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Mamá Decía Que la Leche es Buena Para Dormir

Summary:

Oscar y Pappo después de tocar en Los Gatos un día frío de 1970 se quedan ellos dos despiertos, Moro borracho y Napolitano sobrio. Termina sexual, termina algo bien (?)

Notes:

aviso, este fic no termina en sexo. capaz hago parte dos en la cual si cogen.

Work Text:

Casi surgiendo del fulgor cegador del otro lado del departamento la silueta masculina de su amigo entró con pasos pesados, su taza soltaba un humo espectral visible gracias a la luz amarillenta de la cocina. Apoyado en la pared recargó su cabeza en la columna, revolvió el líquido rompiendo el silencio de la madrugada, los sonidos delicados de la cucharita de metal chocando con la cerámica resonaban por toda la habitación como un llamador de ángeles. Óscar con su cuerpo disociado fuera de su control motor, estaba desparramado en un espacio oculto de la habitación en la profunda oscuridad y silencio, podría jurar que estaba compuesto de hélio. Si una voz misteriosa le hubiera susurrado al oído a Oscar que aquel hombre era una aparición divina o fantástica, sea mala o buena, hubiera sido capaz de creerle, su escepticismo se había evaporado hace horas gracias al calor en su tórax que le brindaba el Gin. Pero esto no era un mundo espiritual o un vacío cósmico, sino una noche real en un mundo azul, en Capital Federal. El pelo negro de Napolitano estaba ligeramente húmedo, su piel hidratada y su ropa limpia, tenía aliento mentolado. El buzo que lo veía abrazaba sus hombros mostrando una silueta ambigua, este abrigo se veía despeluzado y ligeramente desteñido debido al uso excesivo durante estas noches heladas de Junio. Moro sentía un calor sofocante en contraste, su cabeza dolía como si agujas fueran clavadas en su frente una por una con delicadeza. Su mirada se perdía observando a su compañero de banda, Pappo… Norberto Napolitano.

Ambos sentían una pesadez en el aire encerrado en el hotel, Ciro estaba en el mismo sillón en el cual aparentemente se encontraba Moro tirado. Litto dormía junto a Alfredo en sus respectivas camas, todos desmallados luego de una noche extensa de tocar para Buenos Aires. Óscar simplemente no bebió lo suficientemente como para tener el privilegio de vencer su insomnio recurrente. No había más plata en su bolsillo para otra botella, lamentablemente.

No estaba claro si Pappo era consciente de la presencia del otro en aquella escena lúgubre. Napolitano en un silencio perpetuo no levantaba la mirada de su mate cocido, tranquilo; como si su compañero amigo no lo estuviera observando detenidamente con sus ojos llorosos.

—¿No me haría’ uno? —Moro balbuceó débilmente. Se acurrucó en su lugar, sumergiendo más su cabeza entre las almohadas viejas del mueble—.

Pappo lo vió de repente, sus ojos abiertos y marrones se fijaron en él, el hombre de rulos. Su rostro se mantuvo relajado y su voz profunda, desde el pecho se alzó— ¿No te parecía despertarte antes para no hacerme dar vueltas?

Ambos sonrieron— Dale… no sea vago —pidió Óscar con su torpe tono de voz—.

Napolitano volvió a la cocina dejando a Óscar tirado en la sala. Moro quiso pegar un vistazo a Ciro algo lejos de él, este tenía una de sus piernas encima de Moro sin que este lo hubiera notado por unas buenas horas. Se sacudió cuidadosamente para liberarse de él y luego se planteó posiblemente levantarse para ir y abrir la ventana. Usualmente los últimos en caer en un sueño profundo luego de tocar, se quedaban viendo la ciudad por esa ventanita sucia y apretada entre una pared y el estante truchamente opulento lleno de baratijas. Moro pensó que era él único despierto, no supo como se le pasó el hecho de que Pappo se había ido al baño hace varias horas.

Llegó el hombre más bajo de vuelta a la habitación con otra taza en mano y un tarrito de azúcar, este tenía dibujado vaquitas en la porcelana. Dejó todo en la mesa y se agachó para estar a la altura de su compañero en el sillón. Napolitano penetró en la mirada de Moro profundamente, como siempre manteniendo un rostro sobrio.

—Parecés los viejos saliendo de cirugías anestesiados —acercó su dedo pulgar al rostro de Moro para limpiar la esquina de su ojo, una lágrima fría caía de este como gotera en una casa vieja—.

Óscar cerró sus párpados y al sentir como su amigo dejó de tocar su cara pensó en acomodarse para tomar su mate. Parecía que su propio esqueleto fuera hecho de metal pesado, como un ancla. Sus brazos estaban dormidos y su corazón latía lento— me siento más joven que nunca… ¿qué decí’? —sonrió débilmente. Ayudándose con ambos brazos se pudo enderezar hasta cierto punto acomodando su cintura más atrás en el sillón. Moro extendió su brazo y abrió el tarro de azúcar con las vaquitas pintadas— ¿Qué hora e’?

—Cuatro, por ahí.

—Como me iría bien dormir —dijo Moro soltando una risa estúpida, puso azúcar en la taza tomándose su tiempo, por accidente derramando granos pegajosos de endulzante por toda la mesita—. Mamá... que noche horrenda.

Pappo callado tomó la cuchara de la mano de Óscar y con esta revolvió para disolver la poca azúcar en la bebida. Irónicamente Napolitano era un consumidor de azúcar compulsivo en sus mates, le gustaba suavizar el gustito amargo en contraste a Moro que apreciaba ese sabor auténtico de la yerba. Le entregó la taza en sus manos con una sonrisa desganada. La circunferencia de la cerámica era cálida al igual que las palmas de Moro. Norbelto deslizó sus dedos sutilmente por el brazo de Moro sintiendo su piel gruesa, aún suave y joven. Sus dedos de todos modos se veían maltratados, callos extensos se presentaban por toda su palma y dedos.

El baterista tomó la taza sintiendo como la amargura del mate enriqueció su pecho y quemó momentáneamente su estómago, el dolor de esto gradualmente alivió su dolor de cabeza. Pappo observó a su amigo con detenimiento, los rulos desalineados de Oscar se fundían con la oscura escena, sus ojos aún estaban llorosos y rojos al igual que sus mejillas frías. Sus labios se veían ligeramente mojados gracias al mate cocido, su boca estaba sutilmente abierta en búsqueda de aire. Probablemente Oscar tenía la nariz tapada.

—¿Puedo acostarme con vos? Tengo sueño —Pappo preguntó levantándose para buscar lugar en el quilombo que era aquel asiento—.

—Si… dale. Ciro no te robó toda la cucha, claro.

Pappo se sentó pegado a Moro, apretandose entre si como piezas incorrectas de rompecabezas. El hombre más alto estaba físicamente acalorado, probablemente enfermo, Napolitano sentía un doloroso frío en sus dedos y nariz, incluso cuando su cuerpo se encontraba cubierto por capas de ropa gruesa. La luz de la cocina generaba un ruido eléctrico y errático que rellenaba el silencio crónico del departamento. Moro dejó la taza de lado y se relajó mientras él se inclinaba más y más hacia Napolitano a su izquierda, terminando tirado sobre su pecho. Raramente esa posición se sentía más cómoda para ambos. Napolitano percibió el peso de su amigo, los rulos se apoyaban suavemente contra su buzo y su respiración lenta era evidente. Ambos se acomodaron, intercambiando sus temperaturas como si buscaran refugio en el cuerpo del otro. Pappo puso su mano alrededor de la cintura de Moro y este extendió sus piernas pegándose más a las de el Porteño. Inconscientemente Napolitano se encontró jugando con el pelo escabeche de su amigo con su mano libre. Él miró al hombre acurrucado en su pecho con ternura escapando de sus ojos marrones.

—Me robás el shampoo.

—E’ que… me gusta el olor de tu pelo —dijo Oscar con una honestidad chocante, su voz se quebraba. Inhaló sus mocos rápidamente—.

Pappo olió detenidamente el pelo del contrario devuelta mientras subía su mano por su torso hasta su pecho. Sonrió— sos una mina, boludo —Pappo soltó una risa contenida, manoseó burlonamente los pezones ligeramente duros de Moro—.

—Hijo de… —Óscar con una sonrisa risueña se giró sacando la mano de Pappo de su pecho, ahora enfrentándolo. Ambos se acomodaron quedando pegados acurrucados incómodamente para no caerse del sillón. El rostro de Norberto se apoyó en el pecho de Moro aún riéndose al verlo. Sus brazos abrazaron su cintura—.

Pappo comentó— Tenés un buen tamaño, eso es importante en mis novias —una sonrisa genuina se esbozó en su rostro. Sus ojos se cerraron mientras su sonrisa se apagaba y con eso su risa. Sus cuerpos se acostumbraban al tacto del otro y sus pulsos se igualaron. Moro estaba demasiado alcoholizado como para verbalizar un sentimiento coherente, una serie de palabras que describa esta sensación contradictoria. Pensó en retrospectiva esta situación y la duda lo golpeó sin piedad o amagó ¿Pappo lo estaba… manoseando? El chiste estaba avanzando a velocidades inesperadas, su aroma era como un sedante que lo calmaba de todos modos.

No pudo entenderlo, pero sus párpados se cerraban gentilmente. Sentía escalofríos y un cosquilleo por su panza. Sonrió. No quería que se detuviera, sus ojos por última vez y su perilla se acostó en la cabeza de Pappo, él abrazó su cuello con gentileza.

Pasaron los segundos, luego un minuto. Aquella habitación ya no era lúgubre y fría, de todos modos, Moro aún peleaba por conciliar el sueño. Sus ojos podrían caerse de la pesadez de sus párpados. Sus pestañas clavaban la clara de sus ojos dolorosamente, sentía las lagañas en sus lagrimales, pero nada lo llegaba a relajarlo hasta caer del todo. Cada treinta segundos abría los ojos de vuelta encontrándose con la oscura habitación una vez más. Monótona oscuridad.

De repente una sensación fría y húmeda cubrió un pequeño sector de su pecho en donde estaba la cabeza de Pappo. Se corrió un poco alejándose un poco de él, Napolitano había babeado un poco su remera.

—¿Qué? —Napolitano preguntó sonámbulo—.

Moro con una sonrisa débil murmuró— so’ un bebé...

Abrió los ojos lentamente Pappo, despertandose un poco mientras tensaba su rostro— ¿Qué?

—No nada...

Napolitano en aquel instante vió la baba por el pecho de Oscar y una punzante vergüenza de inmediato lo atacó, seguido de una risilla— Literalmente me tenés babeando por tus tetas —bromeó buscando sacarse el peso de la pena que le causó chorrear saliva mientras duerme como un infante—.

—Ya, Pappo, parecémo’ maricone’.

—Dale, no es eso. Fue sin querer, no te bancás nada —Insistió siguiendo el chiste—.

Moro rápidamente fue sorprendido por una mano tocando su piel por debajo de su remera, subiendo sutilmente hasta su pecho, revelando un poco de su piel— …Eu… ¿Qué mierda hacé’? —Sin poder fácilmente reaccionar debido a su estado, Moro se limitó a torpemente soltar palabras confusas y a mirar a Pappo desconcertado—.

Napolitano genuinamente estaba actuando sin pensar, parte de él no había comienzo o final del chiste. Era un impulso estúpido el escalar la parodia que se convertiría lentamente en una sátira autoreferencial. Dirigiendo las yemas de sus dedos alrededor de los pectorales suaves de Oscar su sonrisa pícara se desvaneció en un rostro relajado. Su respiración se volvió pesada y perdido se olvidó responder la pregunta de su amigo.

—Pappo... —Moro sintió el frío correr por su abdomen y costillas hasta su pecho, ahora desnudo. Sus pezones sentían los dedos toscos del contrario explorando su pecho ligeramente peludo. Oscar sintió su pelo erizandose gracias al frío del tacto de Norberto, él oscilaba por su cuerpo y apreciandolo como si fuera el de una mujer. Él aún estaba débil, su cabeza no entendía el razonamiento de esta situación, estaban solo durmiendo hace unos instantes... pero por otro lado, Oscar lentamente sintió la relajación terapéutica del tacto ajeno, no... *su* tacto, el de Pappo. Un escalofrío escaló por su espalda, subiendo su columna, hasta su cabeza aún sumergida en los colchones. Su mirada se perdía en el rostro del otro hombre enfocado en su cuerpo. Oscar no podía terminar de aceptar todo lo que estaba viviendo en aquel instante, exponencialmente se volvieron íntimos bajando la guardia ¿Pappo Napolitano siempre habrá tenido intenciones así? No estaba seguro de que pensar del tema Moro.

—Eu… Pappo.

—¿Te molesta...?

El sonido molesto de la luz de fondo predominó por varios segundos. Ninguno tuvo que emitir una respuesta verbal, lo sentían en su cuerpo, algo los hacía pedir la piel del otro con ansias, restregarse entre sí con una vulgaridad ambigua y sutil, silenciosamente para no perturbar él sueño de… Ciro. Pappo masajeó un pezón con sus dedos recorriendo con su yema por la rugosa piel de su amigo, notó que esta era rugosa y ligeramente morena. Oscar parecía aún más sensibilizado tras cada instante de aquella interacción. Con su otra mano sostuvo su otro pectoral jugando con este. Lentamente gozaba de la vista del cuerpo de su amigo, su compañero. Moro deslizó su mano por la figura de Napo hasta llegar a su cadera, pegada a la suya. Pappo estaba absorbido por su pecho, su olor y la dócil actitud de Oscar, relajándose. Tenía en su cabeza un impulso difícil de expresar. Sorprendentemente no era la primera vez que sintió un impulso así, especialmente con Oscar. Fue fácil de ignorar en instancias en las cuales sería bizarro proponer *esto*, pero ahora no podía escapar de la idea. Lo machacada mentalmente, Pappo escondía tras sus ojos fríos la culpa… de todos modos, de pretender contenerlo más, la vergüenza saldría de sus lagrimales a tortentales. Se tensó corporalmente para luego respirar... Dejó de masajear momentáneamente a Oscar.

El baterista era parte de su vida, lo fue por un buen tiempo ya. Cada instante a su lado, ensayando, comiendo, durmiendo pegados y sudados en el calor en hoteles baratos o helados por el frío desesperanzador de Buenos Aires. Vivió todo ese tiempo internamente callando las imágenes y fantasías humillantes que tenía con Moro. No podía evitar pensar en la mañana que los esperaba en la cual tendrán ambos que cargar como una correa en sus cuellos la memoria de este instante. Napolitano sintió un pesar en su pecho... con esta sensación y el agridulce placer excitante lo llevó a vocalizar:

—Moro, ¿puedo chuparte? Esto... —puros eufemismos se escaparon de entre sus dientes, un nudo de su garganta lo llevó a tensar la boca cerrándola y frunciendo el ceño—.

Moro no entendió el pedido en primer lugar, estaba entretenido con la expresión de deseo bizarra de Pappo, sus oídos fundían las palabras con la respiración suya y el ruido nocturno, era todo un lenguaje desconocido— ¿Eh…?

—Te quiero chupar la teta, Moro —lo observó directamente a los ojos. Un fulgor creciente habitaba detrás de esas pupilas negras.

—Norberto, ¿por qué hacemo’ esto…? —Con un tono dócil pidió una explicación por última vez, aunque sea una excusa barata. Ya no hablaba a "Pappo" el hombre masculino y secamente serio que conoció hasta ahora. Quiso hablar al joven detrás del personaje, aquel chico ajeno a todo tabú social.

Él miró a la mano de Oscar en su cintura— Me gustan las tetas, eso no es gay... No sé de tu parte que te guste.

Moro no respondió, supo bien la falencia de esa excusa débil— No veo el punto en darle vueltas. Podés si te gusta —el hombre alcoholizado respondió.

—¿Entonces también te gusta esto? —devolvió su atención a los pezones de Moro, sabiendo que sea lo que sea en lo que termine esa noche, quedaría muerto entre los colchones viejos del sofá, Ciro acompañado para colmo—.

—Y... sí se siente bien…

Pappo apretó literalmente el pezón de Oscar, no salió nada como era de esperar. Parte de él sintió una decepción rápida, pero supo insistir. Estrujó más buscando dilatar la zona. Moro se tenzó, el dolor sutil cortó su respiración momentáneamente. Y salió como caucho de un tronco, un punto blanco casi imperceptible en la oscuridad surgió de la punta del pezón de Moro. Pappo se acercó con su boca y lo lamió, su lengua sintió la fría sustancia. Fue imperceptible el fluido en aquella cantidad, la degustación fue pobre, pero Napolitano pudo jurar por toda su dignidad que el alimento proveniente de Moro era más dulce que la miel, un néctar divino absorbido por sus propios labios.

Luego besó el área y succionó gentilmente. Podía sentir el corazón de Oscar, su corazón estaba acelerado. Sus labios acariciaban la zona suavemente pidiendo más y más, buscaba una ruta más, algo... Procuró mantener el silencio en caso de llamar la atención del resto en el departamento, intencionalmente siendo lento y sutil con su boca, moviéndose lentamente... Escalofríos escalaron por su cuerpo mientras degustaba de él como un niño. Se pegaba más a Moro mientras la emoción los poseía a ambos, se envolvieron perfectamente entre sí. Lamió la zona momentáneamente, la saliva era fresca en el pecho de Oscar. El sabor era fresco, como si fuera una mama femenina de verdad, el pecho de una madre. Estrujó su otro pectoral sutilmente con su mano izquierda y su otra mano bajó hasta la pierna del contrario.

Moro sintió una mezcla de relajación y placer. Momentáneamente ligeros gemidos salían del fondo de su pecho. No se percató de la minúscula lactación que salía de su cuerpo, estaba muy borracho y su mente se nublaba por cada segundo que pasaba. Podría dormirse así, con Pappo pegado a su cuerpo, masajeando su pecho y alimentándose de él. Oscar notó como Napolitano tuvo una erección, era cuestión de tiempo que pasara. Moro no pudo saber del todo que opinar, no podía denigrarlo con prejuicios al ser parte del mismo acto sexual. Moro se mantuvo naturalmente recibiendo un deseo contenido de Pappo, honestamente no estaba disgustado. Parte de él siempre fantaseó con ver a Napolitano de esta forma, vulnerablemente abierto a él, sometiéndose a una honestidad total. Se preguntó si todo este tiempo él tuvo un deseo por su amigo, Moro mismo no sabría cómo responderse a él mismo esa misma pregunta. Pappo paró un instante para mirar hacia abajo donde la cintura de ambos se encontraban. Aún con su rostro cercano al pecho desnudo del contrario suspiró profundamente. Su crítico interno saturó su mente con cuestionamientos de su sexualidad, cerró los ojos fuertemente y volvió a chupar el pezón de su amigo, ahora babeado.

Pappo se degustó por un buen minuto, sintiendo por momentos breves el líquido blanco salir de gota en gota. Lo tomó sediento, parecía absorbido por la situación, sumergido en el cuerpo del otro por completo. Entregó unos besos lentos subiendo por su piel y dejando ligeramente roja una de sus "tetas" para luego alejarse extasiado. Sus ojos perdidos se rehusaron a ver a Oscar.

Pappo notó como Moro perdía la poca conciencia que poseía y decidió dar su último paso en este encuentro improvisado.

—Oscar.

—¿Hmm..? —el baterista ligeramente abrió los ojos con sus últimas fuerzas.

Pappo se acercó y gentilmente unió sus labios con los de Moro cerrando sus ojos y sintiendo el calor de su rostro. Sus bocas parecían derretirse entre sí como manteca. Con una mano en su mejilla se separó de su amigo. Acomodó la remera de Moro rápidamente y lo dejó descansar. De todos modos él también tenía sueño.