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El café estaba casi vacío a esa hora de la tarde.
Pond ajustaba el lente de su cámara mientras Don removía su bebida, observándolo con una atención que ya no intentaba disimular. Cuando Pond levantó la vista y se dio cuenta, arqueó una ceja, divertido.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada —respondió Don—. Solo pensaba que te ves bien cuando te concentras.
Pond sonrió, bajando la cámara.
—Entonces deberías contratarme para que me concentre más seguido.
Don rió, negando con la cabeza.
—Eres insoportable.
—Y aun así me trajiste a una cita —replicó Pond.
Don no lo negó. Extendió la mano por encima de la mesa, rozando los dedos de Pond. No fue un gesto grande, pero tampoco oculto. Nadie pareció sorprenderse. Nadie parecía importar.
Pond entrelazó sus dedos con los de él.
—Gracias —dijo en voz baja.
—¿Por el café?
—Por no soltarme.
Don apretó su mano con suavidad.
—
Esa noche, el departamento ya no se sentía silencioso.
Pond estaba descalzo, revisando fotos en el sofá, con las piernas apoyadas sobre las de Don. Cada tanto, Don pasaba los dedos por su cabello sin darse cuenta, como si ese gesto ya fuera parte de su respiración.
—¿Esta te gusta? —preguntó Pond, girando la pantalla.
Don se inclinó para mirar.
—Me gusta porque la tomaste tú.
Pond rió, apoyándose un poco más en él.
—Eres parcial.
—Mucho —admitió Don.
Más tarde, mientras se preparaban para dormir, Pond tomó la camiseta de Don y la estiró un poco.
—Deja de robar mi ropa —murmuró Don.
—Es nuestro hogar —respondió Pond—. Todo aquí es compartido.
Don lo miró, y algo cálido le cruzó el pecho.
Apagaron la luz. Pond se acomodó sin pedir permiso, rodeando la cintura de Don. Don lo abrazó de inmediato, como si ese lugar siempre hubiera sido suyo.
—Buenas noches —susurró Pond.
Don besó su frente.
—Quédate —dijo, aunque ya sabía la respuesta.
Pond sonrió contra su pecho.
—Siempre.
La lluvia volvió a caer afuera, pero esta vez no trajo miedo.
Solo la certeza de que el amor, cuando es elegido, encuentra su hogar.
