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I.
Fue de las primeras personas que notó al llegar al Sweet Amoris. Estaba sentada en las escaleras de la entrada, con las piernas torcidas en el ángulo antinatural que solían alcanzar las chicas con tal de que la falda no enseñara nada inapropiado. No debía confiar demasiado en las medias que se habían puesto, aunque eran negras y le cubrían las piernas por completo. Lucía su cabello, corto y despeinado, con una gracia que le provocó envidia. Sin embargo, su estilo, que transitaba la delgada línea entre una rebelde elegancia y la inconsciencia total de que estaban en la escuela, palidecía en cuanto a originalidad si se lo comparaba con el de sus dos acompañantes. Lexi se las quedó mirando más de la cuenta, de seguro sumida en un profundo análisis de los atuendos elegidos: la primera parecía la encarnación de una de esas muñecas antiguas de porcelana, con sedosos bucles platinados y un vestido amplio y lleno de volados; la segunda, de jeans anchos y pulseras llenas de tachas, al menos parecía anclada al siglo actual.
Con un golpecito en el hombro, Armin obligó a su hermana a avanzar. Esta, contrario a lo habitual, le hizo caso sin rechistar. No podían andar llamando la atención desde el primer momento, murmuró Armin en su oído mientras pasaban a un lado del grupo. Lexi se encogió de hombros, porque ser el centro de atención venía por defecto en su configuración, pero se atuvo al trato que habían hecho en cuanto se enteraron de las buenas nuevas.
Más tarde Armin culparía a su hermana de ser la primera en quebrar el pacto, pero en el fondo sabría que la primera en tantear sus límites había sido ella, porque mientras conducía a Lexi por las escaleras, con la cabeza ligeramente entornada hacia la izquierda intercambiaba una larga mirada con la chica de la falda, que le guiñó un ojo de forma disimulada.
Cuando sus padres anunciaron la decisión de enviarlas al privado que quedaba en la otra punta de la ciudad, ambas pusieron el grito en el cielo, pero ellos se mantuvieron firmes en su convicción: el colegio de señoritas cobraría todos los meses dos generosas cuotas, que en opinión de Armin parecían una especie de soborno para asegurarse de que nadie se metiera con ellas.
–No se supone que deban pagar por nuestra seguridad –argumentó Lexi al final, con la nariz arrugada y los brazos cruzados.
Armin hacía mucho que había abandonado las esperanzas de hacerlos cambiar de opinión, y seguía la discusión entre su hermana y sus padres a medias, a la vez que echaba veloces ojeadas a su partida de Clash Royale oculta debajo de la mesa.
–No, no se supone, pero la realidad es que han pasado por dos escuelas públicas en el último año y ninguna de ellas se ha asegurado de protegerlas.
–El mundo está lleno de malas personas –aportó ella–, meternos en un convento no borrará el mundo real.
–¡Te empujaron contra una ventana, Armin! –le recordó su padre. Ella sintió como le escocía la rajadura que uno de los cristales rotos le había infligido en el muslo–. Suelta el teléfono y mírame –gruñó–. ¡Podrían haberte lastimado de verdad!
–Y no es un convento –acotó su madre–. No es siquiera religioso. El internado no es… No crean que papá y yo queremos deshacernos de ustedes, nenas, pero Delaney, mi compañera de yoga, da clases allí, y me aseguró que esa clase de situaciones son inadmisibles en el Sweet Amoris.
–Como si a los adultos les importaran esa clase de situaciones –escupió su hermana, igual de dolida que de resignada.
Así que habían terminado por jurarse la una a la otra mantener un perfil bajo en la nueva escuela. Como si fuese posible, Lexi se dejó el lesbianismo fuera de la valija. Luego le cosió un bolsillo secreto a la de Armin, que guardó el estrógeno con tanto secretismo que Zelda, que sostenía una banderita rosa y azul, decidida a seguirle el juego, se lanzó desde la estantería hacia una muerte segura. Con la boca apretada, Armin devolvió las partes a su lugar y se prometió repararla el próximo fin de semana.
Casi de inmediato, Lexi se hizo amiga de las chicas de la habitación de enfrente, Lynn y Rosalya, que de algún modo habían acabado por adoptar a Armin, así que rodeada por sus nuevas amigas como estaba, no tuvo la oportunidad de hablar con la chica de las escaleras, Nathalie, a pesar de compartir curso y sentarse a solo unos bancos de distancia. No le pasó desapercibida, sin embargo, su modo de estar: aunque Armin era un desastre académico, la rubia del guiño la sobrepasaba por donde se la mirase: por lo general, se tiraba sobre su silla con la mochila puesta, y en más de una asignatura no se molestaba en sacar cuaderno, a pesar de los llamados de atención. No obstante, le cerró la boca durante la evaluación sorpresa de Delaney, cuando fue el segundo promedio más alto, después de Melody, la rectísima delegada de clase.
Era guapa, inteligente y, aunque según Lynn pertenecía al equipo de basquetbol, esto último era un detallito. Y, en todo caso, el básquetbol se solía jugar en gimnasios, ¿no? Era la chica perfecta, y de haber tenido un poco más de confianza en sí misma, como en los viejos tiempos, Armin se hubiese acercado a coquetearle.
(Fue una lástima que su primera interacción se diera en tales circunstancias).
A la mayoría de las estudiantes pareció resbalarle su llegada, pero, quizás por sus paranoias, quizás debido a un sexto sentido desarrollado tras meses y meses de bullying, Armin presentía que el chisme debía correr por lo bajo. De todos modos, nadie se atrevió a decirle algo en la cara, ni siquiera Ámber, Charlotte y Li, que en palabras de Lynn eran una “brujas” que solo sabían “meterse en la vida de los demás y armar lío”, quienes se limitaron a mirarla con la nariz arrugada un par de veces hasta que Lexi se les acercó para preguntarles si la cara de haber chupado un limón era natural o se lograba con algún maquillaje en especial.
***
A Lexi la voluntad de cumplir con su promesa le duró lo que un suspiro, lo que en realidad no fue una sorpresa, porque después de compartir útero, traumas y habitación, pocas cosas de su hermana le causaban asombro. Cuando a las pocas semanas Kendra llegó al colegio, Lexi fue la primera en tirarle los perros, para espanto de la susodicha –en su defensa, la combinación de cabello corto y pantalones militares era un poco desconcertante. No tuvo mejor idea que abordarla a la salida de Biología, donde todas las presentes escucharon el chillido alterado de Kendra y los intentos de Lexi por serenarla.
Cuando dos días después la directora llamó a Lexi a su oficina, se dijo a mí misma que nada les pasaría, porque al fin y al cabo a la escuela le servía que sus padres pagaran cuota doble, pero eso no evitó que la ansiedad le hiciera mordisquearse las uñas y perder dos –¡dos!– partidas de Clash Royale.
–¡Podrán ser tan…! –exclamó Lexi a su vuelta–. ¡Podrán ser…! ¡¿Te puedes creer que alguien fue a decirle a Shermansky que se sentía incómoda de compartir vestuarios conmigo en educación física por mis, y cito, “preferencias sexoafectivas”?! ¡La voy a matar! ¡¿Quién puede haber sido la desgraciada que…?!
–¡Eh! ¿Se puede saber qué pasa aquí? –preguntó Rosalya a la vez que asomaba la cabeza en la habitación, pues en su acelerada cólera Lexi había dejado la puerta abierta–. Alexia, se escuchan tus gritos desde el fondo del pasillo.
–Siéntate, Rosa, siéntate. ¿Lynn está en su cuarto? Alguna llámela, tiene que saber esto, con lo que le gusta el chisme.
Así que las tres se apretaron en la cama de Armin y escucharon a Lexi monologar al respecto de la situación, aportando los suspiros y cuestionamientos pertinentes cuando la anécdota lo requería.
–¿Pero no supiste quién le fue con el cuento a Shermansky? Debe haber sido alguien de nuestra clase –acotó Rosa–. Digo, nosotras sabemos que tú eres lesbiana prácticamente desde que llegaste, pero tu única demostración de ello fue cuando te le confesaste a Kendra.
–¿No sabes si le ocurrió algo similar a Castielle cuando estaba de novia con la Innombrable? –preguntó Lynn.
–Que yo sepa no, pero Debrah era un año mayor, y si algo no se hace en esta escuela es meterse con las mayores –respondió Rosalya–. Cuando todo el drama con Nath fue un chismesazo, porque las más jóvenes no estilan armarle drama a las mayores.
–Bueno, no era cuestión de quedarse cruzada de brazos, ¿no? Quiso acusarla de acosadora y de lesbiana –masculló Lynn, a la que todavía le ardía el encontronazo con Debrah. Entonces pareció repasar sus propias palabras y con un tartamudeo nervioso, agregó:–. No digo que ser lesbiana este mal. A-Amo a las lesbianas. –Armin le hizo un gesto a espaldas de su hermana para que cerrara la boca, porque cuantas más palabras sumaba, más sentido perdía su idea–. Mejor me callo.
–¿Pero Nathalie no es lesbiana? –intervino Alex a la vez que se llevaba una mano al pecho, como si poner en tela de juicio tal cuestión la ofendiera personalmente.
Armin volvió a poner su atención a los folios que tenía extendidos sobre el escritorio, cuando en su inocencia había creído que lograría completar los deberes de Delaney esa tarde. Sabía que tal actitud era incluso más sospechosa que la cara de tonta que solía poner cuando Nathalie salía en las conversaciones. No es que se avergonzara de que le gustaran las chicas, y sabía que Lynn y Rosalya eran lo suficientemente abiertas como para no juzgarla por ello, pero… pero, a veces, confesar su gusto por las chicas –invisible, inesperado– era más difícil que decir que era trans.
–Que yo sepa, no, solo es media tomboy –dijo Rosalya.
–¡Pero si usa falda, no puede ser una tomboy!... ¿No?... Mejor me callo –masculló Lynn, y agregó, rapidito y por lo bajo–. Pero para mí no es tomboy.
Armin estaba de acuerdo, pero como no quería llamar la atención, solo asintió con la cabeza.
–Deberías hablar con Peggy –sugirió Rosalya, ante lo que las tres presentes arrugaron la nariz–, es que si la camelas como se debe, te soltará el nombre enseguida, y si no lo sabe, lo averiguará.
Lexi le tocó el hombro– ¿Tú qué piensas, Armin?
Ella se giró y la miró a los ojos. Lexi se mordisqueaba el labio para canalizar los nervios, y Armin sabía que el tema era importante para ella, que de forma menos violenta pero igual de maliciosa las estaban señalando con el dedo, pero Armin solo quería disfrutar la paz que la ausencia de ataques de ansiedad le había devuelto. Así que envolvió la muñeca de su hermana con una de sus manos y respondió:
–Pienso que prometiste no meternos en líos.
Ella suspiró y se deshizo de su agarre.
–Solo le preguntaré a Peggy, ¿sí? Luego veré qué hago con la información. –Y en un intento de aliviar el ambiente, se sentó sobre la falda de Lynn y agregó–. Te prometo que no voy a hacer un escándalo.
***
Lexi, como no podía ser de otra forma, hizo un escándalo.
Según reconstruiría Armin posteriormente, Lexi había utilizado todos sus encantos –léase, su capacidad para el chisme– para intercambiar con Peggy algún cuento de pasillo por la información que necesitaba. En ese momento, sin embargo, Armin llegó al frente de batalla solo con el cuchicheo de un par de chicas de primero a modo de contexto, que se precipitaban por el pasillo a los saltitos, como cervatillos nerviosos, a la vez que se susurraban la historia con una fascinación que demostraba lo poco ajetreada que era la vida conflictual de los colegios privados. Armin las siguió de cerca, aunque sin verse en la necesidad de correr –por una vez, las piernas larguiruchas que tanto maldecía le eran útiles–, hasta dar con el corro de estudiantes que se agolpaba alrededor de dos figuras, que se tiraban de la ropa y se jaloneaban el pelo. A los codazos, Armin llegó hasta el centro, donde Ámber intentaba separar a Lexi de Charlotte, que la tenía sujeta de la coleta. En respuesta, Charlotte le clavaba las uñas en el cuello.
A la sinfonía de gritos se le unió Armin.
–¡Alexia, basta!
–¡Suéltala, puta loca!
–¡Ámber, sal de ahí, vas a comerte un puñetazo! –se sumó una nueva voz.
Armin, que sostenía a Lexi por las axilas, levantó la mirada y se encontró con la cara de Nathalie a menos de un metro de la suya. Al igual que ella, Nathalie intentaba que su hermana se alejara antes de que la encarnizada furia de Lexi y Charlotte se la tragara.
–Dile a la puta loca de tu hermana que suelte a Charlotte, ¿eh? ¡No ves que no sabe ni pelear! –le gritó Nathalie, como si Armin tuviese mucho más dominio de la voluntad de su hermana que ella.
–Si tu hermana la princesa se lastima será por estar metida donde no le corresponde –le gruñó Armin en respuesta, porque por muy linda que fuera, nadie que no fuese ella podía decirle puta loca a Lexi–. ¡Vamos, Alexia, déjate de tonterías!
–¡Ay, ay! –se quejaba Charlotte a la vez que dejaba ir su agarre del cuello de Lexi.
–¡A ver si aprendes a no…!
–¡Vienen Delaney y Farrés! –gritó alguien desde el fondo del pasillo, interrumpiendo las acaloradas palabras de su hermana.
Con ello, el círculo comenzó a dispersarse. Algunas estudiantes huyeron corredor abajo, mientras que otras fingieron estar concentradas en su charla o entretenidas con su celular. Armin tomó a su hermana del brazo y la hizo entrar a una de las aulas a su derecha. Se acuclillaron detrás del escritorio, a oscuras, y permanecieron en silencio. La acelerada respiración de Lexi, combinada con los atronadores golpes de su corazón contra el pecho, le saturaron los oídos. Con una mano se tironeó del abrigo para desprendérselo, porque de pronto hacía mucho calor.
–¡¿Pero qué está pasando, señoritas?! –se escuchó detrás de la puerta, ante lo que Lexi le pasó los brazos alrededor del torso y la apretó contra sí. Armin ahogó sus jadeos en el pecho ajeno–. ¡Delvis! ¿Se puede saber qué eran esos gritos?
–N-No sé, profesora, yo estaba en el… en el… jardín –respondió de forma apenas audible Violeta.
Pronto los tacones de Delaney siguieron su camino, sin duda con el fin de localizar a alguien que le diera la información que buscaba. Era mucho más decidida que Farrés, por lo que Armin no dudaba que lograría su objetivo, y a menos que le tuviera mucha estima a su madre, le iría con el cuento a la directora y…
–¿Se puede saber en qué estabas pensando? –masculló Armin, con la boca casi pegada a la clavícula de su hermana–. Si Charlotte va a hablar con Shermansky…
–Ya lo hizo –dijo ella. Armin se apartó de ella y la observó, confundida–. Ella fue la que habló con Shermansky.
–Y no podías limitarte a, no sé, ¿amenazarla? –insistió, aunque las palabras le supieron a cenizas.
Si fuera la –el– de siempre jamás buscaría evitar un lío. Por el contrario, antes de que tomara la decisión que pondría patas arriba su vida, Armin era conocido por siempre tener un teléfono a mano para grabar cualquier posible conflicto que se le presentara. Ni él ni su hermana tenían problema en poner a circular un chisme. Cierto que él era el Keenan introvertido, pero a pesar de ello, los chicos buscaban su compañía y las chicas se retorcían el cabello cuando estaban a solas con él –para consternación de Lexi, que no entendía cómo el friki de su hermano tenía tanto levante. No era difícil: a Armin le gustaba escucharlas hablar y halagar su ropa, más de lo que la mayoría de los chicos de su edad hacían, preocupados como estaban por meterse en sus pantalones. A veces dejaba que le pintaran las uñas o le delinearan los ojos, tonterías que le aceleraban las pulsaciones y le provocaban ganas de besarlas hasta desfallecer. No fue hasta la tercera chica que besó contra el espejo de los vestuarios femeninos que notó el patrón: no es que no disfrutara la actividad –si de algo estaba seguro era de las reacciones de su cuerpo ante la cercanía de cualquiera de ella–, pero lo que quizás le traía más placer era captar de refilón como sus uñas de colores se hundían entre su cabello, o la forma en que el trazo negro le enmarcaba los ojos entrecerrados.
Ser el Armin de antes era más fácil, sí, porque nadie lo miraba más de la cuenta; pero, pronto, convivir con los celos que le daban cada vez que veía a Lexi acicalarse frente al espejo se volvió insoportable. Al poco tiempo comenzaron las crisis de ansiedad, que permanecieron consigo sin importar cuántos psicólogos y psiquiatras visitara, y que solo disminuyeron una vez que llegó al meollo del asunto.
–¡Eso hice! –se defendió ella–. Pero luego ella hizo un comentario muy desagradable que no podía dejar pasar.
–Lexi…
–De mí puede decir lo que quiera, ¿pero de mi hermana? –Ella se cruzó de brazos y alzó la barbilla–. Que sepas que no me arrepiento.
Ella suspiró, pero Lexi no alteró su porte. Con una suerte de ronroneo, Armin cerró la brecha que las separaba con otro abrazo. Lexi estiró la pierna y la pasó tras su cintura, atrayendo su cuerpo hasta que no hubo parte que no estuviera en contacto con la suya.
***
Tras el incidente de los casilleros –nombre que todas utilizaban para referirse la pelea, como si fuese un tabú llamarla por lo que era–, Nathalie parecía más dispuesta a cercenarle la garganta en sueños que a volver a guiñarle un ojo. Lynn decía que exageraba, pero Armin prefería no tentar a la suerte llamando su atención, porque si Nathalie o alguna de sus amigas se las tomaba con ella, el resultado de esa pelea era más que obvio –había oído por ahí que Nathalie se escapaba de la escuela cada dos por tres para irse al gimnasio; Kim tenía los bíceps igual de grandes que su cabeza y Castielle se veía como la clase de persona que tenía una glock en alguno de los bolsillos de su cargo. Y a ver, Armin no creía que fuesen la clase de chicas que se irían tres contra una –más siendo la una Armin y sus bracitos de spaghetti–, pero la paranoia no se caracterizaba por ser racional.
Delaney no debió descubrir el incidente, porque ninguna de las involucradas fue citadaa a la dirección. Charlotte y sus secuaces tampoco corrieron a delatar a Lexi, quizás por miedo de que las consecuencias fuesen aún peores. Armin no dudaba de que su hermana fuese capaz de darle un derechazo, y si ellas eran lo suficientemente inteligentes, habrían acabado por concluir lo mismo.
–Armin, ¿puedes quedarte quieta? –gruñó Lexi desde abajo, a la vez que le daba una patada a la base de mi cama.
Con un suspiro, Armin se incorporó y bajó de un salto– Ya vengo, voy al baño.
–Con suerte para cuando vuelvas me habré dormido. –Ojeó su teléfono con los ojos entrecerrados–. Agh, ya son las tres. Voy a matarte.
Armin salió de la habitación sin dar excusas, porque ella misma estaba irritada del chirrido que hacía la cama cada vez que se daba vuelta. Se envolvió en una manta que colgaba de la silla del escritorio y salió rumbo a los vestuarios, donde estaba el único baño que funcionaba. Con la cuota que pagaban sus padres debería ser inadmisible que las cañerías llevaran tres días rotas, pero los días pasaban y no había ni señales de un fontanero. Bañarse había sido un suplicio –o se duchaba con agua fría porque prefería entrar antes que sus compañeras, cuando el agua todavía no había terminado de caldearse; o llegaba tarde a la cena y la comía fría, con un reto de Delaney de postre. Nadie le había dicho nada, pero Armin prefería evitar estar en poca ropa junto a gente desconocida, así que tomaba las medidas necesarias para evitar la multitud.
La puerta se abrió con un estruendo. Armin se mordió el labio y entró. Detrás de esta alguien había colocado una silla, que, apoyada contra la pared, parecía una suerte de escalón para llegar a la única ventana abierta. Salir no parecía un problema, porque con la silla la distancia se acortaba bastante, pero Armin imaginaba que se debía ser bastante atlética para volver a entrar, porque era un salto considerable el que debía darse si se estaba en el exterior.
Entró al baño, se lavó las manos y antes de salir se dispuso a mover la silla, pero antes de que terminara de acercarse a ella, tuvo que apartarse de un salto para evitar el proyectil que entró por la ventana. Confundida, observó el zapato acordonado que había caído a unos centímetros suyo. Enseguida le siguió su compañero, y después una chaqueta deportiva marca Adidas. Finalmente, asomó una mano y pronto le siguió un cuerpo femenino que, incluso de espaldas, Armin reconoció enseguida. Ella intentó apoyarse en la silla, pero debió apoyar mal los pies, porque esta se tambaleó a un lado y Nathalie cayó de espaldas contra el suelo con un quejido, mientras Armin la miraba petrificada desde la oscuridad.
–Puta madre… –gimoteó, a la vez que intentaba apoyarse sobre uno de sus antebrazos.
Tenía el otro doblado sobre el torso, notó Armin con extrañeza, ¿se habría lastimado? No, no era eso: sostenía algo contra su pecho, algo a lo que le habló en voz baja y que le respondió con un maullido suave. Nathalie se dejó caer hacia atrás otra vez, con un nuevo resoplo, pero sin dejar de acariciar al animalito, que se acomodó contra su pecho con la intención de dormir. Armin emergió de las sombras con pasos lentos, porque no quería alterar a Nathalie y que terminaran descubriéndolas. Subestimó, sin embargo, el estado de sus reflejos, porque Nathalie apenas batió un ojo al verla.
De cerca, y a la luz de la luna, Armin notó que le sangraba la nariz, así que fue a buscar un poco de papel higiénico y se lo ofreció. Ella lo tomó con la mano que tenía libre, pero no pareció entender el motivo de su acción. Armin suspiró, volvió a tomarlo y se lo acercó a la nariz. Nathalie intentó desviar la cara de su trayectoria, pero su fuerza parecía haberla abandonado, por lo que permaneció con la cabeza entornada a un lado.
–Estás sangrando, quédate quieta. –Cuando quitó el papel, notó el tabique enrojecido–. ¿Te golpeaste?
–Contra la pared, la primera vez que intenté saltar –admitió, y su aliento le confirmó lo que sospechaba: iba borrachísima–. Lo difícil que es trepar una pared mientras cargas un gato no te lo explican en ninguna parte.
–Ya, le diré a la profe de Biología que lo añada a su próxima clase. –Nathalie sonrió de lado, pero no respondió nada. En cambio, cerró los ojos y apoyó una de sus manos sobre el animalito–. Debes volver a tu habitación.
–Mm…
Armin la sacudió del hombro, pero ella apenas reaccionó. Con un suspiro, Armin le bajó la falda, que se le había subido de un lado y enseñaba el elástico de la ropa interior.
–Nathalie, vamos.
–Decidí que dormiré aquí está noche –masculló ella con voz ronca.
–Déjate de tonterías –dijo Armin mientras chasqueaba la lengua–, si descubren que te fugaste, bebiste y para colmo secuestraste un gato, van a suspenderte.
–No la secuestré…
–Vamos, te ayudo –insistió, a la vez que intentaba pasarle un brazo por detrás de la cabeza.
Lo cierto era que no entendía por qué se tomaba tantas molestias: Nathalie la odiaba, y si alguien llegaba a enterarse de que la estaba cubriendo, solo le traería problemas, pero lo cierto era que se veía patética, con la sangre que se le había secado en el bozo, el pelo desarreglado, el olor a sudor y alcohol, la camiseta levantada… Armin se detuvo por primera vez en la porción de estómago al descubierto, erizada ante el contacto con el frío del ambiente. A un costado, sobre la cadera, tenía un moretón verdoso que le subía hasta perderse en los confines de su ropa. Se preguntó si se lo habría hecho en alguna otra caída, pero algo que en su forma la hizo dudar.
Nathalie levantó la cabeza, y al notar lo que había consumido su atención, se bajó la ropa de un manotazo y se incorporó con más destreza de la que había demostrado hasta el momento. Por supuesto, se tambaleó casi enseguida, por lo que Armin se apresuró a sostenerla por debajo de los hombros.
Avanzaron a los tumbos y en silencio, solo interrumpidas por el quejido bajo del gatito. Los pasos de Nathalie, torpes, las llevaron hasta la puerta de su habitación, que arañó el piso con un chirrido tan desagradable que hizo estremecer a Melody, que dormía en la cama de arriba, y que de un salto les iluminó el rostro con la pantalla de su celular.
–Nathalie, ¿te escapaste otra vez? –preguntó, adormilada, pero estirada ya para prender la veladora que tenía apoyada sobre una remisa.
–Cállate, Melody –le gruñó su compañera sin mirarla–, vuelve a dormir.
Ella dirigió sus ojos a los de Armin, quizás en búsqueda de una reprobación compartida, pero ella solo se encogió de hombros y explicó que la había encontrado en el baño, y que le sentaba mal la idea de dejarla tirada sobre las baldosas heladas. Intentó –en vano– que Nathalie no se golpeara la cabeza al echarse sobre el colchón, pero el impacto solo le causó un ataque de risas. Armin siseó en su lugar.
–Eso va a doler mañana.
–Mmm… La he tenido peor…
El gatito volvió a chillar, ante lo que Melody se colgó de su cama y escudriñó la oscuridad hasta dar con el origen del sonido. El cambio en su respiración dejó en claro sus sentimientos al respecto, e, indignada, se acomodó otra vez entre las mantas y les dio la espalda.
–Esconde ese bicho si no quieres que te castiguen –la regañó Armin a la vez que intentaba tirarle el cubrecamas por encima. Había abandonado su propia manta apenas entró a la habitación, irritada ya de tener que sostenerla a la vez que llevaba a Nathalie.
–Tranquila, Melody no va a delatarme, a delatarnos. –Y con la voz suave, casi aterciopelada, agregó:–. ¿Verdad, Mel?
Ella no respondió, y Armin se preguntó qué subyacería entre el tono meloso de Nathalie y el silencio helado de Melody. Con un suspiró, arropó a Nathalie, que se acostó de lado, con el gatito a centímetros de la cara. Algo en su forma de verla –casi bizca, con una inefable adoración– hizo que Armin relajara el ceño fruncido. Le apartó el cabello del rostro con los nudillos, ante lo que ella ronroneó y musitó, casi en un susurro, una despedida.
Trastabillando, Armin volvió a su habitación.
***
Desde que Lynn y Lexi la habían adoptado como parte del grupo, Kenny había aprendido que compartir espacio con las gemelas era sinónimo de ser siempre el blanco de sus risas. Era inevitable: Kenny –a quien el hipocorístico ya le ponía a temblar el ojo– se convertía en un puercoespín escarlata ante las pullas y bromas de las hermanas, que día a día competían por ver cuál de las dos lograba hacerla explotar.
Esa tarde Kenny se había ido a su habitación para resolver una tarea de Historia –cuando Farrés la emparejó con Lexi, casi soltó un lloriqueo desesperado, pero como la otra opción era Castielle, y vaya a saber una qué drama tenían esas dos, juntó fuerzas y le dijo al profesor que no había problema, que tendrían el trabajo pronto a primera hora. La tortura comenzó en cuanto Kenny puso un pie en el cuarto, y Lexi, que dejó de scrollear al instante, preguntó, con tono jocoso, qué le parecía acompañarla en la cama. Kenny, a la que solo faltaba que le saliera humo de las orejas para terminar de ser una caldera hirviente, buscó la mirada de Armin.
–¡Dile algo!
–A mí no me hables, estoy ocupada.
–¡Solo estás con tu celular! –se indignó ella.
–¡Estoy jugando unos Clash con Jean!
–¿Quién es Jean?
–El imbécil de su ex –refunfuñó Lexi.
Armin resopló a la vez que dejaba caer todo su peso sobre la silla, harta de tener siempre la misma discusión.
–Jean fue sincero, ¡no le gustan las chicas!
–¡Te dejó por mensaje!
–¡Los hombres gays son emocionalmente incompetentes, Alexia, ya hemos hablado de esto! ¡Y ni siquiera me dolió tanto!
–Ya, porque estabas más feliz de que te dijera hermosa todo el tiempo.
Armin volvió la vista al escritorio otra vez. No iba a reconocer que su hermana tenía la razón, aunque así fuera, así que se calzó los cascos e intentó ignorar las risas de Lexi y los gruñidos de Kenny, pero menos de media hora después resolvió a marcharse, porque no parecían tener la intención de concentrarse en el trabajo, y ella sí que necesitaba estar enfocada si quería partirle el culo a Jean.
Tras dar un par de vueltas, resolvió irse al gimnasio, que solía estar vacío a esas horas de la tarde. Se acostó en las gradas, con los auriculares aún puestos; y tan absorta estaba en lo suyo que, al levantar la vista, se sorprendió de hallar un par de cabezas a solo unos metros suyo. Las reconoció enseguida: solo Lysandra podía ir vestida como una muñeca victoriana con las temperaturas de ese día, y donde estaba Lysandra seguro que estaba Castielle. Cabeza con cabeza, miraban algo apoyado sobre el regazo de Lysandra. Castielle contaba con los dedos y ella escribía, y reían, y Armin pensó que nunca había visto a Castielle riendo de verdad, no como ese día.
La cancha también estaba ocupada. Dos cuerpos corrían de una punta a la otra, disputándose la esfera color ladrillo entre jadeos. Kim jugaba en top deportivo, por lo que cada salto que daba hacia el aro configuraba una vista espectacular a la que Armin no pudo resistirse. Nathalie, por el contrario, iba con una camiseta gigante, que caía sobre unos shorts igual de grandes.
Se mantuvo observando el intercambio hasta que ambas jugadoras se secaron el sudor y se retiraron a los vestuarios, de seguro con la intención de tomar un baño –gracias a Dios el problema de las cañerías ya se había solucionado, por lo que Armin solo debía ocuparse de apurar a su hermana y sacarla a patadas en el caso de que no cediera a sus ruegos.
Volvió a concentrarse en su teléfono, que no había parado de vibrar durante todo el juego, en un intento inútil de llamar su atención. Jean sabría entender, si le contara sus motivos. Lo desafió a una nueva partida, y tan enfocada estaba en hacerlo morder el polvo que no notó que alguien se le acercaba hasta que la persona tomó asiento a su lado, haciéndola saltar de la sorpresa.
Nathalie tenía el pelo mojado, echado hacia atrás, y olía a una mezcla de jabón antiséptico y manzana. Le agradaba el aroma, pero por un instante deseó que se le hubiese acercado sudorosa y con más piel al descubierto. Ahora, Nathalie iba de campera deportiva y bermudas. Estaba inclinada sobre su cuerpo, en un intento por acomodarse las zapatillas y ajustarse los cordones. Sus ojos, sin embargo, estaban fijos sobre Armin, que carraspeó, incómoda, sin saber qué esperaba Nathalie.
–No pongas esa cara de espanto –se burló ella–. Solo venía a agradecerte por lo de la otra noche. No había tenido oportunidad de encontrarte sola hasta ahora, y entenderás que no quiero que se sepa de mucho de mis…
–¿Andanzas nocturnas? –completó Armin con las cejas alzadas.
–Por ponerlo de alguna forma –coincidió con una risa–. Bueno, eso, gracias, por ayudarme y por no delatarme.
–¿Y qué tal el gato?, ¿sigue aquí? –se interesó Armin. Le habló en un susurro, aunque eran las únicas que permanecían en el gimnasio.
Nathalie sonrió de lado– ¿Quieres verlo?
***
Atravesaron el patio casi pegadas para poder oírse mejor: Nathalie recreaba, en voz baja, las últimas desventuras del animalito, al que había bautizado –con toda la elocuencia de un niño de diez años– como Blanca, quien en tan solo unos días se había convertido en la némesis de Melody.
–Creo que la odia más a ella que a mí –concluyó con la mano en el pestillo, y con un guiño, agregó:–, quizás más, porque al menos Blanca no le parece inmensamente atractiva.
–Bromeas –dijo Armin, porque le resultaba incomprensible que la rectísima delegada de clase pudiera caminar por la vereda de enfrente.
Nathalie se encogió de hombros y le abrió la puerta, invitándola a pasar con un gesto.
La voz que la recibió adentro no fue igual de cálida. De espaldas a la puerta, con los brazos en jarra, Melody acribillaba con la mirada a la gatita, que dormía hecha una bolita sobre la almohada de la litera superior.
–¡Nathalie, tu gata está otra vez en mi cama! ¡Ya hablamos de esto, no la quiero entre mis cosas! –Entonces se dio la vuelta, quizás más furiosa por el silencio con el que fueron recibidas sus palabras. Enrojeció al descubrirla allí, y con un tartamudeo disimulado, la saludó–. Armin.
Ella agitó la mano en respuesta, pero no logró decir nada más porque pronto Nathalie le había pasado un brazo por los hombros y, con voz relajada, le restó importancia a sus quejidos.
–Mel, no seas histérica…
–¡Soy alérgica! –la interrumpió ella, con el índice en su dirección–. ¡Estarías igual si yo hubiera traído una planta al cuarto!
–Mel, vamos…
Ella negó con la cabeza y emprendió su marcha rumbo al baño, pero antes de entrar, se detuvo debajo del marco de la puerta, y exclamó:
–¡Encuentra la forma de que se quede en tu lugar o iré a hablar con la directora!
–¿Sabes que a la primera que abras la boca le diré a Shermansky, no, sabes qué, ¡a Peggy!, que Ámber te robó los exámenes, verdad? –retrucó Nathalie.
Melody refunfuñó. Tenía una mano apoyada contra el marco de la puerta, y lo apretaba con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Miró a Armin de reojo, a Nathalie una vez más, y con la cara hirviendo y los ojos brillantes, dio un zapatazo que rozó la infantilidad. Luego se dio media vuelta y cerró de un golpe. Nathalie no pareció afectada, y Armin se preguntó cuántas veces habrían protagonizado escenas similares.
En cuanto la tuvo en sus brazos la gatita abrió los ojos y maulló bajito, como si entendiera que debía ser discreta. Armin dio un paso adelante y Nathalie le extendió el pequeño bulto. Tenía el pelo suave, de color blanco y gris, y Armin sintió la tentación de hundir la nariz en su lomo. Flexionó las piernas para tomar asiento sobre la alfombra, pero antes de que llegase a sentarse, Nathalie la tomó del brazo y le indicó que se ubicara en su cama.
–Es preciosa –murmuró Armin sin dejar de acariciarle la cabeza.
Pronto la mano de Nathalie se le unió sobre la felpa blanca, y el animalito ronroneó feliz entre sus dedos.
–Espero sea razón suficiente como para no contagiarte de la locura de Melody y que tomes la decisión de irle con el cuento a la dire o algún profe –masculló ella.
–Pff… ¿Qué me cuesta guardarte un secreto más?
Nathalie se rió y envolvió su meñique con el suyo.
–Creo que vamos a llevarnos bien.
–¿Aunque mi hermana sea una puta loca?
–Eh, pude reconocerlo por experiencia.
II.
La música le retumbaba en el pecho. No era nada fuera de lo común. A los encargados de La Gárgola les daba igual si les perforaban un tímpano; es más, muchos de los allí presentes quizás se lo hubieran agradecido. Era uno de esos clubes en los que confluían personas de todas las edades, porque el único requerimiento para entrar era ser consciente de que tal vez no volverías a salir. En la zona del escenario, las bandas amateur y sus proyectos de groupies agitaban encendedores de un lado al otro. La pista estaba sobrepoblada y no era raro que tuvieran que sacar a algún desmayado a rastras. La barra era tierra de nadie, y cada noche los diferentes clientes se disputaban su dominio. Nath ansió una raya de coca, pero le había prometido a Kim dos meses antes que no volvería a meterse nada fuerte en el cuerpo –y a ojos de Kim, todo era fuerte, incluso un porro–, así que hundió las manos en los bolsillos y rebuscó un cigarro. De seguro la nicotina también estaría vetada por su amiga, pero Nathalie había encontrado el vacío legal en su juramento para hacerlo sin culpa –a pesar de todos sus defectos, detestaba faltar a su palabra, y aunque había noches en que le costara más que otras, seguía manteniéndose en la línea.
Mejor no pensar en líneas.
Alguien le tomó del brazo, y cuando ya estaba a punto de girarse con intención de ladrarle al baboso de turno que la dejara en paz, se encontró con los ojos de Castiel a centímetros de los suyos.
–¡Lysa se quiere ir! –le dijo a las escupidas–. ¿Vamos?
Nathalie disfrutaba salir con sus amigas, claro que sí –no con Kim, si Kim las acompañaba se la pasaba de mal humor porque le molestaba el humo, y la gente, y el olor–, pero ir con Lysa era sinónimo de volverse apenas a las horas de haber llegado. Cass era su hermana de juerga, pero si Lysa entraba en la ecuación, fijo que se ponía de su parte. Estaba bien, Nathalie generalmente no sentía celos de ello –a veces sí, pero es que antes de Lysa, Nath había sido la luz de sus ojos, su único faro en el desasosiego de existir. Pero daba igual, había acabado por acostumbrarse a tener que compartir a Castielle, porque en las malas –en las malas de verdad–, Cass siempre la había elegido, aunque Nathalie no la hubiese visto capaz de elegirla por sobre Debrah en su momento.
Así que asintió y de la mano fueron hasta la salida. Lysa las esperaba allí. Lanzó la colilla del cigarrillo que terminaba al suelo, lo pisó y luego lo recogió. Probablemente lo tiraría en la primera volqueta que se cruzaran. Nathalie pensaba que era injusto que existiera gente tan perfecta, fuese buena persona y supiera mantener la compostura en todas las situaciones.
No, no, ella no estaba celosa de Lysa, claro que no, pero… Pero el cuerpo le dolía de arriba a abajo, la mejilla amoratada le pulsaba por debajo del maquillaje y había tenido que elegir un pantalón para ocultar un golpe en la pierna. Si relajaba el cuerpo, cojeaba del lado izquierdo. Era difícil no sentir envidia cuando Lysa tenía dos padres que la amaban y un hermano que se desvivía por ella. Su único dolor parecía ser haberse enamorado de su cuñada, pero incluso estaba a medio superar su amor imposible.
Nathalie suspiró. Ella no sentía celos de Lysa. No. Eso oscuro que se agolpaba en la boca del estómago debía ser otra cosa; el alcohol fermentado por el calor de La Gárgola, sí.
Entraron por la ventana del baño, y avanzaron por el pasillo con los zapatos en la mano para evitar hacer ruido. Se despidieron con un gesto y Nathalie entró a la habitación con sus últimas fuerzas, que acabaron por abandonarla apenas cerró la puerta. Se dejó caer al piso detrás de esta, y con un quejido, se sacó los zapatos y los jeans. Debía tener alguna camiseta más cómoda por ahí, pensó. Se arrastró hasta la cama y tanteó sobre el colchón, pero lo único que sintió fue un bulto caliente debajo de sus sábanas. Quitó la mano como si se hubiera quemado. ¿Se habría equivocado de cuarto? No, Blanca dormía sobre la silla del escritorio…
¿Blanca?
Miró su cama con nuevos ojos, esta vez reconociendo las facciones que descansaban contra la almohada. Le hizo una caricia a Blanca, que ronroneó, contenta, pero no se movió de su lugar.
–Espero que hayas tratado bien a Armin, ¿eh? –le dijo.
Movió de un empujón a Armin, quien se apretó contra la pared con un quejido sonámbulo, y luego colocó el acolchado que estaba doblado a los pies de la cama sobre ambas. Cayó dormida con la nariz contra enterrada en el cabello de Armin, que yacía en la almohada como una estela de medianoche.
Volvería a ser consciente de sus alrededores en la mañana, cuando un codazo en el plexo solar le sacudiera el cuerpo de arriba a abajo. Se incorporó de un salto, con el corazón desbocado y los sentidos alertas, pero lo único que distinguió fue a Armin, que de forma frenética buscaba su celular entre las sábanas. Nathalie se movió un poco y lo sacó de debajo suyo. Armin apagó la alarma con un suspiro y volvió a dejarse caer sobre el colchón. Entonces la miró, esta vez con atención, y el gesto se le descompuso.
–No es…
–¿Blanca te causó muchos problemas? –la interrumpió Nathalie a la vez que volvía a ubicarse a su lado.
–¿Eh?
–Me imagino que se te escapó, ¿no?
Armin parpadeó un par de veces seguidas, como si no terminase de entender la pregunta. Le respondió de forma afirmativa, pero aun así sus músculos se veían tensos, listos para afrontar un inminente ataque –Nathalie notaría los síntomas a kilómetros de distancia, porque eran los mismos que ella experimentaba cada vez que debía volver a casa.
–Eh, no pongas cara de espanto –dijo ella con tono risueño–, te prometo que intentaré no volver a dejártela. No quiero causarte problemas.
–No, no –balbuceó Armin–, se portó excelente… Hasta que a las tres de la mañana comenzó a arañar la puerta. Apenas se la abrí salió corriendo hasta aquí y pensé que quizás ya habías vuelto.
–Pero cuando se la abriste saltó directo a la repisa de Melody –completó ella.
–Sí. No me quise arriesgar a bajarla y romper algo, o despertar a Melody, pero dejarla sola… No sé, sentía como si estuviera faltando a su palabra.
–Así que te quedaste.
–Lamento haberme dormido en tu cama –agregó ella.
–No digas tonterías, con el favor que me hiciste, podrías haberte negado a cederme una parte del colchón y yo hubiese tenido que aguantarme.
Ella se rió bajito, y con las cejas alzadas, preguntó:
–¿Y qué tal tu noche?
–He tenido otras mejores –confesó Nathalie tras chasquear la lengua.
–¿Y qué haces?, ¿bebes? –adivinó ella con la nariz arrugada, como si no concibiera utilizar la noche para otra cosa que no fuera dormir o desvelarse con el celular o la Nintendo.
–Y ligo, y cuando no ligo me las tomo contra algún baboso. –Cerró la mano en un puño y añadió:–. Qué sirvan de algo las sesiones de boxeo…
–¿Haces boxeo?
Lucía sorprendida. Nathalie se preguntó si realmente pensaba que los músculos de su espalda eran naturales, o un simple producto del básquetbol. Con timidez, extendió un dedo y tocó su bíceps, pero antes de que regresara la mano bajo las sábanas, Nathalie tomó sus dedos y los envolvió sobre su brazo.
–Voy al gimnasio de aquí cerca un par de veces por semana… –Y por si acaso, agregó:–. A escondidas, así que, ya sabes…
–Siento que cada vez que hablamos me llevo más secretos para guardarte –se burló Armin, sin apartar la mano de donde ella se la había colocado.
–Bueno, cuéntame tus secretos y prometo guardártelos.
Armin puso cara de seriedad, y en voz baja, dijo:
–El fin de semana le hice creer a Lexi que se había comido su porción de helado en algún momento de distracción, pero en realidad yo me comí la suya y la mía.
Nath arrugó la nariz y se rió.
–Eso no es un secreto.
–Nadie más lo sabe, esa es la definición de secreto.
–Pero es una banalidad. Yo por ejemplo le escondí a Melody su baño de crema después de que me dejara fuera de la habitación una madrugada.
El silencio que llegó desde arriba les dio la pauta de que a pesar del alboroto su compañera continuaba sumida en el mundo de los sueños.
–Yo no tengo secretos, incluso aquello de lo que no hablo se nota a simple vista –dijo en un murmullo a la vez que removía sus dedos de su brazo y los acunaba contra el pecho.
–Ya, pero eso no debería tener que ser un secreto; se trata de quién eres –contestó Nathalie con suavidad.
Ella rió de forma amarga y se puso boca arriba.
–Nathalie, el mundo no opina como tú: la mitad quiere hacer de cuenta que soy quien era antes, y la otra mitad quiere creerse que soy igual que el resto de las chicas que nacieron siéndolo. Y yo no… Entiendo que hay mujeres como yo que quieren entrar dentro de la categoría, pero me crié con una melliza, y sé que mis experiencias y mi forma de ver el mundo son diferentes, porque no fui como ella.
–Pero todas esas… experiencias no te hacen menos chica que tu hermana o que yo…
–Claro que no –coincidió ella con un tono casi ofendido–. Yo sé que soy una chica, pero también sé que soy muy diferente a ti, y eso no me molesta, porque soy quien soy por haber vivido todo lo que viví. No quiero que el mundo me recuerde todo el tiempo que soy trans, pero tampoco quiero que lo olviden o finjan que no es así, porque es como si… Como si todo lo que he batallado para ser quien soy no existiera. ¿Es muy contradictorio?
Nathalie se cruzó de brazo y miró las tablas de la cama de Melody mientras pensaba en las palabras de Armin.
–Bueno saber que detrás de tanto Mario Kart pasan cosas por esa cabeza.
–Solo estás enojada porque te gané ayer –se burló ella.
–No sé si es contradictorio, no sé si lo termino de entender, pero… quiero que sepas que cuando te veo, no es tu género lo primero que se me viene a la cabeza. Nunca lo fue, ni siquiera cuando nos cruzamos en la escalera aquella primera vez. Recuerdo haber pensado…
…que eras la chica más hermosa en la que había posado mis ojos, que ojalá me vieras como yo te veía, que ojalá fueras igual de interesante que de guapa…
–... que te vestías muy bien y que ojalá tú y Lexi fueran tranquilitas, porque ya bastantes dramas había traído Lynn con su presencia.
–¡Eh, con mi amiga no!
La alarma de su teléfono sonó entonces, ante lo que Nathalie decidió que ya había pasado demasiado tiempo en la cama con Armin. Pateó el acolchado y se puso un par de jeans que habían quedado abandonados a un lado de la cama, a la vez que le contestaba a Armin que su amiga era la más metiche de las metiches…
–¿Nathalie? –la llamó, y algo en su tono hizo que detuviera sus movimientos y se girara para observarla–, ¿por qué tienes todo el cuerpo violeta?
Eso amargo que tenía en el estómago subió y se alojó en su garganta. Por un instante creyó que vomitaría sobre la alfombra, pero tragó con fuerza y se giró en dirección a Armin con gesto de indiferencia.
–El boxeo. El básquet. Las peleas. Un poco de todo, ya sabes –se excusó–. Se ve peor de lo que parece.
¿Cómo había podido ser tan tonta? La comodidad alcanzada la había hecho olvidarse de sus heridas y de los recaudos que solía tomar para que nadie la descubriera. Nunca había tenido problema en vestirse frente a alguien que le interesaba, salvo que… Salvo que todas las chicas interesantes habían sido cosa de una noche, y ninguna de ella se había mostrado particularmente preocupada por el estado de su cuerpo tras la breve excusa sin sentido que Nathalie les brindaba. El gesto de Armin, sin embargo, no cambió, hasta que al final, suspiró y también se puso de pie, dispuesta a volver a su habitación. Por una vez, Nathalie no se atrevió a molestarla hasta que decidiera quedarse a su lado un rato más.
***
Kim apoyó con fuerza su bandeja del almuerzo sobre la mesa que solían compartir todos los mediodías. Nathalie le echó una ojeada por encima de la pantalla, pero un nuevo mensaje le devolvió la vista al celular.
–¿Pueden creer que me le confesé a Violeta y…?
Sentada al otro lado del comedor, Armin completaba sus textos con risas y muecas, y cuando Nathalie demoraba en responderle, le dirigía una mirada igual de letal que una saeta, aunque su tema de conversación del momento fuese la pésima calidad de la comida de la escuela.
–Espera, espera –la interrumpió Castiel–. Después de todos estos años, ¿te le confesaste a Delvis?, ¿la Delvis?, ¿de la que llevas enamorada desde la primaria?
–No nos habías comentado que pensabas hacerlo –acotó Lysa.
Una nueva vibración le indicó la llegada de otro texto. Este, para su sorpresa, venía acompañado de una imagen, que, aunque borrosa en un principio, se asemejaba a una nube de piel. Cuando por fin se descargó, Nathalie sintió como el oxígeno de la cafetería le fallaba, porque se trataba de una foto de los muslos. Aunque por lo general Armin solía ir de pantalones, ese día llevaba los shorts de educación física –probablemente era su próxima clase–, por lo que no le había costado nada subirse un poco dobladillo y enseñar incluso más. Nathalie parpadeó de forma nerviosa y buscó el mensaje que le daba sentido a la fotografía: La otra noche Blanca se las tomó conmigo, ponía debajo. Nathalie intentó enfocarse en la imagen y descubrió que, en efecto, un trío de arañazos le cruzaba la pierna.
–Fue un impulso, pero da igual, ella por supuesto que no lo entendió y me dijo que estaba muy agradecida de tenerme a su lado y que era la mejor amiga que jamás había tenido.
–Auch.
Natha
No entendía q onda la foto
Pensé q estabas a 1 paso de mandarme un nude
Armin
sucia ( ` ᴖ ´ ) yo no hago esas cosas
prefiero en vivo y en directo (˵ •̀ ᴗ - ˵ )
Natha
Usando esos emojis de virgen veo poco probable que llegues al vivo y directo
Armin
si pensar eso te deja dormir tranquila…
–Tranquila, Kim, si Violeta no te ha comprendido es porque el Universo decidió que no estaba lista para afrontar tus sentimientos hacia ella. Lo mejor va a ser esperar y volver a intentarlo más adelante.
–No le hagas caso, Kim, ve a gritarle en la cara a Delvis que te la quieres…
–No seas vulgar, Castielle.
–Bueno, bueno... ¿Tú qué piensas, Nath?... Eh… ¿Nath?
–Claro –respondió ella, sin levantar la vista.
–¿Claro? –repitió Cass, a la vez que colocaba su mano sobre la pantalla.
Con un suspiro, Nath dejó el teléfono sobre la mesa y miró a sus tres amigas, que la observaban con expresiones que iban de la incredulidad a la molestia.
–¿Se puede saber a quién conociste ahora? Digo, si tan importante es como para que no escuches a Kim cuando te habla, mínimo deberías presentárnosla. O presentárnoslo, no vamos a juzgarte por tener mal gusto.
–No seas así, Cass, solo me distraje un momento –se defendió Nathaniel a la vez que rodaba los ojos–. Y no hay nadie a quien presentar, hablaba con Armin –añadió antes de llevarse una cucharada de arroz a la boca.
–¿Con Armin? –repitió Kim–. No sabía que se llevaran.
–Me fa fecho unoz favorez –explicó con la boca llena.
Lysa se llevó una mano al pecho y puso cara de espanto, como si con sus palabras hubiera herido su delicada (y selectiva) sensibilidad pseudovictoriana; Kim parpadeó varias veces y hasta Castielle pareció confundida ante sus palabras.
–¿Te estás acostando con Armin? –preguntó esta última al final.
A Nathalie se le anudó la garganta. Tosió, desperdigó un par de arroces sobre su bandeja y se apresuró a tomar el vaso de agua que Lysa le ofrecía a la vez que negaba con la cabeza. Sin embargo, cuando se disponía a explicar que no, que no eran ese tipo de favores, que se habían hecho una película, un grito en la entrada del comedor le llamó la atención.
Se puso de pie de un salto y avanzó hasta donde se congregaba el grupito de estudiantes que se amontonaba en la puerta. En el centro del círculo, tiradas en el piso y a los gritos, su hermana y Lynn peleaban a los gritos; o, más bien, Lynn le reclamaba algo a Ámber y esta chillaba de forma incontrolable. Aunque su hermana fuese más corpulenta y alta que Lynn, era obvio quien iba ganando. Tomando coraje para separarlas, Nathalie cuadró los hombros y se preparó para llevarse algún codazo de Lynn en el proceso, pero antes de que siquiera diera un paso, Delaney y Boris se abrieron paso y entre gritos y cinchones disolvieron la multitud y separaron a las combatientes.
Nathalie se vio en la obligación de marcharse junto al resto de las alumnas. Asistió a su próxima clase con la cabeza en las nubes y apenas fue el recreó sacó su celular y tipeó:
Natha
Y??
Ámber
Suspendida tres días
Acaba de llegar mamá
T scribo desp
Ella suspiró y se apretó la nariz. Ámber no había agregado nada respecto a sus heridas, aunque Nathalie sospechaba que debía tener un par de uñas rotas y varios arañazos. No había visto a Lynn darle más que un par de cachetazos, por lo que no creía que se le hiciera algún moretón. Quizás se llevaría a casa un labio roto, pero nada más, y la escuela lo vería, así que su padre no le tocaría la cara. En general se guardaba de darles en el rostro, pero, en ocasiones, cuando regresaba a casa enfurecido y se enteraba de que alguna de ellas había metido la pata de alguna forma, se le iba la mano y Nathalie tenía que fingir que el ojo negro era un souvenir de una pelea callejera. No, mamá protegería a Ámber, y lo peor que podría pasar sería que Nathalie ligara el golpe en la cara el fin de semana…
No le respondió, porque no tenía nada para decir –nada que no dejara en evidencia la situación que acontecería en casa– y porque aunque hubiera atrapado las palabras justas, le temblaban demasiado las manos como para redactar un mensaje. Decidió que lo mejor sería saltarse Historia –porque Farrés no le haría ningún drama– y se dispuso a volver a su habitación.
–¿Natha?, ¿no vas a clases? –le preguntó alguien desde el otro lado del pasillo.
–No –dijo, tan empequeñecida que dudaba que su voz le hubiese llegado a Armin.
Llevaba en la mano una libreta y un par de lápices, y tenía el pelo mojado, como si acabara de salir de la ducha. De seguro su piel todavía estaba tibia, pensó. Se guardó los lápices en el bolsillo trasero de sus pantalones cortos –estos, para su tranquilidad, le llegaban hasta debajo de la rodilla– y cerró la distancia que las separaba.
–¿Estás bien, Natha? –preguntó mientras la tomaba del bíceps–. Te tiemblan las manos.
–Sí, sí, no es nada –dijo, aunque su agitación se transparentaba en la inestabilidad de su voz.
Armin la observó con las cejas casi juntas. Nathalie desvió la vista a la perilla de la puerta, incapaz de mantenerle la mirada. A veces, los ojos de Armin –dos estrellas celestes que contrastaban con su ceño espeso y negro como la noche– se le hacían casi inquisidores. Quizás por eso Nathalie había preferido tenerla de su lado en cuanto supo el primero de sus secretos. No dudaba que, entre tontería, jugueteo y distracción, Armin fuese más intuitiva de lo que aparentaba. A veces, cuando coincidían en la oscuridad, Nathalie pensaba que ya lo sabía todo de ella, y que solo faltaba que uniese las piezas –solo faltaba que fuese consciente del conocimiento cósmico que albergaba en su interior y que le permitía dilucidarlo todo con esa vista de cristal.
–¿Qué tal tu hermana? A Lynn la suspendieron.
–A Ámber también –respondió ella casi sin aire.
–Ah, eso es lo que te tiene mal.
Nathalie ignoró su comentario.
–Ven, pasa –dijo a la vez que abría la puerta del cuarto. Dio unos pasos torpes y se dejó caer sobre su cama–. Mis padres van a matarla.
Armin atravesó la habitación y tomó asiento a su lado. Puso una de sus manos sobre su espalda y con la otra la tomó de la muñeca. Tenía las palmas cálidas, tal y como había supuesto. Las uñas, cortas y con restos de esmalte negro, pertenecían a unos dedos huesudos y de nudillos marcados. Eran lindas manos, pensó.
–Se les pasará –la consoló ella, y con una risa, agregó:–. Te lo digo como experta en hacer rabiar padres desde siempre. Los primeros años creí que me devolverían a la casa de acogida.
–...¿Qué?, ¿casa de acogida?
–Lexi y yo somos adoptadas –explicó mientras se acomodaba un mechón de cabello tras la oreja–. Nos fuimos a vivir con los que ahora son nuestros padres cuando teníamos como siete. Lexi es lo único constante que he tenido en la vida, así que entiendo lo que estás sintiendo ahora respecto a Ámber. No mucha gente entiende lo que significa crecer desde siempre con otra persona, pero yo sí.
–Nuestros padres son… personas difíciles –sintetizó Nathalie, y no pudo evitar que la comisura derecha de los labios se alzara en una suerte de tic ante la verdad encubierta–, por lo que siempre he sentido la necesidad de proteger a Ámber, porque aunque sea una tontería, soy la mayor.
Armin jugueteó con sus dedos de forma nerviosa, y sin mirarla, dijo:
–Puedo imaginarlo. Yo también soy la mayor, pero Lexi es la que me ha sobreprotegido a mí desde siempre. Cuando salí del armario el año pasado… Dios, ella asumió que era lesbiana cuando tenía como doce años, sabía mejor que yo lo que me esperaba. No sé, quizás yo debí cuidarla más… Ella siempre ha sido más fuerte. No la trastorna cómo a mí todo lo que vivimos con nuestra madre biológica.
–¿Era… mala? –preguntó Nathalie. Las palabras le sonaron tontas e infantiles apenas las pronunció.
–Adicta. No sé si era mala, porque la adicción no me permitió conocerla –contestó Armin. Entonces levantó la vista y sí la miró a la cara–. En realidad nos crió nuestra abuela. Ella fue la que nos puso nuestros nombres, ¿sabes? Así de mucho le importábamos a mamá –agregó, con una risa nasal que ninguna gracia representaba–. Fue una buena abuela, pero nunca tuvo el valor de apartarnos de mamá del todo… Pensé en cambiarme el nombre, cuando descubrí quién era, pero… era lo único que me quedaba de ella. El Estado se hizo cargo de nosotras cuando ella murió.
Nathalie sintió que algo le ardía en la parte posterior de los ojos.
–Lamento que hayas…
–No, no –la interrumpió ella, a la vez que alzaba el índice y lo clavaba en su pecho–, no te lo conté para que me miraras así, Natha. Te lo dije porque confío en ti, así que para ya.
–Lo siento –masculló.
–Sí, sí –resopló, aunque enseguida dejó la molestia de lado, y preguntó, con una sonrisa de lado:–. ¿Quieres jugar a algo? Puedo traer la Nintendo…
–Tienes que ir a clase, Armin –la retó Nathalie, ante lo que ella chasqueó la lengua.
–Lexi me defenderá cuando llamen del colegio a nuestros padres por mis llegadas tardes. –De pronto, se puso seria y la miró a los ojos con tal intensidad que Nathalie acabó por mirar su barbilla–. Si quieres estar sola está bien, puedo irme, sin resentimientos.
Nathalie cerró los ojos y se dejó caer sobre el colchón.
–Puedes quedarte si sacas a Blanca de la repisa de Melody.
–Sádica –masculló su amiga a la vez que se ponía de pie y trepaba la escalerita que había a un costado de la cama:–. ¿Qué sueles hacer para distraerte?
–Salgo al gimnasio o a bailar, depende si… depende del sentimiento –respondió, con la vista perdida en la base de la cama de Melody, que funcionaba como techo de la suya.
–¿Adónde vas cuando estás preocupada?
–A La Gárgola. Es una discoteca de mala muerte, pero es de los pocos lugares que abre hasta la madrugada y permite que entremos los menores.
–Pues ve, si crees que te va a hacer bien… Acá, Blanqui, psst, psst…
–¿Quieres venir? Le diré a Lysa, Kim y Cass. Invita a tus amigas, si crees que no nos delatarán –ofreció.
Armin descendió con una sonrisa orgullosa. Su silueta a contraluz le hizo sombra, y con una mano sobre los ojos, Nathalie la observó. Pensó que se veía adorable, con la nariz enterrada en la cabeza de la gatita y los ojos achinados a causa de la sonrisa.
–Ahí estaremos –respondió–. Bah, quizás Kendra no vaya, pero no es bocona, quédate tranquila.
***
Para su sorpresa, Kendra parecía la más emocionada por la salida. Nathalie no la conocía, pero la había tomado por una persona tranquila, un poco malhumorada –solía pelear con las gemelas por tonterías, o, más bien, ellas la molestaban hasta hacerla explotar– pero incapaz de saltarse una regla. Pero ahí estaba, oliendo a perfume y con el cabello corto despeinado de forma cuidada. Sus pesadas botas negras le seguían el paso sin problema, y ni siquiera cuando Armin le saltó a la espalda de forma juguetona disminuyó el paso –por el contrario, ajustó su peso y dejó que ella jugara con su pelo de forma distraída. Nathalie desvió la vista y dio una rápida repasada al resto.
Cass y Lysa –que había cambiado los pesados vestidos por un corset y una falda de encaje que eran igual de inadecuados para la ocasión, pero al menos debían resultarle más cómodos– caminaban del brazo. Kim se le había pegado a Lynn, Rosalya y Alexia, que intentaban convencerla sobre los beneficios de tener una rutina de skincare. Alexia, cada pocos segundos, observaba qué estaba haciendo su hermana. Nathalie dio una nueva ojeada a Kendra y Armin. Su amiga, con la mejilla apoyada contra la nuca de Kentin, le guiñó el ojo. Ella pateó una piedrita y, con disimulo, escondió la sonrisa contra el puño de su chaqueta de cuero.
Apenas entraron Cass fue la primera en arrastrarla a la pista, seguida de cerca por Alexia y Rosalya. Lynn, Lysa y Kim se les perdieron entre la muchedumbre, al igual que Kendra y Armin. Volvió a cruzar a Kendra al rato, cuando Cass y Lysa fueron al baño. Le dijo algo entre risas que Nathalie no pudo entender, pero que sonaba demasiado parecido a un feliz cumpleaños y le depositó en la mano un vaso con un trago fuerte pero dulce. Kim se le prendió del cuello al rato, bebida y cansada, y bailaron hasta que su peso se volvió demasiado difícil de soportar y la acompañó hasta el bar a comprarse un agua. Lynn las localizó desde la otra punta del local y les hizo señas para que fueran a sentarse con ella, en uno de los sofás en los que ninguno de los clientes habituales y mediocuerdos se ubicaría.
–¡¿Cómo estás pasando?! –le gritó ella sobre la música.
–¿Yo? ¡Bien! ¡Hago esto cada pocos fin de semanas! –respondió en el mismo tono–. ¡La pregunta es cómo estás pasando tú!
Nathalie pensó que no le había mentido. Salir a bailar siempre le obnubilaba la cabeza y le adormecía los sentimientos. Por unas horas, el dolor –del cuerpo, de la cabeza– se le anestesiaba, y con el pecho liviano sentía lo que era ser un adolescente normal, sin miedos ni la tentación de acabarlo todo. Se recostó contra el sillón, liviana y contenta, y dejó que Kim apoyara la cabeza contra su hombro mientras le murmuraba incoherencias a Lynn. Ella rió con algo similar a la histeria y apoyó los pies sobre la mesita que había frente a ellas. Le faltaba el zapato izquierdo.
–¿Yo? ¡Muy bien!
La voz de Lynn pasó a segundo plano cuando reconoció a Armin entre la marea de gente. Se había colocado un par de broches plateados en el pelo que de tanto en tanto parecían transformarse en chispas a causa de las luces. Abrazaba a alguien por el cuello y bamboleaba las caderas al ritmo de la música, y Nathalie tuvo que reprocharse a sí misma por su descarado escaneo. Un par de manos se aferraban a su cadera de forma torpe, e incluso amagaron a apartarse, pero Armin sujetó sus muñecas y le obligó a quedarse allí. No fue hasta que giraron que Nathalie descubrió que su compañera de baile no era otra que Kendra, que se mordía el labio y levantaba la cabeza cada pocos segundos para mirar a Armin y cerciorarse de que lo estaba haciendo bien. Ella debía pensar que sí, porque levantó una de sus manos y la llevó a su mandíbula, la cual sostuvo entre los dedos. Armin la besó sin dejar de moverse. Kendra, por su parte, permaneció estática. Cuando se apartó, la miró fijo, se limpió la comisura de la boca y, sin dar explicaciones, se escapó de su agarre y se perdió en la multitud.
–Ay, esto se va a complicar –dijo Lynn a la vez que sacaba su teléfono.
–Yo pensé que era la otra melliza la que estaba enamorada de Kenny –balbuceó Kim con los ojos entrecerrados.
–Porque así es –dijo Lynn.
Kendra permaneció allí unos instantes más. Luego, se colocó la mano en los bolsillos y fue hasta el bar, y aunque aparentaba normalidad, Nathalie percibió la tensa línea de sus hombros, casi como si estuviera protegiéndose una herida. Quiso seguirla con la mirada, pero un sujeto se puso delante suyo y le tapó la visión.
–Chicas, ¿podemos invitarles algo de beber?
Nathalie volvió su atención al hombre que había hablado con el ceño fruncido. Él se rascaba la barba pelirroja con una mano, mientras con la otra señalaba la barra. Tenía un cigarro en la boca. Un paso por detrás suyo había otro tipo, vestido con ropa ancha y un piercing en la cara. Lynn se sentó un poco más recta, y de forma disimulada, se pegó a Kim. Nathalie se guardó el quejido: ya sabía qué clase de tipos eran esos.
–No.
–No, gracias.
El pelirrojo chasqueó la lengua y rió de lado, a la vez que se acercaba más. Tomó el cigarro entre sus dedos y expulsó el humo sobre sus rostros. Kim, con los ojos entrecerrados, arrugó la nariz. Nathalie inhaló profundo. Quizás de haber estado sola le hubiera coqueteado devuelta al barbudo, a cambio de un cigarrillo y un par de besos en la pista de baile, pero ese día estaba demasiado harta de todo como para seguirle el juego al imbécil de turno.
–Vamos, no se hagan las difíciles –insistió–. Solo les ofrecemos un trago, y si quieren después de eso nos piramos.
–Lo siento, ya nos estamos yendo –respondió Lynn.
Él tomó asiento en el posabrazo del sofá.
–Con más razón, compartimos una bebida y cada uno a su casa, ¿qué dicen?
–Hemos dicho que no –repitió Nathalie mientras se ponía de pie–. Además, no creo que les convenga ofrecernos alcohol.
No había que ser adivino para darse cuenta de que ambos estaban en sus veintes, y aunque ellas iban maquilladas y vestidas como si fuesen mayores, era más que obvio que eran adolescentes, lo que significaba que a los tipos su edad les daba igual. El otro, el del piercing, se acercó a Nathalie e intentó abrazarla por la espalda. Ella se alejó de un salto.
–Vamos, princesa…
–Me tocas y te doy un golpe en los huevos.
–Bueno, quizás princesa no sea la palabra más adecuada –rió él, y acercó otra vez la mano a donde Nathalie estaba. Esta vez no se apartó. Necesitaba la excusa.
El primer golpe lo dejó atontado. Su amigo se puso de pie de un salto, y algo se relajó en la expresión de Lynn. El tipo se tanteó la nariz con una mano y luego miró la sangre que había transferido a sus dedos. Había sido un golpe inofensivo, pero debía tener la nariz sensible a los sangrados.
–¡¿Pero qué te pasa, hija de puta?! –le gritó el barbudo mientras ayudaba a su amigo a incorporarse. Nathalie le hizo un gesto a Lynn para que tomara a Kim y se marcharan–. No te la devuelvo porque me enseñaron a no pegarle a las mujeres, pero…
–Me parece a mí que no me la devuelves porque tienes miedo de que la próxima sí sea en los huevos.
***
Tuvieron que separarlos con un baldazo de agua helada. Alguien había intentado darle un botellazo al barbudo para que la soltara, pero él lo había recibido como si fuese una caricia en la mollera. Cuando la liberó, un par de manos la levantaron del piso y la arrastraron hasta afuera. Le palpitaba el rostro. No podía abrir un ojo, y sentía que le sangraba el labio y la nariz. Pensó que quizás debió mirarle el tamaño del bíceps al barbudo antes de provocarlo de ese modo.
Tras dos o tres cuadras –o quizás más– las manos la obligaron a sentarse en el cordón de la vereda. Nathalie escupió algo salado y rojo. Dio una rápida repasada a su boca con la lengua. Parecía tener todos los dientes.
–¡Nathalie! ¡¿Nath?! Nath –la llamaron. Alzó la vista y descubrió a Cass y Lysa, que la observaban con cara de espanto desde lo alto. Cass se agachó y colocó una mano sobre sus nudillos hinchados–. Nath, ¿por qué lloras? ¿Dónde te duele?
Los sollozos se intensificaron y, con un chillido desesperado, se dejó caer sobre la acera y se señaló el pecho con el índice.
–¡Aquí me duele! ¡Aquí! –Se ahogó con sangre y saliva y hartazgo, y escupió a un lado–. Pensé que yo le gustaba, y va, y la besa, y, y, y creo que la que siente algo soy yo, y no entiendo por qué va y besa a Kendra…
–¿Nath?
–Y me duele muchísimo el cuerpo –agregó, con la voz temblorosa–. Muchísimo. No puedo más. Ya no puedo más…
Sentía como los mocos se le resbalaban por la cara, y aunque sabía que se le iba a ver la ropa interior, acercó las rodillas al pecho y se abrazó a sí misma. De reojo vio a sus amigas intercambiar miradas. Lysa rebuscó en su cartera. De seguro tenía un pañuelo bordado con sus iniciales, o era de alguna tela estampada que solo a Castielle podía parecerle encantadora. Un nuevo sollozo le raspó la garganta como una lija.
A la mierda Armin. A la mierda sus sentimientos. A la mierda sus padres. A la mierda todo.
Nathalie ya no podía más.
Volvieron a la escuela en silencio. La mitad de su peso lo llevaba Castielle, y la otra mitad Lysa, quienes comenzaron a hacer planes para meterla por la ventana sin que ella hiciera demasiada fuerza. No obstante, apenas llegaron se dieron cuenta de que todas las ideas conversadas habían sido en vano, porque parados de brazos cruzados debajo de la ventana las esperaban Shermansky y Farrés.
–Las tres que faltan –dijo Shermansky, con cansancio en la voz. Debían ser las cuatro de la mañana–. Vamos por la puerta de adelante, muchachas.
–Nathalie, ¿necesitas que llamemos a emergencias? –le preguntó Farrés mientras relevaba a sus amigas. Ella negó con la cabeza.
Las suspendieron a las nueve por lo que restaba de la semana, y Shermansky agregó que a su vuelta las esperarían varias tareas de reparación y limpieza para culminar el castigo. Permanecieron sentadas fuera de su oficina mientras la directora y Farrés las interrogaban de forma individual, y recién a las siete las dejaron ir a cambiarse y hacer la maleta. Mientras tanto, llamaron a sus familias.
Su madre fue de las últimas en aparecer. No se quitó los lentes ni siquiera para saludar a la secretaria, que le extendió el cuaderno para que firmara su retiro. A Nathalie no le dijo nada, solo le indicó que la acompañara con un gesto con la cabeza. Mientras caminaba por el pasillo detrás de su madre, con la cabeza gacha y pasos largos, notó de reojo a una mujer con la cabeza llena de rulos que sostenía por el cuello de la camiseta a dos chicas, obligándolas a avanzar.
–Cuando lleguemos a casa, ¡ay!, el reto que las espera –les dijo por lo bajo.
–¿Papá está en casa? –preguntó Armin.
–No necesito de papá para retarlas como se debe.
–Mamá…
–Ahora no, Alexia, de verdad. No puedo creer…
Sus voces se perdieron a sus espaldas.
Sin Armin en la escuela, iba a tener que pedirle a Melody que se hiciera cargo de Blanca por unos días, y con ello su motivo de extorsión desaparecería. Resignada, le escribió apenas se sentaba en el auto, y luego metió el teléfono en la guantera. Si Francis lo veía no dudaría en tirárselo por la ventana.
Su madre condujo con la espalda recta, sin dedicarle una segunda mirada hasta que se detuvo en la puerta del garage. Nathalie se la devolvió, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Jamás le había levantado la mano, pero a veces podía ser igual de hiriente que Francis solo con la lengua. Sin embargo, se limitó a suspirar y decirle que su padre estaba en la casa. Nathalie sintió un pinchazo en el plexo solar, pero con la cabeza gacha se bajó del auto y subió hasta la casa, porque daba igual si se preparaba o no, el primer golpe siempre era el que más dolía.
***
Cuando Nathalie se quitó las gafas de sol, sintió a Delaney ahogar un sonido de sorpresa. Envolvió sus dedos en el borde del escritorio, y con una nueva suavidad, le dijo que si la luz le dañaba los ojos, lo mejor era que se las volviera a poner. Nathalie sabía que el ojo morado e inyectado en sangre daba un poco de impresión a simple vista, pero no creía que fuese para tanto. Delaney no debía pensar lo mismo, porque a la salida le pidió que se quedara. No pareció convencida con las excusas de Nathalie, pero de todos modos la dejó ir con la promesa de que se cuidaría más de ahora en adelante.
–¿Natha?
Fuera del salón, Armin la esperaba recostada contra la pared. Se paró derecha cuando la vio, pero Nathalie no se quedó a ver su expresión.
–Tengo que irme –le dijo, con la mirada clavada en el suelo
Ella permaneció unos segundos en su lugar, pero apenas Nathalie dio unos pasos, sintió el rechinar de sus zapatillas contra el piso a la vez que le pedía que se detuviera. La sujetó del brazo por detrás como para detenerla pero, con un siseo, Nathalie se liberó de su agarre. Le dolía cada centímetro del cuerpo. No se había mirado al espejo tras lo de la noche anterior, pero sospechaba que tenía un moratón en el bíceps.
–En serio, Armin, debo ir a asegurarme de que Melody no tiró a mi gata a la calle –se excusó.
Ella se le puso enfrente, cerrándole el paso.
–No vas a encontrarla –se apresuró a decir.
–¿A Melody? Siempre va a la biblioteca en las horas libres –explicó mientras la rodeaba.
–No, a Blanca. –Con eso sí llamó su atención. Se giró a verla con los brazos cruzados–. Está en mi casa. Sabía que tú no podías llevártela y… ¿Natha? ¡Natha! Eh -la llamó mientras la tomaba del brazo y volvía a detenerla–, ¿se puede saber qué te pasa?
–No me pasa nada, solo quiero llegar a mi cama a recostarme hasta la hora de Matemáticas, por Dios, Armin –explicó a la vez que se zafaba una segunda vez de su tacto.
Ya en otro momento podría hablar con Armin para que le devolviera a Blanca, pero por el momento necesitaba alejarse de ella. Ya veía su habitación desde donde estaba. Apuró el paso para dejarla atrás, pero como nunca sabía cuándo detenerse, Armin la siguió de cerca.
–¿Se puede saber que te pasa? ¿Y qué le pasó a tu ojo? ¿Te metiste en otra pelea?
–Y a ti qué te importa –le gruñó Nathalie mientras se metía a su cuarto–. ¡Déjame cerrar la puerta! ¡Armin!
La puerta se estrelló con un golpe seco contra el marco, y antes de que Armin pudiera volver a ejercer fuerza de su lado, Nathalie le pasó llave y dio un paso atrás.
–¡Armin nada! Desapareces de la faz de Tierra y, y… ¡Creí que te pondrías feliz de verme, porque yo sí me pongo feliz de verte, aunque luzcas horrible! –exclamó ella.
–¡Pues si quieres ver algo lindo vete con Kendra, o qué sé yo!
¡No!, ¡no!, ¡no! ¿Cómo le había dicho eso? Asqueada consigo misma y con su nulo autocontrol, se mordió la lengua hasta dejársela como una fresa.
–¿Qué? ¿Natha? ¡Nathalie…! ¿Estás enojada porque le di un beso a Kenny cuando estaba borracha? ¡Porque para que sepas, ya bastante tuve con el berrinche de Lexi! –Nathalie se agachó y tironeó de su pelo, pero ningún sonido escapó de sus labios. Armin pareció esperar alguna clase de respuesta, pero al no recibirla, le dio una patada floja a la puerta y agregó:–. Esto no se termina aquí
La oyó zapatear por el pasillo. Podía imaginarla, con el flequillo despeinado y el rostro enrojecido de la furia. Mejor. Qué le doliera un poco. Le agradecía por lo de Blanca, pero eso no quitaba que… que…
–¡Y qué sepas que no me pareces horrible! ¡Lo único horrible es tu actitud de hoy! –gritó ella desde la otra punta del corredor.
La detestaba.
***
Armin volvió a presentarse en su cuarto a la tarde siguiente. Nathalie se había saltado el entrenamiento del equipo de basquetbol alegando estar indispuesta. Sus compañeras habían asumido que por primera vez en tres años estaba sufriendo dolores menstruales –una realidad que Nathalie no conocía–, cuando en realidad solo estaba cediendo ante la necesidad femenina de sobrepensar con la vista perdida en el techo; pero como Dios parecía empeñado en no dejarla conocer la paz, alguien golpeó la puerta.
Los huesos le crujieron al ponerse de pie. Su segundo motivo para faltar era que le palpitaba cada parte herida del cuerpo, pero como estaba sola, se permitió arrastrar los pies al atravesar el lugar. Apenas abrió su amiga la empujó y cerró la puerta con el peso de su cuerpo. Nathalie refunfuñó sin palabras, pero antes de que despegara los labios, Armin se abrió el abrigo y Blanca saltó al suelo. Enseguida se enredó entre las piernas de Nathalie y le maulló grave, en una clara protesta ante su abandono. Ella se agachó y la sujetó contra su pecho. Hundió la nariz en su pelaje y sintió su corazoncito acelerado bajo sus dedos.
–Mamá dice que tenemos que encontrar una solución, porque tarde o temprano nos van a descubrir –dijo Armin a la vez que tomaba asiento a su lado.
–No puedo llevarla a casa –explicó ella, y aferrándose más fuerte a la cálida suavidad de su cuerpo, agregó:–. Te agradezco que la hayas cuidado estos días, pero…
–Lo sé, no estaba sugiriendo llevármela a casa de forma permanente. Sé que es tuya.
–Creo que después de tanto, podemos decir que eres su otra madre –respondió ella con una sonrisa, aunque tenía la vista fija en Blanca.
Armin agachó la cabeza y buscó sus ojos.
–¿No quieres que mi mamá hable con la tuya? De seguro que la convence.
–No —se apresuró a contestar–. Gracias.
–Lo digo de verdad, ella fue la que me lo sugirió…
–Dije que no, Armin.
–Lo estás haciendo otra vez –murmuró ella, con los brazos cruzados sobre el pecho–. Me hablas mal cuando digo algo que no te gusta.
–Porque siempre insistes, aunque ya te dije que no.
–Insisto porque me importas.
–Pues no lo hagas. –Suspiró e intentó suavizar su tono, porque Armin no tenía la culpa de que el tema le pusiera los pelos de punta–. Mis padres no… no son como los tuyos. No les va a caer en gracia que tu madre se meta, de verdad.
–Bueno, bueno… ¿Hoy estás mejor?
Nathalie se mordió el labio.
–Lamento lo de ayer.
–Yo también.
–No fue personal –intentó defenderse.
–Pues se sintió bastante personal –masculló Armin–, en especial el comentario sobre Kenny.
–Fue estúpido. Puedes besar a quien quieras, no es de mi incumbencia.
–Claro que puedo hacerlo –dijo ella con cierta petulancia–, pero eso no quita que quiera saber por qué reaccionaste así.
–No sé, Armin, déjalo correr… –se excusó ella a la vez que trazaba círculos sobre el pelaje de Blanca.
–Está bien, está bien… ¿Vas a decirme cómo te hiciste lo del ojo? –Nathalie se encogió de hombros, pero su amiga se estiró y le sostuvo la muñeca–. Y no creas que no vi el golpe que tienes en las costillas cuando estábamos en los vestuarios.
Esa mañana, Nathalie había llegado tarde a Educación Física con tal de cambiarse sola en los vestuarios. Había aprendido el truco de Armin, que de seguro la había visto desde la otra punta del lugar, tan en silencio –tan asustada de ser vista– que debió haberse fundido con las sombras.
–Una pelea estúpida, no te preocupes.
Los hombros de Armin cayeron.
–Oye, si no me quieres aquí, solo dímelo. Prefiero irme antes que volver a pelear.
–No es que no te quiera aquí…
–¡Estás esquivando todos los temas que saco!
–¡Porque no paras de preguntarme por mis padres, y mis sentimientos y…! –Nathalie soltó a Blanca y se puso de pie. Armin la siguió, pero antes de que pudiera contraatacar, añadió en un grito:–. ¡Deja de hablar de lo que no sabes!
–¡No sé por qué no quieres hablar conmigo!
–¡Hay… Hay cosas de las que no puedo hablar! –chilló, y dio unos pasos atrás para alejarse de ella–. Es que no entiendes, Armin…
Ella dio un paso en su dirección.
–Creo que sí entiendo, Natha, y eso es lo que te asusta.
Ella negó con la cabeza y se dio la vuelta. Los ojos espectrales de Armin parecían ver a través de ella como si tuviese la piel traslúcida.
–Cállate. Vete. Cállate.
–¿Crees que no me doy cuenta que cada fin de semana apareces peor de lo que estabas? ¿Crees que no he notado que evitas hablar de tus padres siempre que puedes?
–Armin, basta.
–¿Crees que no sé por qué te molesta que haya besado a Kenny? El problema es que tú no quieres hablarme…
–¡No es que no quiera! ¡Es que no puedo! –le gritó.
–¡Sí puedes! ¡Si alguien va a entenderte soy yo! ¿Por qué crees que nadie en esta escuela ha notado lo que te pasa salvo yo? –dijo con la voz débil–. Te dije que mi madre biológica era una persona de mierda. ¿Por qué crees que Lexi y yo no estamos con ella?
–D-Dijiste que no le importaban mucho…
–¡El desinterés no es motivo de perder la custodia de tus hijos! ¡Molerlos a golpes sí!
–Yo no… no es así –se las arregló para balbucear.
–Mírame a la cara. Mírame a la cara y dime que el golpe que tienes en el ojo no te lo hizo tu padre o tu madre. –No pudo hacerlo, claro que no pudo, no a Armin, que la miraba como si conociera cada una de las verdades del mundo–. Yo más que nadie entiendo lo que te pasa, Natha.
Nathalie se acuclilló y hundió la cabeza entre las rodillas. Sintió un peso cálido sobre la parte posterior de su cabeza, y como una piedra, se dejó caer a un lado de Armin, que se había sentado en el piso junto a ella. Le pasó una mano por la espalda y murmuró algo con los labios sobre su sien.
–...Ya, ya. Tranquila, Natha. Tranquila –Debía estar llorando, pensó, porque Armin le pasaba el pulgar por debajo del ojo y se secaba en el pantalón–. Vas a salir de esta, ¿sí? Aún no sé cómo, pero yo te voy a ayudar. Sh… Déjalo salir.
Armin le pasó una mano por la espalda e intentó bajarle la camiseta, que se le había arrollado hasta la cintura. Al hacerlo, sin embargo, pasó sus dedos fríos por un moratón que tenía sobre un costado, a la altura de los riñones. Nathalie siseó, pero le sostuvo la mano antes de que la quitara. El contacto ardía, pero… pero era la primera vez que alguien le tocaba los hematomas sabiendo de dónde provenían. Le faltaban dedos de la mano para nombrar a todas las personas que la habían visto sin ropa, pero creía que nadie la había visto tan desnuda como Armin en ese momento, aunque apenas le estuviese enseñando una porción de piel.
Blanca se acercó y trepó al regazo de Armin.
–Lo siento –masculló con la voz nasal.
–No pasa nada –susurró ella–. Sé lo difícil que es mantener la calma cuando nadie ve realmente lo que te pasa.
Lloró hasta que le palpitaron las sienes y la garganta le ardió; hasta disolverse en cenizas y volverse una estatua de polvo. Armin le sopló el flequillo y le dio un beso en la frente, ante lo que Nathalie cerró los ojos y gimió bajito, porque no recordaba la última vez que alguien la había tratado con esa ternura.
–¿Armin? Sobre lo otro…
Ella la silenció con una caricia en el pelo.
–Creo que ambas sabemos que lo otro no va a moverse de su lugar si lo posponemos por un rato más, ¿no?
–¿Así que tú también…?
En respuesta, Armin agachó la cabeza y le besó la comisura de la boca; y Nathalie pensó que por primera vez alguien ponía su corazón por sobre su cuerpo, así que se dejó mimar hasta que el sol cálido del crepúsculo, o el tacto de Armin contra su piel al descubierto, o ambos, le adormilaron los sentidos.
