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Asistente, Café y un Hokage Imposible

Summary:

Hikari hace que la Torre del Hokage funcione.
Kakashi hace todo lo posible para que su corazón no lo haga.

Ella es eficiencia, orden y sonrisas contenidas.
Él es distancia emocional, evasión elegante y miedo a amar.

Entre informes clasificados, reuniones interminables y una cercanía que ninguno sabe cómo manejar, Hikari y Kakashi descubrirán que algunas batallas no se ganan con estrategia... sino con valentía emocional.

Una romcom ligera, divertida y tierna sobre enamorarse del jefe equivocado y del hombre correcto al mismo tiempo.

Chapter Text

El sol de la mañana entraba a raudales por la ventana, haciendo que su cabellera rubia pareciera un manojo de hilos de oro. Konoha brillaba fuera, y el ritmo pegajoso de la radio invitaba a bailar incluso en la intimidad del pequeño apartamento. Ella seguía el compás con la cabeza, mientras su camiseta holgada se deslizaba sin querer por un hombro. Sus pantaloncillos cortos eran la prueba perfecta de un día libre, dedicado al simple placer de no hacer nada importante.

 

Avanzó por el pasillo con un balanceo distraído, pero un impacto sólido y frío contra su pie descalzo cortó la melodía de golpe.

 

—¡Ay! ¡Ouch!

 

Un chillido agudo escapó de su boca. En el suelo, como un obstáculo ridículo y peligroso, yacía la katana de Souta.

 

—¡Yamamoto Souta! —gritó hacia el baño, saltando sobre un pie mientras se frotaba el otro con expresión de disgusto.

 

La voz de él llegó entre el ruido del agua y una tranquilidad exasperante. —¿Qué pasó? ¿Te caíste?

 

—¡No, no me caí! —replicó, dejando de saltar para poner las manos en las caderas—. Tu espada otra vez. ¡Parece que tiene vida propia y le gusta tumbarse justo donde piso!

 

La puerta del baño se abrió y Souta asomó la cabeza, con el cabello negro mojado y una sonrisa de complicidad. —Es que quiere atención. O a lo mejor te está retando a un duelo a primera hora de la mañana.

 

Ella no pudo evitar soltar una sonrisa, pero la reprimió rápidamente, intentando mantener el enfado. —Muy gracioso. ¿Cuántas veces? Esto no es un armería, ¿sabes?

 

Mientras hablaba, se fue a la puerta principal y la abrió, se agachó para recoger la correspondencia de debajo del tapete. Sus ojos lilas, ahora brillantes por la molestia divertida, revisaron los sobres con rapidez antes de dejarlos sobre la mesa del comedor.

 

—Se resbaló del gancho —se excusó Souta, saliendo por completo con su traje ANBU a medio armar y con una toalla al cuello—. Es que este pasillo es más estrecho que mi paciencia los lunes por la mañana.

 

—¿Y por qué no la dejas en tu casa entonces? —preguntó ella, pero esta vez la pregunta sonó a broma, a un reproche vacío de verdadera ira.

 

—Porque mi casa está donde estás tú —respondió él al pasar, rozándole el hombro descubierto con los dedos.

 

Ella resopló.

 

Y con un movimiento ágil, se dirigió a la cocina, seguida por la mirada cómplice de Souta. 

 

La comida salió de la cocina en un revoltijo delicioso y apresurado: tostadas crujientes, huevos estrellados con las yemas aún temblorosas, tocino chisporroteando y el aroma intenso del café recién hecho. Hikari lo sirvió todo con una eficiencia desprolija, priorizando la velocidad sobre la elegancia. Tomó su taza y se dejó caer en la silla, levantando los pies descalzos para apoyarlos en el borde de la silla con un gesto de familiar comodidad.

 

Souta se ajustó la última correa de la pechera ANBU y se sentó frente a ella. Un bostezo sonoro le escapó mientras se restregaba con desaliño su cabello negro, tan puntiagudo y rebelde como siempre.

—¿Qué planes tienes para hoy? —preguntó, clavando los palillos en un trozo de huevo con un apetito voraz.

 

—Iré a la Torre Hokage a ver si hay alguna misión con mi nombre —respondió Hikari, sin levantar la vista de los sobres que revisaba con destreza. Separaba las facturas con un gesto de fastidio y las apartaba a un lado con desdén.

 

—Llevas lo que… ¿tres meses como Jounin? —comentó Souta con la boca llena—. Ya no hay misiones de vida o muerte como antes. ¿Qué harás? ¿Supervisar una nueva construcción en el sector este o perseguir a algún mercader estafador? Lo más emocionante que te puede tocar es una aburrida escolta hasta la capital para el señor feudal.

 

—Ser un Jounin en tiempos de paz es distinto —replicó ella, tomando un sorbo largo de café—. Han pasado dos años desde la guerra. La aldea está cambiando, y nosotros tenemos que cambiar con ella. —Hizo una pausa breve, sus ojos lilas se clavaron en un sobre en particular, uno que ostentaba el sello oficial del Hokage—. La pregunta no es qué haré hoy, sino qué significa realmente ser un ninja ahora.

 

—Es un trabajo, Hikari. No le des tantas vueltas —dijo Souta, bebiendo un trago de su café—. Además, tú misma te conformas con lo pequeño. Mira este lugar. Podrías estar viviendo aventuras; ¿recuerdas cuando salieron las postulaciones para escolta del Daimyo? Ni siquiera la miraste. Esa plaza casi nunca sale…

 

—¡No puede ser! —La exclamación de Hikari cortó el aire de golpe. Se tapó la boca con la mano, al borde de derramar la taza. Sostuvo el papel como si fuera un tesoro, sus ojos recorriendo las líneas una y otra vez, como si no pudieran creer lo que veían—. ¡Esto es increíble!

 

Souta parpadeó, sorprendido por el estallido. —¿Qué pasa? ¿Por qué esa cara?

 

Pero Hikari ya no estaba para preguntas. Dio un último sorbo intenso a su café, se levantó de un salto y salió disparada hacia la habitación en un torbellino de energía. Intrigado, Souta tomó la carta que había sido abandonada sobre la mesa. Sus ojos escanearon el contenido. —¿Asistente… del Hokage? ¿Postulaste?

 

—¡Sí! —gritó la voz de Hikari desde la otra habitación, seguida del ruido de un cajón abriéndose de golpe. Salió abrochándose una chaqueta bomber de colores tan vibrantes como su sonrisa, que contrastaba con la remera de Jounin—. ¡No me lo puedo creer! ¡Me eligieron a mí!

 

Souta miró la carta, luego a ella, que comenzaba a trenzar su rebelde cabellera rubia con movimientos rápidos y expertos. —¿Y… eso es bueno? —preguntó, aún procesándolo.

 

—¿Bueno? ¡Es bestial! —exclamó Hikari, sus ojos brillando con una determinación absoluta—. ¡Es la oportunidad! Podré aprender de los mejores, estar en el centro de todo… ¡y demostrar de lo que soy capaz!

 

—Ser asistente del Hokage… no es que sea el mejor trabajo del mundo —respondió Souta levantándose de la mesa con un gesto escéptico. Cruzó los brazos, observando cómo Hikari se ajustaba apresuradamente los vendajes de sus pantalones anchos de entrenamiento.

 

—¿Estás escuchando lo que dices? —replicó ella, alzando la vista con una sonrisa incrédula mientras señalaba la oreja en un gesto teatral—. ¡Es el Rokudaime! Un hombre que estuvo en la guerra, que entrenó al propio Naruto Uzumaki. ¡Es una leyenda viviente!

 

—En la ANBU sabemos que las leyendas en el despacho a veces se dedican a escaquearse para leer sus libros —se quejó Souta, siguiéndola con la mirada mientras ella se movía por la habitación como un remolino—. No es un buen trabajo, Hikari, y lo sabes. Te van a explotar a base de papeleo. ¡Pasarás los días atrapada entre cuatro paredes, sin poder demostrar ni la mitad de tu potencial!

 

—Tú no entiendes la vibra —replicó Hikari con un tono lleno de convicción, mientras engullía un último bocado de tocino y pan y se lo pasaba con un trago rápido de café—. ¡Esto es grande! Y no voy a llegar tarde el primer día. ¡No olvides cerrar la puerta cuando salgas!

 

—Hikari, hablo en serio —insistió él, frunciendo el ceño con genuina preocupación. Su voz se cargó de una intensidad que no había tenido antes—. ¡No es un buen trabajo! ¡Te lo juro, preferiría verte supervisando construcciones!

 

Pero sus palabras chocaron contra la puerta que Hikari acababa de cerrar de golpe tras de sí. El click del pestillo sonó definitivo.

 

Souta soltó un suspiro de frustración, su mirada cayendo de nuevo sobre la carta abandonada en la mesa, ahora manchada con una pequeña gota de salsa. Sin embargo, la tranquilidad duró poco. La puerta se abrió de repente y Hikari asomó la cabeza con una sonrisa torpe.

 

—¡Casi lo olvido! —exclamó, lanzándose hacia la mesa para recuperar el preciado documento. Pero en su camino, su mirada se clavó en la katana que seguía tirada en el suelo del pasillo.—Oye, —dijo, señalándola con el mentón mientras agarraba la carta—, no te olvides de llevártela. No dejes tus cosas en mi casa, ¿eh? ¡Esto no es tu trastero! ¡Besos! ¡Nos vemos!

 

Y antes de que Souta pudiera articular respuesta, desapareció de nuevo, dejando tras de sí el eco de su risa y el aroma a café y prisa. Souta se quedó solo, mirando la katana en el suelo y luego la puerta cerrada, con una mezcla de exasperación y cariño inevitable.

 

***

 

Kakashi apretó el lápiz con tanta fuerza que por un segundo pareció que lo rompería. La punta de grafito clavada en el documento transmitió su comprensión instantánea, y cuando alzó la mirada, sus cejas estaban ligeramente arqueadas por encima de su máscara, mostrando una confusión genuina.

—¿Cómo que... te vas? —preguntó, con un tono que pretendía ser casual pero que delataba un dejo de desconcierto. —Tenía la impresión, quizá errónea, de que te quedarías durante todo mi mandato.

 

—Eh... Hokage-sama... —comenzó Shizune, con una sonrisa tensa que no llegaba a sus ojos. Se retorció ligeramente las manos, un gesto nervioso que delataba lo incómodo de la situación.

 

—Ya te he dicho mil veces que ese título me hace sonar como un anciano aburrido —replicó él, arrojando el lápiz sobre el escritorio con un golpe seco y reclinándose en su silla con un bufido exagerado. La silla crujió protestando.

 

—Es que... usted sabe perfectamente que mi lealtad principal está con Tsunade-sama —argumentó ella, su voz cargada de un respeto inquebrantable. —Estos dos años a su lado han sido para asegurar una transición ordenada. Pero Tsunade-sama planea otro viaje extenso y... mi lugar está con ella.

 

—Ajá —asintió Kakashi lentamente, entrelazando los dedos sobre su pecho. Su único ojo visible se entornó en una expresión de profunda tragedia. —Entonces, en resumen, me abandonas. Me dejas a la deriva, a merced de este mar de papeles. Solo.

 

Shizune no pudo evitar rodar los ojos hacia el techo, aunque una sonrisa de afecto se asomó a sus labios. —Por favor, no sea tan dramático. Precisamente para evitar ese... naufragio administrativo... es que publicamos la convocatoria para el puesto de asistente hace dos meses. ¿Recuerda?

 

Kakashi se inclinó hacia adelante con un movimiento repentino, apoyando los codos en el escritorio. —¿Ah, sí? —preguntó, con un tono de genuina sorpresa, como si le estuvieran contando un chisme jugoso.

 

—Hasta usted mismo le estampó el sello oficial —dijo Shizune, señalando con un dedo un documento en el montón. Allí, impreso con tinta roja, estaba el símbolo inconfundible de la oficina del Hokage.

 

Kakashi miró el sello. Luego, lentamente, desvió la mirada hacia Shizune. Volvió a mirar el sello fijamente, como si esperara que hubiera cambiado. Finalmente, alzó la vista de nuevo hacia ella, y en su ojo podía leerse una expresión de reconocimiento tardío y absoluto despiste.

 

—Ahhhhh... —exhaló por fin, alargando la vocal mientras se rascaba la parte posterior de su cabeza con gesto avergonzado. —Esa oferta.

 

—Sí, Hokage-sama. Esa oferta —confirmó Shizune, posando sus manos con firmeza en las caderas en un gesto que no admitía réplica—. Y ya tenemos el resultado del proceso de selección. Todo está listo.

 

—Mmm, la verdad es que, pensándolo bien, no estoy seguro de que necesitemos un asistente aquí —murmuró Kakashi, reclinándose en su silla con una falsa despreocupación. Cuando Shizune se acercó para entregarle la carpeta con el informe, él echó un vistazo al grosor del dossier y, con un movimiento casi imperceptible, lo deslizó hacia el borde de la pila de papeles más alta, como si esperara que desapareciera por arte de magia.

 

—¿Que no lo necesita? —protestó Shizune, con un tono que mezclaba el cansancio acumulado de años con una pizca de exasperación—. Hokage-sama, la mesa está a punto de sepultarlo. Necesita que alguien le recuerde las reuniones, las conferencias con los jefes de clan... —Hizo una pausa dramática y añadió—: Y, por supuesto, alguien que tenga que ir a buscarlo al archivo viejo o a la azotea cuando decide saltarse el almuerzo... otra vez.

 

—Eso lo soluciono con un reloj. Y además —añadió Kakashi, señalando vagamente hacia la puerta con la punta de su lápiz—, pronto llegará esa dotación de nuevos... «compitodures». Esos aparatos modernos.

 

—Computadores —lo corrigió Shizune, con un suspiro resignado.

 

—Eso mismo. Con uno de esos podré organizar mi agenda yo solito —declaró, cruzando los brazos con aire triunfal, como si hubiera resuelto el misterio del universo—. A veces parece que, desde que acepté este cargo, todo el mundo se empeña en hacerme ver como un inútil digital.

 

—No se trata de eso, y lo sabe —replicó Shizune, haciendo una mueca de genuina frustración—. Es mucho trabajo, incluso para Tsunade-sama fue abrumador. Para usted también lo es. La aldea está creciendo y cambiando más rápido que nunca. Necesita apoyo para enfrentarse a todo esto. —Su voz suavizó, adoptando un tono casi suplicante—. Así que, por favor, acepte al nuevo asistente.

 

Shizune juntó sus manos en un gesto de plegaria silenciosa, mirándolo con ojos suplicantes. Kakashi la observó por un largo momento, su mirada pasando de su expresión suplicante al desorden monumental de su escritorio. Finalmente, un suspiro profundo y rendido escapó de detrás de su máscara.

 

—Tres días de prueba —concedió, señalándola con el lápiz—. Solo tres. Si no funciona, haré todo el trabajo yo solo.

 

Shizune permitió que una pequeña sonrisa de victoria asomara en sus labios. No era un sí rotundo, pero era algo.

—Es un avance. Le haré saber los detalles al candidato.