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Filosofía

Summary:

En un mundo lleno de deseos, solo un hombre parece tener claro cual debe ser el camino a seguir, por muchas tentaciones que le presenten.

Work Text:

Diógenes el Filósofo

Un tumulto de personas se reunía alrededor de una figura que hacía furor en las redes sociales, aunque un turista confundido con su pareja lograba preguntar que es lo que provocaba este alboroto.

— ¡Es Diógenes el filósofo!

El alemán se quedaba confundido, inseguro de haber entendido bien. Volvía a ver al hombre que se encontraba en una túnica blanca y sentado con las piernas cruzadas. Por como hablaba y señalaba a todos los presentes, no parecía estar diciendo nada bueno, y con lo rápido que hablaba más el ruido de toda la gente, no lograba entender que decía.

— ¿Por qué es famoso?

El ciudadano local miraba para el alemán de nuevo, explicando lo más despacio posible lo que sabía.

— Es un hombre que dice seguir las enseñanzas del filósofo con el mismo nombre. Dice que esta sociedad está podrida y que no tiene virtud ninguna.

Hasta el momento, el turista no lograba ver diferencia con algunos de los “Influencers” u otras figuras que compartían ideales similares.

— ¿Y eso es lo que le da la fama?

— ¡En absoluto! Solo espera un poco. Lo entenderás en nada.

Obediente, él y su pareja lo siguieron mirando, apareciendo entre el grupo de personas una “Pyrow”. La mujer monstruo de cabello negro y liso avanzaba con seguridad hacia el hombre, exponiendo su piel morena frente a él.

Las cámaras volaban entonces para sacar fotos, apenas entendiendo a la mujer que apretaba sus pechos y echaba una mano a su sexo en un intento de seducción. Incluso con su esposa a lado y con el monstruo dándole la espalda, no podía evitar emocionarse al ver aquel trasero perfecto mientras las tetas se miraban a los lados de su cuerpo.

Si él se sentía así, creía que el hombre en frente a ella, a meros centímetros de su cuerpo desnudo, estaría ansioso como animal frente a una presa fácil. Una guardia aparecía para capturar a la mujer por los brazos, llevándosela por exhibicionismo mientras Diógenes se mantenía impasible, como si hubiera sido una brisa y no una hermosa mujer.

El local hablaba entonces con el alemán, señalando a la figura que reiniciaba su discurso.

— ¡Eso es lo que lo hace famoso! Varias mamono se presentan cada día para tratar de excitarlo, fallando en todas las ocasiones. ¡Lleva dos meses predicando en esta plaza y ninguna de ellas a conseguido una reacción!

El hombre alemán le gustaría escuchar más, pero su esposa Ratatoskr ya lo estaba empujando hacia su hotel, viendo unos ojos excitados, apretando el brazo de su pareja hacia ella, intentando meter su mano en su pantalón.

Resistiendo los deseos de su pareja, lograba despedirse, acelerando el paso en lo que dejaban en la plaza al “Neo-Diógenes”, quien seguía con su discurso.

— La lujuria es temporal. Solo controlando el deseo llega uno a la verdad.

El hombre que alguna vez se llamó Georgios Kappellis había sufrido la iluminación tras casi perder la vida en su trabajo como obrero. Comprendiendo que su vida era un breve momento, creyó entonces que lo que debe uno aspirar es al control de uno mismo, manejando sus impulsos naturales.

— ¡Esta sociedad llena de placeres temporales quedará obsoleta! ¡No hay crecimiento ni mejora! ¡Solo estancamiento! ¡Solo controlando nuestros instintos es que podemos alcanzar nuestro máximo potencial!

Sus discursos eran ignorados por el grupo de fans quienes solo esperaban a una nueva retadora. En este caso aparecía una ogro de piel roja que avanzaba dando tumbos, haciendo que él suspirase con decepción.

— El vicio del alcohol no es más que una falta de control sobre la gula. ¿Qué placer queda en su ausencia?

La mujer se mostraba indiferente a sus palabras, mirándolo fijamente mientras levantaba la botella de licor extranjero antes de echar un largo trago, soltando su aliento al aire antes de mirarlo fijamente.

— ¡Te ves lindo!

Al instante siguiente, le arrebataba la ropa que llevaba puesta, sonriendo con orgullo, esperando la vergüenza de aquel hombre como su posible emoción… Pero allí estaba Diógenes con su indiferencia, con el pecho desnudo y miembro al aire.

Los guardias aparecerían a tiempo para arrestar a la mujer que había quedado anonada, arrastrada en confusión en lo que le devolvían las ropas al hombre. Aun cuando le regañaba por estar ahí y seguir con su provocación, este no se movía, diciendo que no hacía nada malo, menos todavía, que hubiera algo de lo que avergonzarse.

— ¡Es toda esta gente la que debería avergonzarse de su comportamiento! — Decía él en lo que terminaba de ponerse la tela. — ¡Incapaces de controlar sus deseos e impulsos! Con una mente así…

— ¡Ya te escucho todos los días! ¡No hace falta que te repitas! — Gritaba la mujer gato en lo que empujaba a la otra mamono.

El guardia se alejaría, dejando al hombre con su complejo de sabio continuar su discurso para un público más interesado en los mamonos que lo trataban de asaltar que las enseñanzas. Este discurso se repetía hasta el medio día, habiendo una retirada de personas hasta dejarlo en paz, incluyendo un cambio de turno de guardias que habían tenido que apostarse en el lugar por los continuos intentos de asalto.

Sería este instante que el hombre cogería de su cuenco la comida que le hubieran depositado las personas, tomando únicamente los alimentos que le traían, rechazando el dinero. También era en esta pausa donde una mujer hacía acto de presencia.

Tacones negros con una cinta alrededor de tobillo con brillantes. Un vestido blanco hasta los hombros que hace contraste, ajustado a su figura, enfatizando sus anchas caderas como sus enormes pechos, quedando todo en una figura de avispa que atraía miradas haya por donde camina. Sus hombros descubiertos mostraban una piel clara que apenas había sufrido las penurias de un trabajo, teniendo una sonrisa blanca y confiada en lo que aparecía ante él.

Entre las anormalidades de su cuerpo, una esponjosa cola de rallas marrones, claras y oscuras, se movía de un lado a otro de forma juguetona, mientras que sus orejas puntiagudas del mismo color se sacudían ante el viento. Sus ojos dorados parecían cubiertos por una sombra hasta la mitad de la cara, casi como si fuera un antifaz.

Ella no era otra que Dafni, una de las principales responsable de que Atenas cayese ante la fuerza Mamono hace un año. Famosa y poderosa, es la actual dueña de las principales fábricas del país, disfrutando de una opulencia que solo miembros de la antigua lista Forbes podía permitirse.

Siendo prácticamente una de las dueñas del país, pocas cosas podían escapar de su poder, y ahora su capricho tenía el nombre de Diógenes Kappellis.

— Buenos días Diógenes ¿De nuevo disfrutando de las sobras?

Indiferente al comentario, el hombre siguió disfrutando de un bocata de atún que le habían traído. Puede que en algún momento del pasado aquellas palabras lo molestasen, pero eso quedó todo atrás.

Escuchaba entonces ajetreo, mirando como frente a él habían montado una elegante mesa por un grupo de hombres y mujeres uniformadas, desplegando un set de platos y cubertería, formando en solo dos minutos un banquete al nivel de un rey.

Dafni tomaba asiento, dejando que le atasen una servilleta en el cuello en lo que también le ponían una servilleta en las piernas, levantándole la tapa de la bandeja para mostrar un chuletón recién echo, inundando sus fosas nasales con el olor a carne en su punto, con la sal exacta y una salsa que hacía la boca agua.

La mujer lo miraba de reojo y una sonrisa, levantando un cuchillo y tenedor para cortar la tierna carne, deshaciéndose en su boca con el primer bocado.

— ¡Umh! Deliciosa… ¿Quieres un trozo?

De ser una pregunta genuina, el hombre hubiera aceptado sin más, pero podía mirar las verdaderas intenciones de Dafni. Unas intenciones que no tardaba en hacer obvias.

— Si aceptas trabajar para mi, podrás disfrutar de banquetes como este a diario.

Casi en respuesta, él daba otra mordida a su bocata. — La gula es temporal. Controlar el hambre es necesario pues es uno de los deseos del cuerpo.

— ¿Es así? Umh… No sabes lo que te pierdes.

Ella se comió todo el filete, siguiendo con la mirada al hombre, pero este solo terminaba su bocata y se ponía a meditar, ignorando por completo su presencia. Esa no era la reacción que buscaba la mujer que de inmediato abandonó la mesa, seguido de un grupo de personas trajeadas que limpiaban la escena antes de desaparecer como si nunca hubieran estado.

La tarde volvería a estar ajetreada, pasando la noche a la intemperie para repetir su discurso a la gente… Llegando otro momento a solas con Dafni.

Esta vez, la mujer se encontraba tumbada sobre el capó de un Ferrari rojo recién salido de fábrica, traído con un camión que había dejado salir un Lamborghini como un Porsche, los tres coches ante el hombre.

— Si vienes a trabajar conmigo ¡Estos tres coches serán tuyos! — Decía ella mientras presumía las llaves entre sus dedos, recostada en el coche, abriendo sus piernas.

Él parecía pensarlo por un instante, mirándola fijamente… Solo para negar con la cabeza. — ¿De que vale un coche sin destino?

Se podía ver una arruga debajo del ojo derecho de la mujer, chasqueando los dedos en lo que venían otros hombres uniformados a montar a los coches, subirlos al enorme camión y desaparecer por la carretera.

Otro día, otra aparición de la mujer, mostrando una presentación de fotos en varios ángulos de una mansión de tres plantas. Jardín por delante y por detrás, cinco garajes ocupados por un coche de lujo cada uno. Escaleras de mármol hacia la segunda planta, sirvientes las veinticuatro horas, siete días a la semana que obedecerían todas sus ordenes. Piscina, chef cinco estrellas y un armario en la que tener cien trajes con facilidad.

— Si aceptas venir conmigo ¡Podrás vivir en esta mansión por siempre!

El hombre miraba la foto desde arriba de aquella casa, sus ojos impasibles analizando cada detalle… Hasta que simplemente negó con la cabeza.

— Es una gran casa para un hombre pequeño. No tengo más que el suelo sobre el que descanso.

Furiosa, convocaba una flama que quemaba la pantalla portátil en la que se había echo la presentación, donde los hombres y mujeres trajeados limpiaban las cenizas. Contrario a impresionarse, él solo soltaba otra frase a modo de lección.

— La ira no tiene futuro en el corazón. Un alma serena es una alma en paz.

Poco le importaba a Dafni que solo daba una mirada mortal, enfatizada por aquel falso antifaz en sus ojos, suspirando antes de continuar su “retirada estratégica”.

Otro día, otra aparición de la mujer, con una nueva pantalla que hablaba de una nueva fábrica con diez mil empleados, generando importes millonarios al mes.

— ¡Ven a trabajar para mi y serás dueño de toda la fábrica! Junto a la riqueza que genera.

El hombre miraba las condiciones. Las ganancias, el trabajo fácil con el que pasar las horas. Si quería, hasta podía hacer un show para los trabajadores. Sería como el rey de un pequeño territorio… Y eso iba en contra de sus principios, negando con la cabeza un día más.

— Quien solo codicia riqueza y poder, nunca encontrará la verdadera paz.

Hubo una muestra de furia en la mujer, respirando hondo antes de sonreír… Y agarrar el proyector, tirarlo al suelo y pisarlos hasta que sus piezas soltaron por los aires, alejándose de la plaza en lo que sus empleados recogían de forma silenciosa los restos.

Otro día, una nueva presentación. En ella se podía ver una isla con mansión, jardines y animales correteando en sus inmediaciones, con un puerto donde descansa un yate de lujo y un pequeño helipuerto con un helicóptero.

— Acepta venir conmigo y podrás pasar el resto de tu vida viviendo en esta isla donde ningún placer te será negado.

Antes de que pudiera responder, ella se acercaba a su costado, arrimándose a su oído de forma seductora. — Ninguno… — Dijo mientras una última captura mostraba un grupo de mujeres desnudas, agarrando un cartel con su nombre.

Creía que esta vez lo convencería por como tardaba en hablar, mirando fijamente los cuerpos desnudos de varios mamonos en la foto… Pero cuando vio su movimiento de cabeza, sintió que algo caía al fondo de su estómago.

— Este mundo está podrido. No puedo dejar mi deber de traer la verdad a la gente.

Esa sensación en el estómago se volvió más real, dolorosa, empezando con un ardor que subía por su esófago. Aquel calor llegaba a su cabeza, mirando mal al hombre mientras se cruzaba de brazos ante él.

— ¿Seguirás terco y sin venir?

El hombre no respondía, dejando clara su postura. El calor inundó todo el cuerpo de la mujer, sus ojos dorados brillando con pura malicia.

— Muy bien. Me cansé de ser buena contigo Diógenes. No vayas a llorar por las consecuencias.

El filósofo moderno mantuvo la compostura, esperando el turno de tarde donde más lecciones de vida como expulsar mamonos llegaron. La noche vino, cubriendo el cielo con una manta negra. Cubriéndose con una fina tela, se echaba a dormir, no notando al grupo de kunoichis que lo atraparon y lo metieron en una furgoneta, atado de brazos y piernas.

Nada más llegar a su destino, abría los ojos en medio de una nave donde solo estaba él, unas lámparas colgantes del techo y ella, la mujer obsesionada con él.

— ¡Buenas noches Diógenes Kappellis! ¿Has dormido bien? ¿Fue el viaje de tu gusto?

En aquellos ojos solo había tranquilidad, comprobando las ataduras alrededor de su cuerpo en lo que ella daba un paso al frente, llena de confianza.

— Podías haber tomado lo que quisieras, pero decidiste jugar a ser el duro… ¡Y ahora pagarás por provocarme!

Su mano iba debajo de la tela, agarrando el miembro flácido, apretando y frotando con una perversa sonrisa.

— ¿Y? ¿Qué se siente estar atado e indefenso? Quisiste hacerte el duro… Pero ahora te tengo entre mis manos. ¿Llorarás? ¿Rogarás? Vamos… ¡Deja de contenerte!

Pero contrario a los deseos de Dafni, no había miedo o sorpresa en su rostro, ni excitación porque le estuviera tocando el miembro. Como si nunca hubiera salido de la plaza, solo encontraba el rostro indiferente que penetraba sus ojos dorados.

— No hay poder que influya en mis sentimientos. La lujuria no es más que otro deseo que puede ser controlado.

— ¿Eso crees? ¿Y por cuanto tiempo podrás aguantar? — Decía ella mientras le lamía el rostro, frotando con más y más intensidad.

Quince minutos después, el miembro seguía flácido, el rostro del hombre indiferente, aceptando su situación como si fuera algo inevitable. El rostro confiado de Dafni se había convertido en uno de molestia, llegando a usar sus dos manos para excitarlo sin éxito. Tuvo la tentación de lamer el flácido miembro, pero la mirada de decepción la tiraba para atrás.

No había una mala respiración, no había una muestra de excitación… Por no haber, no había un miembro semi erecto, siguiendo tan flácido como cuando lo trajo. Solo era mirada que juzgaba a la mujer, siguiendo con su discurso sobre la lujuria y lo banal de la tarea.

— La lujuria no es más que una muestra de la necesidad biológica de reproducirse. No hay razón para emocionarse.

Se podía ver las venas hinchadas en la frente de Dafni, llegando a su límite.

— Con que esa tenemos ¿Eh? No quería llegar a esto… ¡Pero me has obligado! ¡Chicas!

La puerta de la nave se abría, entrando varias chicas mamono con rostros lujuriosos. Reconocía cada uno de los rostros, después de todo, cada una de ellas le había tratado de asaltar en la plaza.

Medio centenar de mujeres avanzaban desnudas, frotándose las manos, zarpas o alas según su raza.

— ¡Veamos como sucumbe tu filosofía ante estas cincuenta mujeres llenas de deseo! ¿Podrás mantener tu filosofía de vida? ¡Porque yo estoy segura de que no!

La sonrisa malévola se mantuvo en lo que miraba al hombre ser rodeado por todas ellas, escuchando las risas de todas las mujeres, ansiosas de vengarse del hombre que las había humillado. Un trabajo sencillo en el que esperaba resultados inmediatos… Pero para su horror, una hora fue todo lo que necesitó el hombre para estar rodeado de un grupo de mujeres que lloraban y que le rogaban que se callase.

— La búsqueda de placer no es más que un viaje temporal, sin meta ni camino. Solo el control de los deseos…

— Por el amor de la lord demonio… ¡Cállate! — Gritaba una mujer lobo, optando por usar sus garras para liberarlo.

Al fin libre, este pasaba entre el grupo de mujeres que se separaban para dejarlo marchar, cruzando miradas con Dafni antes de continuar su camino. Ella no sabía a donde iría, pero con lo ocurrido, solo pensaba en la comisaría.

Si bien las leyes habían cambiado para adaptarse a ellas, no quitaba que cosas como retención ilegal o secuestro aun fueran delitos graves, volviendo a su casa/mansión en la ciudad, esperando que en cualquier momento, unas personas uniformadas petasen en su puerta para llevársela.

Una noche sin descanso que daba fin con las primeras luces del alba, vistiéndose para que su chofer la llevase a la dichosa plaza donde lo encontraría predicando. Cuando lo miraba allí, indiferente de todo lo ocurrido, solo podía sentir su corazón latir con intensidad, más doloroso que nunca.

Se suponía que sería él quien cayese bajo la tentación de un mamono, no un mamono por él. Recordaba como había empezado este juego. Tan tonto que de no sentir su corazón como lo hacía, se reiría.

Había sido un día cualquiera cuando escuchó de un hombre capaz de rechazar a cualquier mamono, viendo los videos donde él se mantenía indiferente ante todas las muestras de afecto mientras la policía arrestaba a esas mujeres.

No había pensado mucho en él. Una figura delgada pero fuerte, unos cabellos castaños, cortos y revueltos en su cabeza, portando una sábana a modo de túnica. Si tuviera que describirlo, era un lunático, un pobre loco… Pero sus ojos castaños claros y serenos parecían penetrar su alma.

Quizás por eso escuchó sus sandeces, negando con la cabeza, viendo que aun no entendía cual era su deber en el mundo. No había virtud ni deseo de vivir con lo mínimo, eso era una estupidez. Lo verdaderamente importante, según Dafni, era vivir en base a lo que dictase tu corazón.

Aun recordaba como aquellos ojos castaños se habían fijado en ella, revelándole sin florituras que le perteneciese, pero él solo negó con la cabeza.

— Soy libre.

Solo dos palabras habían empezado toda esta guerra, este mero capricho de poseerlo para ser ella quien era poseída por él. Todo lo que había intentado hasta la fecha había fallado estrepitosamente. Había dejado de mirarlo como un mero lunático para verlo casi como una deidad, un hombre que había superado todos los deseos terrenales y que vivía bajo su lema.

Era realmente libre, avanzando hacia él cuando la última persona se fue a comer, dejando a Diógenes solo para su comida. Justo en lo que levantaba un sándwich, él la vio venir.

— ¿De que manera buscarás hoy que abandone mi filosofía Dafni? Porque si lo haces por dar razón a alguna creencia tuya, comprende que no compito con las enseñanzas de los demás, solo queriendo que el resto del mundo entienda…

— ¡Me gustas! ¡Me gustas como ningún otro hombre lo a echo! No se si es porque te resistes, no si si es tu apariencia o si es una mezcla de todo… ¡Pero me gustas! Así que dime ¿Qué tengo que hacer para que me correspondas?

Contrario a una respuesta críptica o de virtud como este parecía pronunciar cada vez que abría la boca, se limitó a ponerse en pie, sacarse la sábana que protege su cuerpo y exponer su desnudez, con una erección en su entrepierna que le quitaba el aliento.

Los ojos dorados de la mujer estaban fijos en aquel miembro que se sacudía contra el estómago del filósofo, el mismo que echaba manos a las caderas mientras la miraba.

— ¡Demuéstralo! Si es cierto que te gusto, desnúdate aquí y ahora.

La Gyoubu Danuki miraba con aquellos ojos al hombre a la cara, esperando la broma o el chiste de aquello, pero solo encontró esa mirada firme e inquebrantable que siempre llevaba.

— ¿Qué? Co, como quieres que… — Tartamudeaba ella con las mejillas coloradas. Puede que ahora no hubiera nadie en la plaza y cuadrase el cambio de guardia, pero no serían más que minutos antes de alguien apareciera.

— La vergüenza es otro mal que yace en nuestros cuerpos. Si me quieres de verdad, deshazte de ella. Muéstrame si solo es una imposición o lo que realmente deseas.

La mirada del hombre no mostraba duda o vacilación. Estaba desnudo porque quería estar desnudo, estaba erecto porque desbordaba su lujuria ante las palabras de la mujer, pero controlando su corazón, solo lo haría si ella estaba dispuesta a buscar esa iluminación, la verdadera libertad.

Tragando saliva, la Danuki se quitaba las ropas que vestía. Un hermoso vestido amarillo que colgaba de un hombro como si fuera una toga, bajando la fina cremallera en su espalda, sacar el brazo y dejar que este cayese al suelo, quedando en una ropa interior a juego. La figura de avispa que presumía resultaba en parte mentira, llevando un corsé que apretaba su estómago, uno que él miraba fijamente.

— Debes ser sincero contigo mismo, tanto en mente como cuerpo.

Avergonzada, Dafni se estaba arrepintiendo de ir tan lejos por una mera atracción, pero cuanto más miraba aquella erección que se sacudía por su cuerpo, más fácil parecía todo. El corsé encontraba el suelo, dejando una pequeña panza que cubría ligeramente su braga, mirando los ojos de Diógenes.

En ellos no había indicación de asco o disgusto, y si algo decía aquella erección con sus sacudidas, que le gustaba el cuerpo que miraba. Más valiente, ella echaba mano al sujetador por detrás, quitando el enganche para liberar sus pechos de doble copa D, con unos pezones invertidos, llevando sus manos a las bragas, pero…

— La timidez es prueba de vergüenza. — Dijo él mientras le miraba las cimas de las tetas.

Después de tantos días, al fin notaba algo en el hombre. Puede que sus ojos fueran claros, al contrario de su postura rígida, escondiendo todos sus pensamientos... Sin embargo, su respiración se había acelerado, sintiendo ya la lujuria por su cuerpo, el deseo de un animal y no el hombre perfecto por el que lo pintaba.

El gran filósofo la deseaba… Pero contrario de regañarlo, de acusarlo de mentiroso o falso, solo empeoraba su propio deseo, mojando dos dedos de sus manos para frotar las hendiduras de sus pezones. Ella misma empezó a jadear, frotando y frotando para conseguir que las morenas protuberancias salieran a la luz, soltando un gemido de placer.

El ruido de flashes llamaba su atención, mirando a su espalda para notar las primeras cámaras.

— ¡Una de ellas ha conseguido que se saque la ropa!

— ¡Vamos chica! ¡Tu puedes con él!

El coro de voces solo hizo que soltase un chillido agudo, encogiéndose para esconder sus pechos, cerrando los ojos con temor.

— ¿Esa es toda la fuerza de tu deseo? ¿Es aquí donde termina? — Dijo Diógenes, recuperando su semblante tranquilo, casi indiferente.

Estaban tan cerca de conseguir lo que quería, pero las voces de detrás la amedrentaban, incapaz de seguir ahí un minuto más.

Su mano tocaba la tela del vestido, esperando quizás recuperar algo de decencia para salir de allí… Pero en lo que lo hacía, podía ver como el hombre negaba con su cabeza. Decepción, perdida de interés… ¿Iba a abandonar ahora, justo en la mejor parte?

Reuniendo coraje, ella se agarró a sus bragas, levantándose mientras las deslizaba por sus piernas hasta los tobillos, quedando completamente desnuda, decidiendo que imitaría su postura. Sacando pecho ante él, se echaba las manos a la cintura, aun cuando estaba roja de vergüenza.

Su cara estaba más colorada que un árbol de navidad, el número de voces no paraba de aumentar detrás de ella y su cola no hacía otra cosa que mantenerse recta como una vara, pero fuera lo que fuera, tenía el efecto en el filósofo moderno que no dudó en caminar hacia ella.

— Casi estás. Es hora de dar el paso final.

— El… ¿El paso final?

— La verdadera liberación, la absolución de las cadenas sociales que impiden el crecimiento del alma… ¡La libertad!

Ella apenas le podía seguir el ritmo, sacudiendo sus orejas, escuchando perfectamente las palabras de la gente de detrás, rezando porque la policía no apareciera.

— ¿Iiiiihhhh?

El chillido salió cuando el hombre palpó sus tetas, bajando por ellas hasta el estómago y finalmente, sus rechonchas caderas y muslos, asintiendo ante algo que solo él podía ver. Con la misma, giró su figura para encarar a todos los espectadores, dejándola más aterrada de lo que estaba.

— ¿Iiiieeeeehhh? ¿Qué haces? ¿Qué… ?

No tuvo tiempo de preguntar, sintiendo los fuertes brazos del hombre sujetando sus muslos, levantándola en peso y abriéndola de piernas, haciendo que soltase un chillido mientras se cubría la cara.

— ¡Noooooooo! ¿Qué haces? ¡Pa… !

— ¡No te escondas!

Aquellas palabras se sentía casi como una orden, apartando los brazos para ver de frente las caras de emoción de todos los presentes, con las cámaras rugiendo mientras animaban al filósofo en lo que fuera que estuviera.

Por un instante, el pánico desapareció al sentir el miembro pasar por debajo de ella, mirando la erección sobre sus pétalos, cargando la espalda contra su pecho.

— El sexo es algo natural en todos los seres vivos. Avergonzarse de ello es avergonzarse de nuestras raíces. ¿Por qué me a de importar sus opiniones? ¿Acaso uno se molesta en las pruebas de afecto?

« ¡Si cuando es sexo en medio de la calle, maldito lunático! » — Pensó Dafni, perdiendo la noción a medida que él se frotaba contra ella.

Algo nacía entonces en el pecho de la Danuki. Por un lado, la vergüenza parecía predominarlo todo, queriendo esconderse de todas aquellas cámaras, ocultar su rostro para nunca más mostrarse. Por otro lado, una sensación de placer parecía bañar su cuerpo. Aquellos ojos, saber que esas fotos y videos se estarían publicando en internet, donde miles si no millones la mirarían mirando, juzgando, tachándola de fácil y desvergonzada…

Sus jadeos eran de deseo, con su vagina lubricada ante la mera idea de aquellos ojos que la miraba en su momento más vulnerable.

— Báñate en sus miradas. En el momento que entiendes que solo tu juicio importa, solo queda el crecimiento del alma.

« ¡El crecimiento del placer! ». — Cállate la boca y no me hagas esperar más. — Decía ansiosa, girando su rostro para lamer su cara, sintiendo su lengua junto a la suya.

— ¡Aaaaaaahhhhh!

Su grito de placer era opacado por el ruido de la gente, gritando y animando la unión. La penetración no era suficiente, jugando con sus tetas, procurando dar un espectáculo al público mientras se besaba de medio lado con él.

Ya no sabía que estaba bien o mal con ella. Sentía el miembro que tanto había ansiado moverse dentro de ella, dando placer, jugando con su cuerpo como si fuera una mera muñeca. Las miradas de la gente convertían todo su cuerpo en una zona erógena donde tocar, disfrutar de la electrizante sensación.

Cuando tocaba una teta, sentía una descarga. Cuando miraba todos los ojos y las manos señalando, sentía un placer que nada en su fortuna había logrado. No el controlar la ciudad, ni varias empresas ni toda su riqueza se podía comparar con lo que sentía aquí.

« Es esto… ¿Ser libre? ».

Mientras ellos seguían a lo suyo, una voz pasaba entre la multitud, molesta e irritada.

— ¡Abran paso! ¡Quítense del medio!

Y como había temido, la policía aparecía, habiendo entre ellos una werecat que abría los ojos con emoción, escuchando su maldición en bajo y algo sobre “pervertidos”.

— ¡En nombre de la ley y decencia pública! ¡Quietos!

Contrario a la orden, el hombre solo movía más rápido su cadera mientras ella gemía, viendo los ojos de la mujer gato dilatarse.

— ¡Quietos os digo! — Gritaba la policía mientras se echaba sobre sus cuatro extremidades, corriendo hacia ellos.

El miedo, la vergüenza, el placer… Todo terminó en un clímax con las siguiente orden.

— Se libre.

Un orgasmo como nunca había tenido en su vida la inundó, quitándole todo el aliento… Justo en el momento que la mujer gato llegaba a ellos. La explosión se tradujo en correrse en la cara de la policía, un géiser que salpicaba el líquido transparente contra boca abierta, su nariz, sus ojos, estupefacta ante ante el cuerpo que temblaba de placer, apretando el pene que se venía dentro de ella.

Salió entonces el pene del hombre, creando una línea blanca a través de su cara, cubierto tanto en su propio semen como la eyaculación de Dafni, brillando a meros centímetros de la cara de la mujer gato, quien con sacar la lengua, ya estaría lamiendo el glande.

El post-orgasmo fue brutal, reclinando la cabeza hacia él para besarlo. — Te amo.

Y ahí se quedaron comiéndose a besos mientras una avergonzada agente los llevaba esposados a la parte trasera del coche patrulla. Indiferentes de su arresto o de tener las manos esposadas, ambos siguieron con sus morreos, encontrando la forma de que ella se montara sobre él mientras la mujer gato conducía aun con los restos del primer polvo.

Ese día, habría publicaciones en toda Atenas sobre el dúo de exhibicionistas, pero la comisaría no los recibiría hasta muchas horas más tarde, junto a una de sus agentes que tendría suspensión de sueldo y empleo tras formar parte de un trío en un centro comercial con la nueva pareja.

— A sido el día más emocionante que he tenido. Lastima que hayamos terminado aquí. — Decía ella mientras señalaba los barrotes frente a ellos.

— No importa. Para algo tienes tu dinero.

La Danuki lo miraba incrédula. — Pensé que tu filosofía hablaba de vivir controlando los deseos. ¿No habla nada sobre aceptar las consecuencias?

— El ideal siempre se escapa de la realidad, incapaz de mantener la perfección. Y por cierto, hablando de perfección…

La erección del hombre lucía en su entrepierna mientras la acariciaba. — Estás perfecta para follar.

— Eres un hombre terrible ¿Lo sabías? — Le decía Dafni mientras lo sujetaba por las mejillas, plantando un beso.

— Nada que no podamos corregir con un ejercicio control de deseos. — Dijo él al separarse.

— ¿Y como sería?

— Muy fácil. A veces para suprimir los deseos, hay que bañarse en ellos. — Decía mientras la volvía a besar, acostándola sobre la cama, preparándose para otra sesión de sexo mientras la pobre mujer gato se frotaba contra ellos en busca de atención.

— Nyaa… ¡No os olvides de mi! — Decía la agente arrestada con ellos, maullando a su oído mientras se frotaba los genitales, mirando a la nueva pareja disfrutar del cuerpo del otro frente a varios agentes.



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