracción, una respuesta, algo que lo ayudara a escapar del peso de la culpa y la tristeza que lo envolvían, silenciosos pero persistentes. Sin embargo, lo único que encontró fue su propio reflejo en la pantalla: un rostro cansado, agotado, con ojos que pedían descanso… y al mismo tiempo, la sombra de la ira y el resentimiento trepando por su piel como una vieja herida abierta.
Negó con la cabeza, intentando apartar esos pensamientos, y alzó la vista hacia el techo, por donde se filtraba una cálida luz. Permaneció unos minutos en silencio, pensándolo bien, respirando hondo, y finalmente, con dedos firmes, escribió un mensaje para su padre:
#Hola papá, solo quería decirte que renuncio al equipo. Han ocurrido unas cosas... malas, y la verdad ya no tengo ganas de discutir. Además, creo que aprovecharé este tiempo para mí. En fin, cuando vuelvas te contaré todo mejor. Te quiero, papá. Espero que tú y Abril se estén divirtiendo.#
Splinter leyó ese mensaje con atención y, en esas breves líneas, pudo sentir la enorme carga de problemas que estaban ocurriendo en casa. Aún le quedaban dos días para cumplir con todo lo previsto, pero sabía que tenía mucho que resolver.
#Hola, Miguel Ángel. Entiendo. Cuando llegue hablaré muy seriamente con tus hermanos. Tú disfruta de tu tiempo y recuerda que no tienes la obligación de cocinarles.#
El mensaje de su padre golpeó justo en una de las debilidades más humanas de las tortugas: su estómago. Pero, precisamente, eso era lo que Mikey necesitaba escuchar. Sonrió al sentir el apoyo incondicional de Splinter y decidió ir a buscar entre los pergaminos que él llamaba sus “fanfics viejos” — antiguas escrituras y relatos que su padre había escrito. Todos tenían derecho a leer esos textos llenos de sabiduría, pero casi nunca tenían tiempo para hacerlo.
Ahora, con su renuncia temporal, Mikey tenía tiempo de sobra. Se acercó a las estanterías llenas de libros y pergaminos gastados y buscó uno con un título llamativo. La única regla que Splinter imponía era clara: “Deja todo como lo encontraste”.
Entre los pergaminos, distinguió la silueta de una corona con un ojo rojo en el centro. Aunque estaba gastado por el tiempo, no le importó y lo tomó con cuidado. Fue a su cuarto, contento de no tener que estar corriendo de un lado a otro, y se sentó a leer.
Al desenvolver el pergamino, leyó el título escrito en caracteres rojos: “La corona roja”.
— La corona roja es un objeto de gran poder, encontrado hace años por un amo ya olvidado, aunque el más conocido fue el señor Lambert — leyó mientras observaba el dibujo al lado, que mostraba a un hombre de piel morena y cabello blanco, con una espada y porte digno de un rey — Este señor pudo escuchar las promesas de la corona y usar su poder. Gracias a ella, pudo aguantar muchos años. La corona podía hacerte inmortal, devolver la vida después de la muerte y hacer que el mundo entero se arrodillara ante ti.
— Ja, eso suena asombroso — murmuró Mikey, con una sonrisa mientras continuaba leyendo.
— Lambert fue conocido como el dios de la muerte gracias a este poder. Ninguna criatura, ya fuera yokai o humana, podía resistir la poderosa magia de la corona y las palabras empalagosas del señor Lambert. Más de uno entregó sus tierras a sus pies y muchos fueron olvidados solo para que su nombre permaneciera en la historia. Genial, alguien tan poderoso debió ser un líder sabio... pero nada es eterno.
Mikey se estiró y al mirar la hora notó que ya era tarde. Decidió cerrar el pergamino y apagar la luz, dejando la historia para otro día mientras se sumergía en el sueño.
Los gritos retumbaron rápidamente por toda la guarida. Normalmente, Mikey era la primera tortuga en levantarse para preparar la comida para toda la familia; pero ese día decidió seguir el camino de la pereza, lo que inevitablemente implicaba que más tarde tendría que limpiar su preciosa cocina.
La tortuga de ojos azul bebé se vio obligada a levantarse cuando, desde su cuarto, escuchó el caos desatado en su espacio creativo más sagrado: la cocina. Al llegar, se encontró justo con lo que temía. Había comida regada por todas partes; Rafa estaba intentando exprimir naranjas con sus sais, Leo cortaba chorizo para los huevos revueltos con sus katanas, y Donnie se protegía con la tapa de la olla más grande (la que Mikey reservaba exclusivamente para su salsa de pizza), tratando de esquivar la inminente tormenta que caería sobre ellos: la furia de su hermano menor.
Mikey no pudo contener su enojo.
— ¡¡¿NI SIQUIERA PUEDEN COCINAR SIN HACER UN DESASTRE?!! ¡LÁRGUENSE DE AQUÍ! — gritó sin perder tiempo, sacando a todos de su amada cocina. Recogió toda la comida tirada y, con cierto sarcasmo, la sirvió para que la comieran, como si fuera el “menú” del día. Esto enfureció aún más al temperamental Raphael.
— ¡PRIMERO NOS ECHAS DE LA COCINA! ¡ESTO NO HUBIERA PASADO SI TE LEVANTARAS TEMPRANO! — respondió Rafa, furioso, buscando como siempre a alguien a quien culpar.
— Y no les voy a cocinar ni a ti ni a Leo, así que mejor busquen un restaurante — replicó Mikey, todavía molesto, mientras se disponía a preparar unas tortillas para el y Donnie.
— ¿Ahora vienes con ese comportamiento, Mikey? — dijo Leo, sentándose en la mesa para comer. — Actúas peor que un niño.
Donnie solo quería desaparecer en ese momento. Se sentía atrapado en medio de una pelea campal: en un extremo estaba Leo, el líder y más fuerte, y en el otro, Mikey, el corazón del equipo, quien también se encargaba de cocinar, limpiar y mantener la guarida en orden (salvo su propia habitación, que era un caos absoluto).
— Chicos... ¿y si nos calmamos un poco? — intentó mediar Donnie, tomando su desayuno con cautela.
Pero Mikey, enfadado, tomó su plato y se retiró directo a su cuarto, convertido en una fiera. Sabía bien que algunas conversaciones eran como caminar sobre hielo delgado, y Donnie no era tonto; para sobrevivir (o al menos no morir de hambre), debía mantener la paz con su hermanito menor. Así que respiró hondo, se levantó y, con firmeza, dijo:
— Los únicos que actúan como niños son ustedes.
Con eso, decidió que lo mejor era refugiarse en su laboratorio.
Las horas pasaron, y finalmente Mikey salió de su cuarto, pero esta vez fue en busca de su hermano mayor. Había tenido suficiente tiempo para sumergirse en su lectura de la tarde y ahora quería saber más sobre esa leyenda que había encontrado. Al llegar al laboratorio, vio a Donnie concentrado en su trabajo, soldando cables en una tarjeta de circuito con cuidado y precisión.
— Donnie, perdón, ¿Te molesto? — preguntó Mikey con una actitud tímida, que cualquiera que lo viera notaría de inmediato como algo adorable.
— Para nada hermanito, ¿Qué pasa? — respondió Donnie sin dejar de trabajar en su proyecto.
— ¿Me prestas tu computadora? Solo será un momento — pidió Mikey con cierto nerviosismo.
La petición le pareció curiosa a Donnie, así que se quitó la máscara protectora para mirarlo bien. Ahora tenía toda su atención. — ¿Para qué? — preguntó, curioso.
— He estado leyendo y quiero buscar algo rápido, es sobre uno de los pergaminos de las historias que papá nos dejó — explicó Mikey.
El hermano mayor se acercó, buscó una silla y la acomodó para que Mikey se sentara a su lado. Eso alegró al menor, que había tenido un día complicado gracias a Rafa y Leo.
— La historia es sobre la Corona Roja — anunció Mikey.
— ¿Corona Roja? Suena a historia de magia — comentó Donnie mientras abría la computadora para hacer la búsqueda.
— Oh, aquí está — dijo al encontrar lo que buscaban —. La historia de la Corona Roja se remonta a aproximadamente 8,500 años antes de Cristo. Fue un período antiguo en los territorios que hoy conocemos como Japón, Corea, Filipinas, China y Rusia. Según esta información, hubo un reino poderoso que gobernó durante unos 4,000 años y desapareció tras la muerte de su señor, conocido como Lord Lambert. La Corona Roja fue encontrada en su tumba en 1986. Aunque muchos creían que era solo una leyenda, se cree que la corona posee habilidades sobrenaturales.
— La persona que desenterró la tumba fue el Doctor Neberus Narinder, un arqueólogo, historiador y experto reconocido mundialmente. Este hombre logró restaurar el 76% de la cripta a su estado original, salvando gran parte de la información y devolviendo la voz a una civilización perdida hace mucho tiempo. ¡Es realmente asombroso! — Donnie hizo una pausa para seguir leyendo —. Además, el Doctor Narinder llevó todo lo relacionado con la Corona Roja a una exposición en el Museo Arqueológico de Nueva York. La exposición ha sido un éxito, pero terminará mañana.
Donnie alzó la mirada y vio a Mikey, que parecía extrañamente emocionado.
— ¿Acaso planeas entrar al museo? — preguntó Donnie, incrédulo, con sus ojos rojos clavados en su hermano menor.
Mikey, al verso atrapado, comenzó a divagar.
— Psssss, ¿Quéee? Para nada, hermano... Solo pensaba que, si es un objeto tan terriblemente peligroso, sería bastante malo dejarlo a manos de Destructor y sus secuaces — admitió mientras jugaba nerviosamente con los dedos, temiendo ser descubierto.
“En serio quiere ir”, pensó Donnie sin rodeos. Respiró hondo y añadió — Es una posibilidad, pero no tendría sentido robarla justo el último día.
Al ver la expresión triste de Mikey, Donnie sintió que algo en su pecho se encogía. Respiré profundamente y, con una mezcla de resignación y cariño, dijo:
— Está bien, mañana iremos a montar guardia en el museo. ¿Qué es lo peor que podría pasar?
Ante esas palabras, Mikey no pudo evitar saltar de alegría, haciendo un par de piruetas con una energía contagiosa, para luego abrazar con fuerza a su hermano mayor. Estaba feliz, y eso se notaba en cada gesto, en cada movimiento.
Qué pensamiento tan ingenuo.
