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Aprender a usar un teléfono celular, móvil o como se llamase, no suponía para el rey de Esparta ninguna clase de reto. ¿Qué tan complicado podía ser? Así, en la comodidad de su hamaca y con los lentes sobre el rostro, se dispuso a explorar los artilugios de aquella "cajita" de cristal que mostraba imágenes, videos y texto, sin contar el sonido. Se sentía tan delicado que temió romperlo, por lo que optó por tener especial cuidado. No quería después escuchar a Geiravör regañándolo. De pronto, un mensaje apareció frente a sus ojos:
Hola, My Beauty. ¿Cómo amaneciste hoy? ❤️
Leónidas hizo una mueca al saber de inmediato quién era su remitente: Únicamente existía alguien que le hablaba en ese tono meloso y era Febo Apolo. ¿Ni en la intimidad de ese artilugio sería capaz de quitárselo de encima? Carraspeó con molestia. Sus dedos pulgares se curvaron sobre el teclado para comenzar a escribir, aunque enseguida lo cambió al índice de la mano derecha para mayor comodidad.
No m molests
Pulso "enviar" y siguió con su vida. Ni siquiera se fijó en la ausencia de las "e", le era complicado pulsar esa pantalla lo suficientemente suave para no agrietarla. Sin embargo, unos minutos después una vibración extraña interrumpió su lectura. Se acomodó los lentes y colocó de nuevo el celular frente a él, entrecerrando los párpados como típico señor mayor cuando tiene algo demasiado cerca.
¡No te molesto, mi corazón! Es más, te pasaré cositas para que te entretengas. ¿Quieres videos de gatos, de tortugas, o qué te interesa? Mejor te mando fotos mías. ¡Disfrútalas! ~
Leónidas maldijo entre dientes y se apresuró a responderle:
Ay ya cállat
Del otro lado de la pantalla, Apolo sonrió al imaginar la cara del espartano en cuanto recibió de sorpresa nada menos que paquetes de cien imágenes, todas ellas fotografías del radiante Apolo en toda su magnificencia, algunas tomadas por él y otras por las ninfas, algunas veces vestido y otras tantas como Zeus lo trajo al mundo. Al sentir las vibraciones del teléfono y la “invasión” de fotos de Apolo, Leónidas se asustó creyendo que algún virus había entrado al teléfono: tenía entendido que esas cosas podían suceder.
—Hijo de… ¡Mierda! —gritó y removió el celular al grado de que se escapó de sus manos y cayó de la hamaca. No se rompió, pero esa fue la historia de cómo se originó la primera cuarteadura de la pantalla.
II
Apolo recibió unos días después nada menos que una fotografía mal enfocada donde apenas se vislumbraba algo cercano a un movimiento. Comprendió que Leónidas había tomado mal (muy mal) la foto.
Oh. ¿Y eso?
La respuesta llegó rápidamente:
Prss n banca
En serio, ¿qué tenía Leónidas en contra de las “e”? Aunque su mente reaccionó enseguida al entender que hablaba de entrenamiento de pectorales. Sonrió con gusto.
👀👀👀👀👀
El espartano no entendió a qué se refería, así que no volvió a responder y Apolo se quedó esperando las jugosas imágenes.
III
Al día siguiente recibió otra foto: nada menos que una… ¿Lámpara?
¿Qué?
La respuesta de Leónidas tardó un poco en llegar:
Eliminar
Bueno, al menos ya colocaba las “e”.
¿De qué hablas, Leo?
Otra vez:
Eliminar
Apolo ahogó una risa, entendiendo.
Debes mantener pulsado tu mensaje y te aparecerá esa opción.
Supo que el espartano comprendió cuando aquella extraña fotografía desapareció del chat. No pudo soportar más y soltó una carcajada divertida que provocó los suspiros de las enamoradas ninfas, que ya quisieran poder conversar todos los días de manera tan intima con el señor Apolo.
IV
Oye, Leo. ¿Por qué tardas tanto en responder?
El mensaje era de Geiravör e interrumpió a Leónidas mientras intentaba tomar una fotografía bien enfocada de los libros de su biblioteca. Chasqueó la lengua.
Q te importa
La valquiria no tardó en responderle:
¿No será que estás mensajeándote con Apolo?
Leónidas gruñó.
CLARO QU NO!!!
En mayúsculas y con signos de admiración triples, para demostrar que hablaba en serio. Aunque sabía que, para su desgracia, la pelirroja era suspicaz y lo conocía mejor que nadie: No en vano formó parte de él, de su espíritu, leyendo sus recuerdos y pensamientos más íntimos. Por eso sabía que, si Leónidas tardaba tanto en responder sus mensajes o los de quien fuera, era porque estaba hablando con Apolo. El espartano se tensó al ver que Geiravör estaba escribiendo un mensaje, uno que probablemente no deseaba leer:
Leo, dile ya lo que sientes por él: Que lo amabas desde que eras joven, desde antes de comenzar la guerra, cuando eras niño y viste su estatua por primera vez.
Ella tenía razón. El recuerdo de Leónidas con Apolo no era nada más el odio por la guerra, sino la primera vez que pisó el templo consagrado al dios. La estatua de Apolo mostraba todas las características estéticas apreciadas por los griegos: La perfecta definición de los músculos, el rostro masculino cincelado, el largo cabello que hacía lucir a los hombres guapos más imponentes y a los feos más temibles. A él estaban consagradas las Carneas, las Jacintias donde se celebraba el fatídico amor de Apolo por el príncipe espartano Jacinto y las Gimnopedias, festividades en honor a la madre del sol y la luna, la diosa Leto. Así pues, Leónidas se crio con Apolo prácticamente respirándole en la nuca y, si bien mostraba abiertamente su animadversión hacia él o cualquiera de esos egoístas que habitaban el Olimpo, en lo más profundo de su alma reposaba un sentimiento muy distinto que no hizo más que incrementarse conforme el paso del tiempo. Romper esa estatua no fue únicamente renunciar a los favores divinos sino también al amor que alguna vez sintió hacia el indolente sol.
¡Ya dile! Si no lo haces, te expondré en el grupo de ventas del Valhalla.
La amenaza de Geiravör era clara y concisa. Leónidas la sabía capaz de cumplirla, así que tomó aire antes de decidirse a actuar. Rebuscó entre sus contactos hasta acordarse de que no tenía a Apolo entre ellos, porque jamás se molestó en agregarlo a la lista por insistente que fuera. Maldijo en voz baja… ¿Qué número era? No recordaba bien y por la apuración no revisó con el debido cuidado, pulsando el número que creía correcto. Esperó unos segundos que se le hicieron eternos hasta que escuchó que le contestaban, pero no dio tiempo ni siquiera para saludar:
—¡Escúchame bien! Te espero hoy a las dieciocho en el café Corinto. Si llegas tarde, te mataré —espetó con violencia antes de colgar. Tomó aire pensando en que había hecho lo mejor, sin saber que del otro lado un inocente mozo contemplaba el teléfono con miedo.
—Se… ¿Señor? ¡Este es el número de la pizzería!
Desde luego, no obtuvo respuesta.
V
El café Corinto se había convertido en uno de los lugares favoritos de Leónidas luego de volver a la vida. Le gustaba sobre todo que lo atendían rápidamente, a sabiendas de que a un espartano hambriento no conviene hacerlo esperar. Pidió un club sándwich con abundante carne y sobre todo queso, junto con una buena copa de vino. Aún no era hora de la cita, pero optó por llegar antes. Por fuera lucia tan serio como siempre, pero por dentro era todo caos: ¿Qué iba a decirle a Apolo? ¿Realmente se abriría para revelar todo aquello que nadie más que él (y Geiravör, claro) sabía? Todos esos años que pasó queriéndolo, rehuyendo del templo y de las ofrendas para que el Sol no se percatara de lo que existía en su corazón. Era humillante de cierto modo… Pero tenía que hacerlo. Sería quitarse de la espalda una pesada loza que no le permitía continuar adelante incluso después de resucitar.
Diez para las dieciocho. Leónidas tamborileó los dedos en la mesa con cierta impaciencia. Su sándwich estaba frente a él, pero no había probado bocado. Tal vez si mordisqueaba la aceituna para controlar la ansiedad… De pronto, la puerta del local se abrió y se puso atento como el león aguardando en la quietud de la sabana. Quien entró fue nada menos que Apolo que en cuanto lo vio pareció extrañado de encontrárselo. ¿Por qué?
—¡Oh, Leo! Buenas tardes. —lo escuchó decir. El espartano tragó saliva y apenas entreabrió la boca para responder cuando vio que tras Apolo aparecía alguien más: Ares. Era claro que iban juntos y el semblante del espartano se ensombreció.
—¿Qué hace él aquí? —exclamó con molestia, incorporándose de su asiento. La expresión de Apolo era de completa sorpresa y Ares pasó de ella a una rápida indignación.
—¿A ti qué te importa? —dijo, apartando a Apolo y poniéndosele enfrente a Leónidas al punto de que sus anchos pectorales chocaron. Los demás comensales los contemplaron asombrados, aunque no pasó mucho para que pusieran atención y empezaran a murmurar entre ellos.
—Oigan… ¿Qué pasa? —preguntó Apolo, pero ninguno de los dos hombres reaccionó.
—¡Me importa porque tú no tienes que estar aquí! ¡Estorbas, así que vete! —exclamó Leónidas mientras Ares hacía un gesto de molestia: Podría dejarse de los demás dioses, pero de un simple mortal… Ignoró mejor a cierto chino que le apartó de su asiento en el Ragnarok.
—¿Ahora resulta que eres el dueño de este lugar? —contestó burlón — ¿Quién te crees, campesino espartano? —picoteó con su dedo el amplio pecho de Leónidas intentando intimidarlo —¡Lárgate a los cuarteles a robar comida como hacen en tu pueblo! Yo puedo ir a donde quiera y con quien quiera.
Aquello fue el acabose: Leónidas gruñó de rabia antes de lanzar una palmada al casco de Ares, tan fuerte que casi se lo tumba. Eso provocó que él lo contemplara asombrado de su atrevimiento y no pasó mucho para que, indignado completamente, tomara impulso y se le fuera encima. Cayeron sobre la mesa, rompiéndola en el acto junto con la vajilla y el vino que se derramó y que algunos de los chismosos confundieron con sangre. Comenzaron a gritar del terror.
—¡Por Ra! ¡Se van a matar!
Por su parte, Apolo contemplaba la pelea de ambos griegos sin saber muy bien qué hacer. Se estaban golpeando a puñetazos, aunque también se daban sus buenos jalones de cabello y Ares incluso mordió el brazo de Leónidas. Debía detenerlos, eso era obvio. Pero también, de cierta forma… La manera en que sus cuerpos se frotaban entre sí, cómo se desgarraban la ropa mientras se insultaban… Era inesperadamente sensual. Apolo sonrió, complacido y algo excitado. Le daban ganas de jalar una silla para contemplar cómodamente el espectáculo.
VI
La situación se aclaró cuando Apolo llamó a la pizzería y calmó a un asustado mozo. En el café, al ser él la causa de la pelea, tuvo que pagar los platos rotos y otorgó una jugosa propina con tal de que dejaran volver a Leónidas en algún futuro. Hermes fue a recoger a Ares que, a pesar de estar rasguñado y magullado, no dejó en ningún momento de gritonearle al espartano, que se encontraba en igualdad de condiciones: Ares podía ser asustadizo a veces, pero golpeaba duro.
—Oh, Leo. ¿No traías puestos tus lentes cuando hiciste la llamada? —preguntó Apolo. Estaban en otro café, uno más discreto y con una carta menos variada. Daba igual, Leónidas sólo quería suficiente vino para olvidar la afrenta.
—¡Cállate! ¡Todo es culpa tuya! —respondió. Apolo empujó con fuerza el bistec congelado contra su rostro y lo escuchó quejarse.
—¿Porque no llegué a una cita que ni siquiera sabía que tenía?
Leónidas quería levantarse e irse cuanto antes, huir de lo que sea que fuera a suceder. Ya no le importaba nada. Sujetó el bistec y las manos de Apolo se colocaron en sus tensos hombros apretándolos en un masaje.
—Eres extraño, Leo. Primero me agredes como la peor de las fieras y después deseas que te mime como si fueras un gatito.
El aludido chasqueó la lengua. Apolo sonrió.
—Y luego, coincide que me citas en donde invité a Ares para pedirle perdón por todas las veces que lo he molestado… ¿Fue acaso obra del destino?
Leónidas apretó los párpados, adolorido.
—My beauty, si tanto querías mi atención, sólo tenías que pedirla…
—¡No es atención lo que quiero! —espetó el espartano. Apolo lo miró desconcertado —. Tú no sabes nada de mí… No sabes todo lo que padecí por tu culpa. Lo del Oráculo fue una cosa. Pero todo lo demás…
—Lo sé, Leo.
El espartano se apartó el bistec de la cara para mirarlo fijamente. El Sol sonreía radiante y luminoso.
—Sé todo lo que pedías aunque no fueras al templo. Todas las veces que miraste mi estatua y tu corazón latía descontrolado. Participabas con gusto en las Gimnopedias no para enaltecerte sino para honrar a mi familia, y sentías ciertos celos en las Jacintias. Recuerdo que te veía y pensaba “¡Qué niño tan tierno!”
Leónidas entreabrió los labios, pero ningún sonido emergió de su garganta. No podía hablar: ninguna palabra sería adecuada en ese momento. Los largos dedos de Apolo se posaron en su rostro y acariciaron con suavidad sus arrugas.
—Creciste. Y entonces pensé “¡Qué hombre tan asombroso!” un poco grosero, de muy mal genio y agresivo, eso sí. Pero, en el fondo… —su mano se colocó ahora sobre su pecho, sintiendo el bombeo de su enamorado corazón —. Aquí sigues siendo el mismo chiquillo que corría en las Gimnopedias y presumía de ser el más fuerte de Esparta, aunque el trono no fuera para ti originalmente.
El labio inferior de Leónidas tembló un poco.
—Y después, el Ragnarok… ¿La sonrisa que pusiste era de satisfacción? ¿Alguna razón en especial?
—…Cállate.
Febo sonrió enternecido. Acarició la barba de Leónidas con cariño, delicadamente. Lo sabía: el espartano lo amaba desde hacía mucho tiempo atrás, pero no lo diría… No era capaz de hacerlo, así que decidió ayudarlo un poco.
—Te quiero, Leónidas. Es muy difícil no hacerlo, créeme.
Para convencerlo, se inclinó y lo besó en silencio. El espartano se quedó quieto, sin moverse, creyendo quizás que aquello no era más que una fantasía producto del exceso de vino. Pero era real, maravilloso… Y aterradoramente real.
Sólo una pregunta logró salir de su boca:
—Pero… ¿Por qué me desconociste cuando peleábamos en la arena?
Apolo se alejó y atusó sus rosáceos cabellos con orgullo. Leónidas tuvo un mal presentimiento.
—¡Mi amor! ¿Acaso no querían los espectadores drama y espectáculo? ¿No buscaban tus hombres la venganza hacia el cruel tirano de Delfos que les impedía la guerra? —colocó su mano sobre la frente en actitud teatral, acariciando la cicatriz causada por el espartano — ¿Y no viviste tú tu propia tragedia ante el amor que aparecía frente a tus ojos ahora con la máscara de un enemigo? —movió la mano con fuerza, dándole énfasis a sus palabras —¡Entiende, Leo! Mi deber es cumplir las expectativas de todos. ¡El público buscaba acción y fue justo lo que les di…!
No pudo seguir explicándose: la res congelada que segundos antes controlaba el dolor de Leónidas fue azotada contra su bello rostro por un furioso espartano, que se preguntaba la razón de porqué fue a enamorarse no solamente de un dios, sino de uno que disfrutaba tanto de llamar la atención.
Sin embargo, horas después en la intimidad de sus aposentos, Leónidas contemplaba en su celular la fotografía de un radiante Apolo, que contrastaba con la patética figura que golpeó un par de horas antes. La sonrisa de Apolo, su pelo bien peinado... Sus ojos que lo miraban con amor desde la pantalla… Sucedió entonces lo inaudito, o al menos para el espartano: Acercó el teléfono y depositó sobre el cristal un tímido beso que no tendría más testigo que él. Después, apagó la luz del buró y se durmió, ignorando la vibración del celular y la notificación que apareció en la pantalla:
Ventas Valhalla y alrededores. De todo un poco
BLOQUEADO LOKI Y SUS MULTICUENTAS
Publicación de miembro anónimo:
Sé que este grupo no es para eso, pero quiero exponer a Leónidas, el rey de Esparta. Ya nos tiene hartos a todos porque no es capaz de confesarle a Apolo lo que siente, dice que lo odia pero no es verdad. Ahora no puedes escapar, dile lo que tanto tiempo te guardaste, YA BASTA DE ESTUPIDECES.
Respuesta de Valquiria Göndul: ¿Hermana Geiravör? 😲😲😲
