Chapter Text
Hace frío en la cima de la montaña, hace frío a donde quiera que vayan. Steve y Bucky están observando los raíles del tren, Steve en concreto está pensando sobre lo que necesitan hacer. Los otros soldados de los Comandos Aulladores están sintonizando la radio, rastreando el tren y reconociendo el terreno en busca de peligros potenciales. Bucky mira hacia delante, recordando una gema de su pasado.
―¿Recuerdas cuando te hice subir al Ciclón en Coney Island? ―pregunta con una pequeña sonrisa en la cara.
―Sí, que eché la papilla ―responde Steve, sin sentirse precisamente encariñado con ese recuerdo.
―¿No será una venganza, verdad?
Una sonrisilla ladina crece en la cara de Steve.
―¿Y por qué iba a hacer eso?
Los dos hombres se giran a la vez cuando Jones confirma la ubicación de Zola en el tren.
Steve, Bucky y Jones son los que llevarán a cabo el peligroso viaje hacia el tren. Nadie, ni siquiera el mismísimo Dios, podría haber hecho que Bucky no siguiera a Steve. Lo seguiría a cualquier sitio.
Steve y él se adentran en el tren buscando a Zola. Tan pronto como Steve pasa por la segunda puerta frente a Bucky, esta se cierra, encerrándolos a los dos por separado. Varios hombres comienzan a disparar a Bucky mientras Steve tiene que lidiar con una máquina equipada con un arma especial de HYDRA.
Tras deshacerse de la máquina, Steve se abre camino hasta Bucky, ayudándolo a eliminar a los agentes de HYDRA que los disparan.
―Lo tenía contra las cuerdas.
―Sí, lo sé. ―Steve está recordando todas aquellas veces que él había replicado de la misma forma.
Antes de que pudieran hacer nada, la máquina está caminando hacia ellos, abriendo fuego. Steve reacciona con rapidez, empujando a Bucky fuera de la trayectoria. En el proceso, el lateral del tren sale volando y con él, el rubio, quien sólo es capaz de agarrarse con fuerza a la barandilla.
Bucky se sube a esta con rapidez, diciéndole a Steve que aguante, que va para allá.
―¡Steve, coge mi mano! ―grita, dando lo mejor de sí para estirar su brazo todo lo posible.
Steve extiende el brazo hacia él, pero la barandilla se suelta, incapaz de soportar su peso. Sus gritos son lo último que Bucky escucha de él.
Más tarde, esa misma noche, Bucky está sentado sólo en un bar consumido, bebiéndose todas y cada una de las botellas. Oye a Peggy caminar detrás de él; no está muy seguro de cómo es capaz de oír tan bien, pero lo hace de todas formas.
A la vez que se seca las lágrimas, alcanza la botella.
―Creo que lo que sea que me hicieran me ha vuelto más difícil de emborrachar.
Peggy mueve la silla que hay enfrente de él, sentándose en ella y estudiando su expresión antes de hablar.
―No fue su culpa.
―¿Ha leído el informe?
―Sí.
―Pues sabe que no es cierto ―resopla.
―Usted hizo cuanto pudo. ―Lo observa, está sentado en silencio con el dolor grabado en cada centímetro de su piel―. ¿Tenía fe en su amigo? ¿Lo respetaba? ―Bucky asiente―. No continúe culpándose. Otórguele a Steve la dignidad de su decisión. Sin duda él creía que usted merecía la pena.
Bucky sabe que está dolida, pero él lo está también, es probable que lo esté aún más. Steve era su todo, su única razón de vivir. Ahora se ha ido y todo lo que le queda es vengar a su amigo, su hermano, el hombre que amaba más que a nada.
―Voy a ir a por Schmidt. No pararé hasta que HYDRA esté bajo tierra o entre rejas.
―No estará solo ―le asegura ella.
[...]
Bucky se sienta a la cabeza de la mesa, escuchando al Coronel Phillips discutir dónde está Schmidt.
Finalmente, Gabe habla: ―¿Y qué vamos a hacer? No es como si pudiéramos ir allí y entrar por la puerta.
―¿Por qué no? ―Siente cómo todos los pares de ojos se giran a mirarlo como si estuviera loco. Él levanta la mirada de la mesa, asegurándose de mirar a todo el mundo a los ojos antes de decir: ―Eso es lo que vamos a hacer.
Los Comandos Aulladores se miran los unos a los otros, sabiendo que Bucky está listo para una misión suicida. No podrían estar más dispuestos a seguirlo.
[...]
Bucky es capturado por HYDRA tal y como dictaba el plan. Está escuchando a Schmidt dándole su enfermizo discurso, sintiendo las ganas de vomitar.
―¿Qué le hace a usted tan especial?
―Nada, soy un chaval de Brooklyn.
Está preparado para el golpe en la cara que Schmidt le da. Un arrebato de orgullo se alza en la boca de su estómago al saber que Steve habría dicho algo parecido.
Los Comandos Aulladores atraviesan las ventanas y eso se convierte en una guerra sin cuartel.
Bucky sigue a Cráneo Rojo, persiguiéndolo como si fuera la última persona sobre la Tierra aparte de él mismo, lo cual es una actitud peligrosa. Lo ve subiéndose a un avión y acto seguido, él esta corriendo detrás con una ferocidad tremenda. Se niega a permitir que este hombre escape. A lo largo del camino, el Coronel Phillips y Peggy aparecen en un coche, indicándole que salte al interior de este a medida que conducen hacia el avión. Una vez que esta lo suficientemente cerca, Bucky entra de un salto al avión a través de la entrada trasera.
Consigue desmantelar una de las bombas de Hydra antes de que un agente aborde la que tiene escrito: «Nueva York» y comience a despegar. Sin pensarlo dos veces, salta sobre el avión, arranca la parte superior y lanza al agente al exterior. Después, devuelve la nave al interior del avión con su mente centrada en su misión: destruir a Schmidt.
Camina a través de la puerta que lleva a la zona delantera del avión. En cuanto la puerta se cierra, oye a una de las armas especiales abrir fuego. Bucky salta con rapidez para salir de la trayectoria de la ráfaga antes de darse la vuelta y tirarle el escudo a Schmidt, quien tienen una apariencia asquerosa con su cara roja. En serio, Bucky no cree que vaya a acostumbrarse a eso alguna vez, o que no irá a tener pesadillas con esa cara.
Cráneo Rojo tiene a Bucky en el suelo, escuchando su sermón mientras rodea el cubo azul que llama «Teseracto» . Bucky sabe sólo una cosa sobre ello: que solo traerá problemas. Schmidt, abrumado por el poder, coge el cubo con sus manos y se desintegra frente a la mirada incrédula de Bucky.
Bucky hace un balance de cualquier lesión grave que pueda tener, no encontrando ninguna, por suerte. Sabe que aún hay bombas en el avión y también sabe lo que tiene que hacer. Se sienta en la posición del piloto, observando un hermoso cielo lleno de nubes por debajo y por encima de él. Está tan tranquilo.
―Aquí el Sargento Barnes. ¿Me reciben?
Peggy mueve a Morita a un lado de tal modo que ella pueda comunicarse con Barnes.
―¿Barnes, eres tú? ¿Estás bien?
―Peggy, Schmidt está muerto.
―¿Y el avión?
Bucky presiona los botones de la cabina de mandos, esperando que alguno de ellos funcione. Ninguno lo hace. Poniendo los ojos en blanco por el hecho de que nada vaya a funcionar, responde: ―Eso es un poco más difícil de explicar.
―Dame tus coordenadas y te localizaré un lugar de aterrizaje seguro.
―No habrá ningún sitio para aterrizar de forma segura ―afirma con un tono de voz desalentador―, pero puedo intentar un aterrizaje forzoso.
Peggy no nota que el Coronel Phillips ha arrastrado sus pies y los de Morita fuera de la sala, dándoles a estos dos su privacidad.
―A-avisaré a Howard, él sabrá qué hacer.
―No hay tiempo. Este trasto va muy rápido y vuela directo a Nueva York. ―Bucky hace unas cuantas respiraciones para tranquilizarse antes de seguir―. Tengo que hundirlo en el agua.
―Por favor, no lo hagas. Tenemos tiempo, vamos a arreglarlo. ―No quiere perderlo. Ya ha perdido a Steve y no quiere perder al que fue su mejor amigo también. Su preocupación es evidente en su voz.
―Ahora mismo estoy en el medio de la nada. Si espero más tiempo, morirá muchísima gente. ―No hay nada más que silencio a través de la radio. Los dos saben lo que hay que hacer―. Peggy... Esta es mi decisión.
Bucky enreda con los controles del avión, tratando de descubrir cómo hacer que caiga en picado. Encuentra la palanca correcta y tira de ella, sintiendo cómo su cuerpo es echado hacia atrás en su asiento por la gravedad. Está dejando el avión caer. Es sencillamente apropiado, morir durante la época del año que más odia: el invierno.
Le echa un vistazo a la foto que tiene de Steve y sabe que está haciendo lo correcto.
―Peggy.
―Estoy aquí.
―Voy a ver a Steve otra vez.
―Mándale saludos de mi parte. ―Las lágrimas descienden sin cesar por su cara. Sabe que Bucky puede oír sus sollozos, pero no le importa.
―Lo haré... No estés triste, Peg. Voy a estar con él.
―Lo sé ―dice sorbiendo por la nariz―. Siempre lo supe.
El hielo está cada vez más cerca. Tiene que sacarlo a la luz, dejar que alguien lo sepa: ―Lo quer-...
La radio se corta. No se oye nada más que el ruido de la estática.
―¿Bucky? ―Las lágrimas se desbordan de sus ojos. No puede rendirse, tiene que tener la esperanza de que él está bien―. ¿Bucky? ―Silencio otra vez. Lo sabe.
El Coronel Phillips observa, siendo totalmente consciente de lo que ella ha perdido. De lo que él y los Comandos han perdido. Diablos, lo que ha perdido el mundo entero.
Esa noche, los hombres restantes de los Comandos Aulladores lloran la pérdida de su Capitán y su Sargento. Pero lo que es más importante, lloran la pérdida de sus amigos mientras todo el mundo a su alrededor celebra haber ganado la guerra, sin saber lo que eso ha costado.
―Por el Capitán. Por Barnes ―dice Falsworth antes de que los Comandos junten sus vasos una última vez por sus amigos caídos.
[...]
¿Dónde estoy? , piensa, despertándose poco a poco. Le golpea todo de golpe. Se acuerda. Steve . Abre los ojos, observando a su alrededor la habitación que lo rodea y escuchando un partido de baseball que se está emitiendo por la radio. Su mente tiene una única misión: encontrar a Steve.
Se incorpora en la cama con cuidado, sabiendo que hay algo que está mal. Oh Dios, HYDRA. Su cerebro está en alerta, buscando cualquier pista que le diga dónde está. Escucha ese maldito partido de baseball en la radio y da con ello. Él estuvo ahí, con Steve. Fueron a ese partido juntos.
Una mujer, vestida como una enfermera que trabaja para alguien del lado de los Estados Unidos, entra, estudiándolo antes de hablar.
―Buenos días ―dice ella, cerrando la puerta tras de sí. La mujer le echa un vistazo a su reloj antes de volver a dirigirse a él―. Bueno, más bien tardes.
Bucky sabe que todo esto está mal. Su pelo, las ligeras desviaciones en su atuendo, sus zapatos y ese reloj; nada de eso está bien.
―¿Dónde estoy? ―pregunta.
―En una sala de recuperación de Nueva York.
Puede oír el aumento de las pulsaciones de la mujer. ¿Cómo es que soy capaz de hacer eso?, se pregunta. Gira la cabeza en dirección a la radio, recordando este momento exacto del partido. Fue cuando Steve le cogió la mano emocionado. Eso es algo que Bucky jamás olvidará.
―¿Dónde estoy? De verdad ―exige, apenas reteniendo un gruñido.
La mujer pelirroja trata de hacerse la tonta: ―Me temo que no lo entiendo.
Puede decir que está mintiendo.
―El partido. Es de mayo de 1941. Lo sé porque yo estuve allí.
Ve el momento exacto en el que ella sabe que la ha pillado. Se levanta de la cama, marcando el ancho de sus hombros para parecer aún más intimidante de lo que ya es.
―Ahora, te preguntaré una vez más. ¿Dónde estoy?
―Sargento Barnes...
―¿Quién es usted? ―demanda, interrumpiéndola.
Lo siguiente que sabe es que hay hombres entrando por la puerta. Están armados. Bien, se abrirá camino. No hay forma de que permita que Hydra lo coja vivo. Los tira a través de la pared, corriendo hacia el exterior y viendo que está en una especie de escenario en una sala mucho más grande.
Abre las puertas, corriendo hacia los pasillos y viendo hombres trajeados por todos lados al mismo tiempo que un «código 13» está siendo anunciado a través de algún tipo de altavoz. Todo es diferente, aún así. Los coches están por todas partes. Los edificios son más altos. Hay luces llamativas y pantallas.
Bucky mira a su alrededor confundido a media que vehículos negros lo rodean.
―Descanse, soldado ―le dice una voz desde atrás.
Dando media vuelta, localiza a un hombre con un parche en el ojo y vestido todo de negro, frente a uno de los coches. El líder , piensa. Bucky se mantiene en su posición mientras el hombre camina directamente hacia él.
―Mire, lamento el numerito que le hemos montado, pero creímos que lo mejor era soltárselo despacito.
―¿Soltarme qué? ―Está tan confundido. ¿Qué tienen que contarle? ¿Es Steve? ¿Está vivo?
―Ha estado dormido, Sargento. Durante casi setenta años.
Bucky mira a su alrededor, mira de verdad. Oh Dios, le están diciendo la verdad. ¿Pero cómo? ¿Cómo es esto posible? Su mente se mueve a un ritmo desenfrenado, incapaz de procesarlo todo. Piensa en el choque del avión, recordando su promesa. Se suponía que el tendría que estar con Steve...
El hombre de negro nota algo que parece culpa y remordimiento en el rostro de Bucky.
―¿Se encuentra bien?
―Sí... Sí, es que... Iba a ver a alguien.
