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Disclaimer
Esta historia es una obra de ficción creada por una fan, sin fines de lucro. El universo narrativo que aquí se explora toma inspiración y elementos de múltiples fuentes pertenecientes a Avatar: The Last Airbender y Naruto, incluyendo —pero no limitándose a— las novelas de Las Crónicas de Avatar, los cómics oficiales, los juegos de cartas, las adaptaciones animadas y manga, así como los videojuegos y materiales complementarios de ambas franquicias. Algunos conceptos han sido adaptados o reinterpretados para fines narrativos.
Los personajes originales, mundos y mitologías pertenecen a sus respectivos creadores: Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko (Avatar: The Last Airbender) y Masashi Kishimoto (Naruto).
Este fanfic es un homenaje a sus obras y al impacto que han tenido en generaciones de lectores y espectadores, incluyéndome. Todo el crédito por la creación de estos universos les corresponde a ellos.

Una gran criatura voladora viajaba por los cielos, encima de las nubes, con una velocidad que aumentaba paulatinamente, su pelaje blanco y revuelto peinado por la brisa brillando bajo el tórrido sol canicular.
Cuatro expedicionarios ojerosos, cansados y encorvados, la montaban.
Uno de ellos, con la piel morena todavía más oscurecida por la inclemente estrella ardiente, rezongaba como animal acorralado. Estaba despatarrado sobre el lomo del bisonte volador, sacudiéndose frenéticamente el happi(1) sin mangas para evitar que se le pegara al torso sudoroso.
—¿Cuánto falta para llegar? —preguntó, agobiado por el calor.
—No mucho —replicó el conductor, apretando su agarre de las riendas que, por estar adormilado y cabeceando, casi aflojó. Acto seguido, se reacomodó erguido en la cabeza del bisonte.
El tono inseguro de su voz no apaciguó a sus compañeros.
—Aang... —dijo la chica ojiazul, intentando sonar gentil, pero se le oyó más bien descontenta—. ¿Estás seguro de que sabes en qué dirección debemos ir?
Aang no se habría sentido ofendido por su duda en circunstancias normales, pero el sopor de la insolación nublaba su juicio.
—¡Por supuesto que sí!
—Pues no lo parece —rebatió el de coleta de lobo guerrero—. ¡Llevamos días vagando sin rumbo!
—Pies Ligeros —llamó la pelinegra, apoyada contra el respaldar de la montura, los pies descalzos cruzados descansando sobre una de las mochilas de viaje como si fuera una banqueta, con la familiaridad imperturbable de quien no considera —ni le importa— que sea de otro—. ¿Hace falta volar tan alto? A este paso, acabaremos derritiéndonos antes de encontrar al dichoso espíritu ese.
El Maestro Aire, desencantado, suspiró ante los comentarios desalentadores de sus amigos. Una cálida mano se posó en su hombro; un bálsamo que mitigó su incertidumbre. A su vez, su lémur volador, Momo, se sentó en su cabeza, pretendiendo ofrecerle una extraña forma de consolación.
—Toph, tenemos que hacerlo por precaución, ¿o acaso quieres que vuelvan a atacarnos? —espetó la castaña.
Aventurarse por esas tierras, desconocidas para ellos, probó ser arriesgado desde el primer minuto. No era como pasear libremente por cualquiera de las Cuatro Naciones, ahora en paz tras un centenar de años de conflicto. La gente de aquel territorio demostró su hostilidad tan pronto avistó a la extraña bestia de seis patas sobrevolando. Creyéndolos invasores, trataron de repelerlos con ataques. Tuvieron que hacer frente a una lluvia de kunai y shuriken y contrarrestar técnicas elementales con las suyas propias.
Fue un enfrentamiento reñido, y no queriendo llamar la atención más de lo debido ni seguir enfrascados en la violenta arremetida, el Equipo Avatar escapó. Para eludir que se repitiera esa situación, decidieron volar por donde no fueran percibidos: sobre las nubes. Fueron suertudos de siquiera poder acampar de tanto en tanto sin ser descubiertos.
—Tranquilos, está cerca, puedo sentirlo. Mi instinto me lo dice —aseguró el monje, esperanzado.
—"Instinto", ¿eh? Seguro… ¿Y qué es lo que harás cuando lo encontremos? —inquirió Sokka—. Espero que no sea pedirle amablemente que regrese a su prisión árbol.
Desde hacía semanas, las inquietas noches del Avatar estaban plagadas de sueños inverosímiles.
Eran un confuso revoltijo de sucesos inconexos e imposibles de interpretar. Veía sombras irregulares, oía voces desconocidas que se transformaban en gritos, lamentos hórridos que penetraban su alma, amenazando con desgarrarla desde dentro.
En un abismal fondo oscuro, se arrastraba un ser de zarcillos negruzcos, distinguible solo por el brillo de los patrones carmín que recorrían su figura y el aura que lo rodeaba. Su risa era un zumbido grave y nauseabundo que resonaba en sus huesos. Jamás sintió una perversidad similar, ninguna así de aborrecible. Incluso él, con su espíritu abierto y su compasión intacta, que acogía sin juicio y miraba sin temor, percibía maldad pura; una energía tan hostil que ni su temple la soportaba. Quizás porque, teniendo mil experiencias tatuadas en el espíritu, reconoció el eco brutal que ese ser provocaba en su conciencia. El cuerpo lo identificó antes que la mente.
No era la única constante en sus terrores nocturnos.
Un enorme ojo con la pupila roja rodeada por figuras que se asemejaban a los magatamas(2), se abría gradualmente detrás del ente. En ocasiones, formaba parte del cuerpo de este, reemplazando el punto negro en el rombo anaranjado ubicado en la parte superior de su forma física.
Ambas imágenes lo atormentaban seguido, haciéndolo despertar jadeante y aterrorizado, saliendo de la cama de un salto. El terror dejó de ser sorpresa; se volvió visita con horario fijo, parte de su rutina nocturna. Preocupado porque pudieran ser un presagio de futuro infortunio, consultó con su vida pasada anterior: el otrora Avatar de la Nación del Fuego, Roku.
Lo que le dijo confirmó sus sospechas.
—Quien ves en tus pesadillas es un antiguo espíritu oscuro, la representación misma de la oscuridad y el caos. Su nombre es Vaatu —explicó el anciano. Su expresión severa —quebrada apenas por una inquietud que no solía mostrar— evidenciaba cuán serio era el asunto—. Hace eones, en la época del primero de nuestros antecesores, cuando los espíritus vagaban por nuestro plano terrenal, Vaatu combatía constantemente con su contraparte, el espíritu de la paz y la luz: nuestro espíritu, el Espíritu del Avatar, que es su eterno enemigo.
Un cierto día estaban librando una feroz batalla. El espíritu de la luz llevaba la ventaja, pues lo había atrapado, impidiéndole la huida. El Primer Avatar llegó durante su pelea y Vaatu aprovechó la oportunidad para engañarlo, pidiéndole que lo ayudara a separarse. Ya libre, vagó por el mundo propagando el caos donde quiera que fuera, haciéndose cada vez más fuerte, y así, debilitando a la luz.
El odio lo alimentaba, por lo que gustaba de esparcirlo. Incitaba peleas entre humanos y espíritus, pudiendo transformar a estos últimos en entidades rabiosas al volver su ira contra ellos. Nuestra vida pasada había descubierto que podía fusionarse con el espíritu de la luz temporalmente, lo que le permitía hacer uso de los Cuatro Elementos a la vez. Sintiéndose culpable por liberar a Vaatu, quiso enmendar su error abocándose al deber de detenerlo, lo que lo llevaría a enfrentarse a él durante la Convergencia Armónica.
—¿Qué es la Convergencia Armónica? —preguntó Aang, que escuchaba atentamente, sin perder el hilo.
—Es un fenómeno que ocurre cada diez mil años donde ambos espíritus luchan por decidir el destino del mundo —explicó Roku, tomando aire antes de continuar—. Sin embargo, es una batalla inacabable, ya que incluso si Vaatu es vencido, la oscuridad renacerá dentro del espíritu de la luz, dando lugar a su resurrección. Y si éste lo derrota, el otro también resurgirá nuevamente. Podría decirse que este ciclo representa el de nuestras vidas como Avatares.
La pelea de ambos se dio en el Mundo de los Espíritus. El Primero y el espíritu de la luz accedieron juntos a través de uno de los dos portales disponibles, al igual que Vaatu, y entonces comenzó el combate. Ya que el espíritu del orden estaba debilitado, fue nuestro predecesor el que peleó en su lugar, pero comenzó a ser sobrepasado y debió fusionarse con él para poder salvarse. La combinación de sus energías era tan abrumadora que lo dejaba agotado, llegando a ponerlo en peligro de muerte. Aun así, se negó a darse por vencido.
Cuando se produce la Convergencia Armónica, los planetas y el sol se alinean y se unen los portales del Sur y del Norte en el Mundo de los Espíritus —prosiguió Roku—. El Primero usó ese instante para fusionarse permanentemente con el espíritu al entrar en contacto con uno de los portales, amplificando su energía espiritual y dando a luz al Espíritu del Avatar, comenzando así el ciclo de reencarnación.
Con sus nuevos poderes, logró encarcelar a Vaatu en el hueco de un árbol: el Árbol del Tiempo. Cerró el portal espiritual del Norte con el fin de evitar que cualquier ser humano pudiera entrar al mundo de los espíritus para liberarlo, y guio a los espíritus que todavía estaban en el mundo de los mortales de vuelta al suyo. Una vez hecho, cerró el portal del Sur, declarando que, a partir de entonces, él sería el puente entre los dos mundos y el mantenedor de la paz y el equilibrio.
—Así que ese es el origen del Avatar… —murmuró Aang, fascinado por una historia que, aunque parte de su legado, nunca había investigado en profundidad—. Si el de mis pesadillas es Vaatu, deben estar intentando advertirme algo... ¿Podrá ser que esté intentando escapar? O… ¿que haya sido liberado?
Vistas las cosas, aquella posibilidad era tan preocupante para él como lo era para Roku. Desasosegado, el mayor caviló brevemente antes de dar su opinión.
—Es imposible, nadie podría llegar a él. Sólo el Avatar tiene la capacidad de abrir los portales. Por otra parte… —pausó, como si una imagen antigua estuviera presionando desde el fondo de su memoria, pero no pudiera ubicarla del todo—. Ese ojo que viste se me hace extrañamente conocido.
—¿Lo has visto antes?
—No por mí mismo. Es un recuerdo heredado de una de nuestras vidas pasadas, pero no podría decir de cuál con exactitud —aclaró, y algo en él se tensó, como si la pieza faltante acabara de terminar de caer en su sitio— …Es terriblemente parecido al Sharingan(3).
—¿Sharin... gan?
—Se relaciona con un grupo de personas conocidas como shinobi no mono(4). También son llamados "ninjas" —explicó—. Sé un par de cosas sobre ellos, aunque jamás los he visto en persona. Muchas personas los creen magos con poderes místicos. Se decía que usaban hechizos para volverse invisibles, y que podían transformarse en animales para escapar de situaciones peligrosas. Según el folclor, aprendieron sus artes de los tengu(5), patrones de las artes marciales. Un presentimiento me dice que el ojo rojo que viste forma parte de sus técnicas secretas.
—Pero ¿qué tienen que ver con la aparición de Vaatu?
—Según se cuenta, sus habilidades les permiten torcer las leyes de la naturaleza sin que ésta se queje —se acarició la larga barba con una mezcla de meditación e intranquilidad—. ¿Será posible que hayan llegado a él de alguna forma...?
—¡¿Pueden abrir los portales?! —exclamó el monje. Si podían hacer algo que solo el Avatar lograría, entonces eran cosa seria. Los relatos sonarían más a aviso que a fantasía.
—No puedo afirmarlo con certeza, pero con la forma en que se narran sus proezas, no extrañaría que logren lo que para otros es impensable, como encontrar la manera de intervenir los portales —sus labios se presionaron en una firme línea, queriendo contener lo sombrío de la deducción—. Eso significaría que han cruzado a nuestro mundo nuevamente.
Aang ladeó la cabeza, frunciendo ligeramente el ceño.
—¿Nuevamente? —inquirió—. ¿Ya han estado aquí antes?
—Verás —partió, recomenzando su larga oratoria—, durante mi juventud, viajé a las regiones polares, donde se ubican los portales espirituales, al recibir noticia de que los espíritus oscuros se estaban agitando en la zona. Las tribus con inclinaciones espirituales que allí residían sostenían que su enojo se debía al abuso de recursos naturales y reclamación de tierras sagradas que perpetraron los líderes de mi era a causa de su codicia. Creían, además, que estaban airados por la tradición de cazar dragones que Sozin implantó en la Nación del Fuego.
Aang recordó vagamente haberlo oído de boca de Zuko, en una ocasión donde platicaron sobre su encuentro con los Guerreros del Sol. Expresó su interés en ayudarlos a mantener su sociedad en secreto del mundo exterior, para protegerlos a ellos y a sus tradiciones y evitar que se perdieran. Le contó que su tío había afirmado falsamente haber matado a los últimos dragones para que no se descubriera la existencia de Ran y Shaw, consciente de que, al revelar su paradero, dejaría el camino libre a quienes no dudarían en cazarlos por la gloria de un título legendario.
—Fui para investigar y verificar la situación. La mayoría de las cosas que sé sobre los shinobi las aprendí durante mi estadía con las tribus. Eran personas con un gran sentido de comunidad, y, como si fuera parte de un ritual, se reunían alrededor de una fogata todos los días a la misma hora para comer y compartir.
En una ocasión, me invitaron a sentarme con ellos. Empezaron a relatar mitos y leyendas de la zona, la mayoría protagonizadas por espíritus vengativos. Historias con las que pretendían asustar a los niños. Fue entonces que surgió la historia de los shinobi y su vínculo con nuestro mundo.
El adolescente asintió, pidiéndole silenciosamente que prosiguiera.
—Existe una vasta cantidad de antiguas leyendas y tradiciones que hablan sobre el surgimiento de innumerables universos, múltiples realidades con diversas formas de vida. En algunos, no existe más que plantas o animales; en otros, sólo océano. Hay mundos donde habitan dioses, y otros donde se veneran sus imágenes. La creación de estos universos y su disolución es un vaivén continuo e infinito como el mismo cosmos. Los hay nacientes, los hay yendo en camino hacia su destrucción. Según se dice, los shinobi pertenecen a uno de esos planos, y al igual que los portales espirituales permitieron el paso al mundo de los humanos, existió uno que les permitió entrar al nuestro.
—Un tercer portal... —dijo el ojigris, no menos desconcertado.
—Así es —dijo—. La puerta hacia una tierra completamente distinta. Tiānhé(6), la llaman los antiguos. La Costura del Cielo.
—¿Por qué?
—Porque una vez el cielo se quebró, Aang. Y esto… esto es solo la costura que impide que el mundo se deshaga —dijo como si el mito hablara a través de él, y no al revés—. Hubo un tiempo en que la energía espiritual fluía libre, como un río. Pero el mundo cambió. Las guerras, el dolor, la ruptura del equilibrio... hicieron que el cielo se rajara.
Aunque intuía que lo que venía sería cruento y difícil de asimilar, necesitaba entenderlo para saber a qué se enfrentaba. Tenía que comprender la magnitud de la amenaza que se cernía sobre ellos.
—¿Cómo?
—Los ninjas llegaron a nuestras tierras a través de La Costura, devastando todo a su paso con ansias de conquista. Se enzarzaron en una disputa sangrienta con los Maestros. Su fuerza era arrolladora, sus técnicas temibles, inverosímiles. Una época oscura de brutalidades amenazó con atenazar nuestro mundo hasta la llegada del Primer Avatar, quien acabó el conflicto cerrando el paso entre ambos.
Roku miró el horizonte.
—Se narra que lo consiguió manipulando un quinto elemento que actualmente se considera perdido. Siempre sospeché que se trataba de la Energía Control, la que te legaron los antiguos.
—¿Crees que se haya reabierto?
—No podemos descartarlo. Debe haber un motivo por el cual estás teniendo esos sueños. Quizás sea el Espíritu del Avatar intentando comunicarse contigo. —Sus manos se reunieron bajo el ala generosa de las mangas, cerrándose alrededor de sus antebrazos—. Tal vez sea apropiado que vayas a echarle un vistazo. De acuerdo a los relatos, deberías poder hallarlo, o al menos su pista, en las islas al oeste de la Nación del Fuego. El Sabio del Fuego Kaja me dijo una vez que esas áreas estaban tan cargadas de energía espiritual que nadie se atrevía a asentarse en ellas. Ni siquiera Sozin les dio importancia, pese a haberlas reclamado.
Así fue como Aang inició su viaje, acompañado de su leal equipo, a quienes explicó la situación lo mejor que pudo. Lo habían seguido por mar y tierra, a través de grandes dificultades, sin importar cuán peligrosas fueran, incluso batallando al poderoso Señor del Fuego Ozai. No se negarían a apoyarlo en esa instancia, pero cierto escepticismo surgió ante la idea de que existiesen tales mundos alternos de los que hablaba Roku. No era lo más alocado que escucharon a la fecha, y ya habían visto de todo: desde espíritus hasta criaturas ancestrales y gente que podía disparar llamas con el cerebro. Pero no dejaba de ser demasiado fantástico para sus estándares.
Sus dudas se esfumaron cuando encontraron La Costura al costado de un farellón, un umbral incrustado en la roca como si la montaña hubiera sido partida por un remezón violento en la tierra. Su forma era la de un arco natural, tallado por siglos de viento salado, y en su centro brillaba un resplandor casi imperceptible: un velo suspendido entre realidades que emitía un zumbido suave, como el roce de una aguja de oro sobre un telar de jade.
El joven Avatar pudo percibir que los alrededores estaban imbuidos y saturados de la energía que despedía. De no ser por sus elevados sentidos espirituales, no la hubieran encontrado tan fácilmente, dado que la delgada membrana en el hueco que necesitaba cruzarse para llegar al otro mundo era casi transparente.
Una vez comprobaron que efectivamente se trataba del mismo portal de la historia, y de que estaba abierto —Sokka tuvo que meter su brazo dentro para comprobar si podía ser atravesada, expresando gran preocupación porque una bestia extraterrestre pudiera arrancárselo desde el otro lado—, se plantearon los pasos a seguir. El monje pensó en volver a buscar la asesoría de su antecesor, pero sintió una corazonada intensa que le dictaba que debía ingresar al portal. Su alma, bajo el llamado de una voz sin nombre, fue convencida de seguir adelante con la intención.
Expresó su deseo a sus compañeros, quienes mostraron cierta renuencia inicial—especialmente Appa por medio de gruñidos, ya que a pesar de que el hueco era lo suficientemente amplio para que cupiera, le disgustaba la idea de entrar—, pero acabaron por aceptar. Sabían que Aang iría por su cuenta de todos modos y no quisieron dejarlo a su suerte en tierras desconocidas.
Emergieron del otro lado a través de una salida con forma similar, solo que ese arco estaba conectado a una cadena montañosa. Pronto se dieron cuenta de que estaban en otra isla, más verde y con más viento. Parecía un lugar cualquiera; no daba la impresión de encontrarse en un universo diferente, ni tampoco lo hacían sus gentes, comprobarían después.
Basándose en las palabras de su predecesor, creyeron que los habitantes de ese plano serían más parecidos a seres mitológicos. Descubrieron lo contrario cuando fueron atacados por un grupo de ellos: eran humanos de carne y hueso. Sus vestimentas eran bastante particulares, incluyendo armaduras corporales en la forma de chalecos antibala y protectores de frente de tela con placas de metal al centro con símbolos estilizados particulares.
Por más que el Nómada Aire trató de hablar pacíficamente con ellos, sus esfuerzos fueron en vano. Los hombres terminaron atacándolos con vehemencia, obligándolos a defenderse. En ese instante confirmaron que sus habilidades eran tan extraordinarias como se clamaba, aunque parecidas a las suyas en cuanto a control elemental. Movían sus manos velozmente formando señales, y después, efectuaban sus técnicas. También se desplazaban con una rapidez inhumana que hasta al Avatar le costaba igualar.
Al continuar su exploración, Aang se dejó guiar por la misma intuición que lo acució a llegar hasta ahí. Tenía la certeza de que estaba siendo encaminado hacia Vaatu gracias a la conexión de este con el Espíritu del Avatar; sin embargo, llegados a cierto punto, empezó a creer que quizás se estaba equivocando. No captaba la malevolencia del espíritu oscuro que había sentido en sus sueños, y, aun así, sabía que debía estar allí, escondido en alguna parte.
Descendiendo un poco, atisbaron un ingente asentamiento ninja establecido en medio de la fronda boscosa. Estaba rodeado por enormes murallas con puertas(7) en frente. Extensos ríos lo surcaban, desaguando al exterior de su barrera. Sus muros cerrados recordaban a la metrópolis de Ba Sing Se.
Una idea súbita llegó a su mente, cual relámpago.
—¿Por qué no bajamos a hablar con los shinobi de ese lugar?
Las reacciones ante su propuesta fueron, mayormente, de perplejidad.
—Eh... Bueno… —dijo Katara, mirando a los demás en busca de apoyo.
—¿Y qué les vas a decir exactamente? "Hola, soy Aang, provengo de un mundo del que seguramente nunca han escuchado. He estado teniendo pesadillas sobre un espíritu oscuro que creo que anda suelto por sus tierras, y además vi un ojo extraño llamado Shirogane que tiene algo que ver con ustedes", ¿y esperarás que te crean? —le reprochó el No Maestro con dureza. No era que su intento previo de conversar con ellos hubiera sido fructífero como para que tuviera tanta seguridad de que lo oirían antes de sacarlo a patadas, tachándolo de enajenado.
—Es Sharingan —corrigió el menor, suspirando.
—El alcornoque tiene razón. —Sokka bufó ante el injustificado insulto por parte de la Beifong, pero no dijo nada para defenderse. Sería inútil—. Nos atacaron sin detenerse a escuchar, ¿qué te hace creer que esta vez será diferente?
—No conseguiremos nada si continuamos así, ¿quién sabe? Quizás hayan visto a Vaatu en las cercanías.
—No lo sé, Aang —dijo la morena—. No sabemos casi nada sobre ellos, ni de sus habilidades, del mismo modo que ellos no saben de nosotros. ¿Cómo podríamos convencerlos de confiar?
Concordaba en que era arriesgado. El sitio era considerablemente grande, y si estaba habitado completamente por shinobi, se verían superados si estos decidían agredirlos. Reflexionó sobre su proceder y resolvió que lo mejor sería que fuera solo, para evitar poner a sus camaradas en peligro.
De pronto, el guerrero refunfuñó.
—Ya sé lo que estás pensando, y no, no te dejaremos ir solo —lo conocía desde hacía tres años. Era capaz de adivinar lo que pensaba sólo con mirar la expresión de su rostro: sabía lo que quería hacer.
—Katara tiene razón, es peligroso que…
—Y sería todavía peor si fueras solo —lo interrumpió Toph—. Admitámoslo, Aang, eres demasiado blando. Sacarán provecho de eso y te atacarán cuando menos te lo esperes. Es mejor si yo voy contigo. Si lo intentan, los haré morder el polvo en menos de lo que canta un cerdo gallo.
—Iremos todos —espetó la Maestra Agua, algo molesta por la actitud jactanciosa de su amiga—. Vinimos aquí juntos y así nos mantendremos.
Dicho aquello, entrelazó su mano con la de su enamorado, queriendo ofrecerle conforte con el gesto. Él sonrió por la calidez que le brindaba el apoyo incondicional de sus aliados, y, convencido, cambió la dirección en la que iba el bisonte volador para dirigirse a la morada de los ninjas.
Entrar por la puerta principal los haría ver menos sospechosos de lo que lo haría internarse por aire, así que optaron por ese acercamiento. Escondieron a Appa no muy lejos, entre arbustos y hojas que pudieron tapar apenas su gran tamaño, dejándolo en la compañía de Momo. Luego, caminaron a pie hacia el acceso.
Las grandes puertas verdes tenían escrita la palabra "ermita". Arriba de la entrada, se hallaba grabado el símbolo de una hoja en medio de dos caracteres más. Aang pensó, con cierta curiosidad, que quizás se tratara de un ícono representativo de la localidad.
Un grupo que trasladaba artículos de construcción estaba detenido a un costado del gran portón, esperando a que se terminaran de fiscalizar sus posesiones. Uno de sus miembros estaba enzarzado en una acalorada discusión con uno de los guardias en un puesto de control. Este último hizo un alto al ver al Equipo Avatar avanzar, ya que pretendieron colarse sigilosamente mientras se prolongaba la contienda verbal.
—¡Oigan! —el cuarteto paró en seco, volteándose con lentitud tortuosa para encarar al hombre que los pilló—. ¡No pueden saltarse el control! —exclamó, mirándolos de pies a cabeza con creciente confusión. Sus apariencias le parecieron demasiado extravagantes como para pasarlas por alto. Se giró hacia uno de los del conjunto de constructores—. ¿Vienen con ustedes?
Ellos le respondieron con una negativa. El hombre volvió a mirarlos, ahora más receloso.
Tenía el cabello castaño peinado hacia abajo, cubriendo su ojo derecho. Su protector de frente era un pañuelo que le tapaba la cabeza, y llevaba un traje oscuro con un cuello alto que parecía llegarle hasta la barbilla. Encima, un chaleco antibalas semejante al de los shinobi con los que se enfrentaron antes, sólo que este era verde y tenía protector de cuello. En la placa de metal estaba el mismo símbolo de hoja que en la entrada, lo que confirmó la sospecha de Aang de que era un alusivo de su pertenencia al pueblo.
—¿Acaso son viajeros? No estamos permitiendo la entrada de turistas, por medidas de seguridad —les dijo.
—No, uh, nosotros… —Aang no tenía idea de cómo explicarse. No podía simplemente decirle quién era y explayar sus motivos esperando que sonaran creíbles. Menos ahí, frente a tanta gente.
—Mmm… estructura, intercambio, seguridad interna. Esto huele a aldea. Y toda aldea tiene cabeza —susurró Sokka, inclinándose luego hacia el oído de su amigo—. Tiene que haber alguien a cargo con quien podamos hablar.
—Puede que tengas razón —coincidió Katara, en voz baja, alcanzando a oírle.
—¿Qué tanto murmuran? —preguntó el ninja, ya un tanto irritado. El Maestro Aire se aproximó junto al resto.
—Señor, mis amigos y yo venimos de tierras lejanas, ¿será posible que podamos conversar con el líder de este lugar?
Su interlocutor arrugó la frente: un claro indicio de que su petición era una infrecuente. Y a juzgar por su tono, no muy bienvenida.
—¿Quieren hablar con el Hokage?
—¿Hokage? ¿Así llaman a su líder? —dijo Toph, con una ceja arqueada y una leve sonrisa socarrona. El mayor la miró como si le estuviera hablando en otro idioma, pero no hizo ningún comentario al respecto.
—¿De dónde vienen, para ser exactos? —interrogó, frunciendo el ceño.
Ninguno contestó, al menos, no inmediatamente. No había manera de saber si conocía el nombre de cualquiera de las Cuatro Naciones, o si siquiera sabía de su existencia.
La intempestiva pelinegra se encargó de llenar el silencio con una respuesta contundente, como ella sola.
—Mire, eso no importa. Tenemos que hablar con ese "Hokage" suyo urgentemente.
—¡Toph! —exclamó Katara, a suerte de regaño. Se paró frente a ella sonriendo nerviosamente, intentando escudarla de la indignación del ninja—. Lo que mi amiga quiso decir es que es... difícil de explicar.
—¿Qué es difícil de explicar? ¡Hablen claro! —se estaba hartando de sus evasivas. Sus acciones los hacían ver terriblemente sospechosos: tratar de escabullirse y negarse a declarar su lugar de proveniencia eran cosas que harían los infiltradores.
—Escuche, provenimos de las Cuatro Naciones —irrumpió Sokka, sabiendo que mentir sería inútil. No sabían lo suficiente de ese mundo como para urdir un engaño suficientemente convincente—. Hay asuntos importantes de los que debemos conversar con el Hokage.
—¿Las "Cuatro Naciones"? —estaba desconfiando más a cada palabra que salía de sus bocas. Soltó un resoplido que trató de parecer burlesco, pero acabó saliendo como bufido desganado—. Buena broma, niños, pero no tengo tiempo para juegos, ¿qué quieren en realidad?
—Me llamo Aang. Ellos son Sokka, Katara y Toph —los apuntó a cada uno a medida que los nombraba—. Por favor, necesito hablar con su jefe local. Sé que tal vez usted no crea nada de lo que digamos, pero si me deja hablar con él, estoy seguro de que lo entenderá.
—¿Crees que puedo simplemente llevarte ante él, así como así? ¡Ni siquiera me han dicho de dónde vienen!
—¡Acabamos de hacerlo, cabeza hueca! —reclamó Toph. El adulto hizo una mueca exasperada que dejó bien en claro su disgusto. Iba a decirle cuatro cosas a la chica cuando su compañero, quien acababa de terminar de timbrar los documentos de los carpinteros, se les acercó al percibir el barullo.
—Izumo, ¿qué sucede?
Este ninja era de cabello negro puntiagudo, no tan largo como el de su compañero. Una tira de vendaje le cubría el puente de la nariz, y tenía una marca oscura pintada en el mentón que parecía una barba.
—Estos chicos dicen que quieren hablar con el Hokage, pero se rehúsan a decir de dónde son —dijo el que se llamaba Izumo, cruzándose de brazos con un suspiro, con el cansancio de quien sabe lo que es repetirse una y mil veces frente a un grupo de chiquillos que se niegan a entender.
—Lo que dijimos es cierto. Cada uno de nosotros viene de distintos países dentro de las Cuatro Naciones —insistió Aang—. La tierra natal de Toph es el Reino Tierra. Katara y Sokka son de la Tribu Agua del Sur, y yo nací en el Templo Aire del Sur. Puede que no conozcan ninguno de esos sitios. Podría hablarles sobre ellos, pero nos tomaría algo de tiempo —precisó—. Les prometo que no guardamos ninguna mala intención hacia ustedes. Sólo queremos hablar.
Izumo bajó las manos hasta las caderas, girándose hacia su compañero.
—¿Qué opinas, Kotetsu?
—¿Reino Tierra? ¿Tribu Agua del Sur? —musitó el nombrado. Intercambiaron miradas, aproximándose al otro para discutirlo en voz baja—. ¿Ves cómo van vestidos? Y ese acento… Definitivamente deben ser extranjeros.
—¿En serio crees que existen esos lugares? ¿Cuándo has escuchado hablar de un "Reino Tierra" o un "Templo Aire del Sur"? —le rebatió Izumo—. Es obvio que son afuerinos, pero si están mintiendo es porque tienen algo que ocultar.
Kotetsu volvió a echarles otra mirada, en una pasada rápida.
—No creo que sean espías. Ninguno sería tan estúpido como para entrar directamente por la puerta con esas pintas creyendo que no llaman la atención.
—Muchos saben que estamos debilitados desde el ataque de Pain —murmuró Izumo, todavía observándolos con recelo—. No me sorprendería que tuvieran la desfachatez de tratar de entrar a través de métodos como estos. Seguro piensan que no podremos oponer resistencia.
—¿Y qué sugieres que hagamos?
—¿Tal vez dejar de hablar como si no estuviéramos aquí? —el de coleta se cruzó de brazos, con evidente molestia. No estaban siendo precisamente silenciosos.
El shinobi castaño se apartó para dirigirse directamente a Aang.
—Vale, chico, supongamos que vienen de esas naciones inexistentes que nombraste... ¿Qué es lo que tienes que decirle al Hokage?
Aang inhaló profundamente, consciente del reto que implicaba poner en orden un universo que él vivía pero que nunca había tenido que explicar desde cero. Hiló las ideas, pensó cuidadosamente en sus palabras y trató de escoger las que, mejor ordenadas, pudieran ayudarlo a construir un relato con un mínimo de sentido.
Terminó dejando que salieran en tropel las primeras ideas que se cruzaron por su mente, como si hubieran armado una estampida para salir antes de que pudiera revisar qué estaban diciendo.
—Ustedes no conocen la existencia de nuestras naciones porque pertenecen a un mundo totalmente ajeno a este, de donde venimos nosotros. He estado teniendo pesadillas que me alertan sobre una antigua criatura que anda suelta por sus tierras y es capaz de provocar catástrofes por donde vaya. No estoy seguro de cómo, pero creo que esto está relacionado con ustedes de alguna manera, porque vi en ellas una técnica que les pertenece, llamada "Sharingan", que es como un ojo rojo con... no sé cómo llamarlas... Bueno, el punto es que... ¡Ah! Olvidé mencionar que soy el Avatar, maestro de los Cuatro Elementos, puente entre el Mundo de los Espíritus y…
—Umm... Aang.
Por fortuna, Katara detuvo su incesante parloteo antes de que cavara más hondo en el hoyo en que se metió él mismo.
Había hablado con mucha celeridad, dejando a los dos ninjas absolutamente pasmados, parpadeando sin parar. Les estaba tomando trabajo procesar toda la información que acababa de arrojarles.
El asombro de sus rostros intranquilizó a los jóvenes. Dieron por hecho que los llamarían dementes y los mandarían a freír monos voladores. Lo tendrían merecido, pero en su defensa, Sokka diría que aquella historia era difícil de explicar de por sí. Lo de Aang fue como un vómito verbal cuando se los explicó la primera vez.
—...Este tiene que haberse golpeado muy duro en la cabeza —dijo Kotetsu a su colega. Este último seguía analizando lo que acababa de oír, recolectando lo poco que pudo sacar en limpio de su caos explicativo.
—Déjame ver si entiendo... —comenzó el otro, sobándose la sien con dos dedos, como si le doliera la cabeza de solo intentar buscarle la lógica a lo dicho—. ¿Viste el Sharingan en tus sueños, dices que una criatura está suelta por nuestra culpa, y, además, que eres el Avatar de ese viejo cuento para niños? No se oyen estas locuras todos los días —exhaló pesadamente—. Les sugiero que se vayan, no tenemos tiempo para sus tonterías, y menos lo tiene el Hokage con todo lo que ha pasado últimamente.
Aang estuvo a punto de decir que jamás los había culpado por la liberación de Vaatu, pero algo sobre lo que mencionó Izumo atrajo su interés.
—Espere, ¿qué quiere decir con "ese viejo cuento para niños"?
—Yo tampoco entendí esa parte —se unió el confundido Hagane. Su mejor amigo le dirigió una mirada poco impresionada. Su ignorancia no lo sorprendió en absoluto, pero, con todo, lo enervó.
—¿En serio tengo que explicártelo? —se le escapó un gruñido—. Hablo de esa antigua historia… La Leyenda del Avatar.
—Nunca oí de ella. —Kotetsu se rascó la cabeza, como intentando recordar.
—Eso es porque en tu vida te has molestado en hojear un libro —le largó Izumo—. Es una historia vieja que relata las hazañas de la encarnación de un dios que podía manipular los elementos al mismo tiempo sin ningún tipo de ninjutsu. Es una mera fantasía; un cuento. Sólo a un chiflado se le ocurría asegurar ser el Avatar. Es como afirmar la segunda venida del Sabio de los Seis Caminos.
Los chicos se observaron, desorientados por las palabras del shinobi. Se sumieron en un silencio contemplativo. Comprendieron que dominaban cierto conocimiento sobre el Avatar, pero que la historia sobre él difería enormemente de la versión conocida en las Cuatro Naciones. Persuadirlos a creer que un monje de dieciséis era la reencarnación actual de una deidad sería la verdadera hazaña, sin duda.
Entonces, Aang sugirió:
—Si les demuestro que soy quien digo ser, ¿nos llevarán con el Hokage?
Kotetsu e Izumo lo observaron, todavía incrédulos porque siguiese reiterando ser el protagonista de aquella fábula con tanta convicción. El segundo iba a protestar, pero el primero lo detuvo con un gesto de su mano.
—Sigámosle la corriente.
—¿Cómo dices? ¡Es obvio que no puede probar nada! —exclamó el más escéptico—. No hagas caso a sus niñerías, tenemos que volver al trabajo.
—Al chico se le nota convencido. Veamos qué puede hacer —dijo Kotetsu, con un dejo de diversión calmada—. Adelante, si puedes constatar tu identidad, pensaremos en llevarte con nuestro líder.
Era toda la confirmación que necesitaba. Sonrió triunfalmente, su ademán tornándose serio en seguida cuando asumió la postura corporal indicada para dar pie a su presentación. Sus tres acompañantes dieron unos pasos hacia atrás con el fin de darle espacio. No pretendía dar un gran espectáculo, sino uno que fuera lo bastante disuasivo, a partir de las palabras de Izumo.
"Un dios que podía manipular los elementos al mismo tiempo sin ningún tipo de ninjutsu". Él no era dios ninguno, pero no necesitaba ninjutsu para invocar las Artes de Control.
Sus ojos brillaron fugazmente con luz pura del Estado Avatar.
Inició con los ligeros y flexibles movimientos del Aire Control, con los que moldeó y maniobró una reducida corriente de aire que hizo girar a su alrededor. Le siguieron los fluidos, gráciles meneos del Agua Control, para lo cual Katara había destapado la cantimplora amarrada a su cintura, dejándolo extraer el líquido de ella. Creó dos aros de agua a sus pies y los deshizo, guiando el fluido de vuelta al contenedor.
La Tierra Control era diversa, pero siempre firme, aplastante. Dobló y separó las piernas, dando un pisotón con el que elevó un pedazo mediano de suelo. Lo hizo levitar y, levantando el pie dominante, lo dejó volver a caer dentro del hueco que dejó al arrancarlo. La superficie quedó intacta, como si nunca hubiera sido alterada.
Concluyó con el Fuego Control. Intenso, más agresivo. Inspiró lentamente e hizo nacer dos bolas de fuego en sus palmas —lanzar llamaradas a diestra y siniestra hubiera ocasionado desastres—, las cuales apagó con una sacudida después de fusionarlas en una corriente giratoria, con la misma facilidad con la que se apaga la flama trémula de una vela al soplarla.
Ya acabada su exposición elemental, unió ambas palmas en un gesto ceremonioso, marcando el fin. Antes de que abriera los ojos, el mordaz y burlesco comentario de Sokka alimentó su ilusión.
—¡Qué tal eso! ¡Quedaron boquiabiertos!
Ambos ninjas habían quedado pálidos como la cal. La conmoción en sus caras resultaba cómica, hasta cierto punto.
—¿Y? ¿Nos van a llevar con el Hokage ahora?

Se hicieron paso entre escombros y hogares derruidos. El pueblo estaba pasando por un proceso de reconstrucción, lo que explicaba los cargamentos cuantiosos de madera que estaban ingresando por la puerta principal. El paisaje era desolador. La destrucción, comparable a las secuelas de un tifón. No habían notado el alcance de la devastación cuando sobrevolaban, dado que lo hicieron a una distancia prudente para no ser confundidos con atacantes aéreos.
Fueron guiados hasta una carpa espaciosa que, supusieron, fungía como tienda provisoria del gobernante de la aldea. Había sido montada en un lado apartado del reedificado centro urbano, en medio de matorrales incipientes, más allá de un sendero con una corriente natural adyacente.
Los chūnin(8) se pararon frente a las cortinas de entrada y anunciaron sus nombres. Una voz grave vino del interior de la carpa, emitiendo una concesión, indicándoles que pasaran.
—Hokage-sama —ambos se inclinaron respetuosamente ante el hombre—. Traemos a unos extranjeros que solicitan una audiencia con usted, uno de ellos dice ser... —Kotetsu calló al instante, vacilante—. Será mejor dejar que él se lo explique.
El superior, ligeramente intrigado por una petición tan repentina, les dijo que se retiraran y los dejaran entrar, pensando que serían emisarios de alguna otra aldea aliada.
Los muchachos examinaron al Hokage cuando lo tuvieron enfrente. Era un anciano que reposaba la mano tranquilamente sobre un bastón. Tenía cabello negro y desgreñado, y su ojo derecho estaba vendado. En su barbilla tenía una cicatriz como un aspa. Llevaba un kimono blanco bajo una túnica negra dentro de la que ocultaba el brazo derecho, que cubría desde sus pies hasta su hombro derecho, dejando el otro sentado en un gran sofá rojo. Pilas de libros y cajas de madera esparcidas por las esquinas. Su único ojo visible los recorrió con la mirada, evaluándolos con suma frialdad. Su semblante denotaba severidad, pero yacía bastante relajado contra el respaldo, adusto y sereno a la vez.
Sin embargo, por alguna razón que no alcanzó a comprender, Aang tuvo sensación ominosa, visceral, como si el aire en torno al hombre susurrara advertencias. Una especie de alarma muda, encajada en el pecho, que le exigía cuidado sin explicar por qué.
No podía explicarle la situación de la misma manera que lo había hecho a los dos shinobi. Podía decir, con sólo verlo, que este Hokage no tomaría en serio demostraciones lúdicas, ni relatos a medio construir. Tenía que ser lo más específico y técnico posible.
—¿Qué es lo que desean comunicarme?
El joven dio un paso adelante. Hizo un saludo colocando su palma derecha abierta sobre su puño izquierdo cerrado y se inclinó levemente, sin saber cuál sería el saludo correcto hacia una figura de autoridad en esa tierra, pero esperando que el suyo transmitiera el respeto necesario.
—Señor Hokage, mi nombre es Aang. Mis amigos y yo hemos viajado hasta aquí desde un territorio que probablemente sea desconocido para usted —comenzó a hablar lenta y claramente, distanciándose de su trastabillado recuento anterior—. He venido a informarle sobre una amenaza latente que podría cernirse en este mundo. Y hay algunas cosas que quisiera preguntarle respecto a ello.
La expresión del viejo era indescifrable. Se mantuvo compuesto, sin ofrecer indicios de querer interrumpirlo, así que prosiguió.
—Lo que le relataré podrá sonar difícil de creer, pero lo cierto es que vivimos en una realidad distante, conectada a ésta a través de un portal dimensional. De donde nosotros venimos existen cuatro territorios que, en conjunto, son conocidos como las Cuatro Naciones. En ese universo, yo sirvo como el protector del balance del mundo. Soy el único ser físico con la capacidad de controlar los cuatro elementos: Agua, Tierra, Fuego y Aire. Utilizo mi poder para mantener la paz entre humanos y espíritus. Me llaman "Avatar", y según entiendo, soy visto como una leyenda en esta realidad.
Hace un tiempo me percaté de que un poderoso ser —un espíritu oscuro— ha escapado de la celda en la que fue encerrado hace miles de años. Mis sospechas son que ha llegado a terrenos de los ninjas. Se me fue revelado en un sueño que una técnica llamada "Sharingan" guarda algún tipo de relación con su liberación. Por estos motivos acudo a usted, para averiguar si se ha avistado a este ente en los alrededores y, en caso contrario, prevenirlo de la posibilidad de que aparezca. Me gustaría que cooperáramos para encontrarlo y atraparlo.
Se extendió un duradero, tenso silencio. Un breve destello de asombro cruzó el rostro del hombre, pero pronto se desvaneció en su habitual impasibilidad. Su risa fue breve. Mofadora, pero carente de humor. Con ella, les confirmó lo que ya temían: no les creía un ápice.
—…Vaya tontería —dijo él—. De modo que me mandaron un escuadrón de críos cuentistas para entretenerme, o… ¿será una distracción? —entornó el ojo con desconfianza apenas velada; ninguno lo comprendió.
—¿Disculpe? —dijo Katara.
—Mencionaste el Sharingan, ¿acaso…? —su voz se fue apagando a medida que pareció darse cuenta de algo. Se puso de pie abruptamente, agarrando firmemente su cayado—. Ustedes… ¿Quién los ha enviado?
La acusación los dejó perplejos. Toph, casi indignada, lo negó al instante:
—Nadie nos envió, anciano, vinimos por nuestra propia cuenta.
—Una farsa concebida por soplones, pero ¿quiénes...?
Daba la impresión de que se hablaba a sí mismo en vez de a ellos. La tergiversación de sus intenciones alarmó al Maestro Aire. Lo que menos necesitaba era que pensara que eran emisarios de un enemigo suyo.
—¡Esto es un malentendido, le juro que no es lo que se imagina! Nosotros no...
—Lograron engañar a los guardias... No, ¿será que ellos también estén metidos en esto?
—¿De qué está hablando? Nada de lo que dice tiene el menor senti— —Sokka enmudeció al ver los tatuajes del muchacho resplandecer.
Pensaron que quería usar el Estado Avatar para probarse, pero en realidad, la frustración que se apoderó de él lo llevó a hacer lo impensable. Una ventisca estalló y remeció el toldo, levantando una nube de polvo que nubló sus campos de visión. Cuando comenzó a disiparse y se fijaron nuevamente en Aang, descubrieron que ya no estaba ahí: no era él exactamente. Lo había reemplazado un hombre de edad al que ya conocían, de larga barba y cabellera blanca, ataviado con túnicas rojo carmesí.
—Hokage, atiende cuidadosamente. Estos jóvenes vienen a ti con la verdad.
La fuerza de su voz no solo resonó: se alzó con una cadencia grave y ritual. Pareció despertar memorias antiguas desde los cimientos del mundo, obligando al Hokage a guardar silencio, inclinando el oído como quien recibe un llamado de otro plano. Cayó igual que un mandato incontrarrestable, haciendo que el aire se tensara, cruzándolo como trueno contenido.
Estaba plenamente descolocado.
—¿Qué demo—?
—Soy el Avatar Roku, anterior poseedor del título de Avatar.
Roku se irguió con la firmeza de una columna milenaria. Sus movimientos fueron medidos, precisos, pero el efecto rotundo: bastó que se incorporara, cada vértebra marcando el ascenso de un espíritu que no hablaba solo por sí mismo, para que la atención se vertiera únicamente sobre él, el entorno entero obedeciendo a su eje.
—Tal como mi reencarnación ha dicho, pertenecemos a un universo paralelo cuyas leyes, costumbres y habilidades no brotan de la misma raíz que las suyas; nuestras ramas se han extendido en direcciones que su mundo nunca ha conocido. Mucho podría decirte sobre nuestros orígenes, sobre los puntos en que su historia roza la nuestra, y podría desmentir esa versión fantasiosa que me ha reducido a mito, lejos de los acontecimientos que verdaderamente labraron lo que soy. Pero no estamos aquí para contar, sino para actuar —alzó muy apenas la mano, y los candiles temblaron: las llamas se erguían como si lo escucharan, alargándose en la penumbra, dibujando sombras fatídicas en cada rincón de la tienda.
—Si no deseas que el desequilibrio oscurezca los cielos de tu mundo —prosiguió, con voz templada que parecía llegar desde el subsuelo—, te aconsejo que colabores y ayudes al Avatar Aang. De lo contrario, deberás atenerte... y protegerte de la ira del espíritu que arrasará tu tierra.
Tal fue su conmina.
El aire se tensó como cuerda mojada. Nadie se movió. El Hokage permaneció quieto en su sitio, y aunque su rostro apenas se crispó, no ignoró el filo de la amenaza. No era solo su vida lo que se insinuaba en peligro. Era la de toda la aldea.
Pero más que miedo, lo atravesó otra cosa: una desconcertante incomprensión. Las palabras del hombre eran demasiado grandes, demasiado atávicas, demasiado remotas como para alcanzarlas. Y antes de que pudiera exigir una explicación, la figura se disipó.
En su lugar, el chico calvo volvió a ocupar la escena, llevándose las manos a la cabeza y reincorporándose lentamente desde el suelo, como si acabaran de devolverle el cuerpo que tomaron prestado de él.
—¡Aang!
Katara fue a ayudarlo.
—Agh... ¿qué sucedió?
—El Avatar Roku decidió hacer acto de presencia —dijo con una ligera sonrisa, entre preocupada y aliviada; si tenían suerte, su aparición tendría peso en la decisión del Hokage de asistirlos.
Aang parpadeó. No esperaba que eso ocurriese. Cada vez que sus vidas pasadas tomaban posesión de su cuerpo, olvidaba todo lo que decían o hacían a través de él.
Aún conmocionado, el Hokage se obligó a salir del estupor. Durante un instante, sus ojos recorrieron a los presentes con una dureza impostada, como queriendo recuperar el control del momento. Pero su respiración se había vuelto más entrecortada, y un músculo apenas visible en su mandíbula palpitaba con insistencia.
Observó al menor como se mide el alcance de una amenaza, no de una simple criatura. ¿Una Técnica de Transformación? No, no fue eso… algo distinto había reclamado el espacio. Algo más antiguo. Más peligroso.
—…Levántate, muchacho —dijo al fin, con una gravedad que intentaba cubrir el temblor interior—. Escucharé lo que tengas que contarme.
