Chapter Text
En los últimos días he tenido bastante trabajo, es horrible considerando que tengo escuela en la mañana, pero aún sigo trabajando para que mi jefe entienda lo que es dormir y lo que son los horarios laborales. No ha funcionado aún, pero tengo fé que lo haga este fin de mes cuando le entregue el total de mi sueldo contando horas extras y días inhábiles.
Cómo fuera, estoy un poco ocupada, agobiada por la mayoría de tonterías de Timothy, como la tontería más reciente de hace dos noches cuando mi jefe decidió empezar a usar la hora militar, para mí absoluto desconcierto.
— Te dejaré un reporte Karla, — pequeña pausa para aclarar que mi nombre no es Karla, a Red no podría importarle menos de todos modos, — entrégalo a las cuatrocientas horas del veintisiete de este mes y por amor a Dios, deja de usar Monserrat, no pago tu office para que me quemes los ojos con esas fuentes, no eres pagana Karla, usa Arial doce como las personas pensantes.
Es un absoluto idiota, si no fuera autista eso realmente le estaría ganando un pase gratuito para una paliza.
De todos modos…
— El día solo tiene veinticuatro horas jefe, — no pude evitar el tono de burla que tiñó mis palabras.
Timothy, por supuesto, tampoco evitó el batarang que me lanzó directo al cuello. Yo, por suerte, sí lo hice.
Con la nueva orden de largarme a trabajar, hice precisamente eso, concentrándome en mis tareas, que iban desde llevarle café al espectro que tengo por jefe hasta barrer toda la porquería en su habitación para que su hermano no lo arrastre a un desayuno saludable. Ay, cuánta suerte tenía Timothy de pagar mejor que Starbucks.
…
— Tania, te dije que le mandaras correo a los proveedores hace tres horas, ¿Qué pasó? — alcé mi vista de mi almuerzo, maldiciendo a mi jefe una vez más, antes de tragar mi sandwich y recordar lo mucho que me gustaba comer.
— Les escribí, solo el proveedor de hidrógeno no ha contestado, — respondí, justo como lo había hecho hace dos horas, justo como lo haría en una hora, porque mi jefe era así de desesperante.
— Si no responde a las mil cuatrocientas cambia al de ciudad Costera
La mirada muerta con la que le respondí pareció ser suficiente, pues se marchó para su sesión diaria de llanto frente a la foto de Superboy la cual finjo no conocer.
Sus pasos resonaron mientras sacaba mi celular para revisar qué maldita hora eran las mil cuatrocientas.
…
— Son las doscientas treinta y siete del cuatro de este mes, después del intento ciento dos, la máquina transportadora entre universos ha realizado su primer viaje exitoso, — la voz de Red estaba llena de emoción, casi temí que llorara, aunque no podría culparlos, incluso yo me sentí emocionada por el éxito, dando un grito de triunfo. El bono que me daría sería legendario joder.
Pasó una cantidad asombrosa de sesenta segundos en los que mi jefe se permitió disfrutar de la sensación de victoria antes de que se enderezara de dónde se encorvaba sobre el monitor, la capa lo hacía parecer pequeño, él diría que es una estrategia, yo digo que es adorable.
Su espalda crujió al enderezarse mientras alzaba sus manos para frotar sus ojos, discretamente desvié la mirada, dándole un momento de privacidad.
— Ve a descansar Rocio, — murmuró, y solo porque era un momento bonito dejé pasar el cambio de nombre. — Empezaremos con la misión K14 a las mil horas, asegúrate de estar preparada.
Fue un dulce momento, Timothy hablaba con suavidad, con esperanza, y la vida en sus ojos fue casi mejor que el haber terminado la construcción de su dichosa máquina. No dije nada mientras me alejaba, aunque antes de salir, recordé el regalo que había preparado anteriormente. Paré justo en la puerta del ascensor, rebuscando en mis bolsillos antes de encontrar la pequeña caja roja en ellos.
— Hey Red, — llamé, esperando a que volteara para lanzarle la caja. Timothy la abrió con esa curiosidad típica suya, inclinando la cabeza en confusión cuando el contenido lo saludó. Un reloj de aspecto bastante barato.
Alzó la vista, yo ya estaba mirándolo con una sonrisa divertida. — Usa la hora analógica, no eres un pagano.
Un resoplido fue todo el sonido que mis oídos alcanzaron a percibir antes de que el pitido del ascensor interrumpiera cualquier frase cursi que mi jefe quisiera soltar
