Chapter Text
Naruto, Killer B y Aang iban camino al campo de batalla.
Al notar la ausencia de Yamato, el Jinchūriki del Kyūbi y el Avatar salieron en su búsqueda. Pero fueron detenidos por los guardias ninja de la isla. Fue entonces cuando sospecharon que algo andaba mal.
Aang confirmó que lo que intuía era cierto: los habían confinado allí para evitar que Madara se hiciera con las dos Bestias con Cola que quedaban.
Durante el enfrentamiento con los vigilantes, Naruto activó su Modo Sabio. Aquello le permitió sentir la guerra: el chakra desplegado como un mapa vivo sobre el campo de batalla fragmentado. Vio a sus amigos luchando en múltiples frentes. Vio cuerpos. Montones de cadáveres. El pecho se le hundió, como si un puño invisible lo atravesara.
Enfurecido, exigió respuestas. Iruka, a pesar de las protestas de Shibi Aburame, se las dio. La farsa era insostenible.
—La guerra ha comenzado —confesó, con voz grave.
—¡Explíqueme por qué debería quedarme sentado mientras mis compañeros luchan y arriesgan sus vidas! —exclamó Naruto, con la furia de quien se siente traicionado pese a las buenas intenciones detrás de la mentira.
Iruka inhaló hondo. Su mirada no se posó solo en su estudiante, sino también en el Avatar, que hasta entonces no comprendía cómo todo lo involucraba a él también.
—El enemigo ha conseguido un poderoso espíritu de tu mundo —le dijo—. Y también busca el que llevas dentro. Para evitarlo, los Maestros han unido fuerzas con los Shinobi. Han formado una alianza. Ahora mismo, están peleando para defenderte. Para defender a los tres.
Aang tardó en reaccionar, incrédulo al principio. La sorpresa pronto se tornó en enfado. Su erupción fue explosiva. Naruto quedó paralizado: nunca lo había visto así.
—¡¿Cómo pudieron ocultármelo?!
—¡Tus camaradas no quieren dejarte a merced de Madara! Dicen que los has salvado en numerosas ocasiones. No quieren abandonarte. Es gratitud… por lo que has hecho por ellos.
Aang dio un paso al frente, los brazos extendidos como si así pudiera contener la ira que se le escapaba de dentro.
—¡Pero ese es mi deber! ¡Soy el Avatar! ¡Yo soy quien debe protegerlos, no al revés!
—Si los defienden es por un bien mayor. Comprendan que, si los capturan… estaremos perdidos. No se trata solo de ustedes. Por favor… regresen adentro.
Naruto recordó las últimas palabras de Nagato:
—Tratarás de encontrarle sentido a la matanza, pero solo hallarás odio y dolor. Muertes inútiles. Un pozo de odio sin fondo. Eso es la guerra. Naruto, llegará el momento en que debas afrontarlo. Mi trabajo termina aquí… Pero quizás tú puedas lograrlo…
El momento había llegado. La guerra no era una historia. Era real. Y él estaba en el centro.
—Acabaré con esta guerra yo mismo —dijo Naruto, la voz contenida en un rugido bajo que le raspaba la garganta—. Soportaré el odio y el dolor. ¡Ese es mi deber!
Iruka se encolerizó. No por falta de cariño, sino por miedo: el terror de perder a Naruto a manos de un enemigo que quizá no lograrían detener, sin poder hacer nada para evitarlo.
—¡¿Acaso escuchas lo que te digo?! ¡Tienes al Nueve Colas! ¡Este es un problema de todos, Naruto!
—¡Usted fue el primero en reconocerme! ¡¿Por qué ahora solo le preocupa el Kyūbi?! ¡¿Por qué no confía en mí?!
—¡Deja de actuar como un niño malcriado! ¡Bien sabes lo que pienso de ti! Eres uno de mis estudiantes más preciados y… eres como un hermano menor para mí.
Su voz se quebró. La grieta se abrió, derramándose en palabras suaves.
—El líder de Akatsuki va tras de ti. ¿Cómo podría dejar que fueras a enfrentarlo… sabiendo lo que podría pasarte? No estás solo. No tienes que cargar con todo el peso.
Sin embargo —y pese a sentirse tocado por las palabras—, el rubio no reculó.
—Ya no soy un niño. Soy más fuerte que nunca. Usted fue quien me dio este protector de frente, Iruka-sensei.
Naruto lo dijo con la voz firme, pero con el corazón temblando. El hitai-ate se le había caído al salir del Templo Bestia con Cola. Iruka caminó hacia él, como si fuera a entregárselo. Naruto creyó que lo dejaría ir.
Apenas se acercó, Iruka activó el Isshitōjin(1). Una barrera selladora que lo dejó atrapado.
Pero no por mucho. Activó su Modo Chakra del Nueve Colas. La energía lo envolvió como una llamarada dorada, permitiéndole liberarse con facilidad. Aang lo siguió. Ambos escaparon. Iban directo al campo de batalla.
Antes de cruzar la barrera que los encerraba, Naruto sintió algo detrás de la placa metálica de su protector. Una carta. Iruka la había deslizado allí sin que se diera cuenta.
"Conociéndote, sabía que tratarías de ir al campo de batalla apenas te enteraras. Sé que estás listo para pelear. Si estás leyendo esta carta, quiere decir que no pude detenerte. Tsunade-sama nos pidió que fuéramos a la isla secreta de la Nube Oculta para cuidarte y evitar que te marcharas. Estoy escribiendo esta carta en caso de que las cosas no resulten como quiero… Aunque debo decir que me decepciona fallar en una misión oficial. No sé cómo se den las cosas y no sé si podré entregártela. Ya debes haberte ido, así que solo me queda una cosa que decir: ¡Regresa con vida sin importar qué, Naruto!"
Las palabras le llenaron los ojos de lágrimas y el pecho de fuego. La confianza de su maestro era un sello grabado en su alma. Naruto apretó el protector contra su frente. No iba a fallar.
Pero había algo que lo inquietaba. Alguien, en específico.
Aang.
Durante el trayecto, se había mostrado extraño. Avanzaba más rápido que él y B, con una impaciencia silenciosa, concentrada, que se delataba en la premura de sus movimientos.
Naruto lo observó con un dejo de preocupación. Sabía que estaba enojado porque también le habían ocultado la guerra. Aunque presentía que había algo más detrás de su molestia.
Recordó que el monje había dicho una vez que era su deber proteger a los demás, ayudar a quien lo necesitara. Tal vez tenía que ver con ese título de “Avatar” que cargaba. Naruto no entendía del todo lo que implicaba. Pero sí sabía que Aang llevaba encima algo más que rabia.
De pronto, sintió dos chakras acercándose.
—¡Esperen! —dijo, deteniéndose en seco.
—¿Qué pasa? —preguntó B.
Los tres frenaron. Dos figuras aterrizaron frente a ellos, levantando una nube de polvo.
—¡Bāchan! —exclamó Naruto al reconocerla.
Tsunade había llegado, el Raikage con ella. Notó el chakra del Nueve Colas vibrando en el rubio. Katsuyu, su invocación, murmuró desde su hombro:
—Qué chakra tan increíble…
B, por otro lado, se puso rígido de repente. Sus mejillas se encendieron, sus ojos desviándose al generoso escote de la Hokage, que se sacudía con cada paso.
—B… brasier… —balbuceó.
A lo fulminó con la mirada.
—¡B! ¡¿Cómo te atreves a ignorarme por los pechos de la Hokage?!
—¡Ah… no! ¡En realidad quise decir “Brother”! —se excusó, nervioso como niño pillado en travesura—. Me asustaste… Pero es cierto que los pechos de la Hokage son grandes.
Aang también se ruborizó ante la desfachatez, intentando ocultarlo. Pero la gravedad de la situación lo obligó a recomponerse, sacudiendo la cabeza para olvidar el bochorno.
Entonces, el Raikage bramó con una voz que rivalizaba con el trueno de su Elemento Rayo:
—¡Hemos venido a detenerlos! ¡No darán ni un paso más!
El Avatar se dirigió a Tsunade con la urgencia de quien ya no puede callar:
—Lady Hokage, ¿por qué me ocultó que Madara está tras de mí también?
Tsunade bajó la mirada. Así que se lo habían contado. Detener a Naruto era una cosa: conocía su corazón. Pero Aang… Aang era distinto.
—Fue una decisión tomada por los líderes de tu mundo. Nosotros decidimos respetarla —explicó—. Sabían que, si lo descubrías, correrías al campo de batalla. Lo cual estás haciendo ahora mismo.
—Un momento —interrumpió A, echándose hacia atrás como si la información lo hubiera golpeado, y luego inclinándose hacia adelante para señalar al chico con desdén—. ¿Este flacucho es el mentado Avatar?
—¡Oiga! —exclamó Aang, apretando su planeador contra el pecho como si fuera un escudo, sin retroceder pese a lo ridículo que resultaba verlo cubrirse con la herramienta.
—¡Iruka-sensei nos lo contó todo! ¡Ya sabemos que el enemigo quiere capturarnos para completar su jutsu! —intervino Naruto.
—¿Y aun así quieren ir? ¡¿Acaso son estúpidos?! —replicó A.
—¡No puedo soportar que todos estén peleando para protegernos! ¡No tiene sentido que todos mueran y yo sobreviva al final de la guerra! ¡No quiero eso!
—¡Es preferible a que el mundo llegue a su fin! ¡Todos opinan lo mismo! ¡Están dispuestos a sacrificarse por ti!
—¡¿Y sabiendo eso quieren que me quede de brazos cruzados, ileso y haciendo nada?! ¡No soy ese tipo de persona! Además…
—¡No quiero oír tus insignificantes motivos! ¡Dije que no los dejaré pasar!
—¿“Insignificantes”? ¿¡Le llama insignificante al querer salvar vidas?! —gritó Aang, irrumpiendo en la contienda. Su voz temblaba. También su mano, como si evitara que el bastón se desarmara por la fuerza con que lo apretaba. —¡No pienso dejar que nadie dé su vida por mí! ¡No dejaré que mueran en una guerra por mi culpa, no otra vez!
Apretó los ojos, la cabeza gacha.
—¡La Guerra de los Cien Años sucedió porque no estuve ahí para detenerla! No... ¡No quiero perder a los que amo de nuevo por no haber hecho nada para evitarlo!
La pisada decidida con la que el Raikage avanzó tuvo fuerza suficiente para remecer el suelo.
—¡No me interesa lo que haya sucedido en tu mundo! ¡El problema lo tenemos aquí! ¡Una de las razones por las que los Maestros se involucraron es que la hermana del Señor del Fuego ayudó a Madara a liberar a Vaatu!
—¡Entonces déjenme hacerme cargo! ¡Yo soy quien debe responder por las acciones de la gente de mi dimensión! ¡Yo soy su protector!
—¡Quizás te contaron que Madara va tras de ti, pero no que, si te quitan a tu espíritu, lo usarán para amplificar el jutsu! ¡Si eso sucede, no será solo el continente ninja el que se verá afectado… sino todo el planeta!
—¡Brother, déjalos ir! Tienen mi respaldo, ¡no te vas a arrepentir! —intervino B, con su tono despreocupado.
—¡No! ¡Y no van a hacerme cambiar de parecer!
Naruto apretó los dientes. No había manera de convencerlos.
Si no quieren comprender… entonces no hay de otra.
Con velocidad cegadora, intentó huir. Pero el Raikage lo interceptó, igualando su rapidez. Le lanzó un puñetazo que lo mandó varios metros más allá. Naruto alcanzó a bloquear el impacto con los antebrazos, pero no impidió que saliera rodando por el suelo.
—¡Naruto! —gritó Aang.
—¡Abuela Tsunade, tú sí me entiendes! ¿Verdad? ¡Yo acabaré con la guerra, solo déjenme pasar! —exclamó Naruto, levantándose sobre una rodilla, con los ojos encendidos.
Pero la expresión de la mujer era de piedra.
—Abuela…
—Ahora soy una oficial del Ejército Shinobi. Y su decisión es detenerte —afirmó ella, con una firmeza que no ocultaba del todo su propia contrariedad. Al final, había sido quien intentó convencer a los demás de permitirles unirse a la guerra—. Aunque sea la Hokage, no puedo actuar por cuenta propia.
Naruto bajó la mirada y suspiró.
—… De acuerdo. Por tu posición, comprendo que no tienes otra alternativa. ¡Tendré que irme a la fuerza!
Volvió a moverse. Más rápido, más decidido. Pero el Raikage lo bloqueaba sin esfuerzo cada vez.
—Sí que eres rápido, viejo Raikage —sonrió Naruto, jadeando por el esfuerzo.
Tsunade lo observaba sin poder dar crédito. Naruto estaba empatando al shinobi más veloz desde el Cuarto Hokage.
—No hay ninja más veloz que yo desde que Minato murió —dijo A, con una traza de orgullo.
Naruto se detuvo, pasmado.
—¿Conocías a mi papá?
—Nos enfrentamos varias veces. No hubo quien lo superara —respondió el otro con reconocimiento—. Escuché de uno de los Sannin, Jiraiya, que él era el “niño de la profecía”(2), el supuesto salvador del mundo. ¿Y dónde está ahora? ¡Fue derrotado por el Kyūbi! ¡Falló! Y tú, como su hijo, pareces no haber aprendido nada. Sigues hablando sinsentidos como un idiota…
Naruto bajó la voz. Su dureza se intensificó al percibir el insulto contra su padre.
—No hables de mi papá…
Recordó el momento en que luchó por el control del Kyūbi. Cuando su madre apareció frente a él, con su luz cálida que lo liberó del odio. Recordó su historia. La de ambos. Cómo se amaron. Cómo lo amaron a él, al punto de encomendarle todo.
—Cuando naciste, Minato dijo: "A partir de hoy seré padre", llorando mientras te abrazaba. Es por eso que se llevó a Madara y al Kyūbi lejos de la aldea. Y cuando lo selló dentro de ti, dijo: "Si es por nuestro hijo, con gusto daré mi vida. Sellaré la mitad de la bestia dentro de él. Los desastres vienen de la mano de Madara. Este niño algún día lo detendrá."
—Naruto, él te lo encomendó todo a ti al morir. Creía en ti con todo su corazón.
Naruto apretó los puños.
—¡El Cuarto Hokage no falló en absoluto!
El Raikage cerró los ojos. Su Raiton no Yoroi(3) restalló. La paciencia se le había agotado.
—Si sigues insistiendo en irte… entonces tendré que matarte aquí mismo.
La amenaza cayó sobre todos como una muralla derribada, dejándolos perplejos. A Tsunade, especialmente.
—¡¿Qué?! ¡Espera un momento, Raikage! —exclamó ella, confundida e impactada de que siquiera lo sugiriera.
—¡De esa forma ganaremos tiempo! ¡El Kyūbi tardará en revivir, y el enemigo se verá obligado a posponer su plan!
Naruto levantó las manos para el sello manual del clon. A lo interpretó como respuesta.
—¡Tal parece que tienes ganas de morir! ¡Pues de acuerdo!
El Raikage alzó el puño, ignorando las protestas de Tsunade, listo para enfrentarlo.
Pero entonces, un obstáculo se interpuso.
Los ojos y tatuajes de Aang se iluminaron, un resplandor blanquecino envolviéndolo. El aire vibró como si resonara con él.
Una ráfaga de viento se desató de sus palmas. Potente, directa. Con fuerza de sobra para arrancar al Raikage del suelo y obligarlo a derrapar para frenar su retroceso.
—¡Si quiere llegar a Naruto, primero tendrá que pasar por encima de mí!
La voz de Aang era un rugido distorsionado, como si mil almas hablaran al unísono a través de él, dejándolos a todos anonadados.
Naruto giró hacia él. Sintió un aguijonazo entre las costillas que lo obligó a apretarse la zona con una mano. El Zorro Demonio se agitó, su gruñido retumbando en su interior.
No era chakra lo que reconoció. Era otra cosa. Un poder oculto, desbordante, que lo atravesaba como un torrente desconocido.
¿Qué es... esta sensación?
Dentro de él, el Kyūbi murmuró:
—¿Podrá ser…? Imposible… ¿Raava?
Aang también lo sintió. Su sorpresa lo hizo volver a la normalidad. Pero no solo percibió al Kyūbi. También al Hachibi.
Gyūki habló en la mente de B:
—B, ¿lo captaste? Ese chico… Sabía que había algo extraño en él. Ahora lo reconozco. Ese poder… Lo he sentido antes. Hace cientos de años.
B reflexionó brevemente, pero no pudo detenerse por mucho. El Raikage retomó su posición, más rabioso que antes. La vena en su sien palpitaba como si fuera a estallar.
—Mocoso… —dijo entre dientes—. No me importa que seas el Avatar. ¡Si te interpones en mi camino, te quitaré a patadas!
Tsunade siguió observando al muchacho. Esos ojos brillantes… justo como decía la leyenda.
—¡¿Te has vuelto loco?! —le gritó, saliendo de su estupor—. ¿Tienes idea de lo que pasaría si los Maestros descubren que lastimaste al Avatar? ¡Toda la Alianza Elemental se vendría abajo! ¡Ya no estaríamos peleando solo contra Akatsuki, sino también contra ellos!
—Tenemos que ganar esta guerra a toda costa. Haré lo que sea para cumplir ese objetivo. Si eso significa reventar algunas cabezas… ¡Que así sea!
Naruto se recuperó. Aang ya estaba a su lado.
—Aang, apártate. Yo me encargaré.
—No. Él no solo quiere frenarte a ti. También al señor B y a mí. Si tengo que pelear para ir con mis amigos, entonces lo haré.
—El viejo Ōnoki dijo que el Avatar reencarna al morir, ¿no? —el Raikage se tronó los nudillos—. Entonces mataré a dos pájaros de un tiro. Madara ya no podrá conseguir el Espíritu del Avatar fácilmente.
Aang y Naruto se prepararon. La atmósfera se densificó, como si el aire mismo presintiera que algo estaba por estallar.
—Si ese es el caso… ¿Por qué no muero yo? —intervino B, colocándose entre su hermano adoptivo y los adolescentes—. Así arruinamos el plan del enemigo. Arriesgaré mi vida para que ellos vayan a donde se libra la batalla.
—Viejo B… —murmuró Naruto, conmocionado. Estaba enfrentando a su hermano, a su familia… por ellos.
—¡B! ¿Qué estás…?
—¡Raikage! —Tsunade lo increpó, cargada de furia—. ¡No puedes tomar decisiones arbitrarias sin consultar a los otros líderes de la Alianza! Puede que seas el comandante supremo, pero no dejaré que pases por encima de su voluntad. Además... ¡Pareciera que te estás yendo específicamente contra Naruto! ¿Por qué?
—¡Siempre supe que podría llegar el día en que tuviera que asesinar a mi hermano menor! Pero ahora que puedo decidir… ¡Con gusto mataré a Naruto en lugar de a B! Él es más valioso como Jinchūriki. Puede controlar a su bestia. Nos da ventaja táctica. ¡B, quítate de en medio!
—¡Ni hablar, estúpido bastardo! —replicó B, firme, listo para interceptar cualquier golpe.
—¡No tienen derecho a decidir sobre sus vidas como individuos! ¡Los Jinchūriki sirven a las naciones! ¡Sus existencias son especiales! ¡No pueden hacer lo que les plazca!
—Sí, puede que sea así… —replicó B, sin retroceder—. Pero también soy mi propia persona. Tengo mis creencias. Si no, entre un arma y yo no habría diferencia.
A levantó el puño. Pero B lo detuvo, chocando el suyo contra el de él.
—Si chocamos puños… puedes leer mi corazón, ¿verdad, hermano?
Y entonces, un aluvión de recuerdos inundó la mente del Raikage.

B, siendo un niño, fue elegido su hermano por ser el único capaz de ajustarse a la fuerza bruta de su Lariat(4), lo cual probó decapitando con éxito a un muñeco de entrenamiento durante el proceso de selección. Desde entonces, se habían convertido en el temible Combo A-B.
Blue B, su primo y anterior Jinchūriki del Hachibi, le dijo una vez:
—Lo que un Jinchūriki necesita es algo para llenar el agujero en su corazón.
En aquel entonces estaba estremecido por el miedo, por el deseo de morir para escapar del terror constante que la bestia vertía en su alma. Temía que B pasara por lo mismo.
—Ayúdalo a encontrar ese “algo”.
Desde entonces, A lo cuidó. Entrenaron juntos, fueron a misiones, vivieron como hermanos. Buscó darle experiencias de vida que lo prepararan de antemano, para que sintiera que pertenecía, para evitar que el odio del Hachibi y el miedo de los aldeanos lo apartaran del resto.
Así, cuando Blue B murió, su padre decidió sellar a la bestia en Killer B. A siempre temió que llegara aquel día y, preocupado por cómo viviría de ahí en adelante, habló con él en la Cascada de la Verdad.
—Escucha, B. Pase lo que pase, no tienes que esconderme nada —le dijo, tocándole el hombro con el puño cerrado—. ¡Puedes contármelo todo! ¡Eres especial para mí! ¡Somos el equipo más fuerte!
Sus palabras se quedaron grabadas en B, quien, a medida que fue creciendo, admiró más y más a su hermano.
Luego recordó su batalla contra el Cuarto Hokage. Minato esquivó su máxima velocidad, una hazaña que nadie había logrado antes. B lo protegió, manifestando un tentáculo del Hachibi. Minato lo cortó, reconociendo que era un Jinchūriki y ordenando la retirada.
—Esto será facilísimo. Yo soy el Ocho Colas, Killer B, ¡el mismísimo! —dijo con arrojo. Pero la velocidad de Minato lo descolocó, y en segundos tuvo a su hermano atrapado bajo el filo de su kunai.
—Notable valentía la tuya.
El Relámpago Amarillo(5) lo felicitó. No del modo en que un enemigo reconoce la fuerza de otro, sino como un shinobi.
—Es como si poseyeras algo poderoso. No por ser Jinchūriki… sino por tu persona.
A lo malentendió.
—¡Si te refieres a talento natural, este chico tiene más que yo!
—No, eso no. Estoy hablando de algo mucho más importante.
—¿Qué?
—A, tienes una buena familia. Al igual que yo. La próxima vez que nos veamos, seremos Kage contra Kage —dijo Minato, apartándose con resolución. Lo que le dejó no fue una derrota, sino un mensaje. De parte de alguien que conocía el dolor de un Jinchūriki—. Si para entonces no descubres lo que tu hermano menor considera importante… puede que ya no sea ni un Jinchūriki, ni siquiera una persona.
A volvió a la realidad. El Uzumaki intentó huir aprovechándose de su distracción, pero el Raikage lo interceptó con la misma rapidez de siempre. Una patada lo empujó; Naruto volvió a salir disparado, arrastrado por el suelo, malherido y con raspaduras por todas partes.
Aang se acercó lanzando patadas de viento, rápidas y precisas, dadas para arrinconar, no para herir. El Raikage no lo toleró: preparó su Guillotine Drop(6), alzando la pierna en un golpe que, de conectar, lo tumbaría sin duda.
Es rápido, pensó el monje, viendo la extremidad cernirse sobre él como una sombra fatídica. Pero yo también puedo serlo.
Negó la resistencia del aire para aumentar su velocidad. La patada no llegó a destino: Aang se movió justo a tiempo, deslizando su cuerpo detrás del Raikage y girando en un pequeño tornado.
—¡Qué genial…! —exclamó Naruto, asombrado—. ¡Aang, tú también eres bastante rápido!
Aun así, no reaccionó lo bastante pronto. El Raikage lanzó su Rayo de Opresión Horizontal(7). Aang levantó una pared de tierra para protegerse; el puño la atravesó, arrancó un trozo y saltó sobre ella hasta alcanzar al Avatar. El impacto lo lanzó contra una roca; la espalda del Maestro Aire chocó con violencia.
—¡Monos cerdos voladores! Esa rapidez no es normal… —murmuró, agarrándose el costado y dejando escapar alaridos entrecortados, algo exagerados.
—Ahí vas otra vez con tus expresiones raras —suspiró Naruto, limpiándose el sudor de la frente con la manga—. Ay, como sea… ¡No deja ninguna abertura! No hay forma de quitárnoslo de encima.
El Raikage volvió a la carga, rabia pura en cada inhalación. Aang y Naruto se reagruparon, jadeantes pero firmes; el aire olía a polvo y al aroma acre de la electricidad, y la tensión en el campo era casi tangible.
B también había hecho su movimiento. Saltó para ejecutar un Lariat, envolviendo su brazo alrededor del cuello de A con toda la fuerza que tenía. Pero no bastó: el Raikage lo golpeó, y Naruto y Aang gritaron, preocupados.
Al ser arrojado, B reaccionó. Un tentáculo del Hachibi se extendió desde su espalda, envolviendo la cintura de su hermano para mantenerlo en su lugar. Naruto aprovechó la apertura y corrió de nuevo. A, con un gesto brutal, agarró el tentáculo con B aún en el extremo y los arrojó uno contra el otro. Ambos cayeron lejos.
Aang amortiguó sus caídas con cojines de aire.
—¿Están bien? —preguntó, acercándose.
—Nos están dejando hechos pulpo… ¿Pulpa? —Ladeó la cabeza, considerando la gracia del juego de palabras como si fuera su mejor invento. Hasta pensó en anotarlo.
Naruto lo miró con incredulidad.
—¡No es momento para ponerse a crear rimas! —exclamó, limpiándose la sangre de la boca.
—¡Hokage, ven ya a ayudarme! —gritó A.
Tsunade se acercó. Pero no a él. Se paró frente a la terna golpeada como un escudo humano.
—¡¿Pero qué…?! Hokage, ¡espero que tengas una buena explicación para esto!
—Aunque con la muerte de Naruto retrasáramos los planes de Madara, el próximo Jinchūriki no podría controlar su poder como él. Y lo mismo ocurre con el Avatar. ¡Volvería a nacer como un bebé, y no podríamos ponerlo en el frente! En una guerra tan incierta como esta, lo que deberíamos hacer es usar todas las armas que tenemos, no esconderlas. ¡Dejaré que Naruto pase!
—No sé qué quiso decir con eso de que Aang volvería a ser un bebé, pero oiga, ¡buena excusa! —dijo Naruto, levantándose con una sonrisa—. O bueno, no sé si es una excusa… Da igual. ¡Esa es la abuela Hokage que conozco!
El Raikage bufó.
—Hokage, ¿no eres tú la que está haciendo un juicio unilateral ahora? ¿Por qué poner tanta fe en Naruto?
B corrió hacia él. Intentó el Lariat nuevamente. Sus puños se encontraron, y otro recuerdo resurgió.
Era el día de la muerte de su padre, el Tercer Raikage. B había ido a consolarlo con sus rimas torpes, diciéndole que tenía que ser fuerte porque se convertiría en el nuevo líder de la aldea.
A, llorando, declaró con fiereza que protegería Kumogakure a como diera lugar, honrando la voluntad de su padre. Que enviaría a B a entrenar sus Bijūdama(8) en el Valle de las Nubes y Relámpagos.
—¡No dejaré que el enemigo se acerque a ti!
—Pero mi Lariat…
—Ya no necesitamos tu Lariat. Cuando el enemigo ataque, te quedarás en la aldea. Los golpearás desde lejos. ¡Nunca volverás a salir! ¿Me oíste?
Su temor a perderlo lo llevó a subestimarlo. A negarle su libertad. A protegerlo… sin reconocerlo.
La memoria logró calar en A, aunque apenas.
—B, debes entender que ustedes tres son importantes para su gente. Son especiales. Valiosos —dijo, menos agresivo que antes—. ¡Por eso les digo que no pueden ir! ¡No te dejaré de cara al peligro! Incluso si eres fuerte, los demás Jinchūriki ya fueron capturados. No hay garantía de que no te pase lo mismo.
Aquello no sería suficiente para hacer a B cambiar de parecer.
—Ninguno de los tres vamos a perder. ¡Créeme, ya lo vas a ver!
Se lanzó hacia él. A fortaleció su Modo Chakra para recibirlo.
—¡Está bien! ¡Veamos cuál Lariat es más fuerte!
Corrieron el uno hacia el otro.
—B, todavía no hemos alcanzado el Lariat Doble ideal. Solo me estoy adaptando a tu fuerza. ¡Tienes que hacerte más fuerte!
—Un día te superaré, brother. ¡Eso es lo ideal! ¡Sermonearte es un sueño que voy a hacer real!
El impacto fue brutal. A salió expulsado hacia atrás, estrellándose con fuerza portentosa.
Era la primera vez que B lograba darle un golpe efectivo.
—¡Lo hizo! —celebró Naruto, alzando el puño.
—¡Eso es! —sonrió Aang.
El Raikage, atónito, se incorporó apoyándose en los codos. Miró a su hermano con algo que no era frustración… sino entendimiento. De que su hermano menor había crecido… y seguiría haciéndolo, incluso hasta superarlo a él.
—Lo que nos hace fuertes no es ser Jinchūrikis ni Avatar. Tenemos una fuente de poder distinta. Para mí… las palabras que me dijiste antes de recibir al Ocho Colas… son lo que me mantiene firme ante la adversidad.
—Debe encontrar algo, cualquier cosa que le dé fuerza… Ayúdalo a encontrar ese “algo”.
—Si para entonces no descubres lo que tu hermano menor considera importante… puede que ya no sea ni un Jinchūriki, ni siquiera una persona.
La expresión de A perdió rigidez.
—Ya veo… ¿Son… las palabras que te dije aquella vez en la Cascada de la Verdad? —dijo él, la voz bajándole a un susurro.
—¡Eres especial para mí! ¡Somos el equipo más fuerte!
—¡Así que finalmente te diste cuenta, estúpido bastardo! —sonrió B, con los ojos ardiéndole y el puño apuntado hacia él como demostración—. Mi sueño de sermonearte ya no es más un sueño… Oh yeah.

El cuartel general había recibido informes inquietantes en las últimas horas: infiltradores entre las tropas, ataques minuciosos contra reclutas y muertes inexplicables en los campamentos. La desconfianza germinaba, y no provenía solo del enemigo.
Shikaku barajó una posibilidad de inmediato.
—Podrían estar siendo controlados —dijo, pensativo—. Tal vez mediante Genjutsu. O algo peor.
Pero otra parte de él dudaba. Sabía que los shinobi ya desconfiaban entre sí, y que esa tensión se multiplicaba entre Maestros y No Maestros. ¿Podía esa hostilidad latente haber estallado por sí sola? ¿Que ellos…
—…estén atacando a conciencia? —terminó de hilar Shikaku, completando su pensamiento en voz alta.
—No lo creo —contestó Hakoda. No era que lo considerara imposible, pues el conflicto interno no era extraño en la guerra, más aún entre tropas presionadas y desgastadas. Lo que lo llevaba a refutarlo era un hecho lógico: —En una guerra así, quien ataca a sus compañeros se arriesga a ser descubierto; tendría más que perder que ganar.
—¿Y si es obra de Itachi Uchiha? —propuso Shikaku, pensando en el Edo Tensei y en el poder del Sharingan. Hakoda recordó lo que se había mencionado en la reunión de los Kage y lo que Gaara había dicho respecto a la técnica ocular.
—La Mizukage dijo que con ese dōjutsu se pudo manipular al pasado Mizukage... —rememoró, entendiendo que la teoría adquiría plausibilidad a causa de ello.
—Itachi domina el Genjutsu; con su Sharingan puede forzar a otros a obedecer. —detalló el Jefe Estratega.
Ao negó con la cabeza, respaldado por su experiencia estudiando dōjutsu.
—No. Incluso Itachi no podría controlar con tanta precisión a distancia. Esto es otra cosa.
—¡Aguarden! —interrumpió Inoichi, incorporándose pese al cansancio—. ¡Tenemos un reporte de las Divisiones Médicas!
La noticia que siguió heló la sala.
—El Zetsu Blanco está atacando a las Fuerzas Aliadas —informó, comunicando las palabras exactas del emisario médico que lo contactó—. Puede alterar su chakra para imitar el de nuestros soldados. Usa una técnica parecida al Henge no Jutsu(9), pero además copia el chakra: absorbe la energía de sus víctimas y adopta sus apariencias.
El silencio se rompió en un estallido de pánico.
—¡¿Qué hacemos?! ¡Si no podemos distinguir entre amigo y enemigo, nos atacaremos entre nosotros! —exclamó Ao—. La colaboración se romperá; perderemos soldados, perderemos la guerra.
Los reportes de indisciplina se multiplicaban. Generales y comandantes notificaban peleas constantes entre ninjas y Maestros tras los incidentes. Lo más inquietante era que las peores rencillas no surgían entre aldeas, sino entre mundos.
Para ello, se instaló un conducto disciplinario: los castigos se decidirían caso por caso, sin expulsiones —solo advertencias, reprimendas y reducciones de rango— porque no podían permitirse perder efectivos. Se redactaron estatutos básicos y algunas divisiones añadieron reglas específicas, pero a menudo ni las normas más sencillas se respetaban.
Al día siguiente de las primeras escaramuzas se constató la vulneración de la norma principal: la prohibición absoluta de lucha intestina. Los partes recibidos registraron incidentes de carácter interno, consistentes en enfrentamientos originados por difamaciones, disputas de jerarquía y confusiones derivadas de diferencias culturales entre las unidades en cooperación.
—Todo esto era parte de su plan —dedujo Mabui, atando los cabos—. Desde el inicio, su objetivo fueron los soldados.
Shikaku se pasó una mano por la frente sudorosa. Intentó pensar en soluciones con la rapidez que le daba su célebre agilidad mental, pero la ansiedad le nublaba la mente.
Cálmate. Piensa en frío, se dijo.
Hakoda repasó con la mirada las pilas de informes que contenían la información reunida para enfrentar la amenaza. La tensión endurecía sus rasgos.
—Nosotros no podemos diferenciar el chakra como los shinobi —dijo el Jefe Tribal, con una pesadumbre que delataba la preocupación por sus soldados—. No tenemos forma de reconocer identidades a través de él. Para nuestra gente, esa limitación siempre fue peligrosa, aunque el trabajo conjunto con los shinobi ayudaba a compensarla. Pero ahora, si ni siquiera los sensores pueden fiarse de las señales de chakra, la situación se vuelve crítica.
Se detuvo un instante, como si buscara la formulación exacta de su idea.
—Si existiera un modo de percibir las intenciones de alguien, más allá del chakra… quizá podríamos hacer frente al problema.
De pronto, Shikaku se irguió, como si una corriente le hubiera recorrido la espalda.
—Repite eso.
Hakoda lo miró, arqueando una ceja, desconcertado.
—¿Qué parte? ¿La de “nosotros no podemos diferenciar…”?
—No, lo otro. Si hubiera un modo…
—¿De percibir las intenciones... más allá del chakra? —aventuró, todavía sin entender por qué lo hacía repetir.
—¡Bingo! —exclamó Shikaku, lanzándose sobre los pergaminos con tanta prisa que los desordenó todos.
Mabui soltó un suspiro largo, lleno de agotamiento paciente. Ya había visto venir el desastre.
—Acababa de ordenarlos… —murmuró, casi dolida. Se había tomado el trabajo de clasificarlos por tema, aldea y nación para agilizar la búsqueda, y ahora veía cómo su esfuerzo se desmoronaba en segundos. Pero comprendía que, en momentos de tensión, una mente tan veloz como la de Shikaku no tenía tiempo para el orden.
Cuando encontró el documento que buscaba, lo levantó como si acabara de descubrir la clave de toda la guerra.
—¡Cuando Naruto está en el Modo Chakra de Nueve Colas, puede sentir la “maldad” del enemigo! —clamó, alzando el papel con datos sobre el Kyūbi como si fuera prueba irrefutable—. ¡Eso significa que puede ver a través de las transformaciones del Zetsu Blanco! ¡Puede usar Clones de Sombra y enviarlos a los distintos campos de batalla!
El ambiente se llenó de expectación. Todos contuvieron el aliento, como si estuvieran presenciando un milagro.
...Hasta que la esperanza se desinfló de golpe, igual que un globo pinchado.
—…Raikage-sama nunca lo permitiría —dijo Mabui, dejándose caer en su silla con un suspiro que sonó más a derrota que a cansancio.
—Exacto —suspiró Shikaku, rascándose el entrecejo, como si el “gran hallazgo” se hubiera convertido en un callejón sin salida—. Llegamos a un punto muerto.
Hakoda, aún intrigado, inclinó la cabeza.
—¿Qué quieres decir con que puede sentir la “maldad”?
Shikaku se apoyó en la mesa, bajando el tono.
—Es parecido a “percibir intenciones”. Mito Uzumaki, la esposa del Primer Hokage, tenía esa habilidad. Fue la primera Jinchūriki del Kyūbi. Naruto también lo hospeda, así que debe haber heredado esa percepción.
Hakoda comprendió la causa de la emoción de Shikaku. Si pudieran contar con el apoyo de Naruto, evitarían nuevos incidentes. Pero ya habían decidido ocultarlo: la Hokage y el Raikage lo retenían junto a Aang y B precisamente para impedir que se colaran en el campo de batalla.
Dejó escapar un gruñido, apoyando la palma contra su frente como si una jaqueca súbita lo hubiera golpeado.
—La situación se nos está yendo de las manos —dijo con frustración contenida—. Sé que debemos proteger al Nueve Colas… pero si dejamos que esto continúe, arriesgamos la victoria. ¿Qué demonios debemos hacer?
El silencio se tensó, cargado de impotencia.
Y entonces, una voz canturreante lo rompió como un chasquido inesperado:
—La solución a su problema llegará muy pronto.
Los tres se giraron al unísono. La babosa del bosque Shikkotsu los observaba, las antenas meciéndose con un aire travieso.
—…¿Qué? —dijeron Mabui, Hakoda y Shikaku al mismo tiempo.
